La razón para escribir este capítulo no reside en el hecho de que la Teoría del Color, acompañada de una introducción, deba también incluirse en una edición de Goethe. Surge de una profunda necesidad espiritual del editor de esta edición. Este editor comenzó a partir del estudio de la matemática y la física y por una necesidad interna fue conducido, por las muchas contradicciones que impregnan el sistema de nuestra visión moderna de la naturaleza, hasta una investigación crítica de la base metodológica de estas ciencias. Sus estudios iniciales le condujeron hasta el principio del conocimiento estricto a través de la experiencia; su conocimiento de esas contradicciones le condujo a una epistemología científica estricta. Estaba protegido, por su punto de partida positivo, de cualquier reversión a construcciones conceptuales puramente Hegelianas. Con la ayuda de sus estudios epistemológicos, encontró finalmente que la razón para muchos de los errores de la moderna ciencia natural residía en la postura completamente incorrecta que la ciencia había asignado a la simple impresión sensoria. Nuestra ciencia transfiere todas las cualidades sensibles (sonido, color, calor, etc.) al sujeto y es de la opinión de que “fuera” del sujeto no hay nada correspondiente a esas cualidades excepto procesos de movimiento de la materia. Estos procesos de movimiento, que supuestamente son todo lo que existe dentro del “reino de la naturaleza”, ya no pueden por supuesto ser percibidos. Son inferidos sobre la base de las cualidades subjetivas. Pero esta inferencia debe aparecerse al pensamiento consistente como arbitraria. El
movimiento es, para empezar, sólo un concepto que hemos tomado prestado del
mundo sensible; es decir, se nos confronta sólo en las cosas que tienen cualidades perceptibles sensorialmente. No sabemos de ningún otro movimiento que el conectado con los objetos sensoriales. Si uno transfiere este atributo a entidades que no son perceptibles sensorialmente –tales como se supone que lo son los elementos de la materia discontinua (átomos)- entonces uno debe después de todo ser claro sobre el hecho de que a través de esta transferencia, un atributo percibido por los sentidos se adscribe a una forma de existencia esencialmente diferente de lo que se concibe como perceptible sensorialmente. Uno cae en la misma contradicción cuando quiere llegar a un contenido real para el concepto inicialmente vacío del átomo. Las cualidades sensoriales, en realidad, incluso aunque muy sublimadas, deben añadirse a este concepto. Una persona adscribe la impenetrabilidad, la ejercitación de fuerza, al átomo; otra le adscribe extensión en el espacio, etc.; resumiendo, cada uno adscribe determinadas características que se toman prestadas del mundo sensible. Si no se hace esto, uno permanece en un vacío completo.
Por eso la inferencia anterior es sólo fragmentaria. Uno traza una línea por el medio de lo que es perceptible sensorialmente y declara que una parte es objetiva y la otra subjetiva. La única afirmación consistente sería: Si hay átomos, entonces estos son simples partes de la materia, con las características de la materia, y no son perceptibles porque su pequeño tamaño les hace inaccesibles a nuestros sentidos. Pero con esto desaparece cualquier posibilidad de buscar algo en el movimiento de los átomos que pueda ser mantenido como algo objetivo en contraste con las cualidades subjetivas del sonido, color, etc. Y también desaparece la posibilidad de buscar algo más, por ejemplo, en la relación entre el movimiento y la sensación “rojo”, que en la relación entre dos procesos que pertenecen completamente al mundo sensible.
Estaba claro por tanto para el editor que el movimiento del éter, la posición de los átomos, etc. pertenece a la misma categoría que las impresiones sensoriales mismas. Declarar estas últimas subjetivas es sólo el resultado de una reflexión
poco clara. Si se declaran subjetivas las cualidades sensoriales, entonces uno debe hacer exactamente lo mismo con el movimiento del éter. La razón de que no percibamos este no se debe a ningún principio, sino sólo a que nuestros órganos sensoriales no están organizados con la suficiente precisión. Pero ese es un estado puramente fortuito. Podría ser el caso que algún día la humanidad, mediante al refinar cada vez más nuestros órganos sensoriales, llegara al punto de percibir también el movimiento del éter directamente. Si entonces una persona de aquel distante futuro aceptara nuestra teoría subjetivista de las impresiones sensoriales, tendría que declarar que estos movimientos del éter son tan subjetivos como hoy declaramos que lo son el color, el sonido, etc.
Está claro que esta teoría de la física conduce a una contradicción que no puede resolverse.
Este punto de vista subjetivista tiene un segundo apoyo en consideraciones
fisiológicas.
La fisiología muestra que una sensación aparece sólo como el resultado final de un proceso mecánico que primero se comunica, desde aquella parte del mundo corpóreo que reside fuera de la sustancia de nuestro cuerpo, hasta la periferia de nuestro sistema nervioso, en nuestros órganos sensoriales; desde aquí, el proceso es transmitido hasta nuestro centro más elevado, para ser liberado allí por primera vez como sensación. Las contradicciones de esta teoría fisiológica se presentan en el capítulo sobre “El Fenómeno Arquetípico”. Uno puede, después de todo, etiquetar aquí como subjetivo sólo la forma de movimiento de la substancia del cerebro. No importa cuan lejos pudiera llegar uno al investigar los procesos dentro del sujeto, uno siempre debe permanecer, en este camino, dentro de lo que es mecánico. Y uno no descubrirá por ninguna parte la sensación en el órgano central.
Por tanto sólo queda la consideración filosófica como forma de obtener información sobre la subjetividad y objetividad de la sensación. Y esto nos proporciona lo siguiente.
¿Qué puede designarse como “subjetivo” de una percepción? Sin tener un análisis exacto del concepto “subjetivo” no se puede seguir adelante. La subjetividad, por supuesto, no puede determinarse más que por sí misma. Todo lo que no se pueda demostrar como condicional sobre el sujeto no puede designarse como “subjetivo”. Ahora debemos preguntarnos: ¿Qué podemos designar como el propio yo del sujeto humano? Aquello que puede experimentar sobre sí mismo a través de la percepción externa o interna. A través de la percepción externa captamos nuestra constitución corporal; a través de la experiencia interna, captamos nuestro propio pensamiento, sentimiento y voluntad. ¿Ahora qué ha de designarse como subjetivo en primer caso? La constitución del organismo completo, y por tanto también los órganos sensoriales y el cerebro, que probablemente aparecerán en cada ser humano con modificaciones algo diferentes. Pero todo lo que puede indicarse aquí de esta manera es sólo una formación particular en el ordenamiento y la función de las substancias mediante las cuales es transmitida una sensación. Sólo el camino, por tanto, que ha de tomar la sensación antes de que pueda convertirse en mi sensación, es realmente subjetivo. Nuestra organización transmite la sensación y estos caminos de transmisión son subjetivos; la sensación misma, sin embargo, no es subjetiva.
Ahora aún nos queda por considerar el camino de la experiencia interna. ¿Qué experimento dentro de mí mismo cuando designo una sensación como propia? Experimento que en mi pensamiento efectúo una conexión con mi individualidad, que extiendo mi esfera de conocimiento sobre esta sensación; pero no soy
consciente de crear contenido alguno para la sensación. Sólo registro su conexión conmigo mismo; la cualidad de la sensación es un hecho fundado en sí mismo. No importa dónde comencemos, ya sea dentro o fuera, no llegamos a un lugar donde podamos decir que aquí se da el carácter subjetivo de la sensación. El concepto “subjetivo” no es aplicable al contenido de la sensación.
Estas consideraciones fueron las que me impulsaron a rechazar como imposible cualquier teoría de la naturaleza que en forma de principio vaya más allá del reino del mundo percibido, y a buscar el objeto único de la ciencia natural exclusivamente dentro del mundo sensible. Pero entonces tuve que buscar, dentro precisamente de las interdependencias mutuas de los hechos de este mundo sensible, aquello que designamos como las leyes de la naturaleza.
Y de esta manera, me vi forzado a aquel punto de vista del método científico- natural que subyace a la teoría del color Goetheana. Quien encuentra estas consideraciones correctas leerá esta teoría del color con ojos muy diferentes de lo que pueden los científicos naturales modernos. Tal persona verá que lo que tenemos aquí no es la hipótesis de Goethe enfrentándose a la de Newton, sino más bien a plantear aquí la pregunta: ¿Es la física teórica de hoy en día aceptable o no? Si no lo es, entonces tampoco lo es la luz que estos físicos arrojan sobre la teoría del color. Que el lector experimente en los siguientes capítulos cual es nuestro fundamento para la física, para entonces, desde este fundamento, ver la empresa de Goethe bajo la luz correcta.