Sumario: L os catequistas. — Las mujeres de Punicale. — Muer te del rey del cabo de Comorín. — La irrupción de los ba- dagas. — El rey de Travancor. — Evangeliza el Santo la costa de los mákuas.
A
comienzos de Febrero cíe 1544 estaba ya Javier de vuelta en la costa de la Pesquería. Pero ahora se hallaba en estado de poder organizar la Misión. Asignó a cada aldea su catequista, llamado Canacapola,quien debía enseñar todos los días a los niños las oraciones, hacer las veces del misionero durante su ausencia e in fo r marle de la situación del pueblo cuando viniese a visitarlo. A cada uno de sus compañeros les señaló, como distrito, cierto número de aldeas. Debía el señalado recorrerlas cons tantemente y mantener vivo el celo de los catequistas y cristianos.
A la semana siguiente, a la llegada de los misioneros, iba a tener lugar la pesca de perlas, y los pueblecillos del Norte, donde propiamente vivían los pescadores, quedarían habi tados casi exclusivamente por mujeres y niños. Encargó, pues, el Santo a sus compañeros el cuidado de éstos, y tomó para sí el evangelizar a M anapar y el distrito Sur hasta el cabo de Comorín, donde la mayoría de los paravas se
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abstenían de la pesca de perlas y ofrecían mas trabajo por este tiempo.
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M ientras cultivaba aquel campo, el Padre mantenía vivo el trato con sus compañeros de tarea por medio de un ani mado intercambio epistolar. Infundía valor a Mansilhas y a Arteaga, cuando los paravas les parecían demasiado bár baros e indóciles, pero sabía también obrar con energía cuando esto era necesario.
Escribióle Mansilhas que las mujeres de Punicale solían entregarse a la borrachera.
Javier les envió al punto un alguacil.
«Por cada m ujer que sorprendiese bebiendo vino de pal ma, recibiría como premio un fanáo o moneda de plata, y la culpable, en cambio, sería castigada con tres días de p ri sión. P or toda la región habían de hacerse conocer estas órdenes; y al Patangatin o jefe de aldea le mandaba d e c ir: Si yo llego a saber que en Punicale se sigue aún bebiendo vino de palmera, me la habéis de pagar bien caro. Y mirad bien que los patangatines hagan cambiar las costumbres antes de mi v u elta; porque si no, los enviaré a todos presos a Cochín, y no les dejaré volver más a Punicale, pues ellos son los que tienen la culpa de todo este mal que allí su cede».
La amenaza surtió efecto. Trece días después podía es cribir Javier a Mansilhas :
«Me alegro de que no beban ya vino de palm'era ni construyan más ídolos y acudan a oración los domingos. Si esta gente hubiera sido instruida al recibir el Bautis mo. como lo es ahora, fuera ciertamente m ejor de lo que ahora es»
Pero a pesar de todo su rigor, los paravas miraban, llenos de veneración, al P. Francisco. Sabían que les amaba y le llamaban únicamente con el nombre de «el gran Padre».
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M ientras el capitán portugués abusaba de la Pesquería y arrancaba a los paravas todo el oro posible, y el resto de los portugueses seguían su ejem'plo y aun se permitían los m a yores atropellos contra los cristianos, Javier fue su único amigo y protector; y cuando, term inada ya la pesca de la perla, visitaba Javier sus aldeas, él y sus compañeros se encargaban, llenos de cariño, del cuidado de los enfermos. Sin embargo, para hacer frente a los atropellos de los em pleados paganos que tenían los príncipes infieles, veíase Javier inerme a los principios; mas un suceso ocurrido a fines de M arzo cambió de un golpe la situación del Padre ante los dueños del país.
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H abía muerto el año anterior el «Gran Rey» del cabo de Comorín, cuyos dom'inios se extendían desde el citado cabo hasta Punicale. Su sucesor, el rey de Travancor, había he cho prisionero al sucesor de aquél y arrebatado para sí sus tierras.
Muchos de los nobles se le m ostraron rebeldes. No había asegurado aún su posición el nuevo señor cuando, a fines de Marzo, vino de M anapar un indio principal a conferen ciar con «el gran Padre». Venía por encargo así de la m a dre del príncipe prisionero como de los Grandes de su rei no. ¿Cuál era su demanda? Que el Padre moviese al Go bernador a hacer se le devolviesen al prisinero la libertad .y el señorío perdido. Con esta condición prometía cuantio sas sumas de oro del tesoro real, libertad completa para la propagación del cristianismo, y aun el reconocimiento de la soberanía de Portugal.
Escribió Javier inmediatamente a D. M artín A lonso; y estaban ya en plena marcha las negociaciones hechas en orden al socorro pedido, cuando descargó de pronto una dura prueba sobre aquella desgraciada costa.
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E l príncipe del Maduré, cuyos dominios empezaban en Punicale, aprovechó las luchas en que se agitaba el cabo de Comorín por estas cuestiones del trono, y envió sus tro pas al territorio del «Gran Rey». Su caballería, form ada por
los badagas y dirigida por el príncipe Vitala-Perum al, arrasó como un revuelto torbellino toda aquella indefensa región, matando, saqueando e incendiándolo todo.
Sucedía esto a mediados de Junio, y Javier se encon traba precisamente por entonces en Combuture, donde los cristianos le habían prometido edificar una iglesia. Allí le llegó la espantosa noticia de semejantes hechos. Los bada- gas se habían lanzado, por tanto, sobre los cristianos del cabo de Comorín y los infelices no tenían otro remedio que huir a las rocas y escollos del m ar para m orir en ellos de sed y de hambre.
E l Padre emprendió al punto la vuelta a M anapar. E s cribió a toda prisa al jefe del pueblo pidiéndole socorro. Adelantóse él mismo a preparar veinte tones o barqui- chuelos con agua y medios de subsistencia, y en tan borras coso m ar se lanzó con ellos a la vela para acudir en ayuda de sus cristianos.
D urante ocho días lucharon sus pobres remeros negros contra las olas y el viento, pero. . . todo fué en vano.
Dirigióse entonces el Padre por tierra entre el tumulto de la batalla hasta el cabo de Comorín, distante dos días de camino, y allí permaneció un mes entero aliviando las necesidades de sus cristianos; y cuando la tropa enemiga quiso cierto día arrojarse sobre uno de aquellos pueblos, salió él valientemente a su encuentro, y bastó su sola m i rada para ponerla en precipitada fuga.
A fines de Julio estaba ya Javier de vuelta en Manapar.
Los badagas se corrían ahora hacia el N orte. P or eso hubo que precaver a los cristianos de aquella región contra un asalto nocturno del enemigo.
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No fueron inútiles las precauciones del Padre. A prim e ros de Setiembre cayó el enemigo rey Pandija sobre Tuti- corín, y tanto los cristianos como el capitán pudieron darse por contentos con haber huido a la cercana isla de arena para poner siquiera en salvo sus vidas, hasta que Javier vino a socorrerlos.
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A pesar del continuo desasosiego de la guerra, el Padre prosiguió sus acostumbrados trabajos y correrías por los pueblos. La mies estaba madura. Los pescadores kareas, al N orte de la Pesquería, y también la isla de M anar anhe laban el Bautismo. Envióles un clérigo indígena para satis facer a su petición, ya que otras ocupaciones más im por tantes le retenían a él en persona.
E l rey de Travancor solicitaba la amistad del «gran P a dre». P o r su mediación esperaba alcanzar el apoyo del Go bernador, pues tenía gran necesidad del auxilio de los por tugueses.
Los nobles y los adictos al Rey prisionero eran m uy po derosos en aquella tierra; quizás el Rey había ya oído ha blar de sus negociaciones secretas en favor del prim ero. Desde el mes de Julio iban y venían cartas y mensajeros entre el rey de Travancor y el P ad re; y cuando fracasaron por fin las gestiones del Gobernador con los partidarios del príncipe cautivo, intervino D. M artín Alonso poniéndose de parte del de Travancor.
Normalizábanse ahora afortunadam ente las contiendas sobre el trono. El príncipe prisionero fué puesto en libertad a cambio de una gruesa suma, y hubo de contentarse con la mitad septentrional de su reino.
Javier había servido de intermediario en todos estos asuntos. De ahí, que cuando en Noviembre de 1544 visitó al rey de Travancor para participarle las decisiones de don M artín, se le mostrase tan agradecido. Como lo había hecho
X I . — S a n F r a n c is c o Ja v ie r, entre los m á k u a s de T r a v a n c o r , a d m i n is tr a n d o a un jov e n el s a n to b a u tism o .
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siete años antes, dió también ahora un edicto público per mitiendo pasar al cristianismo a los pescadores mákuas, su jetos a sus dominios. Comprendían éstos en la actualidad doce millas de costa: desde el cabo de Comorín h astajV i-
llenján. Además otorgó al Pádre 2.000 fanáos para edificar
en su región una iglesia. '
E sta era, por tanto, la hora de la grande y magnifica cosecha.
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Los pescadores m'ákuas, emparentados con los paravas, habitaban en catorce aldeas de la apartada costa de T ra vancor. Oprimidos por los Grandes en su propia tierra, y en el m ar por los mahometanos, m anifestaron frecuentemente e] deseo de im itar el ejemplo de sus vecinos y asegurar abrazando el cristianismo la protección de los poderes por tugueses. El decreto de su Rey les concedía ahora licencia para ello.
El momento era favorable para Javier. A toda prisa quiso aprovecharlo, pues si cambiaba de pronto la disposi ción del príncipe, estaría todo perdido. E n cambio, una vez bautizados los mákuas, se hacía ya imposible su vuelta al paganismo. Su régimen de casta y el capitán de Quilón cuidarían de esto. Su instrucción podría, en cambio, comple tarse más adelante.
Acompañado, pues, de sus catequistas, se fué el Padre inmediatamente de aldea en aldea adm inistrando el santo Bautismo a los pescadores, que lo recibieron con gran júbilo.
Luego de llegar, convocaba enseguida Javier a los hom bres, y les recitaba en lengua tamul las oraciones, el modo de hacer la señal de la cruz, el acto de Contrición, el Credo, los Mandamientos, el Padrenuestro, el Avemaria y la Salve Regina. Todos, en voz alta, debían repetir sus palabras.
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A continuación predicábales sobre los Artículos y los Mandamientos, y después pedían a una perdón a Dios Nuestro Señor por los pecados de su vida.
Volvía luego el Padre a repetir los Artículos de la fe, y después de cada uno les preguntaba: «¿Creéis este a r tículo de nuestra santa fe?»
Y todos, cruzando los brazos ante el pecho, respondían: «Creemos».
Con esto llegaba el momento sublime del santo Bautis mo, en pos del cual recibía cada uno su nombre cristiano éscrito en un pedazo de hoja de palma,
* Terminado el bautizo de los hombres, venía el de las mujeres. Los recién convertidos debían luego destruir inme diatamente sus ídolos. Así bautizó Javier en solo un rries toda la costa de los m ák u as: más de 10.000 almas. Sólo una aldea faltaba ya por bautizar, cuando le llegó noticia de algo que reclamaba urgentemente su vuelta a Cochín.
C A P IT U L O X V II *