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*Graciela Neugovsen Barni de Glasman

In document revista-21 (página 111-124)

–Abandone –sugirió Laurenzi– –Todavía no. –Está perdido. –Teóricamente –repuse– Pero lo importante es saber si usted puede ganarme. Fíjese, yo no estoy jugando contra la teoría, estoy jugando contra usted.

Rodolfo Walsh, “Trasposición de jugadas”,

La máquina del bien y el mal.

Este trabajo se propone la investigación del concepto de Impasse. Revisaremos su evolución en el tiempo y las modificaciones que sufrió con el desarrollo de la teoría psicoanalítica, hasta ubicarlo junto a los aportes contemporáneos, donde es posible enmarcarlo en un campo más amplio y esclarecido.

Gran parte de nuestra tarea consiste en vencer los obstáculos que se oponen a la cura y creo de especial relevancia abordar de qué manera y con qué instrumentos podemos lidiar con este fenómeno.

Ya sea por un lapso breve o estableciéndose de una manera que a veces tememos definitiva, el impasse forma parte de nuestra clínica diaria y pone en juego todas nuestras características profesionales y personales en el intento de disolverlo. ¿Cuáles son los motivos de su instalación? ¿Qué secretos aspectos viene a ocultarnos?

Nos encontramos como un detective, un investigador en el momento en que la acción ya ha sucedido, las pistas que han quedado del delito han

* Esta monografía obtuvo el Premio Baranger-Mom del año 2007-2008.

** Dirección: Neuquén 625, (C1405CKC) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.

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su uso metafórico. En inglés es definido como una posición donde cual- quier movimiento está bloqueado.

Las definiciones dadas nos generan una sensación de temor y desa- liento frente a un fenómeno habitual y nos alertan con la dificultad que éste presenta.

El impasse no da posibilidades de salida. Pero el psicoanálisis propo- ne soluciones allí donde otros se desalientan. Y la definición que brinda el portugués viene a nuestro rescate: impasse, situación que parece no tener salida”. Ahí ya respiramos aliviados, estamos entrenados en dis- tinguir entre aquello que parece y lo que es, y a no rendirnos con facili- dad ante las dificultades.

Como muchos otros términos psicoanalíticos, la definición de impasse varía notablemente según las escuelas y autores que a él se refieran. Hay quienes lo describen como aquello que hay que evitar a toda costa, otros como un trampolín a estados más profundos del psiquismo y a mayores niveles de elaboración.

Y si bien no se presentan mayores discrepancias acerca de su aspecto fenoménico que consideraríamos como la situación de cristalización del

proceso analítico, en la cual, pese a estar dadas las condiciones, parece haberse perdido la fecundidad del vínculo; sí aparecen diferencias con

respecto a su génesis, su tratamiento, su posible disolución y, sobre todo, acerca del polo donde cae la responsabilidad de su establecimiento. Porque es decisivo que establezcamos también una pregunta que nos va a acompañar a lo largo del trabajo: ¿Quién es el que se encuentra en un callejón sin salida? ¿El paciente, el analista, la pareja, o el tratamiento? Para algunos, incluso, el método mismo.

Un aspecto en el que todos los autores parecen coincidir es que el tér- mino “impasse” implica en sí mismo el factor tiempo. Para que un obstá- culo o estancamiento sea considerado impasse, debe tratarse de un fenó- meno que conlleve una determinada cantidad de tiempo. Nos pregunta- mos inmediatamente: ¿Qué significa una cierta cantidad de tiempo? ¿Un mes? ¿Un año? ¿Todo el período que el paciente está en análisis? (Cuando observamos maliciosamente algunos casos de reanálisis, esta- mos tentados a responder en forma afirmativa.)

¿Será realmente decisivo el factor tiempo dentro del concepto de im- passe, o el tiempo será el instrumento gracias al cual lo detectamos?

No podemos dejar de tomar en cuenta aquellos autores que no confieren importancia al fenómeno, porque lo consideran un heredero de la medicina o de una noción religiosa que conlleva la idea de curación. Aquí se encuen- tran aquellos que consideran el psicoanálisis como una ciencia de investiga- ción del inconciente, un método por el cual el paciente puede llegar a cono- cerse mejor. Siguiendo este parámetro, el impasse no existiría porque siem- pre se estaría accediendo a una mejor comprensión del inconciente.

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sido revisadas una y otra vez y, a pesar de poseer una gran cantidad de datos, nada conduce a la revelación de la posible verdad. Lo que no se sabe, aunque nimio, toma una dimensión agigantada frente a lo que se conoce, aunque esto sea mucho. Porque lo que se oculta, será lo que mar- cará la dirección a seguir y lo que se muestra, sólo la repetición de lo ya sabido.

¿Qué actitud toman los personajes famosos de la literatura de miste- rio? ¿Con qué recursos cuentan para sostenerse en esos tensos momen- tos de oscuridad?

Cada uno de ellos recurre a rituales personales que favorecen el pa- saje a la interioridad. Sherlock Holmes ejecuta durante horas su violín. Miss Marple, teje. Hércules Poirot acomoda simétricamente los objetos; Dupin se sienta en la oscuridad o recorre las calles parisinas, y el Padre Brown se sumerge en los misterios de la vida y la fe.

Cuando parece que no hay más pistas, la clave aparece en la realidad psíquica del investigador, que la imagina, la fantasea, la crea, la visuali- za y sólo después se propone hallarla o reencontrarla en la realidad ex- terna. De igual manera, los psicoanalistas contamos con todas las posi- bilidades para rescatarnos del impasse. Así, en el mejor de los casos, al estado de oscuridad se le opone el de claridad, y el estado de impasse pre- cedente se visualiza como un compás de espera, creativo y necesario en la búsqueda de la verdad y en la disolución del enigma.

Introducción

A pesar de su uso generalizado y su amplia mención en la literatura científica, el término no cuenta aún con el estatus necesario como para ser mencionado en los diccionarios psicoanalíticos.

Tampoco hay decisión con respecto a su género y así es denominado como La Impasse por los que siguen las traducciones francesas y otras escuelas; herederos de las traducciones del inglés, lo nombran con el masculino: El Impasse.

Pero más allá de esta consideración semántica, parece haber una suerte de imprecisiones con respecto al término. Si bien las definiciones parecen estar hablando más o menos de lo mismo, observando en deta- lle aparecen discrepancias entre las distintas escuelas y autores. Suele estar relacionado con los términos resistencia, obstáculo, estancamien- to, y muchas veces estos términos son usados como sinónimos entre sí. Asimismo, se lo halla unido con la reacción terapéutica negativa en gra- dos de mayor o menor compromiso mutuo.

El Diccionario de lengua francesa define impasse como un callejón sin salida. Y aclara que sirve tanto para la situación concreta como para

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cientes han sido derivados por instituciones, empresas, juzgados, médi- cos o por personas de su círculo afectivo cercano. Pareciera que el pa- ciente le pone un coto a su colaboración y un límite a la penetración del método, creyendo que no va a afectar el proceso en su totalidad. O jus- tamente sabiéndolo. Estos pacientes, podríamos decir, entran al trata- miento por la puerta del impasse.

Se hace menester, entonces, además de lograr afianzar el paciente al tratamiento, hacer evaluaciones del grado de sinceridad y apertura que se va gestando en el vínculo, con el fin de evitar una situación de hipo- cresía, que teñiría de inautenticidad todo el trabajo posterior que se re- alice.

La cita de Freud que presentamos, perteneciente al historial del Hombre de los Lobos, parece estar haciendo referencia a un impasse de inicio, sobre todo si tomamos en cuenta el factor de duración del fenó- meno (el autor habla de años). Sabemos que Freud nunca se manejó con dicho término, que en ese momento era sustituido con el más general de resistencia. En este caso, la causa que explica el impasse, sería la resis- tencia a abandonar los beneficios secundarios de la enfermedad, y Freud subraya el hecho de que, de no haber sido tan favorables las circunstan- cias, hubiera sido necesario suspender el tratamiento al cabo de un tiem- po. (Estamos tentados de suponer que, al igual que las resistencias, el impasse podría pensarse como proveniente del yo, del ello o del superyó.) Hubo de esperar un prolongado período para lograr algún tipo de modi- ficación en la actitud pasiva del paciente, utilizando todo la intensidad de la transferencia para lograrlo. De cualquier manera, pese a los resul- tados positivos obtenidos en este caso, sabemos que Freud se vio forza- do a conminarlo a un mayor compromiso, imponiéndole una fecha de fi- nalización a la tarea conjunta. Freud señala que fue recién después de establecido el plazo de finalización del tratamiento, cuando el paciente se decidió a abandonar sus resistencias y su fijación a la enfermedad, con lo cual fueron aclaradas todas las causas de su neurosis infantil. A raíz de lo que conocemos de la vida posterior del Hombre de los Lobos, y to- mando en cuenta los conocimientos actuales, la dificultad de la tarea con este paciente ya parecía haberse expresado con el impasse de inicio. Es idea compartida por aquellos autores que observaron el fenómeno que la aparición del impasse en las etapas iniciales del análisis es casi siempre privativa de perturbaciones graves, con dificultades serias en el pensa- miento y dificultades para entrar en transferencia.

Horacio Etchegoyen es un autor que considera la posibilidad de im- passe en el comienzo del tratamiento. Primero hace una interesante re- seña de autores que se dedicaron al tema y elabora a partir de allí una definición general que resulta interesante como punto de partida: “La impasse psicoanalítica es un concepto técnico, comporta una detención

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El doctor Alertes Mauro Ferrao, de la Sociedad Brasileña de Psicoanálisis de San Pablo, para citar un solo ejemplo de lo anterior, en una mesa redonda, cuestiona el concepto mismo de impasse y sostiene que está impregnado de una errónea concepción del psicoanálisis. El analista trata de investigar y conocer una experiencia dolorosa que el analizado vivencia en la situación analítica, con deseos de resolverla. El psicoanálisis no es un procedimiento curativo, sino un método de cono- cimiento para facilitar el crecimiento individual. Como la idea de cura está ausente en este esquema y no hay un lugar de “salud” al que llegar, por lo tanto tampoco correspondería hablar de detenimientos.

Nosotros contrariamente somos, como diría Pontalis y citan los Baranger, víctimas de una idea incurable, la idea de curación, y a pesar de saber que eso no nos permite usarla de manera arbitraria, insistimos en su búsqueda y vamos a tomar el impasse como una de las señales que mejor delata la presencia de conflictos en la dirección de la cura. Vamos a presentar los diferentes autores también tomando un parámetro tem- poral, aunque distinto: la aparición del impasse en los tres momentos del tratamiento psicoanalítico; inicio, durante el transcurso del trata- miento, en el final de análisis.

Impasse en el inicio

“Sólo aquellos análisis que nos oponen dificultades especiales y cuya realiza- ción nos lleva mucho tiempo pueden enseñarnos algo nuevo […] El paciente del cual nos disponemos a tratar permaneció durante mucho tiempo atrin- cherado en una actitud de indiferente docilidad […] Su temor a una existen- cia independiente y responsable era tan grande, que compensaba todas las molestias de su enfermedad” (Freud, 1914-1918).

No son muchos los autores que tienen en cuenta la posibilidad de im- passe de comienzo, ya que parece en sí mismo una contradicción, pues para que haya una detención, tiene que haberse iniciado el proceso. En general, la postura es que el impasse puede aparecer en cualquier mo- mento del proceso, por eso, los mencionados en este apartado son los que elaboraron conceptos específicos para la situación de inicio, con carac- terísticas particulares.

Consideramos fundamental el impasse de inicio del tratamiento, ya que es muy frecuente su observación en la clínica actual. Es común que se presenten pacientes que vienen a nosotros con un malestar después de haber intentado los medios más diversos y, a veces, más disparatados de curación. Y aunque no siempre nos lo dicen, el psicoanálisis no les ge- nera más confianza que ninguna de las instancias a las que han recurri- do previamente. Esta situación se ve favorecida aún más cuando los pa-

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rectamente el contrato. Consiste en un acuerdo manifiesto y un desa- cuerdo latente y radical (Bion; 1963). El paciente se analiza no para comprender sus problemas, sino para demostrar o lograr otra cosa (in- cluso puede ser demostrar que no necesita el análisis). El paciente quie- re imponer sus premisas y desconocer las del otro en un despliegue des- comunal de narcisismo. El analizado hace su contrato paralelo y oculto, y en ese espacio se arreglarán todas sus vivencias en análisis, se acomo- darán y se reinterpretarán todas las intervenciones del analista. Por su- puesto que el paciente no sólo acude al tratamiento para repetir este me- canismo, sino también para librarse de él. “El desenlace dependerá, como siempre, de cuánto pese en él un deseo y el otro, así también de nuestra habilidad para comprenderlo y no caer en la trampa.”

Esta estrategia, como vemos, de haber podido instalarse, ubica al im- passe en los comienzos del análisis, aunque debe considerarse que puede transcurrir mucho tiempo hasta que sea detectado.

En esta propuesta, Etchegoyen, seguidor de la escuela kleiniana, des- taca en el impasse los aspectos donde resalta la responsabilidad del ana- lizando. El tratamiento analítico es atacado consciente o inconsciente- mente por la patología del paciente, que se resiste a ser llevado a la cu- ración. El analista responde con sensaciones contratransferenciales co- rrespondientes a estos ataques, en el mejor de los casos, que es cuando lo detecta. No se toma en cuenta la posibilidad de que el analista sea ge- nerador o favorecedor del impasse, ya que ubicar el conflicto en el polo del analista no sería impasse, sino error técnico o neurosis contratrans- ferencial. La experiencia clínica lo lleva a elaborar una especie de co- rrespondencia entre estilo de impasse, momento de aparición y contra- transferencia. Es nuestro entender que la clínica actual y la ampliación de los parámetros de analizabilidad han complicado de manera suficien- te estas correspondencias y estas temporalidades.

Otra autora que también describe una situación de impasse desde el comienzo del tratamiento es Madeleine Baranger cuando desarrolla el concepto de “mala fe” (Baranger, 1961-62). La define como una forma sutil de incumplimiento de la regla fundamental. Aunque el paciente haya aceptado el compromiso básico de la sinceridad, el material que presenta es siempre una selección, un disimulo que se mantiene todo el análisis y se apoya sobre la eliminación cuidadosa de todo lo que reve- laría una contradicción en el material y denunciaría la mentira. Una conducta planeada y sistemática más allá del grado de conciencia de este planeamiento y tacha de inautenticidad la totalidad del material y del proceso analítico. La regla de asociación libre no es utilizada para cola- borar con el analista, sino para justificar sus giros, saltos y amnesias que conducen al analista otra vez a un terreno seguro para el paciente. La diferencia con la propuesta de Etchegoyen es que la mala fe parece estar

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insidiosa del proceso, tiende a perpetuarse, el setting se conserva en sus constantes fundamentales, su existencia no salta a la vista como resis- tencia incoercible ni error técnico, arraiga en la psicopatología del pa- ciente e involucra la contratransferencia del analista”. (Acá deberíamos agregar que no sólo es una detención insidiosa del proceso, sino que es la anulación insidiosa de la incipiente investidura que se genera en el inicio del proceso.)

Por sus características es difícil distinguirla de la marcha natural del análisis, por lo tanto la considera como reverso de la elaboración. Cuando se detiene la elaboración, aparece la impasse. Ésta es el punto de convergencia de las más dispares circunstancias y se presenta como un fenómeno complejo y multideterminado. Se distingue claramente del error técnico y de la resistencia incoercible, a pesar de que pueda tener zonas limítrofes con éstos. Parecería que no es privativa de ninguna es- tructura psicopatológica. El narcisismo, las crisis tempranas del desa- rrollo, las situaciones traumáticas y las severas privaciones de los pri- meros años son factores predisponentes, pero no son suficientes de por sí para que se produzca la impasse.

El yo tiene estrategias para atacar e impedir la cura y no simple- mente para protegerse. Etchegoyen se detiene en las tres estrategias del yo, que de ser exitosas, obtendrían como logro el impasse: la reacción te- rapéutica negativa (RTN), el acting out y la reversión de la perspectiva. Más allá de que los siguientes procesos sean conocidos mecanismos de defensa, aquí son vistos con un criterio más global, esto es, formas es- pecíficas con las que el paciente se maneja en el tratamiento, estrategias que son a la vez defensivas y ofensivas, y en este último caso su meta es atacar e impedir el desarrollo de la cura. Cada una de estas estrategias merecería un trabajo aparte. Aquí tomaremos solamente el aspecto es- pecífico que se relaciona con el impasse, en qué momento del trata- miento suele presentarse y la respuesta transferencial que provoca, si- guiendo los lineamientos de Etchegoyen. (En sentido estricto, las dos primeras estrategias no están incluidas en este apartado, ya que sólo la reversión de la perspectiva se puede considerar un impasse de inicio. Las presentaremos, por lo tanto, posteriormente, en el apartado que corres- ponde respectivamente.)

La reversión de la perspectiva es un término que Etchegoyen toma de Bion pero aplicándola a esta situación técnica. Se entiende como los pro- cesos de pensamiento vinculados a un drástico intento de sacar de qui- cio la situación analítica, de ponerla cabeza abajo. Analista y analizado ven los mismos hechos pero con premisas diferentes. A nivel de los he- chos hay acuerdo, a nivel de premisas nunca explicitadas el desacuerdo es total y permanente. Estas premisas son las que establece el contrato psicoanalítico, por eso Etchegoyen considera que son las que atacan di-

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evitar mencionar su existencia. El paciente puede ser muy sincero en cuanto a una multitud de problemas y aspectos de su vida, pero se vuel- ve esquivo, disimulado y aun mentiroso cuando el analista se aproxima al baluarte. El baluarte puede ser su superioridad moral o intelectual, sus fantasías de aristocracia social, su dinero, su profesión, etc. Se rela- ciona con un objeto de amor idealizado.

La inmovilización del campo analítico es siempre una medida de pro- tección destinada a preservarse de la intrusión del analista y de sus in- terpretaciones con respecto a un sector de la vida del analizando. La di-

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