Cartas de Cecilia
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, com-prendidos la fotocopia y el tratamiento informático.
© 2009, María Cristina Alonso, Coordinación y compilación. © 2009, Deauno.com (de Elaleph.com S.R.L.)
© 2009, Diseño de cubierta y maquetación: María Magdalena Católica © 2009, Luis Videla, Edición literaria
[email protected] http://www.elaleph.com
Primera edición
ISBN
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en el mes de octubre de 2009 en Bibliográfika, de Voros S.A.,
Cartas de
Cecilia
Programa Jóvenes y Memoria Comisión Provincial por la Memoria
Historia de Cecilia Luján Idiart,
desaparecida durante la dictadura cívico militar
(1976-1983)
Investigación realizada por los alumnos
de las Escuelas de Educación Media N° 2 y N°4 de Bragado, Provincia de Buenos Aires:
Fernando Sánchez Gimena Navarro Joaquín Riera
Leonor Rodríguez Pratt Lucía Costa
Magdalena Gianzanti Nicolás Lamazón Pablo Pildain Victoria Juárez
Coordinación y puesta en texto: María Cristina Alonso
Agradecemos
A las siguientes personas que hicieron posible este libro:
Intendente de Bragado: Aldo San Pedro
Subdirectora de prensa: María Corina Delettieres Los entrevistados:
Ani Rodríguez , Eduardo Fescina, María Elena Veláz-quez, Gerardo Cabail,
Martín Alonso, Marita Othatz
Diseño y diagramación: María Magdalena Católica Corrección: Marta Pasut
ʺ... en su pequeña cárcel de papel el revés de la carta sigue escribiéndoseʺ.
En cada aniversario, Carlos Girard y Ricardo Calderón publicaban este recordatorio en los diarios de Bragado
Lo que no dicen
las cartas
7de agosto de 1977 Querida mami: Hoy te cuento las últimas y definitivas novedades. Nos dijeron que nos pagan el pasaje a un país limítrofe y no sé si vos ya hablaste con el padre y te contó la última decisión, que es irnos a Brasil. Asi que te pido la vuelvas a molestar a Porota por la dirección de los parientes de Carlos y que si le quiere mandar algo, vos tráemelo en el próximo viaje.Una tarde o una noche de 1977, una chica de poco más de veinte años escribe una carta para su familia. La es‐ cribe con birome en hojas blancas. Su letra, un poco despareja, da cuenta de una escritura que se hace con premura, acaso con desesperación. La chica escribe so‐ bre cosas que, a simple vista, parecen triviales. Pide la‐ na roja y azul para tejer, está haciendo una agarradera porque dice, con eso se entretiene. Habla de la ansiedad que le produce el proyectado viaje, cuenta sobre cómo le hicieron el pasaporte y hasta menciona que le han festejado el cumpleaños a un tal Carlitos –“el grandote” aclara para que la madre lo ubique–, porque Carlitos es uno de “ellos”, y el festejo ha sido compartido.
En apariencia, leídas a más de treinta dos años del momento en que fueron escritas, las cartas de Cecilia parecen inofensivos mensajes de una hija a su familia, las de una chica simple que repite que cree en Dios y que Dios la ayuda y le ha indicado el camino.
Pero no son cartas comunes como no lo fueron las circunstancias en que fueron escritas. Porque las foto‐ copias de esa escritura que leemos hoy con los chicos del programa Jóvenes y Memoria son cartas escritas
desde el cautiverio, son cartas de una joven que des‐ apareció víctima de la represión desatada durante la última dictadura cívico militar. Y no fueron concebi‐ das en una cocina de un departamento de estudiantes, sino en la Brigada de Investigaciones de La Plata, mientras permanecía secuestrada con un régimen es‐ pecial, poco antes de ser asesinada.
Y entonces, esa escritura, nos hace pensar en el horror de un tiempo en que ser joven, tener ideales y luchar por ellos no sólo era peligroso sino que signifi‐ caba la muerte.
Esas palabras nos sitúan en la ambigüedad y la sospecha de que tal vez ese discurso era el de la simu‐ lación. Que encerraban un mensaje en clave, que de‐ trás de las palabras había otras que era necesario en‐ contrar superponiendo capas de significación.
La palabra “ellos” referida a los captores –que pa‐ recían en el relato de Cecilia unos “compresivos cela‐ dores” que hasta festejaban cumpleaños con los dete‐ nidos– nos remiten a otros “Ellos”, los que Oesteheld, el célebre guionista desaparecido, imaginó como el mal absoluto, como el odio cósmico en su genial histo‐ rieta El Eternauta. Las cartas de Cecilia que nos llegaron fotocopiadas a través de Adriana Idiart, su hermana, nos invitaron a contar esta dolorosa historia que se entrecruza con si‐ niestros personajes.
Se trata de una chica nacida en Bragado en 1955, cuya vida intentamos reconstruir a través de este ejerci‐ cio de memoria. Pretendemos rescatarla con esta bio‐ grafía y dejar un testimonio para las futuras generacio‐ nes. Serán estos jóvenes quienes deberán defender la democracia y evitar que el horror vuelva a repetirse.
Casi podemos imaginar el momento en que su mano trazaba esas líneas en un papel, esforzándose para no decir nada inconveniente, alentando la espe‐ ranza de salir en libertad alguna vez, planeando ese viaje a Brasil que –en definitiva– fue un viaje hacia la muerte.
La escritura de Cecilia da cuenta de la imposibili‐ dad de decir, o al menos decir algo para llenar un es‐ pacio que los represores le habían otorgado, un territo‐ rio que era la hoja en blanco en la que podía escribir un texto que seguramente era mirado y aprobado. Un texto que luego sirvió de prueba para condenar al cura Von Wernich, el “Padre bondadoso” que Cecilia invo‐ ca y recrea y que era el contacto con sus familiares.
Letras desde el infierno trasmutadas en expresio‐ nes tan inverosímiles como “nos tratan como a unas reinas”. ¿Qué dicen y qué no dicen las cartas de Ceci‐ lia? ¿Qué leemos en ellas que no pudo leer su madre o sus hermanos ahora que conocemos su triste final?
En una casa contigua a la Brigada de Investigacio‐ nes como nos cuenta Martín, el novio de la hermana de Cecilia por aquel entonces, una casa que parecía común salvo porque en su parte trasera había rejas.
Rejas, porque eso era una cárcel clandestina, un lugar donde todo era disimulo. Más allá de la sala donde Cecilia y sus compañeros de cautiverio recibían a sus familiares se torturaba, se vejaba a los prisioneros. “¿Qué te creés, que estamos en el paraíso?”, dijo Ceci‐ lia no sin cierta ironía, ese día de visita en que alguien le preguntó por la misteriosa parte de atrás.
Las cartas de Cecilia son cartas desde ese infierno atroz que nos resulta difícil imaginar, que se vuelve más terrible a medida que vamos leyendo, preguntan‐ do, buscando datos. Sin embargo, es necesario hacer el intento de comprender porque las historias individua‐ les nos permitirán entender el horror más que las ci‐ fras. “Un muerto es una tristeza –dice Todorov–, un millón de muertos es una información”.
La infancia
en Bragado
Vos sabés mami que me pongo a pensar en Adriana, Horacio, en vos en los tíos, los chicos y también en Gerardo, etc, y es hermoso; podés ver los valores humanos de todos y además pensar que tal vez muy pronto podamos compartir una gran mesa al aire libre. O porque no una linda tarde en la playa, del verano tropical.Como verás delirar un poco no hace mal, ya que como he acortado la distancia me parece, que tenerlos de visita, para todos ustedes va a ser como ir a la laguna de Bragado.
No piensen que ya estoy loca; pero la verdad es que faltando tan poco; necesitamos gastar un poco más de energía, ya que estamos un poco acelerados y es por eso que siento que no soy yo la que te escribe; sino mi mano que no la puedo frenar.
Cecilia nació en Bragado, una ciudad del noroeste de la provincia de Buenos Aires, el 30 de agosto de 1955.
Año conflictivo para la Argentina. La autodenominada Revolución Libertadora derrocó al presidente Juan Domingo Perón mediante un golpe de estado el 16 de septiembre de ese año. Los efectos del golpe se sintie‐ ron también en Bragado. Como en todo el país se arra‐ só con todo lo que recordara o simbolizara al partido depuesto, y se acentuó la persecución a las personas que lo habían representado.
Cinco años más tarde, en 1960, Bragado que basa‐ da su actividad económica en la agricultura y la gana‐ dería, empezó a perder su aspecto de pueblo de casas bajas para convertirse en una ciudad agrícola indus‐ trial, se edificaron algunos edificios altos, se instaló la luz eléctrica alternada, se asfaltaron calles semiperifé‐ ricas, crearon la red cloacal, la planta depuradora, la red de gas y aparecieron los primeros semáforos.
Nelson Idiart y Antonia Cifré tuvieron tres hijos: Horacio, Cecilia y Adriana. Armaron su hogar en la casa de la calle Belgrano al 955 y afrontaron juntos la desdicha cuando Cecilia fue víctima de la epidemia de poliomielitis que arreció hasta fines de los años ʹ50 y principios de los ʹ60, y fue verdaderamente masiva. Sin embargo, la efectividad de la enfermedad para causar la muerte o la parálisis fue baja y Cecilia salvó la vida pero debió padecer sus secuelas. Según recuer‐ da su primo Gerardo Cabail, la enfermedad había sido diagnosticada en forma tardía y Cecilia debió someter‐ se a una operación en su pierna.
Por aquellos años, a medida que iban apareciendo casos, se tomaban medidas precautorias: se eliminaban las aguas estancadas, se pintaban los cordones de las veredas y los árboles con cal blanca, se colgaban en el cuello de los chicos bolsitas de alcanfor. Se suspendie‐ ron las clases, se prohibieron las prácticas deportivas, y la incertidumbre ganó todos los hogares.
Cecilia fue operada en Buenos Aires y debió viajar para controles frecuentes. No obstante, su pierna su‐ frió una desviación y debió usar aparatos de ortope‐ dia. Desde entonces llevó un bastón para caminar sin dificultad.
Pero Cecilia afrontó, según lo recuerdan sus fami‐ liares, su problema con mucha entereza y naturalidad y se integró fácilmente al grupo de compañeros en la escuela. Era admirable su alegría, su facilidad para ayudar y para participar en las actividades propias de su edad. El bastón no le impidió estudiar, salir con amigas, asistir a fiestas y reuniones, a los “asaltos” y a la pileta del Bragado Club. Tenía una hermosa sonrisa que le inundaba la ca‐ ra. Le gustaban las guitarreadas y las largas tardes de mates y complicidades. Era alegre y se esforzaba para que su dificultad al caminar no le impidiera hacer la vida de una chica como todas.
Cursó la primaria en la Escuela N° 1 y cuando de‐ bió elegir una institución secundaria prefirió el Cole‐ gio Nacional.
Del tiempo de secundaria Ani y Eduardo Fescina, que fueron sus compañeros, recuerdan que era una buena alumna y que no se llevaba materias. Ani cuen‐ ta que hacían trabajos para la escuela y se reunían en la casa de Eliana Marelli, otra chica que había padeci‐ do la poliomielitis. En esa casa se encontraban con otros chicos y cantaban canciones folclóricas. Cecilia afinaba muy bien. Ani la recuerda entonando “La po‐ brecita” de Atahualpa Yupanqui o “Niña, mujer y amiga” de Figueroa Reyes. Una amistad tejida en asal‐ tos y guitarreadas.
En cuarto año tuvo que enfrentar una segunda operación y quedó rezagada. Recién egresó en 1973.
Sé bien que todavía vamos a tener que esperar mucho, estoy feliz porque Dios nos sigue ayudando y nos brinda una nueva posibilidad de futuro. Esa palabra tan hermosa, que antes no la podíamos decir, ya que se vivía el presente y nada más... Si Dios quiere, en un tiempo podremos cenar todos juntos y sin miedos y sin tener que estar ocultándonos de todos.
Marita Othatz –compañera de secundaria–: La conocí en
el año 1968, cursando el primer año del Colegio Nacional de Bragado junto a compañeros como –por nombrar algunos–
Marcela Romeo, María Elena Velázquez, Ani y Jorge Rodrí‐ guez, Eduardo Fescina, Marisa Peracca... y muchos otros. Se sentaba muy cerca de mí. La recuerdo, linda, un poco tímida, con su cabello castaño dorado, atado, muy tirante, formando una cola alta; su cara mostraba siempre una ex‐ presión sonriente, sus labios siempre llamaron mi atención por lo naturalmente rojos, como pintados, y sus mejillas rosaditas; muy dulce y muy femenina. No integraba el gru‐ po de amigas a las que pertenecía, pero compartimos esporá‐ dicamente alguna que otra clase de ajedrez dictadas, impeca‐ blemente por nuestro querido profesor ʺJakiʺ Cormack, en el salón del Bragado Club. Estoy tratando de rescatar en estos instantes otras imá‐ genes que tengo de ella... tan joven... corriendo y saltando, desenvolviéndose con tanta naturalidad, sin los impedimen‐ tos que podía ocasionarle el tener afectada una de sus pier‐ nas, que la obligaba a asirse a un bastón.
La Plata,
década del 70
“Estábamos en pleno despiole” Ani Rodríguez: “En el 75 me la vuelvo a encontrar a Ceci en La Plata y ella fue al departamento donde yo vivía. Ya ahí estábamos en pleno despiole. Salías a la calle y no sabías si volvías a tu casa, aparte de que no sabías quiénes estaban metidos y quiénes no y los que estaban metidos por ejemplo, para mí, Ceci no estaba metida, pero nunca hablé de eso con ella. Su novio era Carlitos Girard, y ella ya estaba en pareja con él y yo tampoco sabía que Carlitos estaba militando. No sabía que Ceci estaba metida porque ¿viste? Era una rela‐ ción de amigas pero de decirte así: ‘Bueno estoy comprome‐ tida en política’, no. Aparte como en esa época vos hablabas de política pero no se podía hablar mucho porque si te encon‐ traban un disco que querías escuchar y era de izquierda, ya te llevaban directamente. Nosotros por ejemplo salíamos y teníamos un montón de amigos, pero de pronto desaparecían y vos decías: ¿Dónde están? Eso es lo terrible de nuestra generación, porque vos pensá que nosotros tenemos 53 años y que vos salías a los 20 años en La Plata diciendo ¿dónde están los amigos? Te querías encontrar y no te encontrabas.No sabías por qué no te encontrabas porque yo por lo menos, no estaba comprometida en política, en sí, no milité pero si, alrededor mío tenía personas que militaban. Que eran Eduardo y mi hermano.”
Eduardo Fescina: “Lo que quiere decir es cuál era la si‐
tuación Nacional que se vivía en los ‘70 digamos, porque es totalmente distinta de la realidad actual. En esa etapa los jóvenes éramos todos muy comprometidos con la realidad Na‐ cional y la mayoría estaba con una intención de cambio. Por lo menos, los que pensábamos en ese momento, creíamos que par‐ ticipando y haciendo cosas podíamos hacer que la riqueza se distribuyera de una forma más equitativa entre la gente y no hubiera tanta disparidad entre riqueza y pobreza. Había dema‐ siada gente excluida. Mucha gente. Y bueno pensábamos que participando íbamos a poder encontrar algún modelo que hiciera una sociedad más justa. Entonces en ese momento era normal que la mayoría de la gente adolescente y jóvenes, ma‐ yores de 18 años, participaran en política, en cualquier expre‐ sión política, pero lo normal era que se participara, casi era raro el que no lo hacía. Si no participabas era medio raro. Lo hacíamos en un centro de estudiantes, organizaciones políti‐ cas, había organizaciones políticas de todo tipo, forma, tama‐ ño y color”. (de la Entrevista a Ana Rodríguez y Eduardo Fescina, compañeros de escuela de Cecilia).
Para entender aquella época es necesario pensar qué ocurre después de las dictaduras de Onganía y de Lanusse cuando comienzan las reacciones contra el
autoritarismo que había signado aquellos años. Luego del Cordobazo, movimiento de protesta ocurrido en Córdoba en 1969, empiezan a producirse otros levanta‐ mientos populares a lo largo de todo el país en un efecto multiplicador de manifestaciones violentas contra el go‐ bierno militar. Esto incentiva el crecimiento y accionar de agrupaciones de izquierda y células activistas, algu‐ nas de las cuales derivan en organizaciones políticas armadas (entre las más importantes, el Ejército Revolu‐ cionario del Pueblo, Montoneros, Fuerzas Armadas Re‐ volucionarias).
Era un tiempo en el que casi todos los jóvenes creí‐ an que la revolución y la militancia era una actividad generalizada y recubierta de cierto halo de prestigio. Estar comprometido, jugarse, participar en centros de estudiantes, asistir a manifestaciones, integrar organi‐ zaciones de base o unirse a los grupos armados era el común denominador de aquellos años. Pero participa‐ ran o no en un partido o en una organización, los jó‐ venes eran militantes, como señala Judith Naidorf1,
por el solo hecho de asumir un compromiso de vida y acción. Para la citada autora, gran parte de esa genera‐ ción universitaria fue militante comprometida, y la figura del Che Guevara fue un aglutinante en el proce‐ so de militancia y simbolizó la identidad rebelde capaz de encuadrar a todos.
1 Naidorf, Judith, La militancia con compromiso. La universidad
Nacional entre 1966 y 1976, Universidad de Buenos Aires, año VII‐ número II (16), 2007
La ciudad de La Plata no se mantuvo al margen del agitado clima político que vivía todo el país, fue un importante foco de manifestaciones de toda índole protagonizadas por jóvenes secundarios y universita‐ rios que terminaban brutalmente con la represión poli‐ cial cuando llegaba “la montada” y se iniciaba el des‐ bande.
Antes de 1976 la militancia de superficie era muy común entre los jóvenes y tenía bajo nivel de riesgo y “no estar comprometido” casi era mal visto.
Varias organizaciones agrupaban a la militancia en La Plata: la JUP (Juventud Universitaria Peronista), la
JP (Juventud Peronista, con mayor cantidad de mili‐ tantes), la FURN (Federación Universitaria de la Revo‐ lución Nacional), MONTONEROS, FAP (Fuerzas Arma‐ das Peronistas) y FAR (Fuerzas Armadas Revoluciona‐ rias), estas últimas eran organizaciones guerrilleras que respondían a esquemas militares y tenían una me‐ todología más violenta, porque la violencia, en esos años, estaba legitimada en los discursos que circulaban a todos los niveles. Se pensaba que la violencia de arriba, es decir del poder dominante, justificaba la vio‐ lencia de abajo, la del pueblo.
Como señala Pilar Calveiro en su libro “Poder y desaparición”2: “Al inicio de la década de los 70, mu‐
chas voces, incluidas las de políticos, intelectuales, ar‐ tistas, se levantaban en reivindicación de la violencia,
dentro y fuera de Argentina. Entre ellas tenía especial ascendiente en ciertos sectores de la juventud la de Juan Domingo Perón quien, aunque apenas unos años después llamaría a los guerrilleros ‘mercenarios’, ‘agentes del caos’ e ‘inadaptados’, en 1970 no vacilaba en afirmar: ‘La dictadura que azota a la patria no ha de ceder en su violencia sino ante otra violencia mayor. La subversión debe progresar.ʺ ʺLo que está entroni‐ zado es la violencia. Y sólo puede destruirse por otra violencia. Una vez que se ha empezado a caminar por ese camino no se puede retroceder un paso. La revolu‐ ción tendrá que ser violenta.’”3
La mayoría de las organizaciones simpatizaban con el peronismo y estaban integradas por jóvenes de entre 18 y 25 años que buscaban una sociedad mejor, lo que en el lenguaje de la época se denominaba “la patria socialista”, es decir justicia social, mejor distri‐ bución de la riqueza y participación política.
En la ciudad de La Plata la participación política se dio con una inusual efervescencia, explicable por la gran cantidad de jóvenes de todas partes del país que vivían en la ciudad y que estudiaban en la universi‐ dad.
Las tomas de colegios y fábricas fueron hechos co‐ rrientes hasta la asunción de Cámpora, breve interreg‐ no que se denominó “la primavera camporista”
Las expectativas de la Juventud Peronista se vieron satisfechas en gran medida; puesto que el peronismo de izquierda y sus simpatizantes, nucleados alrededor de lo que se llamó La Tendencia, ocupó espacios insti‐ tucionales de importancia: varias bancas en el Congre‐ so, varias gobernaciones, algunas de ellas muy impor‐ tantes, como Buenos Aires, Córdoba y Mendoza; dos o tres ministerios y las universidades, que fueron la gran base de movilización de la JP. Pero cuando regresó Perón y las fuerzas sindicales y los grupos de derecha pertenecientes al peronismo se enfrentaron a la JP y a la tendencia revolucionaria pro‐ vocando una masacre, la militancia juvenil se fue ale‐ jando de su líder y la violencia se generalizó: atentados de las organizaciones armadas y secuestros y torturas de la Triple A (AAA), que era un grupo parapolicial de ultraderecha liderado por López Rega, un siniestro personaje, secretario privado de Juan Domingo Perón y luego Ministro de Bienestar Social de Isabel Martínez de Perón.
Esto impactó en la ciudad de La Plata. Militantes de izquierda fueron asesinados y las organizaciones revo‐ lucionarias pasaron a la clandestinidad. La militancia de superficie pasó a una creciente militarización.
La desaparición como modalidad represiva co‐ menzó a partir de 1974, durante el gobierno peronista, poco después de la muerte de Perón.
Como lo señala Pilar Calveiro, la figura de la desapa‐ rición, como tecnología del poder instituido, con su co‐
rrelato institucional, hizo su aparición estando en vigen‐ cia las llamadas instituciones democráticas y dentro de la administración peronista de Isabel Martínez. Sin embargo, era entonces apenas una de las tecnologías de lo represivo.
El golpe de 1976 representó un cambio sustancial: la desaparición y el campo de concentración‐exterminio dejaron de ser una de las formas de la represión para convertirse en la modalidad represiva del poder, ejecu‐ tada de manera directa desde las instituciones militares. Desde entonces, el eje de la actividad represiva dejó de girar alrededor de las cárceles para pasar a estructurar‐ se en torno al sistema de desaparición de personas, que se montó desde y dentro de las Fuerzas Armadas. Luego del golpe militar en La Plata se incrementó la represión. Los grupos para‐policiales hacían opera‐ tivos llevándose a militantes o a jóvenes que hacía mu‐ cho se habían alejado de las organizaciones. Nadie es‐ taba seguro. Los bares permanecían silenciosos y las calles parecían desoladas. Ese silencio también se apo‐ deró de las facultades.
Ya no había peñas en las residencias de estudiantes del interior donde se cantaba entre vinos y empanadas “Cuando tenga la tierra” o “Canción con todos”. Co‐ menzaron las desapariciones, aparecían militantes muertos y los centros estaban devastados. Era práctica común que, al ingresar a la facultad para asistir a clase, los jóvenes fueran obligados por los soldados a pararse contra la pared y fueran palpados de armas. Nadie se
sentía seguro. Había que salir con el documento hasta para hacer un mandado en la esquina. Aparecían diri‐ gentes de organizaciones muertos y muchos militantes se trasladaban a Buenos Aires por considerarla más segura. El ejército hacía operativos rastrillos buscando a sus víctimas.
Las medidas de seguridad que tomaban los militan‐ tes se fueron extremando y se tenía mucho cuidado en no identificarse con los nombres verdaderos. Se conocía que tal o cual compañero pertenecían a determinada estructura pero de él sólo se sabía el sobrenombre.
A fines de 1976, cuando desapareció Cecilia, la re‐ presión en La Plata era brutal y con la deserción mon‐ tonera y la JP diezmada, se produjo un desbande ge‐ neralizado de militantes. Había que irse para seguir viviendo.
Cecilia se hizo de novia con Carlos Girard en 1970 cuando ella tenía quince años y él diecisiete. Todos los que conocieron a ambos señalan que fue una verdade‐ ra historia de amor y que los dos se enamoraron con mucha intensidad y que ese amor sólo fue interrumpi‐ do por la desaparición de Cecilia.
Carlos fue a estudiar primero a La Pampa, pero luego se pasó a La Plata donde comenzó la carrera de Agrimensura en 1973, año de particular efervescencia política. El 25 de mayo asumió Héctor Cámpora la pre‐ sidencia de la Nación y en esos breves meses se vivie‐ ron con una particular euforia, una especie de primave‐ ra que incitaba a asumir compromisos militantes.
Carlos inició su militancia peronista en el Frente Revolucionario Peronista (FUR), agrupación a la que pertenecían otros estudiantes de Bragado. Por ese en‐ tonces, las agrupaciones de izquierda estaban infiltra‐ das por la CNU, agrupación de ultraderecha que azo‐ taba y perseguía a los militantes.
Cuando Cecilia llegó a la Plata en 1974 vivió pri‐ mero en una casa cercana al Hipódromo que compar‐ tía con María Elena Velázquez y Zulma Aliano, dos chicas bragadenses y con una peruana, Silvia Vega. Después se mudó a un departamento en la calle 2 y 42 con Silvia y Graciela Angione –también de Bragado–, Mariel Moretini, que venía de La Pampa y Silvia Vega. Estas últimas compañeras pertenecían a la Juventud Universitaria Peronista (JUP). Los novios de todas eran militantes y vivían como los estudiantes de aquella época asistiendo a peñas y organizando reuniones donde se discutía de política y se creía fervientemente en la revolución.
A fines de 1975 Cecilia decidió irse a vivir con Car‐ los a una casa pequeña en la calle 68 entre 8 y 9. Se sumó a la militancia de la Organización Montoneros y ambos debieron pasar a la clandestinidad. Eran tiem‐ pos en que no se podía permanecer mucho tiempo en un mismo lugar y por lo tanto se mudaron a una casa ubicada en la calle 13 entre 82 y 83. Eduardo:... yo a Ceci desde el secundario no la volví a ver.
Ani: Vos no lo recordás. ¿Te acordás cuando se hizo en una villa un baile? Eduardo: ¡Ah, sí! ¡En el rancho de goma! Ani: Lo llamaban así porque se estiraba, era tan chiqui‐ to. Y entonces ahí nos encontramos con Cecilia y fue la úl‐ tima vez que la vimos, Eso fue en el 75, ahí fue la última vez que la vi, que estaba tan contenta, que me decía: “Yo estoy ayudando acá en el barrio”. ¡Estaba tan contenta porque estaba trabajando en ese barrio y con esa gente!
El día
del secuestro
El 16 de diciembre de 1976 Cecilia estaba en su casa esperando a Carlitos. Charlaba con unos compañeros cuando escucharon golpes en la puerta y luego fue el horror de una patota que irrumpió abruptamente, en‐ tre gritos. Los jóvenes fueron golpeados, obligados a perma‐ necer en el piso mientras los apuntaban con los fusiles FAL. Finalmente les vendaron los ojos y los obligaron a subir a los Falcon verdes4 estacionados en la puerta.
Mientras eso ocurría, Carlos, que había bajado de un colectivo doblaba la esquina para llegar a su casa. Venía de una cita de control y, según él mismo lo rela‐ tó, tenía un mal presentimiento. Alguien que no pudo precisar, le había advertido que se escondiera porque el operativo era en su casa.
Desde un zaguán vio como se llevaban a Cecilia. La vio por última vez.
4
Durante los años de la dictadura, el Ford Falcon verde se transformó en un símbolo del terror. Casi siempre sin tener chapa identificatoria, fue el vehículo utilizado para el secuestro y la muerte por los agentes de la represión militar.
Avisó a la familia y se fue a Bragado y se desconec‐ tó de la organización.
La madre de Cecilia, Beba Cifré de Idiart alertada por lo ocurrido, fue al domicilio de su hija al día si‐ guiente y lo encontró destrozado. Hizo gestiones ante diversas autoridades para averiguar su paradero, reco‐ rrió comisarías, habló con Monseñor Plaza y fue al Mi‐ nisterio del Interior. Pero todos sus intentos fueron in‐ útiles. Nadie pudo dar cuentas del paradero de Cecilia.
Desde entonces y por siete meses la familia no tu‐ vo noticias de ella, hasta que la noche del 7 de junio de 1977, Cecilia llamó por teléfono a su casa de Bragado. Había obtenido, según dijo, una especie de permiso para recibir visitas. “Cuando fuimos a verla –dijo su hermana Adriana en el juicio que se le siguió a Von Wernich en 2007– estaba bien, contenta, dijo que había estado yendo de un lado para otro, pero que a partir de que llegó a la Brigada de Investigaciones, tenía una atención privilegiada, que estaban “como unas reinas.” En esos lugares, aparecía Von Wernich con esa presen‐ cia “horrorosa” –como dice en el expediente– entre los detenidos‐desaparecidos.
Según relata Hernán Brienza en su libro “Maldito tú eres. El caso Von Wernich”5 Cecilia estuvo veinte
días acurrucada en un rincón de las celdas de la Briga‐ da de Investigaciones. Fue torturada brutalmente y
5 Brienza, Hernán. El caso Von Wernich. Maldito tú eres. Buenos
casi no le daban de comer. A pesar de ello no delató a nadie hasta el día en que llevaron ante su presencia a Mariel Morettini, una chica que estudiaba medicina y con quien había vivido en la calle 2. Mariel había sido quebrada y le aconsejó que hablara, que dijera todo lo que sabía, que para ayudarla le iba a mandar a una persona que le daría alivio. Así fue como Von Wer‐ nich, el cura de la ciudad 9 de julio entra en esta histo‐ ria. Él fue el encargado de convencer a Cecilia para que colaborara con los represores.
La Brigada de
Investigaciones
Este Centro Clandestino de Detención pertenecía a lo que dio en llamarse el Circuito Camps. Estaba ubicado en la Calle 55 Nº 930 de La Plata y funcionó como Cen‐ tro de Operaciones en la instancia de admisión y de‐ tención temporaria de prisioneros desde mayo de 1976 hasta noviembre de 1978.
Una ex detenida –Adriana Calvo–, citada a decla‐ rar como testigo en la causa contra Etchecolatz por los delitos de privación de la libertad, aplicación de tor‐ mentos y homicidio calificados señaló que la Brigada “funcionó como centro de operaciones de un grupo im‐ portante de los campos de concentración. Era una ins‐ tancia de admisión y detención temporaria de prisione‐ ros; muchos de ellos pasaban apenas unas horas, pero era allí donde una cantidad de prisioneros entraban al circuito represivo”. Y explicó además que “... una de las características de este lugar era que los detenidos esta‐ ban muy pocas horas y por lo tanto era prácticamente imposible enterarse quién más estaba secuestrado en
ese lugar, por eso el bajo número, a pesar del papel que cumplía”.
Entre los represores que fueron vistos en los Cen‐ tros Clandestinos de Detención del circuito Camps los sobrevivientes mencionan a: Miguel Etchecolatz, Jorge Antonio Bergés, Norberto Cozzani, Eros Tarella, Chris‐ tian Von Wernich, Milton Valentín Pretti, Eduardo Pablo Maire, Alberto Rousse.
Sin embargo, Cecilia permaneció retenida casi un año en la Brigada de Investigaciones perteneciente a la Policía de la Provincia de Buenos Aires, que dependía operacionalmente del Primer Cuerpo de Ejército hasta el momento de su desaparición definitiva.
Hacia fines de marzo de 1977 fue sometida a un proceso de “recuperación” junto con siete muchachos más: Liliana Analía Galarza, que estaba embarazada, María Magdalena Mainer; Pablo Joaquín Mainer; Ma‐ ría del Carmen Morettini (Mariel); Nilda Susana Salo‐ mone; Domingo Héctor Moncalvillo. Hubo un fugaz octavo integrante, Guillermo García Cano. Dentro de la Brigada cada uno de los integrantes tenía un pasa‐ tiempo, Cecilia por ejemplo, se encargaba de tejer al crochet, hacia pulóveres para cada uno de los del gru‐ po, y llegó a hacer también una manta a cuadros para un oficial, y para Von Wernich un cuadro bordado en petit point con la figura de un castillo de Inglaterra.
Por si llego a tiempo antes de que el padre de Mariel, acordate de mandarnos con él la lana roja y la azul... (...)
Esta semana me pienso dedicar a los arreglos; a un pullover de Mariel le estoy haciendo los elásticos nuevos y voy a ver si termino el mío. Además pienso hacerle una agarradera a la madre de Mariel.
A principios de junio del 77, fue Von Wernich quien les comunicó que iban a ser liberados, y les dio a elegir entre quedar como detenidos legales del Poder Ejecutivo Nacional durante cinco años o irse a vivir a un país limítrofe.
El 13 de junio le permitieron a Cecilia llamar a su casa. Según nos cuenta Martín Alonso, novio en ese entonces de Adriana Idiart, cuyo relato incluimos más adelante, él fue quien atendió la llamada. Ceci le dejó el número telefónico para que su familia pudiera man‐ tenerse en contacto, pero esa noche fue inútil el intento de comunicarse con ella. A la mañana siguiente, Cecilia volvió a llamar a su casa, esta vez con el objetivo de decirle a su madre que el cura Christian Von Wernich iba a visitar a la familia en Bragado para hacer de nexo.
De esta manera, el cura comenzó a visitar con fre‐ cuencia a la familia Idiart que lo recibía con afecto y le enviaba a Cecilia por su intermedio ropa, libros y cartas.
El 15 de junio, Beba y Adriana fueron a la Brigada, allí hablaron una hora con Cecilia y comprobaron que estaba bien de salud, cuidada, contenta y bien alimen‐ tada. Cecilia les dio la noticia de que ya se había ini‐ ciado el trámite para su liberación. A partir de esta visita, las siguientes se sucedieron con mayor frecuen‐ cia y así los padres, hermanos, tíos y amigos de los detenidos llegaban los sábados para compartir un momento con ellos.
“No sé si ya te habrás dado cuenta de que mi cumpleaños es el domingo, no el lunes como habíamos pensado, así que cuando vengas arreglamos para cuando puedas volver”.
El domingo 30 de agosto de 1977 Cecilia cumplió 22 años y lo festejaron en el comedor de la Brigada. La madre llevó un lechón, el comisario Nogara puso el vino y Von Wernich bendijo el alimento. Cuando llegó la torta, los represores y sus víctimas cantaron el feliz cumpleaños. Mientras tanto, en las celdas de la parte de atrás de la Brigada, otros detenidos sufrían torturas, tenían hambre y escuchaban los festejos. La libertad parecía una cosa segura.
El cura “amigo”
Querida mami: Ayer a la noche vino el padre a visitarnos y a preguntar‐ nos qué nos faltaba así él hoy se lo transmitía al jefe. Por su‐ puesto que le dijimos que nos faltaba todo así que hoy esta‐ mos a la espera de las novedades.Vino a la tardecita y lo invitamos a cenar, desde ya te cuento que fue una cena hermosa dado que pusimos las me‐ sas en el patio y estuvimos charlando muchísimo. El padre además nos trajo de regalo una tarjeta hermosa para que nos acompañe en nuestra nueva vida. ¡Más paz en Jesús!
Christian Von Wernich fue ordenado sacerdote el 31 de marzo de 1974, tenía por entonces treinta y cinco años.
Se había relacionado con el coronel Ramón Camps, jefe de la de la Policía de la Provincia de Buenos Aires que tuvo bajo su mando varios centros clandestinos de detención, porque ambos eran entrerrianos. Fue su
confesor personal y cura de confianza, ya que era ca‐ pellán de la policía.
Varios ex detenidos declararon haber convivido con Von Wernich en cárceles clandestinas. Entre ellos, el periodista Jacobo Timerman. Los relatos de aquellos cuentan que el cura forjaba relaciones de confianza con los detenidos para convencerlos de que declararan. En la causa judicial se lo acusó incluso de haber oficiado como nexo entre los presos y sus familias, a las que en algún caso les cobró –según las acusaciones– para pa‐ gar los pasajes con que sacarían a los presos del país, pero esos viajes no se concretaban. Este fue el caso del Grupo de los 7.
Luis Velasco, un ex detenido dijo a la prensa refi‐ riéndose al cura: “Yo conocí a Von Wernich mientras estuve deteni‐ do. Lo pude ver porque él nos hablaba frente a frente, nos decía que nos sacáramos la venda. Lo escuché de‐ fender la tortura, el asesinato y el robo de bebés.” En 1977, Velasco estuvo preso un mes en la comi‐ saría quinta de La Plata. Entonces, relata, conoció al capellán: “¡Era terrible! Nos decía que no teníamos que odiar a quienes nos torturaban porque lo merecíamos como castigo por el gran daño que le habíamos hecho a la sociedad. Y todo a cara descubierta. Nunca se ocultó”.
En el legajo 683 de la CONADEP, el policía Julio Emmed da cuenta de una “operación” de la que parti‐
cipó junto con el cura, que terminó con el homicidio de tres detenidos, que fueron abandonados en un des‐ campado. “Von Wernich me habla de una forma espe‐ cial por la impresión que me había causado lo ocurri‐ do; me dice que lo que habíamos hecho era necesario, que era un acto patriótico y que Dios sabía que era pa‐ ra bien del país”, relató Emmed.
Con el regreso de la democracia, la suerte de Von Wernich empeoró. En 1984 estuvo preso siete días en la Cámara de Diputados por haber dicho que los legisla‐ dores hacían “todo para que volvieran los militares”. Hacía poco que la CONADEP lo había denunciado por violaciones de los derechos humanos cuando Von Wer‐ nich concedió la entrevista que le valió la detención. En 1988, su traslado a Bragado dividió a la ciudad. La parroquia de Santa Rosa de Lima, su nuevo destino, estuvo casi vacía durante meses y el 26 de noviembre de 1988 unas 1500 personas marcharon para repudiarlo. Fue exonerado como capellán de la policía bonae‐ rense en 1985. No se sabe que haya recibido sanción alguna por parte de la iglesia. Sí que fue trasladado a Chile y que allí dio misa hasta poco tiempo antes de su detención en La Plata, en septiembre de 2003.
El ex capellán de la Policía Bonaerense fue conde‐ nado en 2007 a reclusión perpetua, tal como lo habían pedido la fiscalía y las querellas, por siete homicidios, 42 privaciones ilegítimas de libertad y 32 casos de tor‐ turas en el marco del “genocidio” ocurrido durante la última dictadura militar, entre 1976 y 1983.
El Grupo de
los Siete
Cecilia Luján Idiart estuvo ilegalmente en cautiverio en la Brigada de Investigaciones de La Plata, pertene‐ ciente a la Policía de la Provincia de Buenos Aires, que dependía operacionalmente del Primer Cuerpo de Ejército, junto a Domingo Héctor Moncalvillo, María Magdalena Mainer, Pablo Joaquín Mainer, María del Carmen Morettini, Nilda Susana Salomone y Liliana Galarza.
El experimento de “recuperación” denominado “el grupo de los siete” fue un proyecto por el que se man‐ tenía a los detenidos en una situación “preferencial” mientras se los aleccionaba sobre los beneficios de co‐ laborar con el régimen y se les prometía la libertad.
En el juicio que se le siguió al cura represor en 2007, los familiares fueron relatando aquel tiempo en que los siete chicos permanecieron cautivos. Adriana Idiart contó que el cura recibía dinero de las familias y decía que “él les daba apoyo espiritual a los chicos” y que les fue cambiando su forma de pensar, “ya eran bue‐ nos chicos y por eso podían salir del país”. El cura, dijo
Adriana, usaba la palabra “retenida”, en lugar de de‐ tenida.
Adelina de Alaye, Madre de Plaza de Mayo de La Plata y fundadora de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos La Plata presentó al Tribunal la carta que Antonia, mamá de Cecilia Idiart, escribió denunciando la situación de su hija.
“Cecilia –dice la carta– quedó detenida el 15 de diciem‐
bre del 76, en calle 13 entre 80 y 81. Durante siete meses ignoramos si vivía. El 13‐7‐77 llamó ella por teléfono anun‐ ciándonos que estaba en la Brigada de Investigaciones de La Plata, calle 55 Nº 930, que estaba muy bien y que podíamos ir a visitarla. Vivía allí con seis compañeros que estaban en la misma situación. Mis hijos y yo íbamos todas las semanas a visitarla, las autoridades de ese lugar nos dijeron que para mayor seguridad les aconsejaban salir del país y que los sa‐ carían ellos (...) Las autoridades que en ese momento atendí‐ an el caso fueron: el Señor Páez, Jefe de la Brigada, el Señor Etchecolatz, Director de Investigaciones de la Jefatura de la Policía, el Padre Cristian Capellán de Policía residente de la Parroquia de la ciudad de 9 de Julio Buenos Aires. Este sa‐ cerdote es el que tramitó documentos y pasaportes para que pudieran viajar.‐Firma Cifré, Antonia Cifré de Iriart, Bel‐ grano 955 Bragado 6640 Buenos Aires”.
Junto con Cecilia estaba secuestrado Domingo “Mono” Moncalvillo que había desaparecido el 18 de
diciembre de 1976 y, en marzo del año siguiente, su familia comenzó a tener noticias. Poco después se ini‐ ciaron las visitas. Su hermana, la conocida periodista Mona Moncalvillo señaló que Domingo tuvo oportu‐ nidad de contar a solas que había sido estaqueado y muy torturado, en la ingle, en la pierna, tenía los talo‐ nes aún en carne viva, cuatro meses después de haber sido secuestrado, lo que le sembró la certeza de que había sido torturado durante muchísimo tiempo.
En las entrevistas –recordó la testigo– su hermano le había contado que un sacerdote les brindaba asis‐ tencia espiritual, a lo que la periodista le preguntó qué significaba hacer asistencia espiritual en medio de la tortura. “Se superponía lo terrible de la tortura física y lo
abyecto de llegarle por el lado espiritual, porque aunque una persona no tenga creencias, se aferra a la fe y allí volvía a horadar Von Wernich. Trataba de entrar por cualquier cos‐ tado sensible, para sacar la información que no le habían sacado en la tortura”. Domingo le había contado que
Von Wernich estaba presente en las sesiones de tortu‐ ra. También la esposa de Domingo Moncalvillo pudo visitarlo y contó que las visitas primero fueron espa‐ ciadas, después más frecuentes. Estaban con él y a ve‐ ces con el grupo. Algunas veces pudo llevar a su hijo. “Estuve muy feliz de verlo porque el impacto familiar era
muy grande”, dijo. Su esposo tenía agujeros en los pies,
ingle, brazos, en el pecho. Y refiriéndose a Von Wer‐ nich contó cómo se manejaba en la Brigada con absolu‐ ta naturalidad: “Él estaba ahí, era como su casa, entraba,
salía, hablaba con los familiares, juntaba la plata. Nos aga‐ rraba a todos con la guardia baja, todos queríamos que esto llegue a feliz término. Era un enviado del diablo”.
Otras de las integrantes del grupo fue María Mag‐ dalena Mainer. Su tía mencionó a un intermediario en el caso de su sobrina, un represor conocido como “el francés” y que después de una visita cuando habían caminado algo más de cien metros vieron cómo subían a los secuestrados a una camioneta.
Liliana Galarza estaba embarazada y dio a luz en cautiverio. Su hija, a quien dio el nombre de María Mercedes fue bautizada en julio de 1977 por el cura Christian Von Wernich y ella relató al tribunal que juzgaba al cura que “... la persona que mediaba en la rela‐
ción entre mi mamá y mis abuelos era el cura Von Wernich. Mis abuelos se entrevistaron varias veces con él y en unos de esos encuentros el cura les dijo que ella no estaba tan convencida de su fe, o sea que su misión no era religiosa, sino obtener información”.
Por último dijo que “mi familia juntó dos valijas de
ropa y todo el dinero que pudo, a pedido del cura, y la entre‐ gó en la Brigada de Investigaciones, pero nunca supimos cual había sido el destino de eso”.
“Las fotos del bautismo nos dijeron que ya están, nosotras todavía nos las vimos pero espero que cuando vengas te las pueda mostrar.”
La pareja de Liliana, Ricardo Molina y padre de María Mercedes, también había sido secuestrado y permanecía cautivo en el centro clandestino de deten‐ ción conocido como “La Cacha”. Durante su cautiverio “un sacerdote lo visitó en su celda y le ofreció medallitas de
la Virgen de Luján”, aunque no pudo reconocerlo por
estar encapuchado. Además explicó que “estábamos
encadenados a nuestros camastros, encapuchados y se pre‐ sentó una persona que tenía sotana y zapatos negros redon‐ dos que se paraba en la punta de nuestros camastros”. Lo
llevaron a ver a Liliana diciéndole que había nacido su hija. Años después supo que fue en la Brigada de In‐ vestigaciones de La Plata.
“Me iban a demostrar que ellos no asesinaban a la gen‐
te”. En la celda había una cuna precaria y ella tenía la
bebé en brazos. Le sacaron la capucha y hablaron alre‐ dedor de diez minutos, con las manos atadas.
Los preparativos
para el viaje
“Mami, parece que nos pagan el pasaje ellos a un país limítrofe, así que te pido que me mandes la dirección de los parientes de Carlitos en Brasil, así hago contacto apenas llego... Mañana nos hacen un asado de despedida, no los de acá, sino los de otras fuerzas. Así que como verán si no es por un lado o por el otro, nos tratan como reinas. ¿Cómo pretendes después que no estemos agrandadas? Si hasta nos olvidamos de los motivos por los que llegamos. O si realmente estamos por despertar de un largo sueño, con un hermoso final. Besos, Cecilia”.La primera semana de octubre, empleados de la Poli‐ cía Federal visitaron la Brigada de Investigaciones pa‐ ra tomar las fotos y las huellas dactilares a los siete recuperados, para completar la cédula de identidad, el pasaporte y el documento nacional de identidad.
El comisario Nogara, Federico Asís y Von Wernich advirtieron a Cecilia que si su novio, Carlos Girard, se
presentaba voluntariamente le iban a perdonar la vida. Y Beba fue la encargada de contactarse. Cecilia le en‐ vió a Carlitos una carta contándole cómo se había “re‐ cuperado”, instándolo a entregarse y le explicaba có‐ mo había ido comprendiendo que lo que ella llamaba torturadores eran personas con valores humanos. Le pedía que contara todo para que pudieran volver a encontrarse porque, aunque la condena fuera larga ella lo iba a esperar toda la vida.6
Carlos Girard se entregó y estuvo preso a disposi‐ ción del PEN desde el 15 de diciembre hasta el 4 de noviembre de 1982, cuando después de cumplir un tercio de su condena (tal como lo había estipulado el pacto de entrega) salió en libertad.
Hacia fines de noviembre ya estaba todo listo, se‐ gún los represores, para liberar al Grupo de los 7. Li‐ liana Galarza viajaría sola a Chile, Nilda Susana Salo‐ mone, Pecos y Magdalena Mainer tomarían un avión en Ezeiza rumbo a Brasil; y Mariel Morettini, el Mono Moncalvillo y Cecilia irían a Uruguay y después viaja‐ rían a un pueblo de pescadores de la costa brasileña.
El 28 de noviembre Adriana visitó a Cecilia en la Brigada, y ella le contó que Nilda Susana y los chicos ya se habían ido para Brasil, por lo tanto faltaba muy poco para que ellos se fueran. Dos días después de que Adriana volviera con Beba, Nogara les dijo que ya se
habían ido. Contentas volvieron a Bragado a esperar el llamado de Cecilia.
Ya se acercaba la Navidad y los chicos no llama‐ ban. Entonces Beba fue a 9 de Julio a hablar con Von Wernich y como repuesta el cura sólo le dijo: “No des‐
espere. En cualquier momento recibiremos noticias de ellos. Le juro que ellos partieron felices. Vio cómo son los chicos, tardan en comunicarse”.
Pasados dos meses, la familia Idiart recibió un te‐ legrama en el que el ex jefe policial, Miguel Etcheco‐ latz, citaba a la madre de Cecilia y, al presentarse, el policía le preguntó qué noticias tenían de Cecilia Idiart. Beba le dijo que ellos eran los que tenían que saber dónde estaba Cecilia, pero Etchecolaz respondió: “Nosotros no sabemos nada y estamos más preocupados que
ustedes, ustedes eran colaboradores nuestros y tenemos más miedo que ustedes por saber dónde están estos chicos”.
En el legajo CONADEP N° 2820 existe una carta suscripta por Von Wernich y dirigida a Domingo Moncalvillo que dice así:
“Estimado Sr. Moncalvillo: he recibido su carta y recién
hoy puedo contestarla puesto que he estado en un Retiro toda esta semana. En cuanto a su inquietud sobre el Mono, nada nuevo puedo agregar yo, puesto que como Uds. desde el momento mismo que se fueron no hemos sabido nada de nada. Y también sucede lo mismo con los otros integrantes de ese grupo. Todos los días pido Dios que nos dé una luz para entender lo que ha pasado y más que nada para que Uds. encuentren en Él toda la esperanza...”
Al igual que con Domingo Moncalvillo, el imputa‐ do Von Wernich envió una carta al padre de María del Carmen Morettini —obrante en el legajo CONADEP N° 2822, incorporado en el Anexo II de autos— fechada en Nueve de Julio el 22 de marzo de 1979, en la que dice: “Nada puedo agregar a lo que me pregunta sobre su
hija. Creí que a mi vuelta Uds. ya sabrían algo, pero veo que siguen igual. Realmente, es algo que no entiendo, pero pido a Dios todos los días que nos haga ver la luz y más que nada les de a Uds. mucha paz para vivir lo que están viviendo con espíritu de fe. Comprendo vuestra angustia y yo también la vivo pues llegamos a ser realmente amigos con ellos, pero nada puedo aportar y hacer para que todo tenga una solu‐ ción. Será hasta otra oportunidad. Les ruego que me tengan informados sobre cualquier novedad. Estaré muy poco por este pueblo pues mis actividades me tienen de un lado para otro continuamente. De cualquier forma no dejen de escri‐ bir. Que Dios los bendiga, paz y esperanza”.
El final:
“Por el bien del país”
Cuando se restauró la democracia en el país y el presi‐ dente Raúl Alfonsín creó la CONADEP (Comisión Na‐ cional sobre la Desaparición de Personas) con el obje‐ tivo de investigar las graves, reiteradas y planificadas violaciones a los derechos humanos durante la dicta‐ dura militar que se instauró entre 1976 y 1983, los fami‐ liares del Grupo de los Siete se enteraron de qué había ocurrido con los chicos.
Julio Alberto Emmed, agente de la Policía de la Provincia de Buenos Aires entre mayo de 1977 y julio de 1979, que se desempeñaba como chofer de Etcheco‐ latz, denunció en el legajo número 683 lo que final‐ mente había ocurrido con los “recuperados” en 1984:
A fines del 77 o principios del 78 se me llama al despa‐ cho del Comisario General, en presencia del padre Christian Von Wernich... y se me pregunta si con un golpe de yudo era yo capaz de dormir a una persona en el pequeño espacio de la parte trasera de un vehículo... En otra ocasión se nos explica que se iba a retirar de la Brigada de La Plata a tres subversivos ʺquebradosʺ, los cuales habían colaborado con
la represión para ser trasladados al exterior; según se les había prometido... Ya se les habían fabricado documentos de identidad, pero si bien los mismos estaban a nombre de los subversivos, las fotos correspondían a miembros de la poli‐ cía... En el primer viaje, con estos documentos viajaron el cabo primero Cossani y dos oficiales de la policía femenina, dejando establecidos los lugares donde presuntamente se habrían de hospedar los ex subversivos. Es así como comien‐ za a realizarse el primer operativo. Salimos de la Jefatura con tres vehículos. En la Brigada de Investigaciones de La Plata nos esperaba el padre Christian Von Wernich, quien había hablado y bendecido a los ex subversivos y les había hecho una despedida en la misma Brigada. La familia (que tenía que esperarlos en Brasil) les había mandado flores. Los tres ex subversivos –dos mujeres y un hombre– salen en libertad de acción, sin esposas, para ellos nosotros éramos simples custodios que teníamos que llevarlos a Aeroparque y embarcarlos. Se nos había dado expresas instrucciones de que no portásemos armas, pero por temor a que se simulara un enfrentamiento y nos liquidaran a nosotros mismos, de‐ cidimos llevar las armas de la repartición y un arma perso‐ nal. En el coche donde iba yo –el móvil N° 3– se encontraba el padre Christian Von Wernich. (...) Se iban a pedir las condiciones de cada móvil por ʺhan‐ dyʺ y esto significaría la señal. Al llegar a ʺMóvil tresʺ, yo debía pegar el golpe que adormecería a la persona. Pego el golpe cerca de la mandíbula pero no logro desvanecer al jo‐ ven, Giménez saca la pistola reglamertaria. Cuando el N.N. ve el arma se precipita contra ella y se entabla una lucha,
que me obliga a tomarlo del cuello y le descargo varios gol‐ pes en la cabeza con la culata de mi arma. Se le producen varias heridas y sangra abundantemente, tanto que el cura, el chofer y los dos que íbamos al lado quedamos manchados... Los tres vehículos entran por una calle lateral de tierra hasta un paraje arbolado, allí estaba el oficial médico Dr. Bergé.
Se desciende a los tres cuerpos de los ex subversivos que en ese momento estaban vivos. Los tiran a los tres sobre el pasto, el médico les aplica dos inyecciones a cada uno, direc‐ tamente en el corazón, con un líquido rojizo que era veneno. Dos mueren pero el médico da a los tres como muertos. Se los carga en una camioneta de la Brigada y los lleva a Ave‐ llaneda. Fuimos a asearnos y cambiarnos de ropa porque estábamos manchados de sangre. El padre Von Wernich se retiró en otro vehículo. Inmediatamente nos trasladamos a la Jefatura de Policía donde nos esperaba el Comisario General Etchecolatz, el padre Christian Von Wernich y todos los integrantes de los grupos que habían participado en el opera‐ tivo. Allí el cura Von Wernich me habla de una forma espe‐ cial por la impresión que me había causado lo ocurrido; me dice que lo que habíamos hecho era necesario, que era un acto patriótico y que Dios sabía que era para bien del país. Estas fueron sus palabras textuales... (Testimonio de Julio
Alberto Emmed, Legajo N° 683).7
El ex agente de policía luego se desdijo de sus re‐ velaciones aduciendo que la CONADEP lo había extor‐ sionado, ofreciéndole dinero, su libertad y salida del
país, si acusaba al ex jefe policial Miguel Etchecolatz y a Von Wernich, entre otros efectivos, de crímenes y torturas. Emmed salió en libertad en octubre de 1987 y meses después fue asesinado de un disparo en la vía pública. Pero su testimonio original fue tomado como cierto por la justicia.
Ante elTribunal Oral Federal 1 de La Plata que se‐ guía el juicio a Von Wernich la periodista Mona Mon‐ calvillo reconstruyó el final de su hermano que tam‐ bién fue el de Cecilia: “En esa ocasión, Emmed estaba
‘shockeado’ porque estaba salpicado por la sangre de uno de los jóvenes. Ese joven (el hermano de la periodista), ‘al darse cuenta de que lo iban a matar se resistió durante el traslado y recibió un culatazo en la cabeza, que lo hizo sangrar’. Los jóvenes –contó la periodista–, habrían sido asesinados ca‐ mino a la ciudad de Brandsen, a unos kilómetros de La Pla‐ ta, y sus cuerpos, luego de quedar depositados un tiempo en la morgue judicial, fueron quemados junto a una gran can‐ tidad de neumáticos en Puesto Vasco”.
Vivir sin gloria
Para explicarnos lo que le sucedió a Cecilia y a sus compañeros de infortunio en la Brigada de Investiga‐ ciones de La Plata recurrimos al trabajo de Ana Lon‐ goni, “El mandato sacrificial”.8
Allí se analiza el discurso triunfalista de los grupos armados que hacían culto del heroísmo, el sacrificio y la abnegación cuando desde 1975 y después del golpe de Estado había signos evidentes del aniquilador ac‐ cionar represivo. La autora sostiene que hubo un quie‐ bre entre lo que los militantes declaraban públicamen‐ te y lo que percibían íntimamente. Había una contra‐ dicción entre la victoria segura que las cúpulas proclamaban y la conciencia de la previsible derrota.
De esta manera, Longoni se pregunta qué ocurría con ese mandato sacrificial de luchar aún a pesar de correr el riesgo de morir cuando el militante transponía la frontera del campo de concentración, y sostiene que, cuando la conciencia de la derrota y la decisión de mo‐ rir por la revolución comienza a carecer de sentido apa‐
8 Longoni, Ana. Traiciones. La figura del traidor en los relatos
acerca de los sobrevivientes de la represión, Buenos Aires, Nor‐ ma, 2007