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Por último, revisaremos la propuesta del Imperio. Esta nos habla de la incipiente y progresiva constitución de un orden de carácter mundial, que apropiándose del poder, ha transformado la estructura jurídica y social de producción de la vida social, en una eliminación de todo orden anterior espacial y temporalmente. De esta manera, “la totalidad sistémica tiene una posición dominante en el orden global, rompe resueltamente con toda dialéctica previa y desarrolla una integración de los actores que parece lineal y espontánea. Sin embargo, al mismo tiempo, la efectividad del consenso se hace aún más

evidente bajo una autoridad suprema del ordenamiento. Todos los conflictos, todas las crisis y todos los disensos efectivamente impulsan el proceso de integración y por eso mismo exigen más autoridad central. La paz, el equilibrio y el cese del conflicto son los valores a los que apunta todo. El desarrollo del sistema global (y del derecho imperial en primer lugar) parece ser el desarrollo de una máquina que impone procedimientos de acuerdos continuos que conducen a equilibrios sistemáticos, una máquina que crea un continuo requerimiento de autoridad. La máquina parece predeterminar el ejercicio de la autoridad y la acción en todo el espacio social. Cada movimiento está establecido y solo pueden buscar su propio lugar asignado dentro del sistema mismo, en la relación jerárquica que se le ha acordado. Este movimiento preconstituido define la realidad del proceso de la constitucionalización imperial: el nuevo paradigma”77.

Esto se realiza invirtiendo la jerarquía clásica del derecho: “a través de la transformación que provoca hoy en el derecho supranacional, el proceso de constitución del imperio tiende, directa o indirectamente, a penetrar en la ley nacional de los Estados-nación y a reconfigurarla; por lo tanto, el derecho supranacional sobredetermina decisivamente el derecho doméstico. Probablemente, el síntoma más significativo de esta transformación sea el desarrollo del llamado derecho de intervención…ahora, los sujetos supranacionales, legitimados no por el derecho sino por el consenso, intervienen en nombre de cualquier tipo de emergencias y principios éticos superiores. Lo que sustenta esta intervención ya no es solamente un estado permanente de emergencia y excepción, sino un estado de permanente emergencia y excepción justificado por la apelación a valores esenciales de la justicia. En otras palabras, el derecho de policía queda legitimado por valores

universales”78. Esto es lo que ha dado en llamarse, desde la caída de los socialismos reales, el discurso único o la unipolaridad, que en este caso, se expresa a través de una maquinaria que penetra toda la sociedad con estos estados permanentes de excepción, augurando el discurso de la permanentemente en construcción pax perpetua, como una dominación ideológica, política, económica y militar en permanente flujo e imbricación. El mismo ideario humanista ha aportado a aquello con la universalidad de sus valores79.

Bajo este planteamiento, hablamos de una doble relación de implicación: los modos de producción no pueden existir más que sustentándose en un orden político, creando de este modo prácticas de control. Pero, a su vez, nuevas formas de vivir y producir no pueden sino dar lugar a modos de producción y a un orden político que tiende estructuralmente a subsumirlos por prácticas de control. Esta implicación clarifica la especificidad del Imperio.

Este tipo peculiar del derecho, surgido de este orden político global de control, cuando emerge “en el contexto de la globalización y se presenta como un concepto capaz de trabajar la esfera planetaria, universal, como un único conjunto sistémico, debe suponer un requisito previo inmediato (que se actúe en un estado de excepción) y una tecnología adecuada, plástica y constitutiva”80. Este dominio jurídico no representa aquí, en modo alguno, el marco abstracto de la resolución de los conflictos sociales y políticos, nacionales y/o internacionales, sino que por el contrario, representa el dominio de los cambios y de las modificaciones de la constitución material del poder y el orden mundial. Es una tecnología del biopoder primariamente y de dominación política secundariamente.

78 Op. cit., pag. 33.

79 Es por esto que Luhmann se declara un antihumanista. 80 Hardt y Negri, op. cit., pag. 40.

Siguiendo este argumento, el biopoder se ejerce mediante la regulación vital de los sujetos, mediante la asunción de su conocimiento y afectividad. Los poderes de este Imperio funcionan como máquinas de captura de las multiplicidades, de este modo, legitimando su fuerza soberana con el desarrollo incesante de procedimientos dirigidos a controlar la producción de potencia de los sujetos. Así, la fuerza del Imperio reside en su capacidad de producir siempre nuevas formas de subjetividad, nuevos modos de producción, nuevos saberes y nuevas relaciones sociales, puesto que aquí es donde se fundamenta, en último término, la legitimidad de su fuerza; requiere del crecimiento y desarrollo de esos sujetos.

Por otra parte, tomando en cuenta algunas de las posiciones ideales en el ambiente, responden a Habermas al afirmar que “la producción comunicativa y la construcción de la legitimación imperial marchan juntas y ya no pueden separarse. La máquina es autovalidante, autoformadora, es decir, sistémica. Construye tejidos sociales que excluyen o quitan efectividad a toda contradicción; crea situaciones en las cuales la diferencia, antes neutralizada coercitivamente, parece quedar absorbida en un juego insignificante de equilibrios autogeneradores y autorreguladores”81. Es decir, esta es una construcción total. Nada puede escapar de la lógica del sistema, inclusive los movimientos antisistémicos son considerados e integrados en la lógica de permanente síntesis. La anulación de la historia!.

Entonces, “la constitución del imperio no se está elaborando sobre la base de ningún mecanismo contractual o sustentado en tratados ni a partir de ninguna fuente federativa. La fuente de la normatividad imperial nace de una nueva máquina, una nueva máquina económica, industrial y comunicativa, en

81 Op. cit., pag. 47.

suma, una maquinaria biopolítica globalizada”82, que no implica manos negras o cortes maquiavélicos detrás (necesariamente), sino más bien la analogía remite a las automatizaciones robotizadas de producción en línea. No hay telos ni futuro, solo un permanente presente de control83. De esta manera, para su funcionamiento, el aparato imperial alimenta, en un primer tiempo, un consenso liberal consagrado a la pacificación y a la estabilización de las relaciones políticas y sociales; segundo, celebra el culto de las diferencias (nacionales, culturales, étnicas) y, tercero, aplica a estas identidades y diferencias una gestión económica jerarquizada por el mando capitalista.

De esta manera, “el imperio aparece pues como una máquina de muy alta tecnología: es virtual, se construye para controlar el acontecimiento marginal y se organiza para dominar y, cuando es necesario, para intervenir en el desmoronamiento de los sistemas”84, armado principalmente a través de una estructura jurídica de reducción de complejidad global que apunta a la eliminación integrativa de los discursos disidentes y el manejo biopolítico del mundo de la vida en la (des)constitución de las posibilidades de intervención contrasistémica efectiva. Pero “el proceso jurídico y la maquinaria imperial están siempre sujetos a contradicciones y crisis. El orden y la paz –los valores eminentes que propone el imperio- nunca pueden lograrse y, sin embargo, vuelven a proponerse continuamente”85. Este es la punta de lanza de la gran debilidad del sistema imperial juridizado, ya que la soberanía imperial no distingue entre lo “interior” y lo “exterior”: el horizonte de su desplazamiento es potencialmente infinito y no reconoce fronteras. Dicho esto, el límite, las fronteras, representan déficits de constitución imperial, que inician un rehacer y superar cuyo objetivo es mostrar su eficacia y, por sobre todo, su efectividad.

82 Op. cit., pag. 52.

83 Esta también ha sido una de las constataciones de los autores posmodernos. Para ello, recomiendo ver Baudrillard: “Cultura y Simulacro” y Lyotard: “Lo Inhumano”.

84 Hardt y Negri, Ibid. 85 Op. cit., pag. 70.

Finalmente “la frustración y la continua inestabilidad que sufre el derecho imperial al tratar de destruir los antiguos valores que sirvieron de punto de referencia para el derecho público internacional (los Estados-nación, el orden internacional de Westfalia, las Naciones Unidas, etcétera), junto con la llamada turbulencia que acompaña a este proceso son todos síntomas de una carencia propiamente ontológica. Al construir su figura supranacional, el poder parece carecer de un sostén real o, más exactamente, de un motor que le dé movimiento. El gobierno del contexto imperial biopolítico debería entenderse, en primera instancia, como una maquinaria vacía, una máquina espectacular, una máquina parásito”86. Su asidero real de dominación (autoridad y control biopolítico) la constituye una gran trilogía: el arma atómica, las finanzas (globalización de los mercados) y la comunicación (televisiones, estrategias educativas y culturales).

A lo anterior se debe agregar lo siguiente, dado el cambio del escenario mundial desde el ataque del 11 de Septiembre de 2001 a los Estados Unidos, potencia jerarca de este Imperio, la complejidad y justificación legitimante del Imperio se modifica, en tanto que la guerra es concomitante a todos los movimientos dentro del imperio. En este sentido, tenemos que “el Imperio es guerra, la guerra es guerra civil [pues no existen límites al Imperio mismo], la guerra civil se configura como enfrentamiento entre la soberanía imperial y aquellos que la rechazan; este rechazo es criminal, la acción de guerra es acción de policía. Toda violencia que no sea ejercida por las fuerzas imperiales es necesariamente ilegítima y criminal, esto es, terrorista. De tal suerte que la respuesta del Imperio a esta violencia es lisa y llanamente una especie de actividad de policía encaminada a la restauración del orden o a la construcción de un nuevo orden. Por otro lado, la guerra entre criminales y policía, la guerra para restaurar el orden, nunca podrá ganarse o, para ser más precisos, debe

ser ganada de nuevo cada día. Éste es el origen de la retórica imperial sobre la guerra interminable y el orden duradero”87. La forma cambia, de acuerdo a la plasticidad de la maquinaria imperial, pero el objetivo del control sigue siendo el mismo.

Esta maquinaria parásito funciona de una manera tal que esta carencia ontológica es suplida por otros medios, espectaculares como lo indican los autores, en tanto que su sustrato es una mera simulación de contenidos y una tematización mediática ad infinitum mediante la cual es posible desbordar las cantidades de información pertinente y por ende, “esconder” entre muchos otros contenidos las reales pretensiones del poder y los oscuros manejos que se realizan en pos de su mantención y consecución, a la vez que se celebran las diferencias y particularidades en el marco dominación y producción biopolítica de la diversidad, es decir, funcionalidad sistémica.

Luego, el espacio de la soberanía imperial es liso. En este espacio liso del Imperio no existe ningún lugar de poder; el poder está a un tiempo en todos los sitios y en ninguno. Es verdaderamente un no-lugar. Así, se desterritorializa la soberanía, careciendo de centro, se es universal y local, actuando con una dinámica que, como lo mencionamos, identifica y diferencia simultáneamente, en pos del aparato productivo y su consecuente trabajo inmaterial (proveído por el control biopolítico).

Puestas así las cosas, vemos que en las reflexiones teóricas contemporáneas hay una fuerte preocupación por el rol del derecho, su vínculo con la gobernancia y la democracia y la expansión (o desmoronamiento) del marco del Estado nacional. Con estos elementos, más los que presentaremos

87“Soberanía imperial y guerra, por Toni Negri”,

en el apartado siguiente, trataremos de presentar algunos ejes temáticos que consideramos claves para la problematización y discusión futura del tópico en cuestión.