Por supuesto, la coronación en Reims no acarreó la inmediata derrota de los ingleses. En verdad, mientras el duque de Bedford permaneció con vida, los ingleses siguieron combatiendo con habilidad y determinación. Después de Patay, los ingleses se retiraron de algunas de sus posiciones avanzadas, pero, al tener menos territorio que defender, pudieron concentrar sus fuerzas más eficazmente.
Desde el punto de vista francés, la coronación debía ser seguida por alguna gran acción para mantener encendido el fuego del entusiasmo. Era el momento, sin duda, de ocupar París.
Juana estuvo a favor de una marcha inmediata sobre París, pero algunos de los consejeros más conservadores del rey no se mostraron de acuerdo. Mucho se había
ganado con la osadía, pero ésta puede convertirse poco a poco en irreflexión. La irreflexión puede hacer perder todo lo ganado con la osadía, sin duda, de modo que la cautela adquirió popularidad y Juana se halló cada vez mas aislada.
Durante más de un mes, el ejército francés marchó por el territorio situado entre Reims y París, librando algunas escaramuzas, tomando algunas plazas, pero sólo a fines de agosto Juana pudo forzar un ataque contra París. Mas para entonces los ingleses habían recibido refuerzos y organizado sus defensas. Los parisinos, aún anti-armañacs y pro- borgoñones, guarnecían las murallas.
El ataque francés fue llevado a cabo a desgana el 8 de septiembre por jefes no dispuestos a arriesgarse a una derrota importante, y cuando los primeros ataques fueron rechazados, se ordenó la retirada, el 9 de septiembre.
No fue una derrota importante, pero causó bastante daño. Juana había conducido el ataque, y sin embargo los franceses no habían ganado. Por el contrario, habían tenido que retirarse, como en los viejos días. Peor aún, Juana había recibido una herida en el muslo. Esto sacudió la fe en su misión divina y dio origen a la idea de que su inspiración sólo llegó a la coronación del rey, y nada mas. Los jefes franceses del gobierno y del ejército estaban cada vez menos dispuestos a perseguir «milagros» más allá del punto de descenso de los beneficios. Se cansaron cada vez más de Juana y de su fatigosa exigencia de acción y más acción.
Los franceses se retiraron nuevamente del otro lado del Loira, y Juana forzosamente tuvo que ir con ellos, de modo que el invierno fue relativamente tranquilo para ella. Mientras tanto, era tiempo de que Felipe de Borgoña actuase. El dominio de los ingleses sobre los territorios situados al este de París había sido quebrantado, pero el de los franceses aún era débil. Esos territorios, que limitaban con sus dominios, eran prácticamente una tierra de nadie. ¿Por qué no habría de apoderarse de ellos? Serían de gran valor para él, pues le permitirían unir sus posesiones en la Francia central oriental con sus tierras de Flandes y los Países Bajos. Con tal unión, obtendría un ámbito compacto y haría de Borgoña una potencia importante. Horizontes ilimitados se abrían ante sus ojos deslumbrados.
Inició una cautelosa ocupación de los territorios y en marzo de 1430 avanzó tan lejos que pudo amenazar con poner sitio a la ciudad clave de Compiégne, a ochenta kilómetros al noreste de París. En abril, Juana decidió salvar la región y se lanzó hacia Compiégne con una pequeña escolta. Tuvo un éxito variable, animando a algunas ciudades a resistirse contra las tropas borgoñonas, mientras que otras le cerraron sus puertas.
Cuando un ejército borgoñón finalmente empezó a rodear a Compiégne, Juana se apresuró a entrar en la ciudad, para poder repetir su milagrosa liberación de Orleáns de un año antes. El 23 de mayo de 1430, condujo dos salidas contra los borgoñones y entonces los milagros se acabaron. Fue arrojada del caballo y capturada, con lo que terminó su notable carrera militar de trece meses.
Durante más de medio años permaneció en manos de los borgoñones, para frustración de los ingleses. Para ellos, la prisión no era suficiente; podía escapar, y si ocurría tal cosa, ello podía ser aducido como nueva prueba de la divinidad de su misión. Y si ella debía estar en prisión, no era en manos de los borgoñones donde los ingleses la querían. Inglaterra ya no confiaba mucho en Felipe de Borgoña, y los ingleses no estaban seguros de que no usaría a Juana contra ellos, si creía que podía conseguir algo de este modo.
Los ingleses querían tener a Juana en sus manos. Querían hacerla examinar y que fuese declarada una bruja por las más elevadas autoridades eclesiásticas posibles. Luego, querían que se la castigase como se castigaba a las brujas: con la muerte. Abrigaban la
esperanza de que tal juicio eclesiástico, seguido por la pena capital, fuese aceptado como prueba de que Juana estaba inspirada por el Diablo; que las victorias obtenidas por los franceses el año anterior no fuesen consideradas como victorias sobre los ingleses, por así decir; y que la moral inglesa se elevara y la francesa decayera a las alturas en que estaban antes de la aparición de Juana.
La presión inglesa sobre los borgoñones aumentó constantemente, pues, y el 3 de enero de 1431 Felipe finalmente la vendió a los ingleses por 10.000 francos. Se le puso bajo la custodia de Ricardo, Earl de Warwick, y su juicio comenzó casi inmediatamente en la ciudad de Rúan, capital de Normandía y corazón de los dominios ingleses en Francia. Durante casi cinco meses, Juana fue interrogada una y otra vez, en un laberinto de cuestiones teológicas. Se mantuvo notablemente bien, pero las únicas opciones que realmente tenía eran la de ser encarcelada de por vida como herética arrepentida o ser quemada como herética no arrepentida. En otras palabras, debía admitir que era una bruja o sería declarada bruja por sus jueces. Puesto que en modo alguno admitía ella que era una bruja, finalmente se la condenó a la hoguera, cosa que los ingleses habían estado esperando más o menos impacientemente.
El 30 de mayo de 1431, Justo un año después de su captura y dos años después de la salvación de Orleáns, fue quemada viva en la plaza pública de Rúan; afirmó hasta el fin la naturaleza divina de su misión.
Pero aunque los ingleses proclamaron que era una bruja y aunque murió en la hoguera, quienes la quemaron no ganaron nada con ello. En verdad, perdieron. Las llamas no convencieron a los franceses; por el contrario, encendieron más aún el fuego del patriotismo en sus corazones. ¿Era razonable suponer que los franceses creyesen (como claramente los ingleses pensaron que debían creer) que sólo con la ayuda del Diablo podía un ejército francés derrotar a otro inglés?
Los franceses se convencieron más que nunca de que la misión de Juana había sido sagrada y de que ella era una santa. Que hubiese muerto condenada no significaba nada. Muchos santos habían muerto condenados. Jesús mismo murió condenado. En verdad, la quema de Juana hizo decaer la moral de los ingleses, no la de los franceses. Muchos ingleses se sintieron apesadumbrados por la desagradable sensación de haber quemado a una santa.
Y, sin duda, llegaría el tiempo en que Juana fuese rehabilitada y santificada oficialmente. Ella vive en la historia como la salvadora de Francia y su nombre se ha convertido en símbolo de cualquiera que combate por la salvación nacional. Se desconoce la fecha exacta de su nacimiento, pero en el día de su muerte ciertamente no había cumplido los veintiún años, y quizá ni siquiera los veinte.
Ninguna persona, de cualquier sexo, que murió siendo adolescente, o poco más, ejerció una influen-cia tan decisiva en la historia o impresionó tanto a tiempos contemporáneos o posteriores.
Pero su santificación pertenecía al futuro. ¿Qué ocurrió en el año transcurrido entre su captura y su muerte, cuando era sólo una muchacha que se enfrentaba con la tortura y la muerte? Para su eterna vergüenza, Carlos VII y quienes lo rodeaban no hicieron ningún intento de salvarla, de ofrecer un rescate por ella o siquiera de apelar a la piedad de sus capturadores. Considerando lo que ella había hecho por Carlos y por Francia, parece increíble que esto pudiera ocurrir, pero así fue.
Quizá a Carlos y sus consejeros les preocupaba que pudiese ser una bruja o, en todo caso, que no fuese más que una muchacha de humilde cuna. Es probable que, en verdad, se alegrasen de quitársela de encima. Era imposible de manejar y no se dejaba guiar. Sin ella las cosas eran mucho más fáciles.
Es muy justo decir que los jefes franceses fueron tan culpables de que Juana fuese quemada como los ingleses, y con más deshonra para ellos.