Hubo muchos nazis que huyeron a Alemania Oriental, Hungría y Polonia, bajo una nueva identidad. Para encontrarlos, Carmel Offie necesitaba hombres con suficientes agallas para hacer un pacto con el diablo. La misión de estos rastreadores era comunicar a los nazis que no se les juzgaría por los crímenes de guerra cometidos si accedían a trabajar como agentes en Europa para Estados Unidos y contribuir a la victoria de la Guerra Fría frente a los soviéticos.
El plan de Offie constaba de dos partes. La primera era dar con ingenieros y científicos nazis que seguían viviendo en los Estados títere soviéticos. Offie quería localizarlos y llevarles a Estados Unidos para que la Unión Soviética no pudiera sacar partido de su talento. La segunda parte era una tarea mucho más difícil: contactar con los colaboradores nazis más astutos, aquellos que lograron meterse en el Gobierno y las autoridades financieras de los países ocupados.
Esta caza de talentos se extendió desde el mar Báltico hasta los Balcanes. Era un plan complicado y arriesgado, pero Offie, siempre seguro de sí mismo, aseguró a sus superiores que podría cumplirlo. Así fue como nacieron la Operación Sujetapapeles y, posteriormente, la Interés Nacional, surgidas del despacho de Offie, sito en la supuestamente inexistente planta decimotercera del viejo cuartel general del inspector general Farben en Frankfurt. Ambos programas reclutaron nazis considerados «fundamentales para los intereses nacionales de Estados Unidos»: Sujetapapeles se dirigía a los científicos y expertos técnicos, e Interés Nacional se dirigía a los nazis que pudieran ser «útiles desde un punto de vista político» en las acciones emprendidas contra la Unión Soviética.
Offie era consciente de que los colaboradores alemanes que vivían en los países ocupados por los soviéticos estaban aterrados y resultaría muy difícil dar con ellos. Por eso necesitaba a un buen oficial capaz de contactar con ellos y ganárselos para el bando occidental. Este oficial debía tener claro que su conformidad a servir a Estados Unidos no siempre tenía que ser voluntaria. Offie le vendió la idea a Wisner, pero no le dijo nunca hasta dónde estaba dispuesto a llegar con tal de poner en nómina a los nazis.
E1 hombre que aguardaba para ver a Carmel Offie aquel día de primavera de 1945 iba vestido de paisano. A la guapa secretaria del WAC, la sección femenina del ejército (Offie siempre contrataba secretarias muy guapas porque pensaba que hacían sentirse a gusto a la gente), aquel hombre le recordó a Charles Boyer, el actor de cine. Le echó unos treinta y tantos años, casi cuarenta. Era de complexión normal e iba impecablemente vestido. Llevaba consigo periódicos húngaros y alemanes y tenía una elegancia europea, pero no se le notaba acento alguno. El día anterior el WAC había entregado a Offie la ficha confidencial de este hombre. Si le hubiera echado un vistazo, la secretaria sabría ahora que su nombre era George Weisz50.
Weisz nació en Miskolc, en Hungría, el 27 de agosto de 1918, en el seno de una familia judía. En 1932 llegó a Estados Unidos con su familia (sus padres y
su hermana). Tenía entonces trece años51 y pasó la adolescencia en el barrio
húngaro de Manhattan. Eran los tiempos de la gran depresión económica. Tras graduarse con matrícula en el instituto Stuyvesant en 1937, Weisz, un joven vivaz al que apasionaba el arte, inició sus estudios superiores en el Cooper Union.
Su madre, Gizelle, le explicó al investigador que trabajaba para Carmel Offie que «a Georgie le daba miedo que no tuviéramos suficiente dinero. (A su padre no le gustaba trabajar.) Por eso, empezó a trabajar mientras estudiaba, y así nos ayudaba con los gastos». A pesar de la carga de responsabilidad, George quería mucho a su apuesto padre. Y recurría al encanto que su padre le había enseñado para encandilar a las mujeres que fue conociendo en Nueva York.
50
Descripción basada en las entrevistas mantenidas con C. G. Follich, del WAC, que después sería esposa de William K. Harvey.
51
El autor obtuvo una copia de los archivos confidenciales de la CIA y del Departamento de Estado sobre Weisz, y de su ficha no confidencial del ejercito.
Entre los amigos de la familia había una gran variedad de inmigrantes húngaros. «Georgie heredó mi carácter: alegre, abierto... y de su padre heredó el don para las mujeres», explicó Gizelle Weisz. A casa de los Weisz acudía mucha gente a comer, a beber y enzarzarse en animadas conversaciones. Suzanne, la hermana de George, más joven que él, le tomaba el pelo por la cantidad de novias que tenía. «Georgie tenía muchos amigos que no eran inmigrantes húngaros. Se tomaba los estudios en serio, pero no tenía que esforzarse demasiado».
Aunque la familia era judía, no eran especialmente religiosos. George aprendió desde muy joven que, para sobrevivir fuera de su entorno de inmigrantes, tenía que evitar hacer alusiones a su religión.
En el Cooper Union College estudió escultura y pintura, pero enseguida se dio cuenta de que el arte no podría resolver las necesidades económicas de la familia. Dado que todos dependían de los empleos a tiempo parcial de George, decidió seguir estudios empresariales más prácticos y se pasó a la Universidad de Nueva York, donde empezó a prepararse para desempeñar una carrera profesional52.
En el otoño de 1941, cuando Estados Unidos no había entrado aún en guerra, George, que contaba entonces veintitrés años, se alistó en el ejército y partió hacia Kentucky para formarse en la Officer's Candidate School. Sacó notas estupendas en las pruebas de idiomas y de inteligencia. Por su cultura y por las notas que había obtenido quedaba claro que su destino idóneo sería el Servicio de información. A principios de 1944, siendo ya oficial de información, el ejército le envió a Fort Ritchie, en Maryland, donde recibió formación especializada sobre las técnicas para descubrir agentes enemigos sospechosos.
Un compañero de aquella época en Fort Ritchie dijo de él que tenía una habilidad natural para meter en una encerrona incluso a los más diestros, y para conseguir que cometieran errores. «Tenía una manera de acercarse a ti brutal. Primero se ganaba tu confianza, te hacía pensar que creía en ti, y a continuación te daba el golpe definitivo. Fue el que más rápido aprendió de la clase». Tras el Día D, el ejército envió a Weisz a Europa, donde entró en acción como oficial de información para la decimocuarta División Acorazada, y luego para la vigésimo octava División de Infantería en Alemania. Sus informes de aptitud eran brillantes.
En las cartas que enviaba a su madre y hermana, Weisz no les decía nada sobre la parte oscura de su trabajo. Les escribía sobre arte, sobre los jardines que veía y sobre el encanto de las mujeres europeas. «A George le encantaba estar en Europa, cerca de donde estaban pasando las cosas», rememoró su hermana.
Al final de su primera misión en el extranjero, Weisz volvió a casa y contó sus aventuras a sus familiares y amigos. Había llevado fotografías de él con soldados soviéticos subidos en tanques, sonriendo y saludando triunfalmente.
Weisz habló con su familia sobre lo mal que estaba la situación en el Viejo Continente, y por primera vez hizo comentarios sobre la amenaza procedente de la Unión Soviética. «Hasta entonces nunca le había interesado mucho la política», dijo su madre. Pero esta vez se sentía verdaderamente Orgulloso de que Estados Unidos hubiera liberado a Europa y de que él hubiera desempeñado un pequeño papel en aquella hazaña. Pero, a pesar de su talante positivo, su hermana notó que George había cambiado: «No era tan despreocupado como antes. Seguía adorando a las mujeres, y seguía pasándolo bien, pero había algo diferente. Por debajo de su alegría se notaba algo». Cuando ella le preguntó si tenía algún problema, le respondió que no.
Mientras aguardaba a Carmel Offie, Weisz ni siquiera se fijó en la guapa secretaria del WAC. Estaba inmerso en la lectura de un periódico húngaro de hacía dos semanas, cuando al fin se abrió la puerta del despacho. Otra preciosa oficial del WAC le guió por un laberinto de oficinas provisionales hasta llegar a la reducida y desnuda sala de reuniones.
Carmel Offie era ya una leyenda entre los servicios de información y entre los miembros de la diplomacia, y Weisz reconoció su pelo repeinado hacia atrás y sus negros bigotes. Offie acompañó a Weisz a través de media docena de oficinas improvisadas. En una sala más grande, sin ventanas, Offie dejó solo a Weisz una
52
Entrevistas con la hermana de Weisz, Suzanne Weisz Gottlieb, y con su madre, Gizelle Breuer Weisz, asi como con otros parientes.
vez más con sus periódicos y se fue a otro despacho. En este, Frank Wisner leía el expediente que Offie tenía sobre Weisz.
Wisner andaba buscando al hombre adecuado para su Operación de reclutamiento de nazis en Hungría. En el expediente leyó que el ejército había utilizado con mucho éxito el encanto de Weisz como un arma al servicio del espionaje. También se enteró de que Weisz, con su capacidad para los idiomas y su sensibilidad para la cultura, fue capaz de conseguir que los alemanes le dieran nombres de nazis de máximo rango y de funcionarios que resultaron muy útiles. Nunca dio a conocer que era judío.
El expediente describía el asombro de un compañero al ver las tácticas de Weisz en un interrogatorio a un oficial del lugar. «Weisz sorprendió al oficial en varias mentiras sobre sus contactos con el Partido Nazi. Weisz estaba muy tranquilo y se mostraba muy amable, pero entonces dejó al tipo sin defensas. En cuestión de una hora, aquel hombre le dio los nombres de todos los nazis de máximo rango de la región [...]. Como George podía ser tan encantador, su rudeza en estas situaciones resultaba impactante. Se le daba de maravilla fomentar esa reacción emocional típica de los alemanes cuando están ante una persona autoritaria. George podía volverse muy autoritario, muy intimidante».
Offie sabia que no era corriente encontrar entre los norteamericanos la sofisticación de Weisz, combinada con su experiencia como interrogador hostil. Con solo veintitantos años, Weisz daba la imagen de un hombre de mundo de cuarenta. Era uno de los pocos oficiales del ejército que hablaban húngaro o que tenían unos mínimos conocimientos sobre Hungría. Por todas estas razones, Weisz era el hombre que Offie y Wisner querían para su misión de localizar y reclutar a los peores criminales del Tercer Reich. En ningún momento se plantearon que iban a enviar a un judío a pactar con los hombres que habían intentado aniquilar a todos los judíos de Europa, sobre todo a los de Hungría, su país natal.
Offie y Wisner salieron del despacho de este último y fueron al encuentro de Weisz. Al llegar a la sala, Offie dijo: «Le presento a Frank Wisner, del Departamento de Estado, Oficina de Coordinación de Políticas». Estupefacto, Weisz estrechó la mano del hombre que controlaba absolutamente todas las operaciones secretas de Estados Unidos.
Para él, conocer a Wisner era como conocer al príncipe heredero del sistema de los servicios de información. Para Wisner, Weisz era una más de las muchas personas a las que había conocido ese mismo día. Sin embargo, parecía realmente que se alegraba mucho de conocerle.
Después de este encuentro, Weisz entró a formar parte del grupo formado por muchos hombres y solo algunas mujeres que, procedentes de Wall Street, las empresas, las bases militares y los campus universitarios, habían sido reclutados por Wisner y Offie para la Operación Sujetapapeles y la Operación Interés Nacional.
Wisner y Offie asignaron a Weisz, como empleo tapadera, al tribunal que juzgaba los crímenes de guerra en Nuremberg. Este destino le ofreció la oportunidad de hacer preguntas y entrevistar a muchos nazis alemanes acerca de su trabajo en Hungría. Les preguntó dónde tenían los archivos, dónde podrían estar escondidos los nazis húngaros y bajo qué disfraz se ocultaban.
Weisz viajó de Nuremberg a Hungría, pertrechado con toda esta información. Como tapadera, Wisner le nombró representante para las negociaciones con el nuevo Gobierno comunista sobre el asunto de los desplazados. Weisz, de una manera muy parecida a la de Igor Orlov, empezó a sacrificar a un buen número de nazis poco útiles que estaban escondidos. Y lo hizo con dos finalidades. La primera: conseguir credibilidad en el régimen instaurado en Budapest con el respaldo soviético, mediante el descubrimiento y entrega de colaboradores de Hitler. La segunda, más importante aún: demostrar a la clandestinidad pro nazi de Hungría que era un tipo despiadado dispuesto a renunciar a una fuente y entregarla a los soviéticos si no le gustaban sus respuestas. Al igual que con Orlov, el arma más importante de Weisz era el miedo.
Weisz trabó amistad con varios húngaros de a pie hasta el punto de que le invitaban a reuniones de familia y le conseguían billetes de avión de primera clase. Ningún oficial estadounidense tenía mejores contactos en Hungría que Weisz.
Utilizó a los hombres y mujeres a quienes reclutó para organizar operaciones paramilitares que proporcionaron información económica y militar a Estados Unidos acerca de los movimientos de los soviéticos en el país. Sin
embargo, su tarea principal fue dar con criminales de guerra «útiles» y sacarlos sanos y salvos de Europa, con destino a Estados Unidos o a Latinoamérica. Para ganarse su confianza y conseguir que colaboraran, les prometió la ciudadanía estadounidense y compensaciones económicas. Gracias al estatuto que creó la CIA, y con el beneplácito del director de esta, cien individuos quedaron exentos de las leyes de extranjería.
Analizar la situación en la que se vio metido Weisz pone los pelos de punta. Muchos de sus parientes y amigos húngaros habían muerto o habían padecido indecibles torturas a manos de los nazis. Pues bien, la misión de Weisz consistía en premiar a algunos de esos mismos nazis y convertirlos en aliados secretos de Estados Unidos. Lo que Offie y Wisner interpretaron como frialdad y competencia en los interrogatorios era, en el fondo, la manera que tenía Weisz de manejar su rabia. En esta ocasión la dirigía a los húngaros que habían colaborado con los nazis, obligándoles a decirle dónde se escondían los nazis que quería reclutar. Era como si Weisz, a través de estos interrogatorios hostiles, pudiera designar como culpable al Gobierno húngaro por su complicidad en la aniquilación de los judíos húngaros.
Los métodos que empleó se volvieron cada vez más brutales. Jugó a un juego muy peligroso con los oficiales comunistas. Desde el primer momento, hizo saber que era judío y que se dedicaba a cazar nazis. Por cada nazi que descubría y que reclutaba con éxito, cogía a un nazi menos deseable y lo entregaba a las autoridades comunistas. De ese modo, salvaguardaba su imagen y la de los oficiales comunistas.
Se le daba tan bien descubrir y reclutar a sus objetivos, que sus compañeros le apodaron «el Caballero Negro»53. Para dar con los nazis, empezaba por los desplazados. En cuanto encontraba, en una región dada, a los simpatizantes nazis más útiles para su causa, les eximía del sufrimiento que padecían los demás refugiados y, o bien les ponía bajo su control, o bien les enviaba a Estados Unidos. Si encontraba alemanes útiles escondidos entre los húngaros, les ofrecía un buen empleo en el Gobierno de Estados Unidos. Una de las colegas de Weisz, Clara Grace Follich, que también trabajó para el ejército en las operaciones Sujetapapeles e Interés Nacional, explicó lo siguiente: «Sacábamos a los científicos y a sus familias [...]. Yo iba en los vuelos negros [vuelos secretos que supuestamente no podían detectarse] desde Wiesbaden hasta la base de las Fuerzas Aéreas en Andrews, junto a las familias de los hombres que estaban trabajando en el programa aerospacial. Los rusos les habían dicho que serían lanzados [del avión] mientras sobrevolábamos el Atlántico. Estaban muertos de miedo. Por eso, siempre subía y me quedaba con ellos»54.
Clara Grace, que prefería hacerse llamar C. G., confirmó que Weisz iba a por los colaboracionistas nazis de más alto nivel: «Sus blancos eran banqueros, hombres de negocios, la gente que hizo que Hungría apoyara a los nazis». Ella misma explicó: «Los rusos intentaban llevárselos a Moscú, y nosotros intentábamos llevárnoslos a Estados Unidos». C. G. no sintió dudas morales sobre la idea de llevar nazis a Estados Unidos, aunque algunos fuesen criminales de guerra: «Ellos fueron quienes consiguieron que llegáramos a la Luna y quienes llevaron a los rusos al espacio... Los alemanes tenían los expertos, los conocimientos y la capacidad necesarios, porque antes se habían dedicado a fabricar bombas volantes».
Durante esta época, Weisz invitó a su madre a que le visitara en Europa. Cuando vio a su hijo, se quedó conmocionada. Aquel joven rebosante de felicidad, que antes amaba tanto la vida, estaba ahora lleno de odio. Weisz le dijo que odiaba a los húngaros por proteger a los nazis. Le insistió en que nunca más volviera a hablarse húngaro en casa cuando él estuviera presente. «Odiaba Hungría -rememoró Gizelle Weisz-. No me dejó decir una sola palabra en húngaro. Cuando íbamos a dar un paseo, no me dejaba usar mi idioma. Meses después me prohibió volver a Hungría [cuando se mudó a Berlín]»55.
53
Según explicó un compañero suyo, Garston W. Driver, Wally. 54
Entrevista con C. G. Harvey mantenida el 19 de abril de 1988. 55
Su hermana, Suzanne, estaba de acuerdo con su madre: «En primer lugar, odiaba a los húngaros por lo que la Policía y el pueblo húngaro habían hecho a los judios»56.
Tres oficiales veteranos del servicio de información que han estudiado la vida de George Weisz llegaron a una misma conclusión: fue durante el período en que Weisz estuvo destinado en Hungría cuando empezó a llevar una doble vida57. Cuando estudiaron su currículo, Offie y Wisner no dieron importancia al hecho de que Weisz fuese de origen húngaro y judío, el tipo de detalle biográfico del que la central de Moscú decidió sacar partido. Los contactos familiares de Weisz en Hungría le convertían automáticamente en un objetivo del reclutamiento soviético.
El NKVD designó para su reclutamiento a uno de los pocos oficiales judíos, húngaro de nacimiento. Este oficial responsable de su caso, que le sacaba treinta años a Weisz, contactó con él a través de sus parientes en Hungría, los cuales se lo presentaron como si fuera un viejo amigo de la familia.
Mientras Weisz sufría la agonía de digerir el reto moral al que debía enfrentarse cada día, este capacitado especialista del NKVD se convirtió en su mentor y amigo. El hombre del NKVD se vendió a Weisz como un activista del movimiento sionista que estaba intentando interrumpir el paso de Odessa, una ruta para la huida clandestina de altos cargos del Tercer Reich. Era lo que se denominaba un reclutamiento con «bandera falsa». Weisz y él hablaron sobre la inmoralidad que estaba cometiendo Estados Unidos. El oficial logró convencerle de que no traicionaría de ningún modo a Norteamérica si les pasaba a los sionistas los nombres de los nazis a los que Estados Unidos estaba protegiendo. Norteamérica estaba conspirando no solo con su antiguo enemigo, sino también con quienes habían matado a decenas de miles de judíos húngaros como Weisz.
Alguna que otra vez, Weisz le pasó a su amigo sionista algún nombre. Parece ser que nunca sospechó que el hombre que le habían presentado sus