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Silvia Elena Leguizamón

In document revista-21 (página 103-111)

...Cambia, todo cambia. Pero no cambia mi amor por más lejos que me encuentre, ni el recuerdo, ni el dolor de mi pueblo y de mi gente. Y lo que cambió ayer tendrá que cambiar mañana, así como cambio yo en esta tierra lejana.

Julio Numhauser, Todo cambia

Teniendo en cuenta el título del presente congreso: “La práctica psicoa- nalítica: convergencias y divergencias”, entiendo oportuno comunicar mi experiencia en un tema de investigación que me ocupa desde hace dos años dentro del Proyecto “Devereux” del Centro de Salud Mental “Lo Scalo” de Bologna, donde se reciben y se siguen casos de migrantes y re- fugiados políticos de diversos países. Mi tarea específica es hacerme cargo de algunos casos y de la supervisión analítica de las tareas desa- rrolladas dentro del servicio, sobre todo trabajo con psiquiatras, psicólo- gos, antropólogos y operadores de salud, que son quienes entran en el contacto directo y cotidiano con las problemáticas más dolorosas de los pacientes. Allí tengo la posibilidad de desarrollar nuevas ideas para el

* Dirección: Via delle Lame, 79, 40122, Bologna, Italia. [email protected]

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Cuando la psiquiatra jefa del servicio le sugiere que haga una terapia, Omar pide un hombre como terapeuta, pero en ese momento no había ninguno disponible; y de todas maneras, ella considera que yo podría ser la persona adecuada, no solo por mi edad2sino también por el hecho de

ser latinoamericana y haber vivido momentos históricos trágicos de go- biernos militares, autoritarismo, desaparecidos, torturas, terrorismo de Estado, etc.

Omar acepta inmediatamente, fijamos un horario a través de mi co- lega y viene a la primera entrevista. Ya en el pasillo, con una sonrisa me da la mano y, mientras lo acompaño hasta el consultorio, me dice: “Ud. es la doctora especialista en torturas”. No se me escapa la ambigüedad de su comentario y de su pregunta. Su manejo del lenguaje le permitiría darse cuenta de lo que dijo, yo me sonrío y respondo “sí”.

Inmediatamente, mientras nos estamos acomodando, me pregunta si yo fui torturada. Yo le respondo que no, que provengo de un país en donde durante un par de años sufrimos problemas graves de torturas y desapariciones, con lo cual conozco y he leído mucho, como analista, del tema, hasta he tratado pacientes de ambos lados, pero que nunca me torturaron. Que este fue el motivo por el cual la doctora María le sugi- rió que comenzara una terapia conmigo.

De ahora en más lo llamaré Omar. Yo digo que a partir de ahora lo lla- maré Omar, pero aun si le cambio el nombre, en los trámites como refu- giado político recibió un nombre que no es el propio. Cuál era su nom- bre hace diez años, no lo sé.

Omar termina de sentarse, se reclina hacia adelante y, después de es- cucharme, se apoya sobre el respaldo de la silla, me dice “OK” y con buena disposición espera que siga la entrevista.

Yo comienzo a explicarle que él puede hablar de lo que quiera, que no le voy a preguntar para no molestarlo. Inmediatamente me dice: “No sé que sabe Ud. de las torturas. A mi me hicieron...”.

Comienza a describir algunos hechos, nada que no se pueda imaginar o pensar. No creo que pueda contar nada fuera de “lo pensable”.

No vuelve a hablar sobre las torturas por unos meses, y cuando lo hace es poco lo que cuenta. Sabe que se quiere sacar todo la historia de encima, pero no puede hablar y de todas formas no logrará olvidar. Termina por contarme cosas de su vida diaria actual, de algunos re- cuerdos, sin profundizar en los detalles, reconociendo que los recuerdos de tortura no son lo único que puede contarme en la sesión.

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abordaje, adecuadas para cada situación y teorizar al respecto. Tomaré sólo un aspecto de esta compleja temática y dejaré fuera mucho de lo que ya se ha escrito, tratando de focalizarme en mi experiencia clínica y vol- car alguna de mis reflexiones sobre el caso de “Omar”.

Mi interés se centra en lo que sucede con un psiquismo adulto es- tructurado (neurosis traumática de Freud) dentro de una serie de diná- micas psíquicas y somáticas, y de los equilibrios en las tres áreas princi- pales de intercambio con lo psíquico –la realidad, las pulsiones y el cuer- po– cuando los pacientes se ven sometidos a situaciones traumáticas se- veras y prolongadas en el tiempo. Por otro lado, me parece importante destacar la importancia de la contratransferencia del analista frente a “lo intolerable” de estos pacientes, que requiere una modalidad de abor- daje particular. Esto nos permitirá ver un aspecto del psíquismo, que, re- cordando el trabajo de Puget y Wender,1puedo decir que aquí no existen

mundos superpuestos, sino separados, que deberán ponerse en contacto.

Dos realidades diferentes, la del analista y la del paciente, inmersos en diferentes problemáticas que tratan de comunicarse.

Basándome en los elementos que como analista se pueden recoger a través de la transferencia y la contratransferencia, me quiero centrar en lo que defino dos temáticas sobresalientes: “la depositación silenciosa en el analista”, o sea de “lo intolerable” que el paciente dejan en el campo analítico y en el analista mismo, y “el reajuste de los equilibrios psíqui- cos y somáticos”, o sea el contacto con la realidad, con sus pulsiones y su cuerpo que, como ya mencioné, creo son las tres áreas principales de in- tercambio con lo psíquico. Todo ello dentro del marco de lo que serían “los reacomodamientos identitarios”, tema que no voy a trabajar en esta oportunidad.

Para su mayor comprensión, iré desarrollando las diferentes temáti- cas a medida que vaya aportando material clínico de las sesiones con Omar.

Caso Omar

Omar es un hombre del mundo islámico, de 40 años, que llega al servi- cio hace tres años luego de tres intentos de suicidio. En sus espaldas carga con la trágica historia de seis meses de tortura, que él llama de “interrogatorio” y un año de prisión. Después de un año de libertad de- cide partir para llegar a Europa (esto es diez años atrás) ingresando por un país del norte, donde toma un nuevo nombre.

1. “Analista y pacientes en mundos superpuestos”, Puget, Janine y Wender, Leonardo, Psicoanálisis, vol. 4, n. 3 (pág. 503-522).

2. Ya que para los terapeutas jóvenes es difícil llevar adelante este tipo de trabajo, y los pacientes abandonan o los terapeutas dejan el servicio.

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O: “Discúlpeme doctora, pero me olvido del día y la hora que tengo que venir, se me pasan los días y no me acuerdo”.

A: “No se haga problema, los miércoles a las 12.00 hs yo estoy siem- pre acá esperándolo, si no puede venir no se haga problema, venga el miércoles siguiente o cuando se acuerde”.

O: “De acuerdo doctora, Gracias”.

Un día empieza a avisarme a través de las enfermeras que no va a venir, yo le doy mi número de celular, y después de seis meses comienza a llamarme para comunicarme el motivo de su ausencia, pero de tanto en tanto vuelve a faltar sin aviso. Cada vez que nos vemos luego de la ausencia, se escusa apenas llega. Hasta que un día ya de pie y yéndose me pregunta:

O: “No entiendo doctora, ¿por qué me olvido de venir?”.

A: “Omar, creo que en su vida han pasado muchas cosas. Usted sien- te que quiere olvidar, no son las sesiones lo que necesita olvidar, pero bueno, olvida también las sesiones”.

Me mira con sorpresa y pensativo, como si no lograse encontrar el sentido a mis palabras. Es la primera vez que siento la necesidad de ha- blar y darle una interpretación simple, con miedo a movilizarlo más allá de su posibilidad. Se va con la sonrisa habitual dándome la mano.

A partir de ese día Omar no saltó ninguna sesión sin avisarme, y aun así falta raramente. Tal vez sienta que lo puedo contener y entender. Omar es una persona con un alto nivel cultural, intelectual y de simbo- lización. No es que no pueda entender, necesita poner en orden el dolor y recoger los restos de lo que fue una organización para construir algo que ahora le permita pensar más allá de lo cotidiano del “sobrevivir”, así vive Omar al momento de la consulta.

Me parece importante tener en cuenta las respuestas que pueda darle porque, como dice Roussillon basándose en Winnicott, no es solo la res- puesta del objeto, la satisfacción de la necesidad y el apuntalamiento del la sexualidad del sujeto que se satisface en la vivencia de satisfacción, sino también la respuesta en espejo de “la satisfacción del objeto” que le permite al individuo completar la vivencia de satisfacción con un otro significativo que será evocado en cada (re)encuentro con nuevos objetos (en la búsqueda del reencuentro con el antiguo). Este esquema de es- tructuración psíquica se pierde en la desorganización del psiquismo frente a las situaciones traumáticas severas. El objeto nuevo representó muerte y destrucción, dejándolo en la impotencia y el abandono; situa- ciones arcaicas que en su momento fueron superadas en compañía de un otro, de un objeto primario estructurante que no logra ahora reencon- trar, verdadero proceso de desobjetalización tardía.

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Creo que ya desde la primera entrevista se comienzan a jugar varios temas importantes. Por un lado lo sostiene la confianza que tiene en el servicio donde lo siguen desde hace tres años. Esa transferencia viene a formar parte importante de nuestra relación terapéutica, que le permi- te tener un poco de confianza en mí, la que puede, dándome el beneficio de la duda y dejándose llevar por el consejo de la doctora María.

Es sumamente gentil y amable, siempre me deja pasar primero cuan- do entramos al consultorio y trata de tener una sonrisa en su cara. No muestra gran enojo, sino sorpresa y un leve fastidio cuando cuenta cosas de sus compatriotas en el extranjero, a quienes no entiende y critica por haberse olvidado del país de origen; o cuando habla del gobierno que de- mora los trámites que encara para conseguir casa y trabajo. Siempre se defiende con la razón y la palabra, argumenta, no grita y trata de ha- cerse escuchar. En su país se dedicaba a hacer tareas intelectuales crea- tivas, y estudiaba en la Universidad. Es ateo y nunca habla de la reli- gión, pero critica fuertemente las imposiciones del régimen fundamen- talista que los obligó a cambiar y adaptarse a ciertas costumbres que Omar no quiere tolerar.

Parece un niño perdido, asustado, que se resiste a dejar de ser quien era: una persona amable y gentil, con principios éticos y morales de los cuales se sentía orgulloso. Meses después descubriré que su padre, muerto por una enfermedad, siempre críticó en la casa, sin exponerse, el cambio de orientación politico-social del país. Me pregunto: ¿cómo habrán sido los reclamos que lo llevaron a padecer la cárcel y la tortura, y hasta qué punto sabía el riesgo que corría?, pensando en las posibles identificaciones con su padres.

En este tipo de casos, la situación general cambió para el individuo en todo sentido y el aparato psíquico no consigue adaptarse fácilmente a lo nuevo que le toca vivir. El yo se ve absorbido por una realidad sobrein- vestida, aplastante, dejando la vida pulsional perdida en su historia pa- sada, quedando atrapado en la redes de ese mismo pasado reciente de trauma y sufrimiento que a la vez no puede “olvidar”.

Lo impactante es encontrarse frente a un psíquismo devastado, donde se perciben los restos de creatividad y simbolización aplastados y abruma- dos por una realidad traumática que no le da tregua al individuo. Saber qué interpretar y cuándo es parte de la difícil posición analítica. Nuestra tarea sería esquivar la tendencia a negar, desmentir o, como sucede en muchos casos, a no dar crédito al paciente pensando que sus historias son fantasías irreales. En esos casos, la depositación de “lo intolerable” bloquea la capa- cidad de trabajo de quien debería escuchar y custodiar lo depositado por el paciente, para abrir el camino a la capacidad de pensar.

Omar viene a las sesiones pero falta sesión por medio. Un día, des- pués de dos meses me dice:

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Es la segunda vez que me pide que le hable, que le dé una interpre- tación de los hechos. Yo siento que no sólo me pide que le dé algo, sino que quiere ser visto, y corroborar que lo veo, que lo escucho, que me im- porta, que lo puedo entender. Quiere escuchar lo que pienso y cayo, y co- rroborar si lo depositado en las sesiones, que es una parte de su vida, esta aún allí.

Creo que se siente en condiciones de empezar a escuchar y decir algo, fundamentalmente a pensar. Me dice:

P: “Es un precio demasiado alto para lo que hice”.

A: “No creo que se pueda hablar en términos de castigo, si uno pien- sa en un asesino y en una prisión a cadena perpetua se podría hablar de un castigo, pero en el caso suyo no tiene nada que ver una cosa con la otra, la vida no es justa o injusta, hay veces que las cosas suceden y le toca a uno. Pero nada tiene que ver con un castigo. Si uno busca, siem- pre hay algo por lo cual sentirse culpable, pero nada justifica lo que le hicieron. En mi país sucedió lo mismo, mataron a tantas personas ino- centes por conexiones absurdas. No hay una justificación, y mucho menos culpa...”.

Pienso permanentemente en lo que digo y en la cara de Omar, tra- tando de sentir lo que yo sentía, lo que yo pensaba. Le hablaba de cul- pas, las culpas que un día dejó entrever cuando me dijo que algo había hecho.

Por un lado encontramos el desborde intolerable de un aparato psíquico que está en condiciones de simbolizar, pero no de tolerar el dolor de los recuerdos, lo cual lo lleva a escindir esa parte de la historia. Este núcleo escindido, con características fuertemente melancólicas, no patológicas estrictamente sino buscando un equilibrio psíquico, amenaza con retor- nar, con ser incorporados a los circuitos psíquicos preconscientes, ya que un psiquismo integrado tiende a la representación y a la rememoración. Pero los recuerdos ponen en marcha sentimientos como la culpa frente a la creencia de la propia responsabilidad en el desarrollo de los aconte- cimientos, y la vergüenza por lo vivido, accionar sádico del superyó, ten- sión que se vuelve persecutoria e intolerable. Todo ello finalmente ge- nera una sensación de soledad interna y abandono que lo precipitan al individuo en caída libre dentro del núcleo melancólico escindido que re- torna una y otra vez para seguir torturándolo. Allí la compulsión repe- titiva de la agresión y la tortura se encierran en circuitos internos psí- quicos no proyectados, ni transferidos en los demás, con el consiguiente peligro de que, al no poder depositar fuera, busque la muerte como so- lución. Estamos frente a un adulto que por primera vez sufrió la iner- midad y los embates de la destructividad y de la pulsión de muerte en el encuentro con el otro renovado, pero ausente y sádico, en el cual no

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El individuo siente que perdió las referencias y volvió a una situación de inermidad y abandono, pero como adulto, por eso busca en la vida dia- ria restos de una vida pasada que puedan dar significado a su existencia, pedazos de identificaciones, de pensamientos, restos que le permitan mí- nimamente dar sentido, ya no a lo ocurrido sino a su existencia, a él mismo.

Estos son procesos lentos y complicados que se mezclan en medio de encierro, insomnio, adicciones, y otros síntomas que en el caso de Omar lo llevaron a tres intentos de suicidio.

Omar busca una cara que “lo contenga”, una mirada, un gesto, no lo sé, algo familiar. Es difícil para él en un país extranjero. No se anima a hablar y me deja a mí interpretar lo que siente, y sobre todo imaginar lo que vivió, pero en silencio. Contratransferencialmente no surge en mí la prohibición o el vacío, no aparecen fantasías sádicas de las torturas su- fridas, sino la fragilidad de un psiquismo desbordado de estímulos, de desligadura, de desobjetalización y de dolor. Al principio parecía querer contar todo, como si de esa manera se lo sacase para siempre de encima, pero descubre que no tiene las palabras para hacerlo, allí empieza a re- conocer que falta, que se olvida de la sesión. Por eso yo siento que los ol- vidos son un deseo difícil de cumplir. Y pienso en las depositaciones de “lo intolerable” bajo la forma de imágenes y fantasías que puedo tener en mi cabeza, que me hacen pensar en su sufrimiento, que puedo ima- ginar; pero siento que no puedo contárselo por miedo a herirlo, como hace la madre con su bebé cuando entiende sus necesidades y sus gestos sin hablar. Creo que para él, en el fondo, es un alivio que yo sea una mujer, ya que es un objeto nuevo, que por un lado es diverso de los tor- turadores, y que por el otro es una barrera cultural que lo defiende de las agresiones, de la repetición que amenaza con transformarlo a él en un torturador (identificación con el agresor) y que lo acerca a un objeto primario que, en el caso de Omar, debe haber cumplido con su función de barrera de protección (paraexcitatoria). Pienso también en “el ajuste de los equilibrios psíquicos y somáticos”, ya que soy yo la que debe pres- tar su mente para re-crear sus funcionamientos psíquicos, dar espacio a la reorganización de los viejos y los nuevos, a través de la tolerancia de las depositaciones.

Después de un año de sesiones, un día me dice:

P: “Doctora, ¿se acuerda de las torturas que le conté? (y se queda en silencio)”.

A: “Sí, me acuerdo, pero... ¿qué me quiere preguntar?”. P: “(Se sonríe y me dice con naturalidad) “Qué piensa”.

A: “Pienso muchas cosas, le puedo decir lo que pienso, pero oriénte- me, dígame qué es lo que le interesa saber, así puedo contestarle mejor”.

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intento de descarga de lo que no logra entrar en los circuitos de la sim- bolización y la elaboración.

En segundo lugar tenemos “los reajustes de los equilibrios psíquicos y somáticos” que dejan la marca de “lo intolerable”, en el núcleo de lo traumático imposible de elaborar. Creo que en el fondo es la impronta humana lo que nos lleva a “lo intolerable”, un límite que va más allá de las posibilidades del psicoanálisis y del analista mismo, que podría ex- presarse como un vacío existencial, como muerte psíquica que se mani- fiesta sintomáticamente en forma de muerte provocada, accidental o por una enfermedad orgánica. Ello expresa el límite de lo tolerable humano y sus manifestaciones individuales.

En los casos de patologías graves previas a las situaciones traumáti-

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