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Los Límites del Conocimiento y la Formación de Hipótesis

In document Rudolph Steiner La Ciencia de Goethe (página 84-94)

X.- El Conocimiento y la Acción Humana a la luz de la Forma de Pensamiento de Goethe

4. Los Límites del Conocimiento y la Formación de Hipótesis

Hoy se habla mucho sobre los límites de nuestro conocimiento. La habilidad del hombre para explicar lo que existe, se dice, alcanza sólo hasta un determinado punto, y allí debe parar. Creemos que podemos rectificar la situación con respecto a esta cuestión si planteamos la cuestión correctamente. Pues a menudo ciertamente sólo se trata de plantear la cuestión correctamente. Cuando se hace esto, se disipa una gran cantidad de errores. Cuando reflexionamos que se nos debe presentar el objeto sobre el que sentimos en nuestro interior la necesidad de explicar, entonces está claro que lo que se nos presenta no puede plantear un límite para nosotros. Pues, para poder plantear algún derecho a ser explicado y comprendido, debe confrontársenos dentro de la realidad que se nos presenta. Algo que no aparece sobre el horizonte de lo que nos es dado no necesita ser explicado. Cualquier límite podría por tanto subyacer sólo en el hecho de que, enfrentados a una realidad dada, carecemos de todos los medios para explicarla. Pero nuestra necesidad de explicarla proviene precisamente del hecho de que lo que queremos considerar que es una cosa dada –aquello mediante lo cual queremos explicarla- se impone a sí misma en el horizonte de lo que nos es dado en el pensamiento. Lejos de ser desconocida para nosotros, el ser esencial explicatorio de un objeto es en sí la misma cosa que, al manifestarse en nuestro espíritu, hace necesaria la explicación. Lo que ha de explicarse y aquello mediante lo cual ha de explicarse están ambos

57 Entwurf einer Farbenlehre. 58 Zur Naturwissenschaft.

presentes. Es sólo cuestión de unirlos. Explicar algo no es la búsqueda de algo desconocido, sino sólo la aceptación de la conexión recíproca entre dos cosas conocidas. Nunca se nos debería ocurrir explicar algo dado mediante algo de lo cual no tenemos conocimiento alguno. Ahora aquí entra algo en consideración que da una apariencia de justificación a la teoría de los límites del conocimiento. Podría ser que en realidad tenemos un indicio de algo real que hay allí, pero que no obstante está más allá de nuestra percepción. Podemos percibir algunas señales, algunos efectos de alguna que otra cosa, y entonces hacer la asunción de que esta cosa existe. Y aquí uno puede quizás hablar de un límite a nuestro conocimiento. Lo que hemos presupuesto como inaccesible en este caso, sin embargo, no es algo mediante lo cual explicar otra cosa en principio; es algo perceptible incluso aunque no sea percibido. Lo que me entorpece para percibirlo, en principio, no es algún límite del conocimiento, sino sólo factores externos aleatorios. Estos pueden ser muy bien superados. De lo que hoy tengo meramente indicios puede ser experimentado mañana. Pero con un principio que no es así; con el, no hay dificultades exteriores, que después de todo subyacen principalmente sólo en el espacio y el tiempo; el principio me es dado interiormente. Una cosa no me da un indicio de un principio cuando yo mismo no veo el principio.

La teoría sobre la formación de hipótesis está relacionada con esto. Una hipótesis es una asunción que hacemos y cuya veracidad no podemos asegurar directamente sino sólo en sus efectos. Vemos una serie de fenómenos. Nos es explicable sólo cuando la basamos sobre algo que no percibimos directamente. ¿Puede tal asunción extenderse para incluir un principio? Claramente no. Pues, algo de naturaleza interior que yo asumo sin ser consciente de ello es una total contradicción. Una hipótesis sólo puede asumir algo, ciertamente, que yo no percibo, pero que percibiría inmediatamente si eliminara los entorpecimientos exteriores. Una

hipótesis ciertamente puede no presuponer algo percibido, pero debe asumir algo perceptible. Así, toda hipótesis está en la situación de que su contenido puede

confirmarse directamente sólo mediante una experiencia futura. Sólo las hipótesis que dejan de ser hipótesis tienen alguna justificación. Las hipótesis sobre principios

científicos centrales no tienen ningún valor. Algo que no se explica mediante un

principio dado positivamente y conocido por nosotros, no es capaz de explicación alguna y tampoco la necesita.

Ciencias Éticas e Históricas

La respuesta de la pregunta ¿qué es el conocimiento? ha iluminado para nosotros el lugar del ser humano en el cosmos. El punto de vista que hemos desarrollado al responder a esta pregunta no puede dejar de arrojar luz sobre el valor e importancia de la acción humana. Debemos de hecho adjudicar una mayor o menor importancia a lo que realizamos en el mundo, dependiendo de si atribuimos una mayor o menor importancia a nuestra vocación como seres humanos.

La primera tarea a la que debemos aplicarnos ahora será investigar el carácter de la actividad humana. ¿Cómo se relaciona lo que debemos contemplar como el efecto de la acción humana con otros efectos dentro del proceso mundial? Observemos dos cosas: un producto de la naturaleza y una creación de la actividad humana, una forma cristalina y una rueda, por ejemplo. En ambos casos el objeto ante nosotros aparece como el resultado de leyes expresables en conceptos. Su diferencia reside sólo en el hecho de que debemos contemplar el cristal como el producto directo de la legitimidad natural que lo determina, mientras que con la rueda el ser humano se interpone entre el concepto y el objeto. Lo que pensamos que subyace a la realidad en el producto natural, debemos introducirlo en la realidad mediante nuestra acción. Al conocer, experimentamos lo que son los factores determinantes ideales de nuestra experiencia sensoria; traemos el mundo de las ideas, que ya reside dentro de la realidad, a la manifestación; por tanto

completamos el proceso del mundo en el sentido de que llamamos a escena al fabricante que eternamente crea sus productos, pero que, sin nuestro pensamiento, permanecería oculto eternamente dentro de ellos. En las acciones humanas, sin embargo, suplementamos este proceso a través del hecho de que traducimos el mundo de las ideas, en la medida en que aún no es realidad, a la realidad. Ahora hemos reconocido la idea como aquello que subyace a toda la realidad como el elemento determinante, como la intención de la naturaleza. Nuestro conocimiento nos conduce hasta el punto de encontrar la tendencia del proceso del mundo, la intención de la creación, a partir de todas las indicaciones contenidas en la naturaleza que nos rodea. Si logramos esto, entonces nuestra acción recibe la tarea de trabajar independientemente en la realización de esa intención. Y así nuestra acción se nos aparece como la continuación directa de aquel tipo de actividad que la naturaleza también satisface. Se nos aparece como fluyendo directamente desde los cimientos del mundo. ¡Pero qué diferencia hay, en realidad, entre esto y aquella otra actividad (de la naturaleza)! El producto de la naturaleza no tiene de ninguna manera en su interior la legitimidad ideal mediante la cual parece gobernada. Necesita confrontarse con algo superior, con el pensamiento humano; entonces aparece ante este pensamiento aquello que gobierna el producto de la naturaleza. Esto es diferente en el caso de la acción humana. Aquí la idea habita directamente dentro del objeto actuante; y si un ser superior se confrontara con ello, este ser no podría encontrar en la actividad del objeto otra cosa que lo que este objeto mismo ha puesto en su acción. Pues una acción humana perfecta es el resultado de nuestras intenciones y solo eso. Si miramos un producto de la naturaleza que afecta a otro, entonces la cuestión es algo como esto: vemos un efecto; este efecto está determinado por leyes captadas en conceptos. Pero si queremos comprender el efecto, entonces no nos basta con compararlo con alguna ley; debemos tener una segunda cosa perceptible, que, seguramente, también debe poder descomponerse completamente en conceptos. Cuando vemos una huella en el suelo buscamos entonces el objeto que la ha hecho. Esto conduce al concepto de una clase de efecto en que la causa de un fenómeno también aparece en la forma de una percepción exterior, es decir, con el concepto de fuerza. Una fuerza se nos puede confrontar sólo donde la idea aparece primero en un objeto de percepción y sólo en esta forma actúa sobre otro objeto. Lo contrario de esto es cuando este intermediario no está allí, cuando la idea se acerca al mundo sensible directamente. Allí la idea misma aparece como causal. Y aquí es donde hablamos de voluntad. La

voluntad, por tanto, es la idea misma comprendida como fuerza. Es totalmente

inadmisible hablar de una voluntad independiente. Cuando una persona realiza algo, no se puede decir que la voluntad se añada a la imagen mental. Si uno habla de esa manera, entonces es que no ha comprendido claramente los conceptos, pues, ¿qué es la personalidad humana si uno ignora el mundo de las ideas que la llena? Es, en realidad, una existencia activa. Quien comprende la personalidad humana de manera diferente –como un producto muerto e inactivo de la naturaleza- lo pone al nivel de una piedra en el camino. Esta existencia activa, sin embargo, es una abstracción; no es nada real. No se puede comprender; carece de contenido. Si se quiere comprender, si uno quiere un contenido para ella, entonces se llega, en realidad, al mundo de las ideas que está ocupado en la acción. Eduard von Hartmann transforma esta abstracción en un segundo mundo, constituyendo el principio al lado de la idea. No es, sin embargo, otra cosa que la idea misma, sólo que en una forma de manifestación. La voluntad sin la idea no sería nada. No puede decirse lo mismo de la idea, pues la actividad es uno de sus elementos, mientras que la idea es un ser independiente.

Todo esto en lo que respecta a la caracterización de la acción humana. Procedamos a una característica distintiva esencial de la acción humana que necesariamente resulta de lo que ya se ha dicho. La explicación de un proceso de la naturaleza es un regreso a sus factores determinantes: una búsqueda del fabricante además del producto que nos es dado. Cuando percibo un efecto y busco entonces su causa,

estas dos percepciones no satisfacen en modo alguno mi necesidad de una explicación. Debo regresar a las leyes mediante las cuales esta causa provoca este efecto. Con la acción humana es distinto. Aquí la legitimidad que determina un fenómeno mismo entra en acción; aquello que hace que un producto aparezca sobre la escena de la actividad. Tenemos que tratar con una existencia manifiesta en la que podemos permanecer, por la que no necesitamos preguntar sobre factores determinantes profundos. Hemos comprendido una obra de arte cuando conocemos la idea encarnada en ella; no necesitamos preguntar sobre cualquier otra relación legítima entre la idea (causa) y la creación (efecto). Comprendemos las acciones de un estadista cuando conocemos sus intenciones (ideas); no necesitamos ir más allá de lo que se aparece. Esto es por tanto lo que distingue los

procesos de la naturaleza de las acciones de los seres humanos: con los procesos naturales la ley ha de contemplarse como el trasfondo determinante para lo que viene a la existencia manifiesta, mientras que con las acciones humanas la existencia es en sí misma la ley y se manifiesta como no determinada por otra cosa más que sí misma. Así todo proceso de la naturaleza se divide en algo

determinante y algo determinado, y lo último se sigue necesariamente de lo primero, mientras que la acción humana se determina a sí misma solamente. Esto, sin embargo, es la acción a partir de la libertad interior (Freiheit). Cuando las intenciones de la naturaleza, que están detrás de sus manifestaciones y las determinan, entran en el ser humano, ellas mismas devienen manifestación; pero ahora están, como si dijéramos, libres de cualquier vinculación detrás de ellas (rückenfrei). Si todos los procesos naturales son sólo manifestaciones de la idea, entonces la acción humana es la idea misma en acción.

Como nuestra epistemología ha llegado a la conclusión de que el contenido de nuestra consciencia no es meramente un medio de hacer una copia del fundamento del mundo, sino más bien que este fundamento mismo del mundo, en su estado más fundamental sale a la luz dentro de nuestro pensamiento, no podemos hacer otra cosa que reconocer directamente en la acción humana también la acción indeterminada de ese fundamento primordial. No reconocemos a un director del mundo fuera de nosotros mismos que establezca metas y direcciones para nuestras acciones. El director del mundo ha renunciado a su poder, le ha entregado todo al hombre, aboliendo su propia existencia separada, y ha impuesto al hombre la tarea: sigue trabajando. El ser humano se encuentra a sí mismo en el mundo, ve la naturaleza, y dentro de ella, la indicación de algo más profundo, un elemento determinante, una intención. Su pensamiento le permite conocer esta intención. Se convierte en su posesión espiritual. Ha penetrado el mundo; surge, actuando, para continuar esas intenciones. Por tanto, la filosofía presentada aquí es la verdadera

filosofía de la libertad interior (Freiheitphilosophie). En el reino de las acciones

humanas no reconoce ni la necesidad natural ni la influencia de algún creador o director mundial fuera del mundo. En cualquier caso, el ser humano no sería libre. Si la necesidad natural obrara en él de la misma manera que en otras entidades, entonces realizaría sus acciones a partir de la compulsión, entonces en este caso también sería necesario regresar a los factores determinantes que subyacen a la existencia manifiesta, y entonces la libertad interior está fuera de la cuestión. No es por supuesto imposible que haya innumerables funciones humanas que sólo puedan verse bajo esta luz; pero estas no entran en consideración aquí. El ser humano, en la medida en que es un ser de la naturaleza, ha de ser también comprendido de acuerdo con las leyes que aplican al obrar de la naturaleza. Pero no puede ser comprendido, en su comportamiento, de acuerdo con las leyes meramente naturales, como un conocedor ni como un ser verdaderamente ético. En realidad, da un paso fuera de la esfera de las realidades naturales. Y es con respecto a esto, la potencia más elevada de su existencia, que es más un ideal que una realidad, que es cierto lo que hemos establecido aquí. El sendero del hombre en la vida consiste en desarrollarse a sí mismo de un ser de la naturaleza a un ser tal como el

que hemos aprendido a conocer aquí; debería liberarse de todas las leyes de la naturaleza y convertirse en su propio legislador.

Pero debemos también rechazar la influencia de cualquier director –fuera del mundo- del destino humano. También, cuando se asume un director tal, no puede darse la cuestión de la verdadera libertad interior. Allí él determina la dirección de la acción humana y el hombre ha de llevar a cabo lo que su director le dice que haga. Experimenta el impulso hacia sus acciones no como un ideal que se impone, sino más bien como un mandamiento de aquel director; de nuevo sus acciones no son indeterminadas, sino más bien determinadas. El ser humano entonces no se sentiría, en realidad, libre de cualquier vinculación proveniente de detrás de él, sino que se sentiría dependiente, como un mero intermediario para las intenciones de un poder superior.

Hemos visto que el dogmatismo consiste en la búsqueda de la base de la verdad de algo en algo más allá, e inaccesible a nuestra consciencia (transubjetiva), en contraste con nuestro punto de vista que declara que un juicio es cierto sólo porque la razón para hacerlo reside en los conceptos que están presentes en nuestra consciencia y que fluyen dentro del juicio. Alguien que concibe un fundamento del mundo fuera de nuestro mundo de ideas piensa que nuestra razón ideal para

reconocer algo como verdadero es una razón diferente que la de por qué es

objetivamente cierto. Así la verdad es comprendida como un dogma. Y en el reino de la ética un mandamiento es lo que un dogma es en la ciencia. Cuando el ser humano busca el impulso de su acción en mandamientos, actúa entonces de acuerdo a leyes cuya base es independiente de él; concibe una norma que es prescrita para sus acciones desde el exterior. Actúa a partir del deber. Hablar de deber tiene sentido sólo cuando se mira de esta forma. Debemos sentir el impulso desde el exterior y reconocer la necesidad de responderlo; entonces actuamos a partir del deber. Nuestra epistemología, donde el ser humano aparece en su pleno desarrollo ético, no puede aceptar esta clase de acción como válida. Sabemos que el mundo de las ideas es la percepción infinita misma; sabemos que con él los impulsos de nuestra acción residen dentro de nosotros; y debemos por tanto sólo reconocer una acción como ética cuando el acto fluye solo a partir de la idea, residiendo dentro de nosotros, del acto. Desde este punto de vista, el hombre realiza una acción sólo porque su realidad es una necesidad para él. Actúa porque un impulso interno (propio), y no un poder exterior, le impulsa. El objeto de su acción, tan pronto como se hace un concepto de él, le llena de tal manera que se esfuerza por realizarlo. El único impulso para nuestra acción debería también residir en la necesidad de realizar una idea, en el impulso a llevar a cabo una intención. Todo lo que nos impulsa a un acto debería vivir su vida en la idea. Entonces no actuamos a partir del deber; no actuamos bajo la influencia de un impulso, actuamos a partir del amor por el objeto al que nuestra acción va a dirigirse. El objeto, cuando nos lo imaginamos, evoca en nosotros el impulso a actuar de una manera apropiada para él. Sólo una acción tal es una acción libre. Pues si, además del interés que nos tomamos en el objeto, tuviera que haber aún una segunda motivación de otra parte, entonces no querríamos este objeto por su propio bien; querríamos algo más y realizaríamos aquello que no queremos, llevaríamos a cabo una acción contra nuestra voluntad. Ese sería el caso, por ejemplo, en la acción a partir del egoísmo. Ahí no tenemos interés en la acción misma; no es una necesidad para nosotros; necesitamos los beneficios, sin embargo, que nos trae. Pero entonces también sentimos inmediatamente como compulsión el hecho de que debemos realizar la acción por esta razón solo. La acción misma no es una necesidad para nosotros; pues la dejaríamos sin hacer si no se siguiera ningún beneficio de ella. Una acción, sin embargo, que no realizamos por su propio bien es una acción no libre. El egoísmo actúa sin libertad. Toda persona que realiza una acción a partir de una motivación que no se sigue del contenido objetivo de la

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