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IV. INTENTANDO CONCLUIR.

4.1 Globalización y sociedad global.

Cuando hablamos del proceso de globalización, tenemos siempre en mente, probablemente por la cotidianeidad de nuestra propia experiencia, no al Estado nacional, sino que al sujeto, al individuo de la calle, que está inmerso en un juego de relaciones interpersonales, que lo superan tanto desde la lógica nacional, como de la lógica transnacional. En este sentido, “hoy pareciera que asistiéramos al fin de los sujetos, avasallados por los poderes fácticos, los mercados, las comunicaciones, y a una erosión de las sociedades políticas estatal-nacionales desarticuladas por los fenómenos de la globalización y por su fragmentación interna”119. Garretón es particularmente sagaz al resaltar acá algo hasta el momento no mencionado por nosotros, que se suma a lo expuesto aquí, y que este proceso de integración e imbricación mundial, tal como todos los procesos, tiene carices positivos y negativos, tiene incluidos y excluidos, tiene futuro y es pasado. En esta línea, como lo vimos, este proceso está fuertemente cimentado en el componente productivo internacional, pues si bien es cierto podemos entender este proceso como la libre circulación de información y personas por el globo, sabemos que, en términos prácticos, tal como creemos lo demuestra Wallerstein, esto ha tendido a crear esferas diferenciadas y delimitadas en las cuales sólo los países del primer mundo (el centro del sistema-mundo capitalista) han sido los grandes beneficiarios. Nuestro gran sistema-mundo, siguiendo esta perspectiva, ha distribuido

119 Garretón, M.A.: “La sociedad en que vivi(re)mos. Introducción sociológica al cambio de siglo”, LOM Ediciones, Santiago 2000, pag. 9.

axialmente el trabajo, y con ello, ha distribuido la desigualdad y la explotación hacia las esferas más dependientes de este sistema, y el poder hacia el centro del mismo. Es por ello que, en términos jurídicos, cuando hablamos de globalización, una de las cosas a considerar permanentemente es que la superestructura internacional en que está sustentada la distribución del poder en este ámbito es fuertemente asimétrica y requiere una aproximación crítica permanente (por ello destaca en su propuesta la idea de imperio-mundo, aunque creemos que no nos encontramos en dicha situación actualmente). La ideología globalizante como algo solamente positivo debe ser deconstruida con el arsenal teórico expuesto acá (y por supuesto, con muchos otros elementos más).

A estos elementos, y siguiendo las mismas consideraciones, debemos agregar la reflexión que nos aportaron Negri y Hardt. En este sentido, pareciera que la globalización, concordando en este punto con Wallerstein, configurara cierta ideología total, que desarrolla una cierta integración tan total que pareciera que estamos inmersos en una máquina autoproducida de equilibrios autogeneradores y autorreguladores, cuya única finalidad es la mantención del

status quo. Este procedimiento pareciera requerir constantemente de una autoridad centralizada, que los autores identifican con el núcleo de las grandes potencias como “administradores” del orden mundial. Acá nuevamente coinciden con Wallerstein en sus apreciaciones, pues esto ha corroído la inicial igualdad jurídica y fáctica de los estados nacionales en el contexto internacional, como asimismo, en el esquema de producción capitalista de escala global, es capaz este Imperio de apropiarse, en la línea de esta ideología globalizante, de las potencias de los individuos en su maquinaria biopolítica de control.

Prosiguiendo, debemos constatar junto con Luhmann que, entendiendo significativamente a la sociedad como un sistema compuesto por comunicaciones, efectivamente estamos en vías a la, por qué no decirlo, inexorable construcción de una sociedad de carácter global, cuestión que pone en entredicho no sólo las funciones y capacidades estatales, sino también problematiza las posibilidades de coordinación y regulación entre los diversos actores internacionales. En este sentido, como lo afirma el autor, si bien es cierto caminamos hacia un orden global, carecemos de un sistema jurídico-legal que sea capaz de afrontar dicha transformación. Carecemos por ende, de un poder, o mejor dicho, de una institucionalidad legítima que sea funcionalmente capaz de abordar el problema de la normatividad global. Esto es por lo que, como vimos, Negri y Hardt llaman a esta maquinaria una maquinaria vacía, espectacular, una máquina parásito120, y cuyo armazón legal global no ha hecho mas que reafirmar el desensamblaje de los logros alcanzados durante los últimos 400 años de desarrollo histórico mundial, pesando más el derecho global imperial que el derecho soberano de carácter nacional.

Asimismo, si agregamos a estas reflexiones los aportes realizados por Habermas, en el marco de la conformación de esta sociedad global, esto no debiera ser abordado como una cuestión meramente fáctica, sino que por el contrario, requiere una problematización política sobre la legitimidad y la normatividad, pues producto de las asimetrías en el orden internacional se hace evidente que aparecen intereses y contradicciones irreconciliables que requieren de la formación de una voluntad política transnacional. Esta voluntad política transnacional requiere el concurso comunicativo de los ciudadanos de los estados nacionales, y debiera apuntar a la conformación de una cierta “opinión pública mundial”, agente del cambio en este sentido.

Luego, este proceso está compuesto por una serie de actores internacionales (además de los Estados nacionales obviamente). Tenemos que “el primero son los públicos o audiencias que se constituyen a partir de un evento, un espacio o un mensaje, de baja densidad organizacional y generalmente desterritorializados. Estos pueden ser específicos, esporádicos, más o menos estables y también más generales, como lo que llamamos opinión pública, de influencia enorme en la época contemporánea”121. Este es el tipo de actor mayoritario en número, usualmente identificado con el ciudadano común y con las asociaciones de base clásicas que éstos constituyen. Por otra parte, tenemos que “el segundo son los poderes fácticos. Estos pueden estar constituidos a partir de empresas transnacionales, expresarse a través de medios de comunicación, vincularse a organizaciones mafiosas, o incluso, a organizaciones religiosas o espirituales: todos ellos funcionan en las situaciones de relativa desnormativización de la sociedad”122. A este tipo de actor le corresponde una lógica de acción transversal, esto es, desde el espacio local hasta el espacio global, contando para ello con una densidad organizacional y una organización capaz de hacer frente a este volumen de operaciones. Finalmente, tenemos que “el tercer tipo de actor corresponde a nuevas expresiones de la sociedad civil, entre las que puede distinguirse, por un lado, las redes reales o virtuales, también de escasa densidad organizacional, aunque de mayor persistencia temporal, y generalmente desterritorializadas, y las ONG…por otro lado, los actores identitarios”123, que no es pertinente contarlos dentro del primer tipo de actor, pues a pesar de tener una baja densidad organizacional, aún así son capaces de articularse como actores no sólo de escenarios locales-nacionales, sino también internacionales. Junto con esto, los excluye del primer tipo el que respondan a nuevas temáticas de la sociedad civil, como lo son las nuevas reivindicaciones identitarias nacionales y

121 Garretón, op. cit., pp. 36-37. 122 Ibid.

globales (minorías sexuales, movimientos localistas, separatistas, religiosos, entre otros).

Siguiendo nuevamente a Garretón, nos enfrentamos con que el proceso de integración al que hemos denominado genéricamente globalización, “introduce procesos profundos de desnormativización de la sociedad, que apuntan al problema futuro de la renormativización, donde ética y moral rompen su coherencia y seguridad, y donde los principios que constituyen las instituciones, dejan de ser expresados por éstas”124. Esto es, puesto que al estar inmersos de facto en un proceso que, fomentado desde Occidente, y que pretende explícitamente o no, construir un cierto habitus cultural relativamente compartido, obliga a plantearse reflexivamente las tradiciones culturales y sociales particulares de cada región del planeta. Acá está presente uno de los fuertes puntos de hegemonía cultural y dominio político-social antes mencionados. De aquí que el problema del orden global y una institucionalidad internacional legítima que lo sustente se vuelve tan difícil de resolver e implementar.

Aún así, como todo proceso tiene múltiples carices, “es esencial reconocer tres elementos de la regionalización y la globalización: en primer lugar, que los procesos de interconexión económica, política, legal, militar y cultural están transformando la naturaleza, el alcance y la capacidad del Estado moderno, desafiando o directamente reduciendo sus facultades ‘regulatorias’ en ciertas esferas; en segundo lugar, que la interconexión regional y global crea cadenas de decisiones y consecuencias políticas entrelazadas entre los Estados y sus ciudadanos que alteran la naturaleza y dinámica de los propios sistemas políticos nacionales; y tercero, que las identidades políticas y culturales se remodelan y reavivan al calor de estos procesos, lo cual anima a

muchos grupos, movimientos y nacionalismos locales y regionales a cuestionar al Estado-nación como sistema de poder representativo y responsable”125.

Por otro lado, una de las consecuencias más importantes que menciona Garretón sobre el tema tiene que ver con lo que el autor denomina desinstitucionalización de la vida social, que no es más que “la ausencia o debilitamiento de sistemas de normas y criterios que fijen el marco de la vida en común, lo que implica mayor incertidumbre y la búsqueda de parámetros para la vida en comunidad que provienen del mundo privado o de los ‘mundos de la vida’, con lo que lo público y lo privado se redefinen”126. A la vez que esto permea todo ámbito de las relaciones entre las personas naturales, afecta también el ordenamiento internacional, en tanto los sistemas normativos se juegan en la práctica en el marco de la regulación internacional de las relaciones entre Estados, y por que no decirlo, también entre individuos.

Esto implica que, “se puede entender que la globalización denota la expansión y profundización de las relaciones sociales y las instituciones a través del espacio y el tiempo, de forma tal que, por un lado, las actividades cotidianas resultan cada vez más influidas por los hechos y acontecimientos que tienen lugar del otro lado del globo y, por el otro, las prácticas y decisiones de los grupos y comunidades locales pueden tener importantes repercusiones globales”127. Se disolvió, de facto, la división del tiempo, del espacio y la geografía a escala, por lo menos, figurativa, de nuestro planeta.

Estamos entonces frente al gran dilema de la regulación internacional, que es que mientras asumimos y disfrutamos de las virtudes de las instituciones

125 Held, D.: “La democracia y el orden global. Del estado moderno al gobierno cosmopolita”, Ediciones Paidos Ibérica S.A, Barcelona 1997, pp 169-170.

126 Garretón, op. cit., pag. 55. 127 Held, op. cit., pag. 42.

intergubernamentales, tenemos por otro lado, que estas mismas instituciones carecen de un poder político propio de enforcement, topando de esta manera con la inexistencia de transferencia de competencias desde el Estado nacional a ellas. Seguimos funcionando con el estado de naturaleza hobbesiano en el plano internacional, o así pareciera.

Puesto que es evidente que este proceso ha tenido y seguirá teniendo un fuerte impacto en las competencias del Estado nacional y de las instituciones internacionales, acá, como propuesta teórica, siguiendo a Held, tenemos que, “es posible [implementar] tres pruebas para filtrar los temas y guiarlos hacia los diferentes niveles de gobierno [local, nacional, regional, global]: las pruebas de extensión, la intensidad y la eficiencia comparada. El test de la extensión examina el espectro de poblaciones dentro y a través de las fronteras territoriales que se ven afectadas de forma significativa por una cuestión política o un problema colectivo. El test de la intensidad evalúa el grado en que el problema en cuestión sobre una población o un grupo de poblaciones y, en consecuencia, en qué medida se justifica la legislación nacional, regional o global u otro tipo de intervención. El tercer test, la evaluación de la eficiencia comparada, determina si los objetivos que las iniciativas nacionales, regionales o globales pretenden cumplir no pueden ser alcanzadas de forma adecuada por las agencias que operan en niveles ‘inferiores’ del proceso de toma de decisiones”128. Seguimos ahora entonces hacia la transformación misma del Estado nacional.

128 Held, op. cit., pp. 281-282.