Todo lo que Carlos V había ganado para Francia quedó ahora al borde del abismo, y nuevamente Francia fue golpeada por un desastre imprevisto.
Si Carlos VI se hubiese vuelto loco en forma clara y permanente, las cosas no habrían marchado tan mal, pues podía haberse establecido una regencia fuerte y duradera. Pero no ocurrió así. Por el resto de su largo reinado, que continuaría treinta años mas, el rey alternaría los períodos de locura con los de cordura, cada uno de los cuales duraba en promedio la mitad de un año, aproximadamente. Y cuando estaba cuerdo, trataba de go- bernar.
El resultado fue que no hubo ninguna continuidad en el gobierno, ninguna seguridad en la adopción de decisiones. Hubo una anarquía casi total, y los nobles revoloteaban como buitres.
Felipe el Audaz se hizo cargo del gobierno inmediatamente, y lo retuvo a intervalos. Ahora que gobernaba
Flandes estaba más interesado que nunca en una paz total con Inglaterra, para asegurarse la vacilante lealtad de sus nuevos súbditos. El rey inglés, Ricardo II, en lucha con su propia nobleza, estaba igualmente ansioso de lograr la paz. En 1396, se acordó un matrimonio entre Ricardo II (viudo por entonces) e Isabel, una hija menor de Carlos VI. Aunque no se pudo negociar una paz total, la tregua entonces existente fue extendida a veintiocho años adicionales.
Eso fue beneficioso. Felipe podía desear la paz por sus propios motivos egoístas, pero cualesquiera que fuesen los motivos, el resultado era una bendición para Francia. Pero Felipe también usaba a su antojo el tesoro real, política que lo puso en contacto con el hermano menor del rey Carlos, Luis de Orleáns. Luis había sido un favorito del rey durante el breve período de gobierno personal de éste (y también un favorito de la reina Isabel de Batiera) y pensaba que tenía derechos prioritarios sobre el tesoro.
Ambos hombres eran enormemente ambiciosos, y entre el tío del rey y el hermano del rey se inició una rivalidad que se iba a convertir en una sangrienta enemistad y luego en una guerra civil que arruinaría a Francia.
Luis de Orleáns se había casado con la hija del duque de Milán y soñaba con construirse un reino en Italia (el mismo sueño quimérico que había tenido primero Carlos de Anjou). Para esto, necesitaba dinero con el cual alquilar soldados, y le fastidiaba que Felipe de Borgoña metiera sus manos en el tesoro.
En cuanto a Felipe, también tenía mucha necesidad de dinero. En primer lugar, era un patrón de las artes, munificente con los poetas y los pintores, con proyectos de construir grandes edificios y apreciaba mucho las joyas finas. Su corte de Dijon era suntuosa... y terriblemente costosa. Además, tenía (para colmo) problemas concernientes a cruzadas. Los franceses habían perdido sus últimas posesiones en Tierra Santa un siglo antes, en 1291, y Occidente más o menos se había resignado a la pérdida permanente de Jerusalén. Pero ahora surgieron peligros nuevos y más cercanos.
No mucho después de que los últimos cruzados abandonasen Tierra Santa, un nuevo grupo de turcos, los turcos otomanos, iniciaron una constante expansión. Por la época de la batalla de Crécy, esos turcos, después de crear un pequeño reino en el noroeste de Asia Menor, cruzaron el Helesponto hacia la parte europea, en respuesta al llamado de
una de las dos facciones bizantinas enfrentadas. Por primera vez los turcos aparecieron en Europa (y nunca la abandonarían).
En el medio siglo siguiente, el poder de los turcos otomanos se expandió inexorablemente. En 1389, derrotaron a los serbios en la batalla de Kosovo y se adue- ñaron de casi toda la Península Balcánica, mientras en Asia se expandieron por casi toda Asia Menor. El Imperio Bizantino quedó reducido a poco más que la ciudad de Constantinopla y unos pocos distritos exteriores, por lo que envió al Oeste un desesperado llamado de ayuda.
La frontera turca en Europa ahora lindaba con el Reino de Hungría, que estaba bajo el gobierno de Segismundo, cuya esposa, María, era descendiente de Carlos de Anjou. Segismundo también pidió ayuda y, en 1396, el papa predicó una cruzada, como en los viejos tiempos. (A la sazón, había dos papas, uno en Roma y otro en Aviñón —pues la continua debilidad de Francia había permitido que surgiese un movimiento de retorno a Roma que tuvo éxito—, pero ambos papas predicaron la cruzada.)
La frontera turca estaba ahora a 960 kilómetros de Borgoña. Había puestos avanzados turcos más cercanos de París que de Jerusalén. Los franceses respondieron al llamado. Al frente de los caballeros occidentales estaba un francés de veinticinco años, Juan de Nevers, hijo de Felipe el Audaz. Reunió un suntuoso grupo de caballeros, para el cual su padre tuvo que hallar dinero necesario.
Los caballeros se reunieron con el ejército húngaro en Budapest, a orillas del Danubio, y con gran alborozo marcharon aguas abajo. Llegaron a un puesto avanzado turco, en Vidin, que tomaron por asalto. Toda la campaña parecía una fiesta y avanzaron otros ciento sesenta kilómetros, hasta Nicópolis, en lo que es hoy la frontera central septentrional de Bulgaria.
Allí, el 28 de septiembre de 1396, la caballería francesa avistó a las tropas de vanguardia turcas. Segismundo de Hungría, que conocía un poco a los turcos, propuso hacerles frente con sus fuerzas mientras los caballeros occidentales se mantenían en reserva para cuando apareciese el ejército turco principal. Los caballeros abuchearon la propuesta. A fin de cuentas, no habían aprendido nada. Las reglas de la caballería exigían que avanzasen y arrollasen todo a su paso. Avanzar en línea recta, eso era lo que querían, como en Courtrai, Crécy y Poitiers.
Avanzaron en línea recta, aplastando a las tropas turcas, dispersándolas... y dispersándose ellos mismos en su persecución. Luego, ya cansados y desorganizados, repentina e inesperadamente, se hallaron frente a la formidable hueste del sultán turco, Bayaceto. Había tenido que levantar el sitio de Constantinopla para marchar hacia el norte, y por consiguiente estaba de muy mal humor. La marea de la batalla cambió y rápidamente se convirtió en otra matanza de caballeros franceses.
Muy pocos de los caballeros se salvaron, pero entre esos pocos estaba Juan de Nevers. Para que pudiera regresar, Felipe el Audaz tuvo que exprimir a sus súbditos y al tesoro francés hasta obtener 200.000 ducados de oro. Juan de Nevers, por su conducta en esta batalla, fue luego llamado «Jean Sans Peur», es decir, «Juan Sin Miedo», aunque una estimación más justa del valor de la bravura en las condiciones de la batalla de Nicópolis le habría otorgado el nombre de «Juan el Estúpido».
En 1404, Felipe el Audaz murió, y Juan Sin Miedo le sucedió como duque de Borgoña. Pero en los últimos años de Felipe, Luis de Orleáns había obtenido un completo dominio sobre la reina Isabel (se difundió el rumor de que el bello Luis le proporcionó el amor que el rey loco no podía darle) y, mediante ella, sobre el periódicamente loco Carlos VI. Por lo tanto, dominaba en el gobierno.
Este hecho causó resentimiento en Juan Sin Miedo, pues creía que, habiendo heredado las tierras de su padre, debía heredar también el poder de su padre sobre el tesoro real.
Si hubiese habido una seria amenaza externa, los príncipes en conflicto se habrían visto obligados a resolver sus diferencias de algún modo, pero ocurrió que Francia, en ese momento, tenía total libertad para suicidarse. Ricardo II de Inglaterra había sido depuesto y muerto por un primo, quien reinó como Enrique IV, y el nuevo rey inglés tuvo que enfrentarse con cierta cantidad de señores rebeldes. Inglaterra estaba fuera de juego, y Francia podía permitirse ir a la guerra civil, si lo deseaba. (A Carlos el Malo le habría encantado pescar en esas aguas revueltas, pero había muerto en 1387.)
La querella entre Orleáns y Borgoña se agudizó, y ambas partes empezaron a reunir arma y a maniobrar para buscar aliados y posiciones. Si Luis de Orleáns dominaba a la reina, Juan de Borgoña dominaba al Delfín Luis, que se había casado con la hija de Juan. Si Luis de Orleáns ahora dominaba el gobierno y el tesoro, su vida fastuosa provocaba protestas contra el despilfarro y el soborno, y Juan empezó a adoptar la pose de reformador fiscal y a respaldar a la clase media.
El único tío restante del rey, Juan de Berri, vio que la situación se acercaba a una guerra civil abierta y trató de impedirla. El 20 de noviembre de 1407, logró que Juan de Borgoña y Luis de Orleáns se encontrasen en una especie de «reunión en la cumbre». Hizo que cenasen juntos y se prometiesen amistad.
Indudablemente, ninguno de ellos hablaba en serio, pero Juan Sin Miedo puso sus planes en práctica más rápidamente. El 23 de noviembre de 1407, Luis de Orleáns volvía del palacio del rey a su propia mansión con unos pocos adeptos suyos. Era bastante temprano, de modo que las tiendas debían estar abiertas y sus luces encendidas, iluminando las calles de forma que fuese más fácil ver a posibles atacantes y estar dispuestos a hacerles frente. Pero las tiendas estaban cerradas y las calles oscuras. Luis debe de haberse sentido intranquilo al observar esto, pero, si fue así, era demasiado tarde. En determinado punto del camino, él y sus hombres fueron repentinamente atacados y Luis despedazado.
Juan Sin Miedo admitió osadamente que había alquilado a los asesinos y dijo que había hecho matar a Luis por su vida lujosa y su tiranía, y para salvar al pueblo de Francia de impuestos injustos. Los comerciantes de París se deleitaron al escucharlo y Juan se convirtió en su héroe. La nobleza, en cambio, se volvió contra Juan y adhirió a Carlos, el hijo de trece años de Luis, quien ahora le sucedió como duque de Orleáns.
Entre los más enérgicos de los que se alinearon con Carlos de Orleáns contra Juan Sin Miedo figuraba Bernardo VII, conde de Armagnac, distrito de Francia meridional, situado a unos ochenta kilómetros al oeste de Tolosa. En 1410, Carlos de Orleáns se casó con la hija de Bernardo, y los miembros de su facción fueron llamados los «armañacs». Después de eso, hubo una guerra abierta entre armañacs y borgoñones. (En el curso de esta lucha, en 1414, hizo su aparición el arcabuz, el antepasado distante del rifle moderno y la primera arma de fuego portátil que entró en uso.)
Los armañacs eran fuertes entre la nobleza, en el sur y el sudeste particularmente, y eran contrarios a Inglaterra. Los borgoñones tenían fuerza en la clase media y los intelectuales, particularmente en el norte y el noreste, y favorecían un acuerdo con Inglaterra.
Durante algunos años después del asesinato de Luis de Orleáns, Juan Sin Miedo conservó el control de París. Allí alentó a la clase media, conducida por un carnicero llamado Simón Caboche. En mayo de 1413, se establecieron las «Ordenanzas Cabochianas», por las cuales el gobierno estaría a cargo de tres concejos regularmente constituidos y en las que se instituían otras reformas, destinadas a poner fin al gobierno arbitrario.
Nuevamente, se manifestó una aspiración al gobierno representativo y contra la autocracia, como en tiempo de Marcel, medio siglo antes.
Pero los seguidores de Caboche eran demasiado desenfrenados y estridentes. La gente de la ciudad más reposada se sintió atemorizada y hubo una reacción a favor de los armañacs. En agosto, Carlos de Orleáns llevó sus fuerzas a París, en la que entró en medio de los vítores del pueblo. Juan Sin Miedo no llevó su falta de miedo hasta el punto de no marcharse apresuradamente a Flandes en busca de la seguridad.
Los armañacs eran el partido de la caballería medieval e inmediatamente hicieron trizas la reforma de Caboche y restauraron las viejas costumbres.