Sumario: E l sultán de Cíilolo. — D isuaden en vano al Santo . de su viaje. — Las islas de «esperar en D ios» — El nuevo rey de Ternate, Hairun. — Perm anencia en Ternate. — La Cuaresma; despedida. —• Viaje de vuelta. — Camino de Malaca.
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e s d e la playa de T ernate veía Javier las elevadasmontañas de la isla Batachina, donde habitaba el enemigo m ortal de portugueses y cristianos: el sul tán de Gilolo. Al otro lado de aquellos montes, en la costa oriental de aquella tierra, vivían los abandonados cristianos de la isla del Moro. Hacía doce años que, amenazados por los mahometanos, se habían puesto bajo la protección de Portugal y de sus aliados los habitantes de Ternate, y ha bían recibido el Bautismo. P ero el fanático sultán de Gilolo conservó la soberanía sobre su isla, y se vieron abandona dos de sus protectores.
De ahí que apostatasen la mayor parte de ellos, matasen a sus sacerdotes, quemasen sus iglesias y se sometiesen de nuevo al señorío de Gilolo. E s cierto que en 1536 y 1538 se logró reconquistar a los más y bautizar nuevas aldeas; pero desde aquella época ningún sacerdote se había atrevido a seguir viviendo entre ellos, sobre todo últimamente, pues e] Sultán se había hecho m ás poderoso que nunca. Ahora,
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term inada la recolección del clavo, pensaba Javier trasla darse allí a visitar aquellos desamparados, pues tan pronto como empezase por Noviembre a soplar del Noroeste el Monzón, se haría imposible la travesía.
E n vano le rogaban.sus am'igos que se quedase; en vano le pintaban con los más sombríos colores aquellas tierras del M oro; en vano le hablaban de los temaros, cazadores de cabezas que cual sabuesos del sultán de Gilolo recorrían los bosques; en vano le prevenían contra los cristianos tra i dores y versátiles, y contra sus ocultos venenos.
Viéndolo el capitán, se negó a ofrecerle embarcación. Pero el Padre, ardiendo en santa indignación, habló así en uno de sus serm ones: «Si vosotros no me concedéis embar cación, con la voluntad de Dios por ayuda atravesaré a nado el m ar con rumbo a la isla del Moro».
No hubo ya más remedio que ceder, y algunos de sus compañeros se ofrecieron a acompañarle en tan peligroso viaje.
Tres meses permaneció Javier con sus compañeros entre los cristianos; visitó todas sus aldeas y bautizó sus niños, siendo siempre recibido amistosamente por aquellos pobres isleños. Los cristianos del Moro eran rudos e ignorantes Su único vestido era un taparrabos tejido de corteza de árbol. El arroz, la médula de la palma sagú y el vino de esa mism'a palma con una pésima agua potable, formaban su alimento y su bebida. N o conocían medicina alguna para sus enfermedades. Desconocían también la lectura y escri tura, y aun la lengua malaya la entendían a duras penas. Sus cabañas eran de madera, cubiertas de hojas de palma, y en unos caballetes junto a ellas descansaban las urnas funerarias con los restos de sus muertos. Toda su vida se
X V I I . — S a n F r a n c is c o J a v ie r en la p la y a de T e r n a t e s e ñ a la n d o la s m o n ta ñ a s de Jilolo, t r a s de la s cu a le s se h a lla n la corte e is la s
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veía dominada por el miedo de los malos espíritus, y en sus enfermedades acudían al auxilio de sus hechiceros.
El tener que ir de aldea en aldea en estrecha corocora, las excursiones a pie sobre puntiagudos arrecifes de coral o por montañas escarpadas y bosques desprovistos de camino, trenzados de punzantes enredaderas, constituían un perpe tuo peligro. Y cuando los viajeros, calados por la lluvia, se sentaban de noche a la lumbre, o dormían en las chozas de los indígenas, ¿quién les aseguraba que sus huéspedes no les entregarían a sus enemigos, o los salvajes tavaros no se avalanzarían de pronto desde sus bosques para llevarse a casa sus cabezas, cual trofeos de victoria?
Sólo una esperanza quedaba entonces: la esperanza en Dios. P o r eso decía el Santo, «que m ejor sería llamarlas islas de esperar en Dios, que no islas del Moro».
Sin embargo, jam'ás en su vida experimentó Javier tan continuo y sobreabundante consuelo como por aquellos días. El le hacía olvidar por completo todos los peligroá y pesa dumbres, y en pocos años, creía él, pudiera haber perdido la vista de tanto llorar dulcemente por la fuerza de la conso lación, pues todos los trabajos y fatigas los tomaba por amor de solo Dios.
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Desde hacía unas semanas habían empezado ya las llu vias. soplaba el Monzón por el Noroeste; y olas como casas reventaban atronadoras contra las rocas del cabo N orte de la isla Batachina, cuando T ^ ie r se encaminó a Ternate. A principios de Enero de 1547 11°gó con sus compañeros junto al fuerte. U na gran sorpresa le aguardaba aquí.
Freitas, que llevaba dos años de oficio, había sido desti tuido y enviado preso a Goa. para dar allí cuenta de la remoción y prisión del rey H airun. U n nuevo capitán, B er- nardino de Sousa, asumía el cargo de su lugar, y en vez
X V I I I . — S a n F r a n c i s c o J a v i e r se a p r o x i m a a la p l a y a N o r d e s t e de ía t e m i d a co s ta del M o r o (1546).
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de Niachile ocupaba el trono de Ternate el antiguo rey Hairun. Así lo había determinado el nuevo gobernador don Juan de Castro, cüya sentencia había traído a Ternate, el 18 de Octubre del año anterior, el Bufara, nave real desti nada al comercio del clavo, en la cual vinieron también el nuevo capitán y el rey Hairun.
Por tanto, la esperanza que Javier tenía puesta en la conversión de la Reina y en el traspaso de su amigo Freitas a Ambroino, se alejaba y casi desaparecía. Freitas debía pagar a Hairun cuatro mil pardaos como indemnización de las pérdidas sufridas durante su prisión; y la reina doña Isabel, perdidos todos sus bienes al ser destronada, puso al Padre en precisión de pedir al rey D. Juan III, una renta para sostenimiento de ella.
Hairun se preciaba, ciertamente, de fiel y vasallo del rey de Portugal, y de gran amigo del P. Francisco hasta el punto de que lo llevaban a mal los musulmanes. Grandes de su Corte; pues se cuidaba muy poco de la doctrina de Mahoma.
Pero, a pesar de todo, los esfuerzos de Javier por ganar al Rey para Jesucristo habían resultado también inútiles. Hairun anteponía al cristianismo sus cien mujeres y sus muchas concubinas.
Sólo a una de las propuestas del Padre se hallaba dis puesto a ceder. Javier había intentado en vano reducir de nuevo a la fe a los cristianos del Norte de la isla del Moro, quienes por temor a Gilolo se habían apartado de Portugal y del cristianismo. Pues bien, si a éstos se les enviaba de Ternate un rey propio y cristiano, había esperanzas de éxito. Por otra parte Hairun se prestaba a que bautizasen a uno de sus hijos para hacerle Rey de los cristianos del Moro, y Javier le prometía alcanzar esta gracia del gober nador de Goa.
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El fin que Javier se propusiera a su salida de Malaca, estaba ya conseguido. Había visitado a los cristianos aban- dondos de Amboino y del Moro, como también las últimas fortalezas del Oriente, y se había formado una idea de las necesidades y esperanzas de este nuevo campo de misión.
A mediados de Febrero salió el Bufara con su carga mento de clavo a invernar en Amboino. En él marchó tam bién Freitas como prisionero, para justificarse en presencia del Gobernador. Aconsejábanle Javier y otros que llevase consigo a su esposa para la India, mas él la dejó en la forta leza, persuadido de que inmediatamente conseguiría en Goa sentencia absolutoria y volvería en la próxima embarcación como capitán de Ternate.
Quiso el Padre acompañarle en el viaje; pero el nuevo capitán, los Hermanos de la «Misericordia» y los demás por tugueses, le forzaron a quedarse con ellos durante la Cua resma, comprometiéndose a llevarle oportunamente en barco remero a Amboino, antes de que el Bufara prosiguiese su viaje hacia Malaca. Decidióse, pues, a permanecer allí.
***
La Cuaresma de este año fué como una santa Misión en Ternate. Muchos bienes injustamente adquiridos se restitu yeron o entregaron a la Cofradía de la Misericordia; contra- jéronse matrimonios eclesiásticos; se disolvieron uniones ilí citas ; hubo quienes comenzaron a recibir cada ocho días los Santos Sacramentos; muchas de las mujeres indígenas de los portugueses, preparadas de antemano por Javier, se acercaron por primera vez a la sagrada Mesa, y uno de los clérigos prometió al Padre proseguir la instrucción de las mujeres cuando él se fuese y enseñar su catecismo en verso dos horas cada día.
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Pasada la Pascua, llegó la hora de la separación. Javier se embarcó hacia media noche, por evitar toda muestra de sentimiento. Pero lo advirtió la gente y una gran multitud se reunió en la playa, levantándose un gran clamoreo en el m'omento de la despedida. Todos querían a porfía darle gra cias por los beneficios recibidos, y aun los niños y los escla vos lloraban a gritos cuando zarpó la barca. También su corazón se conmovió al salir, pues sabía que sus penitentes perdían un gran auxilio para la salvación eterna de sus almas.
Sólo dos hombres vivían aún en pecado mortal al partir él de Ternate. Cuando regresó el barco que les llevó a A fn - boino, Javier mandó en él una carta para uno de sus ami gos. Pedíale en ella que saludase en su nombre a aquellos dos pecadores y les dijese que si él tuviera esperanza de poder hacer algo por el bien de sus almas, estaba dispuesto a volver inmediatamente a Ternate, y que en todo caso no cesaría de encomendarles a Dios Nuestro Señor en sus ora ciones. ,
En Amboino volvió a encontrar, tras una separación de diez meses, a su compañero Juan d’Eiro. Junto al Bufara
se hallaban allí anclados otros tres barcos, llegados de Ban da, en espera de que el Monzón soplase por el Sudeste para proseguir su viaje hasta Malaca. Estaba entre ellos el navio de Banda, salido de Goa en Setiembre de 1546. Por él supo Javier cómo había estallado la guerra al Norte de la India, y que la ciudad de Diu estaba sitiada por el rey de Cam- baya con numeroso ejército. Los dos príncipes de Ceilán habían muerto en Goa; en cambio, el rey de Kandy, en el interior de la misma Ceilán, se había hecho cristiano1, y se esperaba la conversión de la isla toda. Pero la expedición encargada de efectuar el castigo en Jafnapatán, se había descuidado hasta el presente.
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Tres semanas escasas permaneció Javier en Amboino. Visitó a los cristianos en sus aldeas; oyó las confesiones de
los marineros, predicó, asistió a los enfermos, y a uno de éstos, que murió entre sus brazos, llegó precisamente a so correrle en el instante decisivo. «Bendito sea Dios— decía después el Padre, casi llorando, a los circunstantes— : He llegado acá en el último momento para salvar todavía el alma de este hombre».
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Las embarcaciones para Malaca se hicieron a la vela a mediados de Mayo de 1547. Los oficiales del Bufara insta ban a Javier se embarcase con ellos, pero él lo rehusó con muestras de gratitud. «Temo os vaya a suceder una gran desgracia», les decía, y en compañía de Juan d’Eiro tomó otro de los barcos. No le engañó su presentimiento. Cuando el Bufara navegaba por el estrecho de Sabán, junto a Su matra, chocó contra unos escollos ocultos y los tripulantes se escaparon casi por milagro de la muerte.
Javier tomó consigo diez muchachos indígenas para lle várselos a Malaca. Su plan era formarlos para catequistas o sacerdotes en el Colegio de San Pablo de Goa, y hacerlos volver más tarde a su isla nativa para instruir a sus pai sanos.
C A P IT U L O X X III
La victoria sobre los atchines (1547)
Sumario: Nuevos M isioneros; noticias de E uropa; el V icario
General envenenado. — M isioneros a las Molucas. — Fae nas apostólicas. — ¡L o s atchines!; predice el Santo la victoria.
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a c i a fines de Junio llegó Javier a Malaca. Le aguar daban aquí cuatro misioneros, en lugar de los dos llamados por él el año anterior. Eran los primeros nuevos Hermanos en religión que veía desde su salida de Lisboa. Mansilhas no se hallaba entre ellos. Por temor a ser martirizado en las Molucas se había negado a obede cer. Tres de los compañeros eran los llegados de Portugal durante los dos últimos años: el P. Beira, español; el P1. Ri- beiro, portugués, y el H. Nicolás Núñez. En cambio el cuarto, llamado Baltasar Núñez, había entrado en la Com pañía allí en la India. A ninguno, de ellos conocía Javier;, pero eran operarios cual él los necesitaba, y todos habían venido alegres, haciendo frente a los trabajos y peligros de las Molucas.Trajéronle cartas y noticias, dé Europa, de Goa y del cabo de Comorín, donde trabajaban seis de los Jesuítas re cién llegados, y le dieron además cuenta de la, espléndida victoria sobre el im'perio musulmán obtenida en Diu por el gobernador de la India, el 11 de Noviembre de 1546. Javier, a su vez, no se cansaba de preguntarles una y más
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veces sobre sus Hermanos de Europa y los progresos de la Compañía de Jesús en ella.
El Papa había abolido por medio de un nuevo Breve la limitación del número de profesos a sesenta; permitía se redactasen Constituciones para la Orden, y dotaba a sus miembros de las más amplias facultades para predicar, oír confesiones, celebrar y rezar el Oficio.
Por todas partes en las más célebres ciudades universi tarias se habían levantado residencias y colegios, como Pa- dua, Colonia, París, Valencia, Alcalá, Valladolid, Gandía, Barcelona, Lisboa y Coimbra, en los que los jóvenes estu diantes de la Compañía de Jesús estudiaban conquistando a la vez entre sus condiscípulos nuevos candidatos. Entre todos estos domicilios* florecía con extraordinaria vida el Colegio o Casa de Estudios Jesuíticos de Coimbra, donde el rey D. Juan había fundado cien becas. Contaba ya con se tenta alumnos; todos ellos estaban entusiasmados con la santa obra de las Misiones. El año 1545 habían salido de Lisboa para las Indias tres misioneros de la Compañía, y nueve al año siguiente. En vista de tan rápido aumento, Ignacio había declarado a Portugal con sus colonias provin cia independiente, y el actual Provincial, Simón Rodríguez, eia, por consiguiente, el Superior inmediato de Javier y sus compañeros.
Con tan gratas nuevas, trajéro'nle también una triste no ticia. La esperanza de las Misiones de la India descansaba en la vuelta del Vicario general, Miguel Vaz. Volvía éste en efecto, en 1545, de la Corte real para Goa, en calidad de Inquisidor, provisto de rigurosas órdenes del Rey y de ple nos poderes contra los empleados coloniales enemigos de las Misiones, como también contra los brahmanes paganos y contra los secuaces del falso profeta. Pero poco después de su llegada se le encontró muerto, envenenado por sus ene migos. Al oír esta noticia, cayó gritando desaforadamente el
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maestro Diego y cinco días más tarde se le condujo también a él al sepulcro. Constituía esto, sin duda, un rudo golpe para la Iglesia india y para el propio Francisco Javier.
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Durante las seis semanas que el Padre vivió con sus Hermanos en Malaca, los adiestró en las nuevas faenas mi sioneras. Debían distribuirse por Ternate, el Moro y A m boino, e informarle cada año minuciosamente de sus traba jos. A mediados de Agosto partieron para Ternate en la nave real dispuestos a soportar la cruz y quizás, quizás, aun el mismo martirio.
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Quedaba, pues, Javier acompañado sólo de Juan d’Eiro. Poco después de su vuelta a Malaca había reanudado el Padre sus acostumbradas faenas apostólicas, y con tal su ceso, que se vió forzado a cambiar para sus sermones la iglesita de Nuestra Señora del Monte por la parroquia, y hubo de oír quejarse a muchos de que no pudiese atender a todos al mismo tiempo en sus confesiones. Desaparecieron muchas enemistades, aumentó la frecuencia de Sacramentos, y con su catecismo en verso podían sus oyentes aprender mejor los misterios de la fe, despreciando sus antiguas su peraciones o sus necias fábulas paganas.
Además de su amigo Diego Pereira, halló también Javier en el Hospital de Malaca al D r. Sarayva, antiguo conocido suyo desde el viaje a la India Oriental, el mism'o que en otro tiempo le acogió en su casa de Mozambique, enfermo de fiebre, y que, con sus cariñosos cuidados, logró librarle de la muerte. Había conservado siempre este doctor una gran reverencia al Padre maestro Francisco y creció ésta con lo que oyó contar de sus trabajos apostólicos y obras por tentosas en la Pesquería y otras regiones. El mismo D. Mar-
X I X . — S a n F r a n c i s c o J a v i e r p r e d i c a n d o en la iglesia de la A s u n c i ó n , ía p r i n c i p a l de M a l a c a (1547).
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tín Alonso le había narrado cómo el Padre resucitó un niño muerto en la Pesquería, y andaba también en boca de todos la profecía hecha a Araujo sobre su muerte.
Celebraba siempre el Padre la santa Misa con devoción conmovedora y acostumbraba dirigir en ella, después de la Consagración, al divino Redentor oculto en las especies sa cramentales, una oración compuesta por él mismo por la conversión de los infieles. El doctor Sarayva asistía diaria mente a su Misa. Pues bien; cierto día, pasada la Elevación y mientras el doctor miraba al sacerdote sin perderle ojo, parecióle ver claramente al santo Padre elevarse sobre la tierra, de modo que sus pies no descansaban ya sobre el suelo. ¿Era verdad o le engañaba más bien la veneración que hacia su amigo sentía? Muy pronto tendría lugar un suceso por el que se persuadirían todos del poder milagroso del Padre.
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Era a principios de Octubre; cuando una noche el grito de ¡lo s atchines!, despertó sobresaltados de su sueño a los habitantes de Malaca. Estos temidos piratas habían inten tado con su poderosa flota caer de improviso sobre los barcos venidos de las Molucas e incendiarlos. Pero la arti llería del navio de Banda y la de la fortaleza, habían ex pulsado al enemigo, y al clarear la mañana siguiente se logró contenerle en su retirada hacia el Norte, pues no hubo valor ni fuerza suficientes para perseguir al punto quien así se había atrevido a atacarles. Presentóse entonces Javier a los habitantes de Malaca y les excitó a emprender una gue rra santa. Eso reclamaba la honra de Portugal y el nom bre de cristianos.
Hizo efecto su palabra. Inmediatamente se aprestaron algunos navios con provisiones para diez días, y la pequeña escuadra, formada de 180 hombres entre soldados y paisa
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nos. Diego de Pereira con su nave Santa Cruz entre ellos, acometió la empresa. Javier, sin embargo, cediendo a los deseos del capitán y del pueblo permaneció en Malaca.
Esperábase la vuelta de los guerreros al cabo de pocos días; pero pasaron una y más semanas, y nadie aparecía, Temían ya una nueva desgracia. El alevoso sultán de Bin- tang, situado al Sur junto al río Muar, estaba en acecho, como tigre agazapado, ante la temblorosa ciudad.
A l pasar los cuarenta días sin que se hubiese recibido noticia alguna sobre la escuadra, se esparció el rumor de que los portugueses habían sido aniquilados y el pueblo co menzó a murmurar contra el Padre.
Así estaban las cosas, cuando llegó el domingo. Durante el sermón detúvose éste de pronto y exclamó: