Cecilia Luján Idiart estuvo ilegalmente en cautiverio en la Brigada de Investigaciones de La Plata, pertene‐ ciente a la Policía de la Provincia de Buenos Aires, que dependía operacionalmente del Primer Cuerpo de Ejército, junto a Domingo Héctor Moncalvillo, María Magdalena Mainer, Pablo Joaquín Mainer, María del Carmen Morettini, Nilda Susana Salomone y Liliana Galarza.
El experimento de “recuperación” denominado “el grupo de los siete” fue un proyecto por el que se man‐ tenía a los detenidos en una situación “preferencial” mientras se los aleccionaba sobre los beneficios de co‐ laborar con el régimen y se les prometía la libertad.
En el juicio que se le siguió al cura represor en 2007, los familiares fueron relatando aquel tiempo en que los siete chicos permanecieron cautivos. Adriana Idiart contó que el cura recibía dinero de las familias y decía que “él les daba apoyo espiritual a los chicos” y que les fue cambiando su forma de pensar, “ya eran bue‐ nos chicos y por eso podían salir del país”. El cura, dijo
Adriana, usaba la palabra “retenida”, en lugar de de‐ tenida.
Adelina de Alaye, Madre de Plaza de Mayo de La Plata y fundadora de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos La Plata presentó al Tribunal la carta que Antonia, mamá de Cecilia Idiart, escribió denunciando la situación de su hija.
“Cecilia –dice la carta– quedó detenida el 15 de diciem‐
bre del 76, en calle 13 entre 80 y 81. Durante siete meses ignoramos si vivía. El 13‐7‐77 llamó ella por teléfono anun‐ ciándonos que estaba en la Brigada de Investigaciones de La Plata, calle 55 Nº 930, que estaba muy bien y que podíamos ir a visitarla. Vivía allí con seis compañeros que estaban en la misma situación. Mis hijos y yo íbamos todas las semanas a visitarla, las autoridades de ese lugar nos dijeron que para mayor seguridad les aconsejaban salir del país y que los sa‐ carían ellos (...) Las autoridades que en ese momento atendí‐ an el caso fueron: el Señor Páez, Jefe de la Brigada, el Señor Etchecolatz, Director de Investigaciones de la Jefatura de la Policía, el Padre Cristian Capellán de Policía residente de la Parroquia de la ciudad de 9 de Julio Buenos Aires. Este sa‐ cerdote es el que tramitó documentos y pasaportes para que pudieran viajar.‐Firma Cifré, Antonia Cifré de Iriart, Bel‐ grano 955 Bragado 6640 Buenos Aires”.
Junto con Cecilia estaba secuestrado Domingo “Mono” Moncalvillo que había desaparecido el 18 de
diciembre de 1976 y, en marzo del año siguiente, su familia comenzó a tener noticias. Poco después se ini‐ ciaron las visitas. Su hermana, la conocida periodista Mona Moncalvillo señaló que Domingo tuvo oportu‐ nidad de contar a solas que había sido estaqueado y muy torturado, en la ingle, en la pierna, tenía los talo‐ nes aún en carne viva, cuatro meses después de haber sido secuestrado, lo que le sembró la certeza de que había sido torturado durante muchísimo tiempo.
En las entrevistas –recordó la testigo– su hermano le había contado que un sacerdote les brindaba asis‐ tencia espiritual, a lo que la periodista le preguntó qué significaba hacer asistencia espiritual en medio de la tortura. “Se superponía lo terrible de la tortura física y lo
abyecto de llegarle por el lado espiritual, porque aunque una persona no tenga creencias, se aferra a la fe y allí volvía a horadar Von Wernich. Trataba de entrar por cualquier cos‐ tado sensible, para sacar la información que no le habían sacado en la tortura”. Domingo le había contado que
Von Wernich estaba presente en las sesiones de tortu‐ ra. También la esposa de Domingo Moncalvillo pudo visitarlo y contó que las visitas primero fueron espa‐ ciadas, después más frecuentes. Estaban con él y a ve‐ ces con el grupo. Algunas veces pudo llevar a su hijo. “Estuve muy feliz de verlo porque el impacto familiar era
muy grande”, dijo. Su esposo tenía agujeros en los pies,
ingle, brazos, en el pecho. Y refiriéndose a Von Wer‐ nich contó cómo se manejaba en la Brigada con absolu‐ ta naturalidad: “Él estaba ahí, era como su casa, entraba,
salía, hablaba con los familiares, juntaba la plata. Nos aga‐ rraba a todos con la guardia baja, todos queríamos que esto llegue a feliz término. Era un enviado del diablo”.
Otras de las integrantes del grupo fue María Mag‐ dalena Mainer. Su tía mencionó a un intermediario en el caso de su sobrina, un represor conocido como “el francés” y que después de una visita cuando habían caminado algo más de cien metros vieron cómo subían a los secuestrados a una camioneta.
Liliana Galarza estaba embarazada y dio a luz en cautiverio. Su hija, a quien dio el nombre de María Mercedes fue bautizada en julio de 1977 por el cura Christian Von Wernich y ella relató al tribunal que juzgaba al cura que “... la persona que mediaba en la rela‐
ción entre mi mamá y mis abuelos era el cura Von Wernich. Mis abuelos se entrevistaron varias veces con él y en unos de esos encuentros el cura les dijo que ella no estaba tan convencida de su fe, o sea que su misión no era religiosa, sino obtener información”.
Por último dijo que “mi familia juntó dos valijas de
ropa y todo el dinero que pudo, a pedido del cura, y la entre‐ gó en la Brigada de Investigaciones, pero nunca supimos cual había sido el destino de eso”.
“Las fotos del bautismo nos dijeron que ya están, nosotras todavía nos las vimos pero espero que cuando vengas te las pueda mostrar.”
La pareja de Liliana, Ricardo Molina y padre de María Mercedes, también había sido secuestrado y permanecía cautivo en el centro clandestino de deten‐ ción conocido como “La Cacha”. Durante su cautiverio “un sacerdote lo visitó en su celda y le ofreció medallitas de
la Virgen de Luján”, aunque no pudo reconocerlo por
estar encapuchado. Además explicó que “estábamos
encadenados a nuestros camastros, encapuchados y se pre‐ sentó una persona que tenía sotana y zapatos negros redon‐ dos que se paraba en la punta de nuestros camastros”. Lo
llevaron a ver a Liliana diciéndole que había nacido su hija. Años después supo que fue en la Brigada de In‐ vestigaciones de La Plata.
“Me iban a demostrar que ellos no asesinaban a la gen‐
te”. En la celda había una cuna precaria y ella tenía la
bebé en brazos. Le sacaron la capucha y hablaron alre‐ dedor de diez minutos, con las manos atadas.