Igor Orlov supo de manera intuitiva cómo podría servirse de la confianza que se le otorgó cuando el general Gehlen dio garantías de su autenticidad ante las autoridades estadounidenses. Dado que muchas agencias secretas y servicios de información norteamericanos acudieron a Orlov para que les ayudara con sus operaciones, pudo transmitir a los soviéticos datos sobre prácticamente todas las actividades que Estados Unidos estaba llevando a cabo contra la Unión Soviética en Europa. También pudo poner fin a las especulaciones que se hacían en la central de Moscú acerca de lo que Wisner y el ejército estadounidense estuvieron tramando con Gehlen y su equipo durante los diez meses que pasaron en Fort Hunt, en Maryland, ya que estaba ahora integrado en los servicios de información estadounidenses.
A través de algunos de los hombres de Gehlen, con quienes había hecho amistad durante la guerra, Orlov se enteró de que se estaba construyendo una nueva e inmensa base clandestina para Gehlen en Pullach, a las afueras de Munich. La información que les consiguió Orlov acerca de los planes de largo alcance que habían asignado a Gehlen y a sus hombres permitió a los soviéticos seleccionar a varios oficiales nazis a su servicio, para que se infiltraran en la base de Pullach. Con la paciencia que siempre caracterizó a los servicios de información soviéticos, fueron situando metódicamente a su gente más capacitada. Se trataba de poner a Gehlen en un apuro.
En Munich, Orlov no tardó en enterarse de que la pieza clave en su trato con los norteamericanos eran las relaciones personales. Algunos de los hombres con los que trabó amistad estaban llamados a ocupar cargos importantes en los servicios de información estadounidenses, como fue el caso de David Murphy.
Con su astucia y su estilo, Orlov llegó a infiltrarse en actividades de espionaje que incluso quedaban fuera de sus cometidos. La central de Moscú le ordenó que ofreciera la oportunidad a algunos nazis de menor rango de acceder a la Operación Sujetapapeles. El NKVD le comunicó la ubicación y los alias de varios nazis que se escondían en Alemania. Siguiendo estas instrucciones, Orlov contactó con los nazis y les Sugirió que podría hacer un trato con los norteamericanos en su nombre. Los oficiales encargados del caso de Orlov se mostraron encantados con el plan y aceptaron sin más preguntas la colaboración de los nazis que les proporcionó. Lo más importante para Moscú era que Orlov recibió entonces varias listas de nazis de alto rango que debía localizar en nombre de sus interlocutores norteamericanos. Estos nazis eran vitales para Estados Unidos, y los soviéticos se apresuraron a ponerlos bajo su control.
Como ya había hecho con tanto éxito durante la época de la guerra, Orlov sobornó a algunos exiliados rusos antisoviéticos y les manipuló para que actuaran como agentes dobles, es decir, aparentando que trabajaban para la OPC de Wisner cuando, en realidad, estaban al servicio del NKVD. A continuación los delataba a los norteamericanos como espías soviéticos. Paulatinamente, con mucho esmero y sin piedad, se dedicó a ganarse la confianza de los norteamericanos cada vez en niveles más altos del escalafón. A lo largo de los años no cambió nunca de método; su técnica no tenía fisuras.
Orlov incrementó su acceso a las altas esferas actuando como un bon vivant entre la comunidad de exiliados: se integró en una camarilla de rusos blancos que trabajaban al servicio de la Radio Europa Libre de Carmel Offie, del ejército norteamericano, la OPC e incluso los servicios de información británicos. Utilizó, y acabó traicionando, a todos y cada uno de estos supuestos «amigos». Su único propósito era conseguir información y consolidar la credibilidad de su personaje.
Aplicó su habilidad para manipular a la gente incluso en su vida privada. Igual que hiciera George Weisz, Orlov escogió una esposa que reafirmara su imagen de apoyo a los norteamericanos. Sabían que alguien que fuese leal a la Unión Soviética nunca se casaría con una nazi.
A principios de 1947, el Departamento de Investigación Criminal del ejército le pidió un favor (que le ofreció una oportunidad única). Pocos días antes la Policía local había detenido a dos jóvenes alemanes llamados Baladini y Stirner. La Policía alemana, bajo supervisión del ejército de Estados Unidos, se
extralimitó durante el interrogatorio de Baladini, y este acabó muriendo. Los amigos que tenía Igor en el ejército temieron que la familia de Baladini convirtiera su muerte en un incidente internacional de envergadura. Stirner, que había sobrevivido al incidente, procedía de una familia nazi con muchos contactos. Su hermana había sido novia de Baladini. El ejército pidió a Orlov que les ayudara a echar tierra sobre el asunto.
Orlov decidió ir a por la hermana de Stirner. Le entregaron su expediente y así se enteró de que había sido una discreta celebridad del equipo «ario» de natación olímpica de Hitler. Cuando estalló la guerra, se afilió a las Juventudes Hitlerianas y fue una de sus dirigentes.
Una tarde, Orlov y uno de sus amigos exiliados, Boris, aparecieron junto al tranvía 8 de Munich justo cuando Eleonore Stirner trataba de subir a bordo dos grandes bolsas de patatas. Eleonore era una joven de cabellos negros, figura esbelta y naturaleza coqueta.
- Boris y yo somos bailarines rusos de ballet -le dijo Orlov.
- Me parece que os interesan más las damas que la danza -replicó Eleonore. Más tarde ella misma diría: «La primera vez que les vi pensé realmente que
eran bailarines. La verdad es que Igor era un donjuán»66. Los dos hombres se
pasaron el trayecto conversando con ella hasta que se bajó en la parada de Elisabethstrasse, en el barrio bohemio de Munich. Al bajar la ayudaron con las bolsas de patatas. Cuando ella fue a darles las gracias, Igor dijo: «No podrá librarse de nosotros tan fácilmente. Le llevaremos las patatas a casa».
«Me gustó aquel detalle que tuvieron conmigo», rememoraba Eleonore. Cuando los tres llegaron hasta la casa, Eleonore volvió a dar las gracias a los dos jóvenes y se despidió de ellos. «Entonces Igor dijo: 'No, nos quedamos a cenar'. Era encantador, y Boris también». Les presentó a su madre, que les preguntó si trabajaban para los norteamericanos. Igor dijo que sí. La señora Stirner rompió a llorar y les dijo que habían detenido a su hijo y que habían matado al novio de Eleonore. ¿Podría Igor liberar a su hijo?
Cuando Igor pidió más detalles, Eleonore le llevó al piso de arriba para que conociera al padre de su difunto novio, un catedrático universitario. El padre le contó a Igor la historia que ya conocía. Su hijo era un estraperlista que se dirigía a los Alpes para esquiar cuando se vio envuelto en un incidente con un policía alemán. Hubo un tiroteo. El ejército de Estados Unidos lo había arrestado y, mientras se encontraba bajo custodia estadounidense, le habían matado a palos67. Eleonore le dijo a Igor que temía por la vida de su hermano. «Igor dijo que nos ayudaría», recordó Eleonore.
Los halagos y las atenciones de Igor para con ella coincidieron con el trauma de la muerte de su novio: «Me acosté con él la primera noche para sobrevivir -explica Eleonore-. No sabe usted lo que estaba pasando en Alemania. Morían cientos de personas... Yo no quería morir de hambre». El apuesto Igor Orlov parecía estar ofreciéndole un pasaje a una vida mejor, una oportunidad de recuperar parte de la categoría de que había gozado antes de la guerra. No tenía ni la menor idea de que estaba siendo utilizada para una misión de espionaje.
En un par de días, Igor consiguió resolver los problemas de su hermano con la Policía. Además, quiso ayudarles de otras maneras. La señora Stirner estaba gratamente impresionada con su amabilidad y su capacidad para encontrar cosas como azúcar, carne y pan, que tanto escaseaban. «Mi madre me animó a que siguiera con Igor porque era un hombre muy generoso», dijo Eleonore. A través de los Stirner, Igor entró en contacto con alemanes de clase media a los que utilizaría para sus operaciones de espionaje. Se las ingenió para recabar informaciones útiles acerca de asuntos aparentemente rutinarios, como el proyecto norteamericano de construcción del complejo de Gehlen en Pullach. Si Igor hubiera preguntado directamente a los norteamericanos acerca de dicho proyecto, habría resultado sospechoso. Pero como era uno más de la familia y había trabajado junto a los nazis durante la guerra, los amigos de los Stirner le contaban toda clase de habladurías, rumores e informaciones, con toda tranquilidad.
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Extraído de una serie de entrevistas mantenidas con Eleonore Orlov entre el 6 de julio de 1988 y el 3 de octubre de 1999.
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Su primera cita formal con Eleonore fue con motivo de la boda de uno de sus amigotes, Knabe Urov. «Urov usaba monóculo, y cuando llegué a la boda me vi rodeada de condes y condesas rusos. De repente, solo pensaba en buscar a Anastasia», bromeaba Eleonore.
A lo largo de los meses siguientes, Urov le contaría a Eleonore más detalles sobre Orlov de los que él mismo había divulgado hasta entonces, incluida la novedad de que juntos habían trabajado en el servicio de inteligencia alemán. Le contó que tenían entre sí una especie de competición a ver quién era el más valiente. Eleonore comentaría tiempo después: «Me dijo que Sasha podía ser muy valiente, pero que él lo era más. Que si había que disparar, Igor se ocultaba entre las matas pero él, Urov, salía a disparar a la gente». Cuando se lo contó a Igor, este replicó que Urov «ni siquiera sabía empuñar un arma».
Eleonore conoció también a otro amigo ruso de Orlov, Vladimir Kivi. «Siempre andaban juntos -dijo Eleonore-. Igor tenía amigos muy agradables, divertidos, simpáticos, amables y muy graciosos. Uno de los motivos por los que me enamoré de él fue porque tenía unos amigos muy interesantes». Esta reacción suya era precisamente lo que Orlov había pretendido al cultivar amistades como las de Knabe, Boris o Vladimir.
En julio de 1948, Eleonore se quedó embarazada de Igor. La madre se enfureció porque no habían tomado precauciones e insistió en que debían casarse. Al iniciar los acelerados trámites para la boda, «la Iglesia luterana dijo que no podría casarnos porque Igor les había dicho que era católico... y la Iglesia católica tampoco podía casarnos porque yo era luterana». Al final, usaron documentación falsa que les proporcionó el servicio secreto norteamericano para casarse por lo civil el día 14 de julio de 1948. Igor esperó a estar casados para comunicarle a Eleonore que le habían dado esa documentación falsa con la condición de que ella abortara.
«Estaba abrumada y confusa. Igor me dijo que sus jefes norteamericanos no estaban contentos y que habían exigido que abortara -me explicó Eleonore-. Igor me dijo que le despedirían si yo tenía el bebé». Todos los oficiales que llevaron el asunto de Orlov coincidieron en que Igor nunca les había comentado nada sobre el embarazo de Eleonore. Evidentemente, Orlov pensaba que tener un hijo podría limitar su capacidad operativa. Eleonore se sometió al aborto. Aquel fue el primero de una larga serie de sacrificios.
Aun así, ella estaba feliz con su vida junto a Igor y disfrutaba con pequeñas cosas, como cuando se compró una bicicleta nueva. «Nuestra vida parecía ir de maravilla. Me había casado con un hombre encantador y poco a poco íbamos alejándonos de la vida dura de la posguerra».
Los recién casados se trasladaron a un piso alquilado en Elisabethstrasse. Eleonore encontró trabajo como traductora en la editorial Drömer, e Igor se dedicaba a trabajar para sus «amigos» norteamericanos y para Drömer como repartidor. Y pasaba largas veladas con exiliados ucranianos relacionados con Radio Europa Libre.
Un día de 1949, Orlov le dijo a Eleonore que tenía que ir a ver a un agente del ejército de Estados Unidos, y que estaría fuera unos días. Sin embargo, lo que hizo en realidad fue viajar en tren hasta Berlín Oriental y luego en coche hasta Baden-Baden, para encontrarse con su antiguo oficial de contacto del NKVD, procedente de Moscú. Al llegar al lugar de la cita, Orlov recibió la noticia de que le habían ascendido a coronel del NKVD68.
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El servicio secreto ruso posterior a la era soviética (el SVR) sigue considerando el caso de Orlov como un asunto muy espinoso. Según Vasily Mitrojin, antiguo archivero del KGB, «todavía en 1997 se insistía en que no había ningún documento que sugiriera que Kopatzky bajo cualquiera de sus alias, hubiera participado jamás en "colaboraciones [...] con los servicios de información soviéticos"». Mitrojin, según su libro publicado en 1999 y coescrito con Christopber Andrew, The Sword and the Shield: The Mitrokhin Archive, afirma que él «pudo tomar notas detalladas del abultado documento que el SVR asegura que no existe. Este documento revela que en 1949 Kopatzky visitó la misión militar soviética de Baden-Baden y que fue trasladado en secreto a Berlín Oriental, donde accedió a actuar como agente soviético». El documento que copió Mitrojin describía también las operaciones de Igor contra las organizaciones de exiliados rusos antisoviéticos, como la SBONR (véase el capítulo 9).
Cuando Igor regresó a Munich, el ejército le encomendó la tarea específica de espiar a la comunidad de exiliados rusos, para ver quién podía estar espiando para Moscú. Los contactos oficiales de Orlov con los exiliados pertenecían a la Unión Popular del Trabajo (la NTS), una organización antisoviética y antinazi que se creó en 1930 en Belgrado, en Yugoslavia. La NTS había apoyado al movimiento de Vlásov y, lo mismo que Vlásov, tenía credenciales antinazis porque sus dirigentes se habían enfrentado a Hitler. De los sesenta líderes de la NTS que fueron enviados a campos de concentración, solo sobrevivió la mitad. Al terminar la guerra, más de cien mil rusos se las ingeniaron para evitar la repatriación y se afiliaron a la NTS.
La NTS planeaba en secreto una guerra encubierta contra los soviéticos, y estaba enviando fondos al dirigente ucraniano Stephan Bandera para que organizara una «escuela de negociación y de sabotaje» para los agentes de la NTS que se colaban en la Unión Soviética entre la riada de refugiados que regresaban a casa después de la guerra. Los afiliados de la NTS tenían la capacidad de hablar ruso que tanto necesitaba Occidente. Más importante aún, odiaban la Unión Soviética de Stalin. Como Gran Bretaña y Estados Unidos accedieron a utilizar la NTS como una manera de organizar a los rusos antisoviéticos, Igor Orlov pudo informar de todo (nombres, fechas, e incluso el resumen exacto de los encuentros) a la central de Moscú.
Entretanto, los norteamericanos proporcionaron a Orlov otro empleo tapadera. Se hizo reportero del Sponya, un panfleto propagandístico que publicaba semanalmente la NTS y que tenía por finalidad enardecer los ánimos de los rusos antisoviéticos a través de noticias exageradas sobre sus victorias contra Stalin en la madre patria. Como reportero de un periódico sostenido sobre todo con dinero del ejército estadounidense, el Hombrecillo (como empezó a conocerse a Orlov) pudo actuar con una libertad apabullante.
Uno de los hechos más extraños en los que se vio metido Orlov fue el del impresionante 'Programa de Rezagados' (el Stay Behind Program), que costó decenas de millones de dólares. Estados Unidos temía una posible ocupación de Europa por los soviéticos, así que entrenaron a refugiados soviéticos en técnicas de guerra de guerrilla y a continuación enterraron gran cantidad de armas, comida y dinero en escondites secretos repartidos por toda la Europa occidental. El plan consistía en activar a estos «rezagados» llegado el caso de una invasión soviética. Sin embargo, Orlov y otros compinches entregaron los víveres a los mafiosos del lugar, y los «futuros partisanos» vendieron las armas.
En un plan más realista que aquel, los norteamericanos se propusieron relanzar el viejo movimiento de Vlásov y usar a sus hombres para ayudar a los partisanos antisoviéticos en los Cárpatos. El plan consistía en que los rebeldes pasaran el invierno en cuevas, de modo que el ejército soviético no pudiera seguir sus huellas y darles caza. Entonces, en cuanto la climatología lo permitiera, Estados Unidos les haría llegar equipos y suministros desde el aire.
El NKVD y el Ejército Rojo solo necesitaban saber con antelación cuándo y dónde se harían las descargas de hombres y equipamiento. Era una información que Orlov obtuvo y transmitió con toda facilidad. Delante de las narices de los norteamericanos, utilizó la Radio Europa Libre de Wisner y Offie para emitir sus mensajes en un código secreto. Una de las primeras misiones que desveló Orlov fue el programa de 1951 de enviar agentes de la NTS al otro lado de la frontera soviética. Este programa de infiltración suponía el envío de rusos, checos y polacos a sus respectivos países, pertrechados con paracaídas y equipos de radio, para que actuaran desde allí como agentes. Entre los primeros que se tiraron en paracaídas estaban A.I. Osmanov, un desertor del Ejército Rojo que contaba por aquel entonces veintitrés años y que había servido con Vlásov, y F.K. Saratzev, un cabo de veinticinco años que había sido hecho prisionero en 1943.
Habían pensado en todos los detalles. Los hombres de Gehlen y el ejército norteamericano les fabricaron cuidadosamente una falsa identidad, y les equiparon con lo último en transmisores de radio pequeños, bicicletas hechas en Alemania Oriental y oro y rublos rusos para comprar suministros. El vuelo partió de Grecia el 8 de agosto de 1951. Los dos hombres saltaron cuando el avión sobrevolaba los Cárpatos de Moldavia, una región que se encuentra entre Rumania y Ucrania. Se recibieron unas cuantas transmisiones de radio. Después, silencio absoluto. Los pocos combatientes de la libertad que no resultaron capturados
murieron de hambre. Los soviéticos dijeron que los prisioneros habían sido ejecutados.
Mucho antes de aquel vuelo, mientras los dos jóvenes aún estaban recibiendo formación en Fort Bragg, en Carolina del Norte, Igor Orlov facilitó sus nombres a los soviéticos. Seis meses después del salto en paracaídas, Radio Moscú anunció que hablan sido ejecutados. Montones de agentes que saltaron en paracaídas en aquella misma zona corrieron la misma suerte. Miles más murieron luchando contra las tropas de Stalin. Peter Kapusta, que trabajó para la misión en Alemania durante este período, diría más tarde: «Era evidente que el programa de infiltraciones peligró desde el primer momento. La mayoría de los transmisores no llegaron a conectarse nunca [...]. Nuestro descuido mató a muchísima gente que estaba convencida de que luchaba por la libertad»69.
En 1954, todos los agentes de la operación habían sido ya capturados o ejecutados.
La traición de Orlov pasó desapercibida, mientras la lista de muertos iba aumentando.
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