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115266799 San Francisco Javier Con Ilustraciones

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V

i d a

de

S

an

F

r a n c i s c o

JAYIEE

Por el P. JORGE SCHURHAMMER, S. J.

Versión directa del Alemán

POR EL P. FELIX DE AREITIO, S. J.

E D I T O R I A L D I F U S I O N

T U C U M A K 1 8 5 9 BUENOS AIRES

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Queda hecho el depósito que m a rc a la ley.

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PROLOGO DEL AUTOR

L

a presente obra sólo trata de ofrecer una sencilla re­ lación de la vida de San Francisco Javier acomodada al m ayor núm ero posible de lectores. No podemos pre­ sentar algo más acabado antes de elaborar el copiosísimo m a­ terial inédito que ha quedado de la época del Santo. T an sólo la correspondencia del V irrey D. Ju an de Castro, refe­ rente a los dos años y medio que éste pasó con él en la India, asciende—tal cual la hemos vuelto a descubrir— a dos mil documentos (casi todos ellos cartas orignales de todas las partes de la India Oriental portuguesa) relativos a todos los asuntos grandes y pequeños de aquellos días. No obstante, si nos adelantamos a publicar este resumen, antes de dar a luz la Vida extensa en cuatro tomos, lo hacemos únicamente por no poder sustraernos por más tiempo a las urgencias de los devotos del Santo, deseosos de tener ya desde ahora entre s,us manos una Vida breve pero auténtica.

P o r esta razón, si bien no nos ha sido posible servirnos para este tomito de todo el material con qug contábamos, nos hemos esforzado, sin embargo, por presentar nada más que lo históricamente cierto y por hacer resaltar con clari­ dad en la vida del apóstol de la India y del Japón su estruc­ turación interna y externa, de m anera que su modo constante de proceder encuentre por sí mismío su explicación psicoló­ gica en el grado que lo permitían el estrecho marco y la con­ formación de una Vida adaptada al m ayor círculo de lec­ tores. E n muchas cosas, no sólo accidentales por cierto, se

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aparta esta obrita de las Vidas publicadas hasta ahora, y el

perito lector hallará en ella encerrados en el m arco de una sencilla exp osición hechos y orientaciones nuevas, así com o

tam bién la respuesta a m il cu estion es debatidas.

E l form ato de la colección en que había de figurar, nos forzaba a la brevedad; por eso creimos necesario renun­ ciar a m ultitud de particularidades, a trata r y declarar con detención puntos dudosos o históricamente insostenibles, a una abundante cita de las cartas que esperamos publicar pronto y a todo género de referencias bibliográficas. P ara todo esto debemos rem itir al lector a la obra extensa, en cuya preparación trabajam os desde hace tiempo. Teniendo en cuenta a la m ayoría de los lectores, renunciamos también a la exactitud en la reproducción de los nombres propios portu­ gueses. P o r eso herrios preferido las formas corrientes de Juan, Cristóbal, Esteban, etc., alas formas portuguesas Joáo, Cristovao, Estevao y otras que podían ocasionar alguna con­ fusión; en cambio, los nombres asiáticos los reproducimos fielmente. O jalá que la presente obrita encuentre entre los amigos del Santo, en esta época tan entusiasta por las M i­ siones, a pesar de todas sus miserias externas e internas, m u­ chísimos lectores y muchos también que se enardezcan con sus mismos ideales y con su espíritu de sacrificio en servicio de las almas inmortales.

Bona del Rhin, fiesta de los gloriosos mártires japoneses de la Compañía de Jesús, 5 de Febrero de 1925.

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C A P IT U L O P R IM E R O

En el castillo de Javier (1506-1525)

Sum ario: T opografía de Javier. — L a familia del Santo. — L a

guerra entre E spaña y Francia. — Miguel de Azpilcueta y Ju an de Javier. — L a paz.

E

n ñas, situado al N orte de España, vive un pueblo de el magnífico y poco accesible mundo de monta­ lengua problemática, fiel y constante en la fe y cos­ tum bres de sus antepasados, laborioso, valiente, emprende­

dor y amante de su lib ertad : el pueblo de los vascos.

Cuando Cristóbal Colón descubría, con su piloto vasco, en el lejano triar de Occidente un nuevo mundo, y Vasco de Gama encontraba la ruta m arítim a hacia las Indias orienta­ les, la provincia costeña de Guipúzcoa, junto con sus dos hermanas vecinas, se hallaba ya bajo el dominio de España. Al E ste de ellas, entre Guipúzcoa, Castilla, Aragón y F ra n ­ cia, estaba el reino de N avarra con su capital Pamplona, ú l­ timo teritorio libre de los vascos.

Donde el río A ragón se aparta en ligero curso de los so­ leados y ardorosos montes de la región de su nombre para recorrer las. sonrientes campiñas de N avarra, existía por en­ tonces en el límite oriental del reino y sobre la escarpada

falda de un monte, un pequeño castillo de vetusto color g ri­ sáceo, con sus torres, almenas y pa¿idizos para hacer la

guardia e impedir al enemigo el paso hacia N a v a rra : era la

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F uera del cerco de la m uralla quedaba la iglesita con las habitaciones para el capitán del castillo, a lo largo del muro, por el lado de la montaña, pasando el foso por el puente le­ vadizo y atravesando una sólida entrada, guarnecida con la piedra de armas, se llegaba al patio exterior de la fortaleza. Cerrábalo en el fondo el castillo antiguo, edificado en roca viva: sombría construcción de color rojizo, de remotas bé­ licas edades, con pequeñas y angostas aberturas por venta­ nas así a flor de tierra como en los pisos superiores, con su ronda, parapeto y saeteras, protegida por dos torres en los flancos, y en el mtedio por la elevada y amenazadora torre de San Miguel.

Contigua a la escalera de la torre lateral Oeste, se encon­ traba, en cambio, la capillita de la casa, débilmente iluminada por la luz de una saetera y presidida por un antiquísimo y venerando crucifijo de tamaño más que n a tu ra l: el Santo

Cristo de Javier.

Aquí fué donde al señor del castillo de Javier le nació el m artes de la Semana Santa, 7 de Abril de 1506, el sexto y último de sus hijos.

E n la antiquísima pila bautismal de la iglesia, extram uros del castillo, recibió el niño el santo Bautismo, y su blanco vestido, según antigua costumbre de familia, quedó suspen­ dido allí cerca como ofrenda, cual si se pretendiese con eso encomendar la inocencia del infante a la Reina de los Cie­ los, cuya estatua, de talla, presidía desde el altar mayor. El bautizado recibió el nombre de Francisco.

***

: Los Javieres pertenecían a una de las más prestigiosas e influyentes familias de Navarra. E l Dr. Juan, señor del cas­ tillo, se había mantenido siempre fiel durante la guerra civil al partido real, y se había conquistado rápidamente la confianza del príncipe. F ué nombrado Adm inistrador de Finanzas, Alcalde de Corte y, finalmente, Presidente del

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I.— El n iño F r a n c i s c o d e s p i d ie n d o a s u h e r m a n o m a y o r Miguel q u e p a r t e p a r a c o r r e s p o n d e r al l l a m a m i e n t o d e s u r e y (1512)

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Real Consejo, la más alta autoridad política de Navarr.a. Junto con sus empleos y dignidades fueron _ también cre­ ciendo sus rentas y posesiones. H abía alcanzado en despo­ sorio a la única heredera de una de las familias más anti­ guas y nobles del reino: a Doña M aría de Aspilcueta, quien sobre haberle traído como dote matrimonial para su señorío de Idocin los dos castillos de Azpilcueta y Javier, podía as­ cender en su árbol genealógico hasta los tiempos de Carlo- Magno y hasta los ascendientes comunes de los reyes de Aragón y N avarra.

A la nobleza de la sangre juntábase en los padres del niño Francisco la nobleza del corazón. U n a profunda y sana pie­ dad enseñoreaba la vida toda del castillo de Javier. Estaba éste consagrado al intrépido luchador del empíreo San M i­ guel, y la iglesia a la Reina de los cielos M aría Santísim a El doctor Juan y su piadosa consorte, habían agrandado y hermoseado el templo, fundaron en él una capellanía y p u ­ sieron de cuenta del castillo un capellán con dos beneficia­ dos, para que ofreciesen diariamente el santo sacrificio de la Misa, recitasen las horas canónicas y encomendasen a Dios las almas de sus antepasados. Cuando el padre andaba por la Corte, la m adre rezaba con sus hijos las oraciones cotidia­ nas de la noche en la capilla de la1 casa, ante su gran cruci­ fijo, y el recuerdo de la pasión acerba del R edentor fué siempre de especial devoción en el castillo de Javier.

Acababa de estallar la guerra entre Francia y España. El Rey de ésta deseaba paso libre para sus tropas por los des­ filaderos pirenáicos de N avarra. Se le negó; y ante la vio­ lencia acudieron los navarros a su vecina F rancia en de­ manda de auxilio. A l ver esto los españoles, se dirigieron en 1512 contra N avarra, y el R eydeésta, D. Juan, se vió preci­ sado a huir de aquella tierra. E l partido oposicionista, aliado con los españoles, llegó a hacerse dueño de ella, y la ruina del Rey fué también la ruina de Javier. Los vasallos de Idocin podían impunemente negar a su amo el arriendo de

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sus tierras, y el nuevo Gobierno, finalmente, quitó al se­ ñor del Castillo y puso a la venta su posesión de “El R eal”, situada en la frontera de Aragón.

Nueve años contaba Francisco cuando se declaró a N a­ varra provincia española, y se puso un V irrey al frente de ella. Su padre no pudo sobrevivir mucho tiempo a esta desgracia. E l buen Dr. Juan falleció cuatro meses más- tarde, a 15 de Octubre de 1515.

P ero tres meses después era también conducido al se­ pulcro el rey de España. A los patriotas navarros les pa­ reció entonces llegado el momento de alzarse, y fué en J a ­ vier donde se celebraron las Juntas secretas para el caso, Pero el levantamiento fracasó. Los navarros fueron derro­ tados en el próximo valle del Roncal, y se ejecutó el más se­ vero juicio contra aquella tierra.

Como casi todos los otros castillos fuertes, debía también ser arrasado el de Javier “por haber sido lugar de reunión de los conjurados”. P o r misericordia se conservó en pie la parte reservada a viviendas, pero se destruyeron los fosos, la ronda, las torres y las alm'enas, y la torre de San M i­ guel fué derruida hasta la mitad.

***

Tal era la situación de la casa por aquellos años en que el niño Francisco aprendía del capellán del castillo los ru ­ dimentos de la lengua latina y recibió de sus manos por vez prim era en la sagrada Comunión el cuerpo adorable de Nuestro Señor Jesucristo.

De pronto surgió en Castilla, por el verano de 1520, un movimento peligroso. E l V irrey español tuvo que dejar a N avarra desprovista de armas, a fin de extinguir en su propia tierra el fuego que ardía avanzando por m om entos; y entonces fué cuando D. Enrique, hijo del recién m uerto rey de N avarra, y los patriotas navarros, creyeron de nuevo llegada la ocasión de librar a su patria, en unión con F r i n

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d a, del dominio de los españoles. El 17 de Mayo atrave­ saron sus tropas las gargantas dé los Pirineos para dar el asalto a Pamplona. Reaccionó el país. El valle del Roncal dió la señal de a larm a; siguióle el del río Aragón, y entre los primeros que acudieron en ayuda de los defensores de la libertad, aparecían Juan y Miguel, hermanos de Francisco.

Muy pronto llegó al castillo de Javier 1a, alegre nueva de la toma de Pamplona. U n caballero guipuzcoano, lla­ mado D. íñigo de Loyola, había sido el alma de la resisten­ cia contra los sitiadores; pero cuando al cabo de seis horas de bombardeo una bala de cañón le desjarretó la pierna, cayó la ciudadela de aquéllos. Acontecía esto el lunes de Pentecostés, 20 de Mayo de 1521.

Con todo, cuatro días después, llegaba al castillo la terro ­ rífica noticia de la gran derrota frente a Noaín. E l capitán general dé los franceses fué tomado prisionero; 6.000 de los suyos sucumbieron en el campo de batalla, y el resto huyó despavorido por los montes, en dirección a Francia.

Temerosas fueron las semanas, meses y años que a partir de estos sucesos se siguieron para D.’ M aría y para el joven- cito Francisco; y más de una ferviente oración por M i­ guel, por Juan y por la patria querida subiría en derechura al cielo ante el altar de N uestra Señora y ante el gran crucifijo del castillo de Javier. Los españoles dominaban de nuevo el país y sólo a duras penas se filtraban algunas noticias sobre la suerte de los dos hermanos. Sabíase que tras la desastrosa batalla de Noaín, habían escapado a F ra n ­ cia. Desde Octubre de 1521 tenían en su poder, con 200 soldados de su tierra, la parte superior del valle del Baztán, y hacían frente en el castillo de su m adre y en el fuerte de Maya a la prepotente fuerza española; y cuando en 1522 cayó también por tierra Maya, se lanzaron con sus aliados los franceses sobre el fuerte de Fuenterrabía, fo r­ taleza m arítim a entre Guipúzcoa y Francia, y prosiguieron

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13 S A N FRAN CISCO ' J A V I E R

Desde la fuga de los dos hermanos, la indignación del nuevo Gobierno descargó doblemente sobre el castillo de Javier. Miguel y Juan fueron estigmatizados y denigra­ dos como culpables de alta traición; se les confiscaron sus bienes y declararon sus personas dignas de muerte. Es cierto que doña M aría retuvo los castillos de Azpilcueta y Javier, como patrimonio suyo que eran ; pero los T ribuna­ les negaban toda protección a la dueña de esos castillos. Los labradores de Idocin podían rehusarle sin tem or el pago de sus rentas ; podían los vecinos de la próxim a ciu­ dad de Sangüesa repartirse impúnem'ente sus tierras seño­ riales y talar sus bosques; también los pastores del Roncal recibían al propio tiempo carta abierta para conducir sus ganados por tierras del castillo sin pagar el censo co­ rrien te; y cuando en Diciembre de 1S23 el emperador Car­ los V otorgaba amnistía general a los combatientes de N a­ varra, excluía de ella una larga serie de nombres, entre los cuales aparecían a la cabeza los de los hermanos de Francisco', Miguel y Juan.

E l 19 de Febrero de 1524 quedó firm ada la escritura de capitulación, y bien pronto Francisco y su m adre pudie­ ron estrechar de nuevo entre sus brazos, después de una separación de casi tres años, a los dos hermanos qué vol­ vían de la guerra.

Dieciocho años contaba Francisco cuando volvieron a verle sus hermanos. E n tre tanto se había transform ado durante su ausencia en un joven maduro, de esbelto talle, alto m ás bien que bajo, jovial y amable, a la vez que dis­ tinguido y modesto; su rostro juvenil y hermoso aparecía rodeado de negra cabellera y a través de sus ojos negros irradiaba imperturbable la inocencia de su alma.

E n tiempos pasados Miguel y Juan pretendieron entu­ siasmarle con la carrera de las arm'as. También en F ra n ­ cisco ardía el noble y emprendedor instinto de sus caballe­

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rosos antepasados. Q uería m ostrarse digno de su renom­ bre ; pero en una carrera distinta de la de sus hermanos. Su padre había alcanzado el grado de Doctor en la U niver­ sidad de Bolonia. Tam bién Francisco, al finalizar el ve­ rano de 1525, se despidió de su madre y hermanos, y mon­ tado en su cabalgadura traspasó las montañas en dirección a F rancia: marchaba al más famoso de los centros docen­ tes de la cristiandad, a la Universidad de París.

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C A P IT U L O I I

En la Universidad de París (1525-1533)

Sumario: E l barrio de Saint-Jacques. — Javier en el Colegio de

S anta B árbara. —■ E n tre com pañeros corrompidos. — A pu­

ros económicos: m uere D*. M aría de Azpilcueta. — Iñigo de Loyola. — E l «maestro Francisco». — «i Q ué le apro­ vecha al h o m b r e ...? »

n i d o al resto d e la ciudad por dos puentes con sus

torres de defensa, existía en la orilla meridional del Sena un aglomerado de calles y callejas, iglesias y capillas, colegios universitarios y monasterios, casas par­ ticulares, librerías y tabernas: era el llamado cuartel latino de París, con sus 3.000 ó 4.000 estudiantes, reunidos allí de todas partes; el m ayor y más famoso centro estudiantil del mundo en aquellos tiempos.

E ra el Colegio de Santa Bárbara, asilo principal de los estudiantes españoles y portugueses, puesto desde hacía cinco años bajo la protección del rey de Portugal. Allí se hospedó por el otoño de 1525, a fin de dar comienzo a sus estudios el l 9 de Octubre del mismo año, como estudiante de la Universidad, don Francisco de Jaso y Jav ier: así sonaba el pomposo título que el joven traía. E sta .¿rasa era la que debía sustituir a su hogar durante más de diez años.

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L arga era la carrera de los estudios. U n año de clase preparatoria; tres y medio de Filosofía hasta conseguir el grado de M aestro ; luego, en ciertos casos, otros tres más ejerciendo como “Regente” el Magisterio, en uno de tan ­ tos colegios; y, en fin, cuatro años de estudios especiales, sea de Teología, sea de Jurisprudencia o Medicina. Ese era el curso ordinario de las cosas, cüando uno pretendía al­ canzar el grado de Doctor.

El Colegio de Santa B árbara era a un mismo tiempo, com'o por entonces se acostumbraba, casa de habitación y escuela para los estudiantes, con su capilla doméstica, co­ medor, aulas, biblioteca, cuartos generales de estudio y clases. Los profesores, jóvenes “Regentes” por lo com ún,' continuaban aún ellos mismos sus estudios, y vivían y co­ mían junto con los demás estudiantes’ sometidos todos a una rigurosa distribución., Javier se vi ó obligado a com­ p artir un mismo aposento con un «Regente» y varios estu­ diantes. Pero, a pesar de ser una misma la distribución casí monacal que regulaba la vida de los m oradores todos de aquella casa, no podían, sin embargo, desaparecer en abso­ luto las diferencias, sociales, y F rancisco'aparecía entre ellos como el hijo de una familia noble. Poseía un caballo, mantenía junto a sí a un estudiante pobre que le servia de criado, y no reparaba en gastos. Los estudios se le hacían fáciles y en los ejercicios deportivos de las praderas de) Sena era de los más aventajados. P o r o tra parte, tampoco entre sus compañeros de estudio le faltaban amigos al jovial y agitadísim'o navarro.

P ero bajo la resplandeciente superficie de aquella ani­ mación estudiantil bulliciosa y regocijada, se ocultaban serios peligros para; el alma inexperta de' nuestro joven estudiante.

Term inado el año de preparación comenzó Javier su

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espíritus bien ligeros. M ás de una vez trepaban de noche por encima de los muros para asaltar las callejas, bodego­ nes y burdeles del barrio latino. Instaban también a F ran ­ cisco para que se les asociara; «hasta el maestro— le decían —viene con nosotros».

E l español Ju an de Peña ocupó, su lugar como profesor en 1528. El ejemplo de su vida pura y virtuosa, .fué la salvación de Javier durante tan peligrosos años.

Juntóse a esto el influjo bienhechor de un nuevo condis­ cípulo y compañero desaposento, cuyo porte modesto, an­ gelical y atrayente arrastró bien pronto, embelesado en pos de sí, al joven navarro, Llamábase Pedro Fabro, y su edad era la misma de Javier.-H ijo de una sencilla, aunque b ie n ' acomodada familia de labradores, había venido al mundo en un pueblecillo de los Alpes saboyanos.- De mu- . chacho pastoreó allí el ganado de su padre, y la soledad de aquel magnífico mundo de montañas arrastró su alnia ha­ cia -Dios. A los doce años hizo voto de perpetua castidad.

E n tre lágrimas había arrancado a sus padres el permiso de estudiar y llegó a F árís por el mismo tiempo que Javier a completar sus estudios.. U n lazo de cordial amistad unió bien pronto a estas dos alm as;’con todo, Francisco no par­ ticipaba del natural m'odesto y casi tímido del joven sa- boyano.

***

Hacía tiempo que en el castillo de Javier había desapa­ recido el estado de desahogo con que antiguamente vivía la fam ilia; de ahí que produjeran alguna inquietud los eleva­ dos gastos ocasionados por los estudios del m enor de los hermanos y hasta se pensase en retirarle de ellos, P ero su hermana Magdalena, Abadesa ya por entonces de Gandía y aun venerada comúnmente como santa, les hizo desistir luego de su intento. «No descuidéis— escribía a Miguel— el

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ayudarle en sus estudios, porque yo espero que ha de ser algún día una columna de la Iglesia».

Se accedió, pues, a la súplica y no hubo necesidad de que Francisco interrum piese su carrera.

Mediado ya su tercer año de Filosofía, le llegó a F ra n ­ cisco desde su patria la noticia de la m uerte de su madre. U n nuevo aviso del cielo. N o fué esto solo; cuando por el otoño daba comienzo a su cuarto año de estudios, le envió además Dios Nuestro Señor un nuevo compañero de apo­ sento: íñigo de Loyola, el llam ado a colaborar en la reali­ zación de la profecía de su hermana. Veamos la manera.

***

Llegaba a París, a principios del año 1528, un estudiante ya entrado en años que no tardó mucho en dar qué hablar de sí. Veíasele pasar cada día, cojeando ligeramente, por delante del Colegio de Santa B árbara en dirección al pró ­ ximo de Monteagudo, para sentarse a aprender gramática entre los estudiantes de latín, a pesar de sus treinta y ocho años. E njuto, m'ediano de estatura, de rasgos nobles y cur­ tidos, barba negra y vestido con el tra je talar negro tam ­ bién de los estudiantes de París, resultaba ser un noble de Guipúzcoa, Iñigo de Loyola, oficial del E jército en otro tiempo y el mismo que en el año 1521 había combatido en los muros, de Pamplona contra los hermanos de Javier. U na bala de cañón quebró entonces su pierna, y en el lecho del dolor tomó el enferm o la resolución de abandonar el mundo y emprender una vida de pobreza y penitencia.

Se había hospedado en el Hospital en calidad de men­ digo estudiante, y la colonia española no podía menos de m irar con muy diversos sentimientos a aquel raro compa­ triota, sobre todo rumoreándose como se rumoreaba que hasta había tenido sus encuentros con las autoridades ecle­ siásticas en las Universidades de Alcalá y Salamanca.

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Cierto día, tres de sus paisanos, entre ellos un discípulo del Colegio de Santa Bárbara, vendieron sus libros y se dirigieron también al Hospital como estudiantes mendigos, No es para descrito el huracán de indignación que se apo­ deró por entero de las filas de los españoles, cuatido se •• supo que lo habíañ hecho por influjo de íñigo. Se les vol­

vió a sacar por fuerza, y Gouvea, principal del Colegio de Sarita Bárbara, amenazó al seductor con azotarle pública­ mente en cuanto se’ atraviese una sola vez a trasponer 6l umbral de su casa.

Ya estaban calmados los espíritus cuando por .el otoño del mismo año, en Setiembre de 1529, sé alistó Iñigo en el convictorio de Santa B árbara para comenzar allí su filo­ sofía bajo la dirección del maestro Peña. Lanzándose a mendigar-por tierras de Flandes, entre los ricos com ercian' tes españoles, el.guipuzcoano se había conseguido, durante las vacaciones, lo necesario para su sustento.

A los comienzos todo iba bien.. Convivía en un mismo cuarto con el m aestro Peña, 'Javier y Fabro, y éste, pior comisión del primero, ayudaba en sus estudios al viejo es­ tudiante. P ero pronto empezó el recién llegado con sus ensayos de conversiones entredós universitarios. E n luear de asisti# los domingos por la mañana a las disoutas ordi­ narias </e las clases, les inducía a ir con él al convento de los Cartujos, situado ante la puerta de Saint-Jpeques, para recibir allí la sagrada Comunión, género de piedad jam'ás oído en la Universidad de París. Inútiles fueron todas las advertencias del maestro. Entonces determinó Gouvea hacer en él un escarmiento. ,E1 incorregible fué condenado a públicos azotes. Se habían ya reunido p ro fe­ sores y discípulos en el audá del colegio, cuando. . . para espanto de todos, entró el principal con Iñigo y declaró so­ lemnemente a su compañero como inocente y santo. ¿ A qué se debía aquel cambio? El condenado se había presentado

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en el último momento a Gouvea, le declaró las razones de su proceder y logró reducirle totalmente.

E n adelante podían Iñigo y sus compañeros comulgar en la C artuja sin inconveniente alguno. E n tre los que a p ar­ tir de aquí siguieron su ejemplo, se hallaba también Pedro Fabro. El angelical saboyano entró tanto más gustoso a- participar de los piadosos planes de su compañero de apo­ sento, cuanto que las inquietudes y dudas sobre su voca- cación le apesadumbraban por entonces sobre todo.

***

No así el compañero de Fabro, «Don Francisco». Él no sentía necesidad de consejero espiritual. E n la primavera de 1530 ñabía term inado con P'abro sus estudios filosó­ ficos y obtenido en ellos el grado de M aestro. Tenía ya conquistado el prim er escalón de su carrera científica. En adelante ostentaría el título de Maestro Francisco.

Desde Octubre del mismo año preleía como «Regente» a Aristóteles en el Colegio de D ormans-Beauvais. Esto le proporcionaba discípulos e ingresos, a la vez que científico renombre, y le consentía juntam ente continuar sus estu­ dios teológicos. Su ru ta era bien clara. Estaba resuelto a abrazar el estado eclesiástico y había recibido la tonsura como clérigo del obispado de Pamplona.

Javier contaba con parientes en el capítulo catedralicio de Pamplona. U na canonjía allí mismo no podía menos de proporcionarle también a él un porvenir desahogado. Cuando volviese a su patria en calidad de doctor por la Universidad de París, tenía asegurada una brillante ca­ rrera.

Exigíase para la prebenda una atestación oficial de su nobleza, y en Febrero de 1531 el muy noble Sr. D. F ra n ­ cisco de Jaso y Javier, rriaestro en Artes, clérigo del obis­ pado de Pamplona, hizo levantar por medio del notario de

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II— Iñigo d i r ig i e n d o a J a v i e r a q u e l l a s p a l a b r a s : ¿ Q u e a p r o v e c h a al h o m b r e g a n a r todo el m u n d o si es con d e t r i m e n t o d e su a l m a ? (1533).

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L. S C H U R H A M M E R 22

su nación en París, los documentos exigidos y comisionó a tu s allegados del castillo para que hiciesen por él los escri­ tos necesarios para la consecución del beneficio eclesiás­

tico. ' i I

A manera de enjambre de abejas rodeaban los amigos por este tiempo en P arís a nuestro sobresaliente y alegre joven. E l humanismo hallaba por entonces en aquel centro partidarios entusiastas. Sus representantes predicaban de palabra y por escrito con fascinador estilo la vuelta al es­ tudio de las lenguas y cultura clásicas, y los «profesores, reales», que el mismo rey Francisco I había llamado a la Universidad en 1530 para dar impulso a las letras latinas, griegas y hebreas, vieron pronto asediada su cátedra por la académica juventud sedienta de ciencia.

Kopp, el hijo del médico real y colega de Javier en Santa Bárbara, estaba entusiasmado por los ideales de los H um anistas; y Juan Calvino, antiguo discípulo de aquel colegio, había llegado precisamente a P arís para oír las brillantes prelecciones de los profesores reales.

También Javier sentía pasión por los ideales clásicos de los Hum anistas. Las primeras amonestaciones de Iñigo sólo obtuvieron del joven maestro o un chiste jovial o un petulante desprecio.

P ero Ignacio comprendió el modo de ganar poco a poco el corazón soberbio de su compañero de cuarto. Ayudaba a su compatriota, si alguna vez se hallaba éste en apuros pecuniarios, proporcionábale discípulos para su clase y le hacía por fin ver el peligro de los profesores humanistas que, bajo la m áscara de cultura clásica, ocultaban los erro ­ res de L utero y sus secuaces.

Esto bastó al joven navarro para decidirse a evitar en adelante las prelecciones y trato de aquéllos. íñigo logró también conquistar a su paisano para ir a la Comunión se­ manal de la iglesia de los C artujos; pero el noble mancebo

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persistió aún firme en mantener sus.ambiciones y altane^ ros planes.

E n esto llególe a Francisco, en la prim avera de 1533, la noticia de la muerte de su santa hermana Magdalena, Aba­ desa de las pobres .monjas Clarisas dejG andía. Dama de honor en otro tiempo de la reina Isabel (je España, había re­ nunciado al fausto del mundo para llevar en el claustro una vida de pobreza, humildad y desprendimiento. ¿Influyeron tal vez su ejemplo y su oración ante el trono del Señor en favor del alma de su hermano?

Cuando Javier hablaba con Iñigo de sus vanos ensueños para el futuro, le repetía é ste 'u n a y más veces aquella grave pero celestial sentencia: «¿ Qué le aprovecha al hom­

bre ganar todo el mundo, si es con perjuicio de su alma?» Estas palabras quedaron hondamente clavadas en su es­ píritu.

«¿Qué le aprovecha al h o m b re ...? » E sa sentencia no dejó ya descansar al m aestro Francisco ni de día ni de noche. Pedía luz y fuerza, y . . . la gracia venció. A nte la figura de Jesucristo Nuestro Señor y de su seguimiento, todo el brillante fausto del mundo y de los hombres se hundió como en la nada.

Cuando llegó el verano de 1533, estaba ganada la bata­ lla, y el maestro Francisco, al igual que Pedro Fabro, era un humilde discípulo de Iñigo; y tan abrasador y vivo prendió ya en su corazón, entusiasmado de Dios, el fuego sagrado, que solamente las amonestaciones de sus dos .ami­ gos pudieron moverle a dar remate al curso de Filosofía en el Colegio de Dormans-Beauvais. U na nueva vida albo­ reaba ya para Francisco.

P o r decoro a su condición, había retenido Javier como criado hasta el presente a un pobre estudiante, paisano

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suyo, llamado Miguel Navarro. P or el repentino cambió de su señor, se vió éste privado de su empleo. U n odio profundo contra Iñigo invadió su corazón. Resolvió ma­ tarlo; pero cuando subía ya las escaleras para hacerlo, percibió de repente estas amenazadoras palabras: «Infeliz, ¿ qué es lo que maquinas ? . . . » , y espantado desistió de su ciego propósito.

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C A P IT U L O I I I

Discípulo de Iñigo (1533.1536)

Sumario: Nueva vida. — La escena de M ontm artre. ■— Los

«Ejercicios espirituales». — Generosidad de Francisco. — Iñigo vuelve a España.

G

u a n t a razón tuviese íñigo al precaver a Javier de

los Humanistas, debía m ostrarlo el año 1533. Sus secuaces se presentaban cada vez más abierta y alevosamente favorecidos por la reina M argarita de N avarra, hermana del rey Francisco I de Francia, aficionada ya de antiguo a sus errores. De 4.000 a 5.000 oyentes se le arremolinaban en torno durante las predicaciones cuaresmales' al predica­ dor real de Louvre, inficionado de protestantismo, gran parte de ellos turba de estudiantes que seguían su partido. El maestro Kopp, elegido recientemente Rector de la U nir versidad, juzgó llegado el momento de intentar una vio­ lenta acometida en favor de la nueva doctrina. Su discurso inaugural del día de todos los Santos, compuesto por Cal- vino, dió abiertamente la señal de batalla contra los adic­ tos a la antigua Iglesia.

P ero llegaba ahora el contraataque. E l Parlam ento in­ tervino en la contienda. Kopp y ¿alvino se pusieron en salvo, huyendo aceleradamente, y el Rey envió en Diciem­ bre dos bulas pontificias exigiendo un proceder enérgico contra los herejes.

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L. S C H U R H A M M E R 26

P or este tiempo Fabro había vuelto a su patria por siete meses con el fin de visitar a su padre. Cuando vol­ vió, en Enero de 1534, se retiró cuarenta días a una casa solitaria, a espaldas de la puerta de Saint-Jacques, para hacer allí bajo la dirección de Iñigo y como preparación a su ordenación sacerdotal «los Ejercicios espirituales»: una serie de meditaciones sobre las verdades eternas y la vida de Jesucristo, que Ignacio había ordenado en M anresa y cuyos maravillosos efectos había experimentado en sí y en otros.

Hacia el fin de Mayo se ordenó Fabro de sacerdote y el 22 de Junio decía su prim era Misa. E ntre tanto se le habían reunido a Iñigo cuatro compañeros m á s : Simón Ro­ dríguez, noble joven portugués que estudiaba en compañía de su hermano Sebastián en el Colegio de Santa Bárbara a expensas del rey de Portugal, y otros tres castellanos, llamados el m aestro Laínez, espíritu penetrante en cuerpo débil y pequeño; su amigo Salm'erón, joven de diecinueve años que le había acompañado desde Alcalá a P arís por conocer a Iñigo, y el fogoso Bobadilla, a quien tuvo que precaver Iñigo, como a Javier en otro tiempo, de los p er­ versos humanistas e impulsar al estudio de la Teología es­ colástica.

D urante el año escolar de 1534 hicieron todos cuatro, lo mismo que Fabro, los Ejercicios espirituales. Javier tuvo que retrasarlos hasta las vacaciones a causa de las cla­ ses. Iñigo y sus discípulos se pusieron con esto a delibe­ rar para el futuro y trazaron acordes su programa,

Las líneas principales eran bien claras. Siguiendo el ejemplo de los Apóstoles, querían, ante todo, obligarse por medio de un voto sagrado de pobreza y castidad a la imitación de Cristo y a ir en peregrinación a T ierra Santa.

E n particular se determinó lo siguiente: como prepara­ ción al sacerdocio pensaban continuar sus estudios teoló­ gicos en P arís hasta la fiesta de San Pablo, Enero de 1537.

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27 S A N F R A N C I S C O J A V I E R

Después emprenderían desde Venecia su viaje para Jeru- salén, y a la vuelta de T ierra Santa se consagrarían total­ mente a la vida apostólica. Ya desde ahora entraba en vi­ gor su voto de pobreza, y para quitar toda ocasión de. réplica en su oposición a los herejes decidieron no recibir limosna alguna por misas, administración de sacramentos y predicación.

A nte las apremiantes ansias de algunos de los compa­ ñeros, deliberóse también sobre la cuestión de las misiones

entre infieles. Todos convinieron en esto: para cualquier em­

presa que hubiera de ser para mayor gloria divina, ofre­ cían unánimes su vida; pero la determinación definitiva sobre este punto la habían de tom ar en Jerusalén. Si la m a­ yoría se decidía allí por la permanencia en T ierra Santa, comenzarían inmediatamente la predicación entre los in­ fieles; en el caso opuesto, de que la autoridad eclesiástica les prohibiese permanecer en T ierra Santa o de que en el transcurso de un año— a partir de la llegada 3 Venecia— no encontrasen embarcación para el viaje, se presentarían al Sumo Pontífice a fin de que dispusiese de ellos por todo el mundo, aun por tierras de turcos o de otros tiranos enemigos de la cristiandad. P ero los pensamientos del maes­ tro Francisco se detenían con frecuencia en T ierra Santa, y un día soñó que se había apoderado de un muchacho turco y le había adm inistrado el santo Bautismo.

* * *

E n tre tanto llegó el curso a su fin. Comenzaron las va­ caciones de verano. Señalóse el día de la Asunción para hacer su voto. Todos se prepararon a él por medio de ayu­ nos, penitencias, oración y una santa confesión. A la m a­ ñana del día señalado, se dirigieron los siete compañeros desde el barrio latino, atravesando el Sena y la ciudad, a la colina de M ontm artre, situada ante las puertas de París.

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E n su falda, al pie del gran convento de Benedictinos, ha­ llábase una iglesia dedicada al santo Obispo de París, Dio­ nisio. Allí había sido m artirizado por Cristo a manos de los paganos, después de haberles predicado el Evangelio. Llegaron los siete juntos a la cripta de la capilla. E l único sacerdote de entre ellos, Pedro Fabro, celebró la santa M isa; inmediatamente antes de la Comunión volvióse hacia sus compañeros, con la sagrada Form a en la mano, y en pre­ sencia de su Rey celestial fueron, uno en pos de otro, pro­ nunciando arrodillados desde su puesto y en voz bien per­ ceptible, el sagrado juram ente de servir a Jesucristo en pobreza y castidad, y de hacer una peregrinación a T ierra Santa. Acto seguido recibieron todos con gran devoción el cuerpo santísimo de Jesucristo.

Con esto quedaba ya sellado su pacto para toda la vida. El resto del día lo pasaron al pie de la colina, junto a la fuente de San Dionisio, en íntima conversación, y al hun­ dirse el sol tras del convento de M ontm artre, emprendie­ ron, por fin, su vuelta al barrio latino.

Ahora, llegado ya el tranquilo tiempo de vacaciones, pudo también el m aestro Francisco hallar espacio para hacer los

santos Ejercicios bajo la dirección de Iñigo. Retiróse a una

casa solitaria a trata r durante cuarenta días únicamente con su Dios. Sólo de tiempo en tiempo le visitaba Iñigo con el objeto de proponerle la materia de las meditaciones para unos días, y darle algunas advertencias sobre el aprovecha­ miento espiritual y acerca de los diversos métodos de ora­ ción, penitencia y discreción de buenos y malos espíritus, según la diversa disposición del alma, y sobre la manera, en fin, de sentir con la Iglesia y otras cosas parecidas.

Estaban divididos los Ejercicios en las llam'adas cuatro “semanas”, y se consagraba en ellos a la meditación una hora entera cinco veces al día.

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III.—S a n F r a n c i s c o J a v i e r p r o n u n c i a n d o s u s v o t o s en la c a p i l l a de M o n t m a r t r e (1534).

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Con toda la magnanimidad de su alma ardiente se en­ tregó el m aestro Francisco a estos Ejercicios espirituales. D urante cuatro días se abstuvo de todo alimento; para hacer penitencia por sus vanidades en el deporte de la isla del Sena se ató los brazos, los muslos y los pies con cuerdas ásperas y nudosas tan fuertemente que, hinchán­ dosele los músculos, se hacía imposible el desatarlas. Dos días pasó así entre agudos dolores, y los compañeros, sa­ bedores de ello, temían ya que hubiera que cortarle los brazos, cuando Dios Nuestro Señor oyó su oración y acu­ dió en su ayuda como con un milagro, haciendo que las cuerdas se soltasen.

Lo que Francisco vió y experimentó en estos santos Ejercicios era algo que jamás debía olvidarlo. Al volver, al cabo de cuarenta días, a unirse con sus Herm anos, era ya otro hombre. Ciertamente, seguía siendo el jovial y animoso compañero de a n te s ; pero un sagrado fuego cen­ telleaba en sus ojos y transfiguraba su rostro; un ansia ardiente, un santo amor abrasaba su corazón: el de Jesu­ cristo crucificado, su Rey y su Señor. Sólo a Él deseaba servir en adelante con todas las fuerzas de su alm a; se­ guirle a Él en vida y en muerte, y únicam'ente a Él. Iñ i­ go, en cambio, sería desde entonces para el maestro F ra n ­ cisco “ su venerado y querido padre del alma en Cristo Jesús”. De él se había servido Dios para hablar a su co­ razón .

***

P or este tiempo comenzó a empeorar de día en día la salud de Iñigo. Volviéronle de nuevo con redoblada per­ sistencia sus antiguos dolores de estómago. Según el pa­ recer de los médicos, únicamente los aires natales podrían hacerle convalecer. Aunque con gran sentimiento deter­ minóse a abandonar a sus discípulos. Despacharía de pa­ so algunos negocios de éstos, y una vez m ejorado m ar­ charía a Venecia para aguardar allí la peregrinación de

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31 S A N F R A N C I S C O J A V I E R

1537. Pasada la Pascua, ensilló el caballejo que le fo r­ zaron a recibir sus compañeros y montado en él salió por la puerta de Saint-Jacques camino de su patria.

Javier le entregó una carta para su hermano, el capitán Juan, deshaciendo las falsas noticias que se habían espar­ cido en su casa sobre su conversión y la persona de Iñigo. Declaraba en ella su dolor por tales calumnias y prose­ guía a s í:

«Y porque V uestra M erced a la clara conozca cuánta merced Nuestro Señor me ha hecho en haber conocido al señor M aestro Iñigo, por ésta le prometo mi fe, que en mi vida podría satisfacer lo mucho que le debo, así por haberme favorecido muchas veces con dineros y amigos en mis necesidades, como en haber sido causa que yo me apartase de malas corripañías, las cuales yo por mi poca experiencia no conocía. Y ahora que estas herejías han pasado por París, no quisiera haber tenido compañía con ellas por todas las cosas del m undo; y esto sólo no sé yo cuándo podré yo pagar al señor M aestro Iñigo, que él fué causa que yo no tuviese conversación ni conocimiento con personas que de fuera m ostraban ser buenas y de dentro llenas de herejías, como por la obra ha parecido... Y en esto sólo puede V uestra Merced conocer muy a la clara ser falso todo cuanto a V uestra Merced inform aron del se­ ñor M aestro Iñigo.

Y suplicóle muy encarecidamente no deje de comuni­ car y conversar al señor Iñigo, y creerle en lo que le di­ jere, porque con sus consejos y conversaciones crea que se hallará muy bien, por ser él tanto una persona de Dios...

De París, 25 de M arzo de 1535.

De V uestra Merced, muy cierto servidor y m enor her­ mano,

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C A P IT U L O IV

Por cantones alemanes (1536-1537)

Sumario: A cumplir una prom esa: el canónigo de Pam plona. —

Meaux, Metz, San Nicolás. — Basilea, Constanza, San Galo, Venecia.

D

es,p u és de la partida de íñigo, quedó Ptedro Fabro

como Superior de los demás. Él fué quien logró reclutar otros tres compañeros para el g ru p o : el amigo de su juventud Claudio Jayo, Pascasio Broet, sa­ cerdote también como el anterior, y Juan C odu ri; todos tres, franceses. U n vínculo de santa caridad los unía entre sí. Hacían cada día, su meditación y examen de concien­ cia; asistían a las clases de Teología en el convento de los Dominicos y en el de los Franciscanos; se confesaban se­ manalmente y recibían juntos cada domingo en la C artuja la sagrada Comunión. E l día de la Asunción de la San­ tísima Virgen renovaron en la iglesita de M ontm artre el voto hecho el año anterior.

Así iba acercándose cada vez más el tiempo en que habían de cumplir su promesa de pasar a Venecia para ir luego en compañía de Iñigo a T ierra Santa, cuando de pronto estalló la guerra entre Francia y el Em'perador. E ra menester obrar con rapidez. Interrum pieron, pues, sus estudios; hicieron levantar los documentos necesarios; vendieron todos sus haberes, y se equiparon para el

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33 S A N F R A N C I S C O J A V I E R

je. E n esto se presenta un m ensajero con un escrito para Javier.

Su hermano, inquieto por las noticias de Francisco y con sus planes de abandonar el mundo, se había apresu­ rado a term inar la ya olvidada investigación de su no­ bleza, y el Cabildo capitular de la Catedral de Pamplona admitió unánime entre sus miembros al hijo del doctor Juan.

Pero el nombramiento llegaba demasiado tarde. Sin ru i­ do y muy de madrugada el maestro Francisco abandonó el 13 de Noviembre con sus compañeros las puertas de la ciudad de París, en la que durante once años había en­ contrado su segunda patria, y su corazón respiraba una alegría sem'ejante a la del pueblo de Dios cuando partía de Egipto camino de T ierra Santa.

***

E n la ciudad de M eaux se celebró la últim a delibera­ ción. E l camino por el S ur de Francia estaba impedido. E ra necesario m archar por tierras de herejes y a la en­ trada misma del invierno. Determ inaron, pues, caminar juntos, reteniendo el dinero necesario para el viaje. Los franceses en Francia y los españoles en Alemania debían, como súbditos de los respectivos dueños de aquellas tie­ rras, servir de interrriediarios.

E n medio de una lluvia torrencial salieron los nueve compañeros a pie y descalzos por las enlodadas estradas del país, cubiertos con sus remangados largos trajes ta ­ lares de estudiantes parisinos, protegidos de ancho y pun­ tiagudo sombrero, con el rosario al cuello, el bordón de peregrino en su diestra, y la bolsa de cuero terciada a un lado con el Breviario, la Biblia y los apuntes particulares. L a oración, la meditación, el canto de los salmos y las piadosas conversaciones hacían m ás corto el camino. Al llegar a las posadas, hincábanse valientemente de rodillas

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L. SC H U R H A M M B K 34

a los ojos de todos. A l emprender su viaje hacían otro tan­ to para encomendarlo a Dios, y donde quiera que se en­ contrasen, celebraban los tres sacerdotes diariamente sus misas, en las que comulgaban los dem ás.

Llevaban ya andadas los peregrinos como dos o tres jornadas a p artir de Meaux, cuando vieron venir en su busca a dos hombres de a caballo a todo galopar. E ra el uno Sebastián Rodríguez, que advirtiendo en P arís la se­ creta huida de su hermano Simón, venía en su seguimien­ to con un amigo para hacerle desistir. Inútiles fueron to­ dos sus razonamientos ; los dos caballeros hubieron de vol­ verse a P arís sin obtener cosa alguna.

P ronto traspusieron la frontera fran cesa; pero el tum ul­ to de la guerra ofrecía aún mayores dificultades en la neu­ tral Lorena. Horm igueaban por allí centenares de solda­ dos franceses que, cargados de rico botín, volvían a Flan- des y atravesaban aquella indefensa tierra entre asesina­ tos, incendios y desmanes.

E n M et2 tropezaron nuestros viajeros con el grueso del ejéraito. Esto, no obstante, lograron, aunque entre gran ­ des apuros, deslizarse por las puertas de la ciudad a una con los labradores fugitivos. T res días tuvieron que per­ manecer allí hasta que la retirada de los franceses les per­ mitió proseguir para N ancy y llegar al santuario de San Nicolás.

E n San Nicolás recibieron los peregrinos ¡os Santos Sacramentos. Siguieron luego, atravesando las montañas, hacia el interior de Alsacia y de allí a Suiza. Comenzaba el territorio de los herejes y con él la parte más difícil de su viaje. Interponíanseles de pronto torbellinos de nieve. Desconocedores de la tierra y de la lengua, avanzaban los maestros de P arís en medio del más crudo frío por aquella región cubierta por espesas nevadas. M ás de una vez per­ dieron la ruta y anduvieron errantes cuesta arriba y cuesta abajo con la nieve hasta las rodillas. Y cuando, m’uertos de

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__ S a n F r a n c i s c o J a v i e r con s u s c o m p a ñ e r o s a la s p u e r t a s de la c i u d a d de F e l d k i r c h e n s u v i a j e de P a r í s a I t a l i a (1536).

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L. S C H U R H A M M E R 36

cansancio, calados por la humedad y acosados por el ham ­ bre, entraban de noche en las posadas, los protestantes con­ vocaban inmediatamente a los letrados del lugar para que disputasen sobre la verdadera fe con los recién llegados.

***

E n la protestante Basilea detuviéronse también tres días y vieron para su dolor borrados ya los recuerdos todos del culto católico y la Catedral ignominiosamente convertida en una cordelería.

L a nieve era profunda de Basilea para adelante. Obli­ gados a andar por ella, los caminantes perdieron la ruta, y cuando a boca de noche llegaron por fin a una gran al­ dea, se hallaron con el mesón lleno de aldeanos que, entre comilonas, embriagueces, gritos y bailes prolongados du­ rante la noche entera, celebraban las bodas de... su cura apóstata. P or una parte el nuevo predicador, ceñido de an­ cha espada, tuvo también su ademán de amenaza, desen­ vainándola ante los advenedizos.

E n otro lugar se presentó en la posada un predicante calvinista para disputar con los m aestros parisienses, y al sentirse acorralado por las razones de Laínez, abandonó el cuarto con una maldición, conminando a los extranje­ ros con echarlos en la cárcel.

. -Hallábanse, precisamente, nuestros peregrinos en lo peor del viaje, cuando a la mañana siguiente entró en la habitación de la posada un joven (que a Simón R odrí­ guez le pareció ser un ángel de Dios) dispuesto a acom­ pañarles con seguridad por la carretera que conducía a

Constanza.

Aquel mismo día llegaron a la ciudad. T riste era el aspecto que presentaba ante sus ojos: el culto católico h a­ bía sido desterrado de la población. Los fieles no podían asistir a la santa Misa, sino en una iglesia situada fuera

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37 S A N F R A N C I S C O J A V I E R

de las puertas de la ciudad, y a condición de pagar en pena una moneda de plata.

De aquí partieron los caminantes hacia Sa n Galo, Sólo una m ujer anciana permanecía allí fiel a la fe católica. Se la había forzado a vivir en un Hospital de incurables, extram uros de la ciudad!, y se había intentado persuadirla de que todo el mundo había ya abandonado las antiguas creencias. Al ver ella el rosario de nuestros maestros de P arís, los reconoció como católicos y les enseñó u n delantal lleno de brazos, piernas y cabezas de estatuas de santos que los herejes habían destrozado en su fu ro r contra las imágenes. Los recién llegados se arrodillaron y postraron sobre la niéve para besar, llenos de reverencia, tan sagra­ dos despojos. Detuviéronse algunos días en aquella ciu­ dad, y los habitantes se les acercaban frecuentemente a entablar con ellos disputas sobre la fe. Mas cuando se les hacía ver por la Sagrada E scritura la falsedad de su doc­ trina, ellos abrían su biblia alemana, traducida por Lu- tero. Casi todos aquellos pasajes aparecían en ella supri­ midos o traducidos de muy diversa manera.

De San Galo para adelante volvían ya sus espaldas a Suiza y a la tierra de los herejes. Al llegar a la ciudadela de Feldkirch, al otro lado del Rhin, entraban de nuevo en tierra católica. Traspusieron luego el A rlberg y los desfi­ laderos del T irol cargados de nieve, y caminando po r en­ tre altísirrios montes cubiertos de negruzcos pinares e im ­ ponentes murallones de roca, se .dirigieron a Bolzamo y

Trento, desde donde escalando nuevas montañas se inter­

naron en otras regiones.

Dos días después de la fiesta de Reyes, el 8 de E nero de 1537, se encontraban felizmente los nueve compañeros junto a Iñigo en la gran ciudad de Venecia. H abían me­ diado dos años de separación entre discípulos y maestro, y el encuentro no pudo menos de ser grandem ente conso­

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C A P IT U L O V

La compañía de Jesús (1537-1538)

Sum ario: E n el H ospital de Incurables. — A im petrar la ben­

dición del Papa. — Los sueños de un apóstol. ■— La gue­

rra con el turco. — Los nuevos sacerdotes. — Prim eros tr a ­ bajos. — M uere uno de los «com pañeros».

P

o r lla ciudad ducal, célebre en el iriundo, edificada prim era vez veían Javier y sus compañeros aque­ sobre el m ar y surcada por canales y góndolas, don­ de la magnificencia y brillo fascinador de sus iglesias y marmóreos palacios se reflejaban en el agua con el fu l­ gor del oro.

Desde ella se hacían a la vela las naves de peregrinos para T ierra Santa, pero únicamente en el verano. Ignacio (que así empezó a llamarse Iñigo en Italia), se había con­ quistado otros dos compañeros para el viaje: el sacerdote español Hoces y el antiguo criado de Javier, Miguel N a­ varro.

Agenciáronse enseguida habitación y trabajo para los meses de espera. Ignacio alojó a sus compañeros en dos- hospitales, m ientras él se dedicaba al estudio de la Teolo­ gía en una casa privada. E n el Hospital de los Incurables, junto al convento de los Jesuatos, hallaron puesto Javier, Fabro, Laínez y otros dos. Con fervoroso celo tom aron a su cargo el cuidado de los enfermos. Cierto día pidió

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39 S A N F R A N C I S C O J A V I E R

uno de éstos a su enferm ero que le rascasfe la espalda. Al descubrir sus repugnantes úlceras, el m aestro Francisco comenzó a sentirse sofocado por el asco; pasó entonces la mano por ellas frotando con decisión la m ateria y se chu­ pó, el dedo. D urante toda la noche estuvo después soñan­ do que tenía el contagio en la garganta; pero la repulsión aquella del antiguy noble entregado ahora al servicio ae los enfermos, quedaba ya vencida para siempre.

***

Solían los peregrinos de T ierra Santa im petrar en R o­ ma la bendición del Papa antes de emprender su viaje. D i­ rigiéronse, pues, a Roma, a mediados de Marzo, los Once compañeros, a quienes se les había juntado un tal Maese A rias, sacerdote secular español, e Ignacio, en cambio, permaneció en Venecia. No juzgaba prudente presentarse en la Corte pontificia, donde se hallaba como Encargado de Negocios por parte del Em perador el doctor Ortiz, an­ tiguo enemigo suyo en la Universidad de París.

Con el fin de experim entar por prim era vez en este camino los efectos de la santa pobreza, Javier y sus com­ pañeros se pusieron en marcha sin viático ni dinero para el viaje, y Dios mismo les salió al paso bien pronto con una dura prueba. L a senda que habían de seguir atrave­ saba la yerma y solitaria región de la desembocadura del Po. E l camino se hallaba interrum pido ya por un bra­ zo del río, ya por otro. Apenas se divisaba casa alguna en qué poder mendigar, y los conductores se negaban a lle­ varlos por amor de Dios. P ara pagar el transbordo, al uno había que darle un tintero, al otro una camisa; un tercero les dejaba plantados en medio de una región inundada, ele modo que se veían obligados a vadearla con el agua hasta el pecho. Medio muertos de hambre consiguieron lle'- gar a un bosque de pinos y tenfaron de comer sus verdes frutos, hasta que al atardecer del domingo de Pasión en­

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L. S C H U R H A M M B R 40

traron por fin en Ravenna. H abían recorrido durante aque­ lla última tarde 28 millas italianas (nueve leguas), en medio de una lluvia torrencial, descalzos y hambrientos, con sólo un pedazo de pan tomado por la mañana y sin dejar por eso de cantar salmos, gozándose en el Señor.

P ara allegar limosnas más fácilmente, se repartieron en grupos de a tres en el resto del viaje; y a fin de evitar ul­ teriores m'olestias al atravesar el río, alquilaron una bar­ ca hasta Ancona. Poco después entraban en Loreto, lugar del celebérrimo santuario de N uestra Señora. Allí se en­ comendaron a Dios en la santa casa de su M adre y pro­ siguieron luego su itinerario para Rom a a través de los montes, bajo una lluvia torrencial y por caminos llenos de b a rro .

***

P ara Semana Santa estaban ya en la capital del Orbe católico, donde se construía por entonces, junto a la anti­ gua iglesia, la nueva basílica de San Pedro. Visitaron, pues, las siete iglesias y tom aron parte en las solemnidades de los días de Pascua.

Buscando hospedaje, dirigiéronse luego al Hospital na­ cional, en donde les alojaron gratuitamente. L a divina P ro ­ videncia comenzó a m ostrárseles propicia. E l doctor O r- tiz, encargado de los negocios del Em'perador, se había tro ­ cado de enemigo en fervoroso protector de Iñigo, y él fué quien se encargó en persona de introducirlos ante la au­ gusta dignidad de Paulo I I I . El Papa, anciano venerable de luenga y blanca barba, hizo, según su costumbre, que los maestros de P arís diesen m uestras de su saber dis­ putando públicamente durante su comida sobre materias teológicas en presencia de muchos Cardenales, Obispos y D octores; y tan entusiasmado quedó de sus repuestas, que no sólo les concedió gustoso licencia para ordenarse y ha­

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41 S A N F R A N C I S C O J A V I E R

cer su peregrinación a T ierra Santa, sino que añadió a su bendición apostólica una limosna para el viaje.

Con el corazón inundado de alegría em prendieron nues­ tros caminantes su regreso a Venecia pasada ya la Pascua. ¿Cuál sería en tanto el pensamiento dominante del maes­ tro Francisco?... E n el Hospital español de Roma solía dorm ir en un mismo aposento con Rodríguez. D e repente despertó éste del sueño cierta noche y oyó g ritar a su com­ pañero: «¡M ás, más, m ás!...» Preguntado Javier sobre la significación de estás palabras, nada respondió. E staba soñando verse en medio de grandes trabajos y peligros por el servicio de Dios, y que la gracia le infudió al m'ismo tiempo tal esfuerzo y ánimo que no pudo menos de pedir a Dios más trabajos y riesgos de la vida.—Al despertar otra vez en cierto Hospital, durante este viaje, dijo a su compañero Laínez: «¡Jesús, qué cansado estoy! ¿Sabéis lo que soñaba? Que traía a cuesta un indio, y pesaba tan­ to que su peso estaba a punto de aplastarme». Y ahora se presentaba ante sus ojos y al alcance de sus manos el gran viaje a T ierra Santa y la misión entre infieles...

U na sombra se cernía con todo sobre el futuro hori­ zonte. «Me sospecho que no habéis de ir a Jerusalén». les había dicho el Pontífice al despedirles. ¿ Saldría profeta el Papa ?

***

E l P apa tuvo razón. Si bien es verdad que después de vueltos ellos a Venecia pudo aún celebrarse en ella la acos­ tum brada procesión de peregrinos el día del Corpus Christi, para el domingo siguiente llegó ya la noticia de que el tu r­ co había declarado la guerra a la República veneciana, y por prim era vez, desde hacía largos años, hubo de suspen­ derse el embarque de peregrinos para Jerusalén.

Se imponía, por tanto, el esperar hasta que cesase de nuevo la guerra, lo cual suponían había de suceder bien

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pronto, pues por su comercio con el Oriente, T urquía ne­ cesitaba de Venecia y Venecia de Turquía.

E n tre tanto, los maestros parisienses habían terminado sus estudios teológicos y pudieron recibir las Ordenes de subdiaconado y diaconado. M ás tarde, el 24 de Junio de 1537, en la fiesta de San Ju an Bautista, fueron consa­ grados sacerdotes Javier con Ignacio, Laínez, Rodríguez, B'obadilla y Coduri. Salmerón, en cambio, debía esperar por ser aún demasiado joven. ¿Y qué había sucedido entre tanto con el infeliz Miguel N avarro? H abía vuelto a apos­ tatar a su regreso de Roma, y desapareció con Maese Arias.

Los nueve peregrinos prosiguieron en Venecia hasta fi­ nes de Julio su tarea de cuidar enfermos. Después, a ejem­ plo de Jesucristo, se retiraron a la soledad durante cua­ renta días. Javier se dirigió con el joven Salirierón a la pequeña ciudad de Monselice, junto a Padua. Algo apar­ tada de aquel lugar existía una choza medio derruida, ex­ puesta al viento y al temporal. Allí se refugiaron los dos a vivir en silencioso retiro, dados a la oración y peniten­ cia, mendigando por las puertas su alimento y en medio de la más estrecha pobreza, pero también al mismo tiempo de la más dulce consolación.

U na vez que Salmerón recibió el sacerdocio, fueron to­ dos a reunirse en Vicenza a fin de Setiembre. Ignacio con F abro y Laínez vivían allí mal acomodados en un claus­ tro derruido y solitario. Con la devoción de un ángel y en­ tre lágrimas de alegría celebró Javier en esta ciudad su

primera Misa, como también sus compañeros recién orde­

nados. Ignacio la dejó para más tarde. ¿Esperaba, tal vez, poderla celebrar en Belén?

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43 S A N F R A N C I S C O J A V I E R

E n Vicenza continuaron los compañeros su vida de m or­ tificación y pobreza; predicaban al pueblo por las calles en chapurreado italiano, y volvieron a deliberar sobre su porvenir.

Después de hacerlo, resolvieron esperar todavía embar­ cación hasta el verano de 1538; pero determinaron jun ta­ mente repartirse ya desde entonces por las universidades de Italia a trab ajar en favor de las almas y alistar, si po­ dían, nuevos compañeros para sus planes. E n la Pascua de 1538 debían todos reunirse por fin con Ignacio en la Ciu­ dad Eterna. Si durante este tiempo les preguntaban a qué O rden pertenecían, responderían todos que a la «Compa­ ñía de Jesús», pues Jesucristo era su único Capitán y Se­ ñor.

Ignacio experimentó por entonces, como en otro* tierri- po en M anresa, una extraordinaria abundancia de sobrena­ turales visiones, y lloraba copiosamente por el exceso de consolación. M aestro Francisco cayó enferm o a consecuen­ cia del extrem ado rigor de su vida, y se vió forzado a compartir, en el Hospital de los Incurables, un mismo le­ cho con el m aestro Simón Rodríguez, enfermo también. U na noche, mientras yacía allí también tendido y des­ pierto a su parecer, se le apareció San Jerónimo, y le dijo tendría que pasar el invierno en Bolonia y su frir allí en gran manera.

E n efecto, así veremos le sucedió después puntualmente. ***

Los once maestros dejaron por Octubre a Vicenza para i repatirse por las ciudades de F errara, Bolonia, Padua, Sena

y Roma.

Javier y Bobadilla fueron destinados a Bolonia. A su llegada, el P adre m aestro Francisco celebró la santa M isa junto al sepulcro del P atriarca y Fundador Santo Domin­

Referencias

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