asociado, producto mecánico de la sumisión a las máquinas de pensar y contra el cual debemos movilizar nuestro pensamiento crítico. Pero ¿qué pensar en esas circunstancias? Rieu cree que la informática hará volver el tiempo de la filosofía, la única manera de rechazar lo que Carneiro Leáo, en su libro O avesso da máquina, denomina ceguera radical, una manera de subordinación a las formas estandarizadas y procesadas automáticamente.
Ese rigor matemático va a inscribirse también en el territorio. El ejemplo más flagrante es el de la vida urbana actual, una permanente carrera en función del horario. La ciudad moderna nos mueve como si fuésemos máquinas y nuestros menores gestos están dirigidos por el omnipresente reloj. Nuestros minutos son los minutos del otro y la articulación de los movimientos y gestos es un dato banal de la vida colectiva. Cuanto más artificial es el medio, mayor es la exigencia de esa racionalidad instrumental que, a su vez, exige más artificialidad y racionalidad. Sin embargo, esos imperativos de la vida urbana están invadiendo, cada vez más, el campo modernizado, donde las consecuencias de la globalización imponen prácticas estrictamente monótonas. La racionalidad que estamos testimoniando en el mundo actual no es sólo social y económica, sino que reside también en el territorio.
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CAPÍTULO 8 LAS UNICIDADES:
LA PRODUCCIÓN DE LA INTELIGENCIA PLANETARIA
Introducción
Como hemos discutido, el entendimiento de la estructura y funcionamiento del mundo pasa por la comprensión del papel del fenómeno técnico, en sus manifestaciones actuales, dentro del proceso de producción de una inteligencia planetaria. Entre esas manifestaciones queremos destacar la emergencia de una unicidad técnica, de una unicidad del tiempo (con la convergencia de los momentos) y de una unicidad del motor de la vida económica y social. Esas tres unicidades son la base del fenómeno de globalización y de las transformaciones contemporáneas del espacio geográfico.
La unicidad técnica
En los comienzos de la historia social del planeta había tantos sistemas técnicos como lugares y grupos humanos. Éstos, servidos únicamente por las técnicas del cuerpo, carentes de movilidad, dependían de áreas geográficas restringidas, donde los recursos de su inteligencia y los recursos naturales combinados permitían la emergencia de modos de hacer dependientes del entorno inmediato.
Cada punto habitado de la superficie terrestre constituía, por aquel entonces, un conjunto coherente sobre una fracción dada del planeta formado por una población local, por las técnicas locales, un sistema político local y un régimen económico local.
Ese movimiento unitario se daba prácticamente sin otra mediación más que esa relación, al mismo tiempo horizontal y vertical entre el grupo y su medio. El lugar definía, al mismo tiempo, las condiciones de vida y las condiciones (los procesos) de su evolución. Los sistemas técnicos eran locales.
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En el transcurso de la historia las relaciones entre grupos y, especialmente, los intercambios desiguales, terminaron imponiendo a ciertos grupos las técnicas de otros grupos. Entre aceptación dócil o reticente, entre imposición brutal o disimulada, la elección fue sin embargo inevitable. Así, conjuntos enteros o fragmentos de técnicas se incorporan a otros fragmentos, cambiando los antiguos equilibrios y agregando elementos externos a historias hasta entonces autónomas. Por tanto, se puede hacer alusión a una «desterritorialización» de las técnicas, que tras su instalación en su nuevo medio y la formación de un sistema con las técnicas preexistentes, protagonizan lo que se puede denominar «reterritorialización». De ahí en adelante, el movimiento local de las técnicas deja de ser únicamente horizontal, antropológico, y recibe una influencia, un componente vertical, que integra al lugar en una historia técnica y social más amplia.
Tales invasiones, mezclas y composiciones terminan reduciendo el número de sistemas técnicos. Y a cada nuevo movimiento, consagrando fusiones, supresiones e integraciones, la reserva de sistemas técnicos se hace menor, pues los intercambios entre grupos se intensifican y se amplían geográficamente, e involucran un número creciente de sociedades y territorios.
La creación de las economías-mundo, de las que habla E Braudel, es un momento importante en esa evolución. A partir del siglo xvi, con la expansión del capitalismo, se crea la posibilidad de intercambios intercontinentales y transoceánicos de plantas, animales y hombres, con sus modos de hacer y de ser. Las técnicas particulares tienden a contaminarse mutuamente.
En los inicios del capitalismo había aún múltiples ecuaciones técnicas, numerosas formas de utilización y creación de recursos. Las elecciones eran variadas. Pero, a medida que el capitalismo se desarrolla, ha disminuido el número de modelos técnicos y la elección se ha vuelto más limitada.
El último cuarto del siglo xix estuvo marcado por la afirmación de técnicas materiales revolucionarias que, además, supusieron transformaciones fundamentales en las demás técnicas de la vida social. Pero la difusión de esas técnicas fue atenuada, en cierta forma, por motivos políticos. La creación de los
grandes imperios coloniales refuerza el poder de las potencias europeas, y su dominio sobre grandes porciones del resto del mundo se da a partir de un control del comercio, cuya base es política. Los mercados eran aún nacionales (lo que debe ser interpretado en sentido amplio, considerando que las fronteras de los Estados coloniales abarcaban los territorios dominados distantes) y las diferencias de poder tecnológico eran compensadas por las ventajas comerciales que cada uno de ellos podía atribuirse libre-
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mente. La competencia entre los países centrales no tenía como base la tecnología, sino la política comercial.
La muerte de los imperios, que fue precipitada por el final de la segunda guerra mundial, coincide con la emergencia de una técnica capaz de universalizarse. En realidad, incluso antes de instalarse plenamente, el nuevo sistema técnico gana esa enorme victoria y elimina las únicas fronteras que podían impedir su difusión. El surgimiento de numerosos Estados nacionales, la creación de organismos supranacionales, la entrada en escena de la información y el consumo como denominador común universal, facilitan el triunfo de las técnicas basadas en la información que revolucionarían en adelante la economía y la política, antes de incluir la cultura en el proceso global de cambios.
A partir de la segunda mitad del siglo xx se estrecha de tal forma y con tal rapidez la elección, que llega a existir sólo un modelo. En otras palabras, no hay más elección.
El movimiento de unificación, intrínseco a la naturaleza del capitalismo, se acelera, para alcanzar hoy su punto culminante con el predominio, en todos los lugares, de un único sistema técnico, que es la base material de la globalización. Con el surgimiento del período técnico-científico, en la inmediata posguerra, el respectivo sistema técnico se vuelve común a todas las civilizaciones, todas las culturas, todos los sistemas políticos, todos los continentes y lugares. Refiriéndose a la oposición entre los sistemas capitalista y socialista, Edgar Morin (1965, p. 72) lndaga sobre qué sería más decisivo, la antinomia de las fórmulas O la Unidad industrial. De ahí la banalización de la idea según la cual, en esas condiciones, el sistema socialista representaría un subsistema del sistema capitalista.
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los hechos impersonales llevando a efectos mecánicos (p. l48),’5 se realiza con el presente espacio racional. Los grandes sistemas técnicos, dice A. Gras (1993, p. 21), «ilustran físicamente una dimensión característica de la representación moderna del mundo, atribuyéndose un espacio matemático que ellos encarnan materialmente».
Esa «existencia real originada en ideas», según la formulación de E Dessauer (1964, p. 244), ha sido comentada por C. Mitchum (1989, pp. 47-48), que la
considera como una «existencia fuera de la existencia». De forma más simple, las innovaciones tecnológicas actuales son «razonamientos materializados» (J.-P. Séris, 1994, p. 157), que toman, decimos nosotros, la forma de simples objetos, de máquinas, de configuraciones espaciales, cuya concepción, producción e instalación son dictadas más frecuentemente por motivos pragmáticos, que obedecen a la lógica de los fines instrumentales.
Tal como escribe Ph. Queau (1987, p. 5), «las imágenes de síntesis han desbordado, desde hace tiempo, el estrecho marco de sus aplicaciones militares y son, desde ahora en adelante, instrumentos difundidos de conocimiento y de acción, pero también instrumentos inéditos de creación. Además, renuevan el gusto por antiguas cuestiones filosóficas, ofreciendo perspectivas originales».
Esas nuevas realidades, vistas separadamente o en su conjunto, señalan no sólo el «desencantamiento de la naturaleza», apuntado por Schiller, sino un «desencantamiento del espacio geográfico», hoy tendiente a ser racionalizado por completo, y sujeto a reglas preestablecidas que incluyen su propia sustancia.
Como indicaba Condorcet (citado por J.- P. Séris, 1994, p. 160) en su Éloge de Vaucanson, el genio de la mecánica «consiste principalmente en disponer en el espacio los diversos mecanismos que deben producir un efecto determinado y que sirven para regular, distribuir y dirigir la fuerza motriz». Para el mismo J.-P. Séris (1994, p. 160), esa idea debe aproximarse a aquella de Bergson, cuando hace del espacio
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Pero cada período ve nacer una nueva generación técnica que le caracteriza. Ese nuevo subsistema, por mostrarse más eficaz que los demás, surge como un subsistema hegemónico. En el pasado, los respectivos sistemas hegemónicos no disponían de un alcance global, pudiendo estar ausentes en ciertos países o en ciertas regiones. Hoy el subsistema técnico hegemónico se ha vuelto ubicuo y es de esa forma como debemos entender la expresión «universalismo técnico» (technical universalism), acuñada por J. Ellul (1964, pp. 116-133). Su área de acción es el mundo entero. Y es así como la técnica se transforma en un «medio universal y uniforme», en los términos de Miquel y Ménard (1988, p. 281).
Este dato tiene extrema importancia. En primer lugar, porque toda la humanidad conoce ese denominador común y todas las civilizaciones deben referirse a ese molde. Esto es lo nuevo en la historia del mundo. En segundo lugar, porque permite una apreciación también general de las hipótesis en relación al futuro.
Unicidad técnica no significa presencia única de una técnica única. En realidad, en ningún momento de la historia, excepto en su fase inicial, los grupos humanos utilizaron una única generación de técnicas de la vida material o una sola generación de técnicas inmateriales. Cada nueva familia de técnicas no expulsa completamente las familias precedentes, sino que conviven juntas según un orden
establecido por cada sociedad en sus relaciones con otras sociedades.
Ello no significa que el pasado haya sido aniquilado. La herencia material permanece en proporciones diferentes según las civilizaciones, los países, las regiones. Y sobre esos restos de una sucesión de elaboraciones va a sobreimponerse el nuevo conjunto de técnicas característico del período actual.
Los elementos provenientes del pasado no son los mismos, pues las diversas civilizaciones no han recibido los mismos impactos durante las diversas fases de la evolución técnica. Y ciertas áreas han pasado incólumes ante las innovaciones técnicas de cada período. Sin embargo, las técnicas actuales se han difundido universalmente, aunque con diferente intensidad, y sus efectos se hacen sentir directa o indirectamente sobre la totalidad de los espacios. Éste es uno de los caracteres distintivos de la técnica actual.
La expresión «universalidad de las técnicas» es familiar a los antropólogos, gracias a la introducción de esa idea por Leroi Gourhan. Para este autor, desde los inicios de la historia, objetos semejantes fueron creados, en lugares y tiempos distintos, por grupos étnicos también diferentes. M. Humbert (1991, p. 55) nos recuerda que «el sílex tallado era el mismo en todo el planeta, cuando las relaciones intercontinentales eran como mínimo raras y extremadamente lentas». Esa
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generalidad de las formas técnicas se imponía como tendencia. Era su universalidad. La universalidad actual es diferente. En primer lugar, no es una tendencia, sino una realidad. En segundo lugar, esa realidad ha venido a formar parte de los lugares prácticamente en un mismo momento, sin desfases notables. En tercer lugar, ese fenómeno general da lugar a acciones que también tienen un contenido universal. De ahí la posibilidad de programas semejantes para todos o casi todos los países, como esos conocidos planes de ajuste del Banco Mundial y del FMI, con apoyo de las grandes potencias industriales y financieras. En cuarto y último lugar, esos objetos técnicos semejantes y actuales existen en una situación de interdependencia funcional, igualmente universal. En el inicio de la historia, algunos objetos se universalizaban, pero se daban aisladamente. Hoy, lo que es universal es todo un sistema de objetos.
Se puede hablar de unicidad técnica por el hecho de que los sistemas técnicos hegemónicos están cada vez más integrados y forman conjuntos de instrumentos que operan de forma conexa. Esa «interdependencia de los componentes», señalada por 6. Simondon (1958), debe mucho a la intencionalidad de los objetos técnicos. Así, «cada pieza importante es de tal forma dependiente de las otras por intercambios recíprocos de energía que ella solamente puede ser lo que es...» (J. Baudrillard, 1973, p. 11).
ahora aún con más fuerza. N. Rotenstreích (1985, p. 63) nos advierte sobre el hecho de que la tecnología, en su forma actual, «es más que la suma total de instrumentos separados y productos desconectados». Es la «universalización de las técnicas y de los productos» lo que permite la emergencia del «sistema industrial mundial» (M. Humbert, 1991, p. 53).
La nueva realidad ha sido bautizada de diversas maneras: es el «mecano universal» de A. Moles (1971, p. 82)33, «motor esencial de la potencia» (D. Janicaud, p. 127), esa «planetarización de la técnica» (Tavares d’Amaral, 1987, p. 35), que es responsable de la banalización planetaria a la que se refiere J. Chesneaux (1983, p. 258) citando la cuarta ley de Partant34.
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El subsistema de técnicas hegemónicas es, por su naturaleza, un sistema invasor. Esto explica la mayor rapidez y generalidad de su expansión, al compararlo con los anteriores subsistemas hegemónicos. Ese subsistema acaba imponiéndose, directa o indirectamente, por su papel unificador de los procesos globales.
Esa fuerza invasora, combinada con su carácter sistémico, es la causa de dos rasgos económicos aparentemente antagónicos pero realmente complementarios. Por un lado, el proceso económico se fragmenta, a nivel mundial, gracias a la presencia, en diversos puntos del globo, de porciones de ese aparato técnico unitario y disperso. Es el carácter sistémico de la técnica el que asegura, también, la complementariedad y coordinación de los procesos, la sucesión de etapas, la garantía del resultado. Sin ello, las empresas multinacionales no podrían existir. A
33 la gran novedad de la tecnología moderna parece ser la aparición cada vez más insistente de sistemas combinatorios en los que un mismo repertorio da piezas puede estar reunido de diversas maneras con tasas de complejidad estructural semejantes para satisfacer finalidades diferentes. Podría decirse que el universo técnico tiende hacia una suerte de ~Mecano~, universal, juego combinatorio que es una nueva solución para el problema humano de la unidad en la diversidad.. Abraham Moles, Teoría de la complejidad y Civilización industrial~, en Los Objetos, Comunicaciones, Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1971, pp. 77-94, p. 82.
34 J. Chesneaux (1983, p. 258) habla de las cuatro leyes de Partant, de las cuales la cuarta es la ..ley de la banalizacién planetania: ..Desde que se realiza un progreso en las técnicas de producción en algún lugar sobre un punto particular, el resto del mundo debe alinearse para continuar siendo competitivo. En ese sentido, es en nuestra época cuando se vuelve completamente verdadera la frase de Marx en el Manifiesto comunista: “La burguesía moldea el mundo a su imagen’..
partir de un punto escogido, se ejerce el gobierno único de procesos técnicos, económicos y políticos, cuyas bases de operación se encuentran en diversos puntos de la superficie de la Tierra. 1. Granstedt (1980, p. 89) se refiere a esos puntos por donde «transitan los productos en vías de elaboración» como verdaderas «escalas técnicas» y considera impropio, en ese caso, hablar de mercado.
Existe, pues, la posibilidad, ampliamente ejercida, de una extrema dispersión de los diversos momentos de la producción, mientras que el control se vuelve aún más concentrado, una concentrización en palabras de L. Navarro de Britto (1986). Ésta es la otra cara de ese fenómeno de unicidad técnica.
J. Ladriére (1968, p. 216) había hecho referencia a ese «proyecto tecnicista» como un proyecto global, en su opinión, emergente en la humanidad desde el siglo xix. Pero él veía ese proyecto global como implícito, en el que se negaba «la capacidad de concebir un proyecto total que abarcaría, en un solo plano gigantesco E...] todo el desarrollo futuro...» (J. Ladriére, 1968, p. 217). En su opinión, únicamente los proyectos parciales eran explícitos, inducidos por un proyecto global implícito. No obstante, ese autor cita a 5. Breton (1968, p. 11) cuando éste afirma que la técnica «se manifiesta como un universal concreto y ya no como una categoría del pensamiento en plena expansión».
Según el propio 5. Breton, la «universalidad relacional» se obtiene con la «comunicación de todas las técnicas que se abren unas sobre las otras, en un llamamiento a la complementariedad que condiciona tanto su posibilidad de existir como su eficacia»35.
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Cabe aquí retomar la diferenciación entre la universalidad de la técnica como tendencia real, realizada, según la definición de Leroi Gourhan, y la universalidad de la técnica tal como hoy se verifica, a partir de un conjunto técnico homogeneizado, sistémico, completo y regido por relaciones mundializadas sistemáticamente unificadas. Hoy, el proyecto global se hace explícito.
La unicidad del tiempo: la convergencia de los momentos
Otra gran maravilla de nuestro tiempo es lo que estamos denominando unicidad
35 Su conexión permite comprender esa nueva fisonomía del mundo a la cual llamamos “el universo de la Techne”. El mundo técnico se caracteriza, desde el punto de vista de la fenomenología, por la universalidad relacjonal [...] como totalidad de determinaciones complementarias., 5. Breton. 1968. p. 115.
de los momentos. También podríamos considerar este hecho como una convergencia de los momentos.
Hay quien prefiere decir que el tiempo se unifica, pero no se trata de eso. Lo que realmente se da, en nuestros días, es la posibilidad de conocer instantáneamente acontecimientos lejanos y, por tanto, la posibilidad de percibir su simultaneidad. El acontecimiento es una manifestación corpórea del tiempo histórico, algo como si la llamada flecha del tiempo apuntase y se posase en un punto determinado de la superficie de la tierra, poblándolo con un nuevo acontecer. Cuando en el mismo instante otro punto es alcanzado y podemos conocer lo que allí aconteció, entonces estamos presenciando una convergencia de los momentos y su unicidad se establece a través de las técnicas actuales de comunicación.
Esos momentos no son iguales, a pesar de encontrarse en el mismo cuadrante del reloj. Pero son momentos unitarios, unidos por una lógica común.
Ésta es una gran novedad, un privilegio de nuestra generación. Las actuales efemérides permiten recordar la sensibilidad de las generaciones precedentes ante los acontecimientos. La conmemoración del segundo centenario de la Revolución francesa trajo una serie de recuerdos, entre ellos el del Diario escrito por Luis XVI. En la noche del 14 de julio de 1789, fecha de la caída de la Bastilla, el soberano francés describía lo ocurrido durante el día con una única palabra: nada. París estaba a la misma distancia actual de Versalles, donde estaba instalada la corte, pero era imposible, aun para el rey, saber lo que ocurría en la capital del país. Había simultaneidad de los acontecimientos, pero no había cómo percibirla.
En El nombre de la Rosa, Umberto Eco (1983, p. 22) nos cuenta que «... en el año