Filipinas no fue, en general, una tierra especialmente peligrosa en cuanto a su evangelización. Los nativos filipinos resultaron ser mayoritariamente pacíficos y sumisos, y no opusieron apenas resistencia a la conquista española, ya fuera militar o espiritual. Sólo dos zonas fueron abiertamente hostiles al cristianismo: las islas Marianas y la zona de Mindanao y Joló, en la parte sur de Filipinas. El caso de esta última zona es único en todo el imperio ultramarino de la Monarquía Hispánica. Su peculiaridad reside en la presencia del Islam. Desde la conquista de Granada en 1492 y el final de la llamada Reconquista, la Monarquía fue abriendo nuevas fronteras a costa de pueblos paganos. Sin embargo, al llegar a las Filipinas, la presencia de los musulmanes representó un desafío no sólo para los misioneros, sino también para los propios conquistadores y colonizadores.
Los primeros contactos entre castellanos y moros fueron difíciles. En su navegación hacia el oeste, la expansión hispánica acabó encontrándose con el enemigo secular. Los indígenas del sur del archipiélago se habían convertido al Islam en el siglo XV y el establecimiento de la expedición de Legazpi en 1565 detuvo el avance musulmán hacia la zona centro y norte del archipiélago (Bisayas y Luzón). En 1571, cuando el Adelantado decidió trasladar su base de operaciones desde Cebú hacia el norte, Maynilad (la futura Manila) estaba controlada por musulmanes. Sin embargo, como apunta John L. Phelan, si la base española se hubiese quedado en Bisayas y no en Manila, tal vez Mindanao habría sido conquistada en el siglo XVI y se habría acabado completamente con la presencia musulmana en el archipiélago filipino.47
Las razones de la enconada resistencia de los musulmanes de Filipinas frente a la colonización castellana radican precisamente en la religión. A diferencia de los pueblos indígenas del centro y el norte del archipiélago, las sociedades del sur estaban mejor organizadas política y socialmente. El Islam les había dotado de los elementos políticos para
46 Horacio de la Costa, The Jesuits…, pp. 342-344.
47 John Leddy Phelan, The Hispanization of the Philippines. Spanish Aims and Filipino Responses, 1565-1700,
organizar una resistencia eficaz frente a la conquista y colonización de los castellanos. La influencia musulmana había introducido una organización política de carácter estatal, que se había superpuesto a la tradicional organización basada en el parentesco. Existía un notable equilibrio entre la descentralización pre-musulmana y la centralización que trajo el establecimiento de sultanatos, lo que proporcionaba la fuerza suficiente para resistir a los castellanos. El cronista jesuita Francisco Combés expuso en su Historia de Mindanao y Joló (1667) la estructura social y de gobierno de estos pueblos.48 En la base de la pirámide social estaban los esclavos, la mayoría de ellos cautivos o descendientes de cautivos. En un nivel superior se encontraban los tuam, hombres libres que trabajaban sus campos con sus esclavos durante una parte del año, y se dedicaban a comerciar o saquear durante la época del monzón. Ya fuera por parentesco o por homenaje, cada tuam rendía obediencia a un dato, bajo cuyo liderazgo iba a la guerra. El conjunto de estos jefecillos era conocido como orangcaya (o ricos-hombres). En lo esencial, esta organización social de los maguindanaos no se distinguía apenas de la de los tagalos y bisayas, excepto por un último nivel añadido a la cúspide de la pirámide: el de la sangre real (los cachiles). La presencia de estos señores de la guerra dio a los maguindanaos una cohesión, un propósito común, que los pueblos del norte del archipiélago no habían alcanzado.
“Tiene fundados órdenes de nobleza, con distinción de títulos, que la realçan. A unos llaman Tuam, que es lo mismo, que señor, o lo que barón en España. A otros les da título de Orancaya, que quiere decir, hombre rico, y es el título mayor, y como Grandes de su Reyno; y viene a ser el mismo título, que daba España a sus Grandes, quando la Magestad usaba de más llaneza, llamándolos Ricos-Homes. A los demás llaman principales, que corresponde a lo que entre nosotros Caballeros, e Hijos- Dalgo, que no tiene más dignidad, que la decencia. A los de sangre Real llaman en Mindanao, Cachiles, siguiendo la costumbre y estilo de los Reyes del Maluco, Terrenate, Tidores, y Xilolos”.49
Además de una política más desarrollada, los malayos musulmanes le dieron a la cultura de los maguindanaos su carácter predatorio. Aquéllos eran gente de mar que vivía del comercio y la piratería. La llanura del Gran Río de Mindanao no producía nada que pudiera ser intercambiado: la producción de arroz y palma aseguraba el sustento, pero los artículos
48 Francisco Combés, Historia de Mindanao y Joló por el P. Francisco Combés de la Compañía de Jesús. Obra
publicada en Madrid en 1667, y que ahora con la colaboración del P. Pablo Pastells de la misma Compañía, saca nuevamente a luz W. E. Retana, Madrid, 1907, cols. 53-61. En adelante, esta obra se citará como Combés-
Retana, Historia de Mindanao…
para el intercambio debían provenir de otro lugar. Y este lugar fue la zona de las Bisayas, que proporcionaba un producto fácil de obtener y con un gran mercado: los seres humanos. Cuando los castellanos llegaron a mediados del siglo XVI, los mindanaos y los joloanos surtían de esclavos los mercados del archipiélago malayo. La conquista y el establecimiento de la Monarquía Hispánica en Filipinas afectó a este comercio en dos direcciones. En primer lugar, amenazó con cortar el suministro de la materia prima. Sin embargo, si los moros eran capaces de sortear este inconveniente, podían aumentar su “producción”, al ser más accesible. Y es que la tendencia de los castellanos (especialmente los misioneros) a concentrar las poblaciones bisayas dispersas en poblados estables, combinada con la incapacidad de protegerlas, facilitaba la tarea de los piratas, que tenían un acceso mucho más fácil a los futuros esclavos, sin necesidad de perseguirlos como habían hecho hasta entonces.50
Ya desde los primeros momentos de la presencia hispánica en Filipinas, los enfrentamientos con los musulmanes de Borneo, Mindanao y Joló fueron habituales. El 2 de octubre de 1526 la expedición de Jofre García de Loaysa descubrió la isla de Mindanao. Las primeras noticias que dio Andrés de Urdaneta no fueron demasiado positivas en cuanto a los indígenas, pues los consideraba gente traicionera y belicosa. Sin embargo, reconocía el valor de la propia isla y sus recursos, especialmente oro:
“Esta gente desta tierra es ataviada; andan vestidos con paños de algodón y seda, y también traían vestidos de raso de la China, y andaban todos armados, sus azagayas en las manos é sus alfanjes é sus guirrises, que son á manera de puñales, y sus paveses. Es gente muy atraicionada é belicos, luego determinaron de tomarnos con el batel á traición; empero nosotros andábamos sobre aviso é nunca pudieron salir con la suya. Muchas veces venían de noche en navíos de remos que tienen muy ligeros, á la nao á cortar las amarras; empero, como hacíamos buena guardia, nunca nos pudieron empecer en nada. estuvimos en este puerto bien diez días, que nunca pudimos comprar bastimenta ninguna. En esta isla de Bendenao [Mindanao] hay mucho oro, é nos tuvieron para que les comprásemos; empero el capitán mandó que nadie fuese osado de comprar, por lo cual no se compró nada, y así hubimos de ir nuestra derrota sin refresco. Aquí tomamos un indio que llevamos a Maluco, el cual nos dijo que cada año venían dos juncos de la China, que son unas naos en que ellos navegan, á comprar oro é perlas que había en gran cantidad, é también venían más
navíos á otras islas á lo mismo. También hay en esta misma isla canela, por la parte del Oeste”.51
Ya en tiempos de Legazpi comenzaron los enfrentamientos armados entre los colonizadores y los musulmanes, que continuarían de manera casi ininterrumpida durante los tres siglos posteriores. Hasta finales del siglo XVI los contactos fueron muy esporádicos, con pequeños enfrentamientos en 1569, 1578 y 1581. Fue en 1596 cuando se planteó seriamente la conquista de la zona sur del archipiélago filipino. El capitán Esteban Rodríguez de Figueroa firmó con la Corona un contrato privado para llevar a cabo la conquista de Mindanao. La expedición contra Buhayén, en la zona del Río Grande, fue un fracaso, ya que en la primera escaramuza el propio Rodríguez de Figueroa fue herido de gravedad, y murió a las pocas horas. Las tropas expedicionarias se retiraron y se instalaron provisionalmente en la entrada del Río, donde habían sido recibidos pacíficamente. En este punto surgieron dificultades jurídicas, debido a la naturaleza privada de la empresa. Tras algunos lamentables episodios, y con el caso en los tribunales, se decidió que la conquista de Mindanao se reemprendiese provisionalmente a cuenta del erario público. Tras algunas ofensivas sin demasiado éxito, se firmaron las paces con los buhayenes y se estableció un presidio en el puerto de La Caldera, en la península de Zamboanga, que acabó siendo abandonado en 1599 debido al temor a un ataque inglés que finalmente resultó ser un rumor infundado.
Ya en el siglo XVII, la entrada en Mindanao fue de carácter más bien defensivo. El establecimiento de presidios tenía un doble objetivo: en primer lugar, proteger los asentamientos de Bisayas; y por otro lado, anular a los moros en la guerra hispano-holandesa, ya que aquéllos colaboraban con los neerlandeses en su enfrentamiento contra la Monarquía Hispánica. Así pues, el desamparo del presidio de La Caldera conllevó consecuencias negativas casi inmediatas. La península de Zamboanga era un punto estratégico clave en la zona. Era bien conocido desde los tiempos de las expediciones de Loaysa y Villalobos que era extremadamente difícil navegar en dirección norte por la costa este de la isla de Mindanao. Así pues, la única ruta segura para los musulmanes hacia las Bisayas era rodeando la mencionada península, en el extremo oeste de la isla. En este sentido, La Caldera había servido a un triple propósito: por un lado, controlaba las aguas del estrecho entre la península y la isla de Basilán. De igual manera, si una flotilla rodeaba dicha isla, las patrullas costeras
51 “Relaciones del viaje hecho á las islas Molucas ó de la Especiería por la armada á las órdenes del Comendador
García Jofre de Loaysa, hecha por el Capitán Andrés de Urdaneta”, en Luis Torres de Mendoza, Colección de
documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas en América y Oceanía, sacados de los Archivos del Reino, y muy especialmente del de Indias, Tomo V, Madrid,
del fuerte podían interceptarla o dar el aviso. Finalmente, se controlaba cualquier movimiento sospechoso en las aguas del archipiélago de Joló. En consecuencia, al retirar las tropas de este punto estratégico clave que ejercía de freno a las expediciones de mindanaos y joloanos quedó expedito el paso a la piratería y la depredación en las Bisayas.
Poco después del abandono del fuerte, los naturales de Buhayén, Mindanao y Joló se confederaron (con los datos Buhisán, Sirongan y Rajá Mura a la cabeza), y en julio del mismo año 1599 corrieron las costas de las islas de Cebú, Negros y Panay, llevando a cabo todo tipo de saqueos y cautivando a unas 800 personas.52 El año siguiente hubo una nueva incursión mayor que la anterior, con resultados parecidos. Sin embargo, en esta ocasión los piratas musulmanes fueron más atrevidos, y no sólo agredieron a los indefensos indígenas, sino que llegaron a atacar la villa de Arévalo en la isla de Panay, pero fueron repelidos. Ante estos ataques reiterados, el gobernador Francisco Tello de Guzmán aprestó una expedición al mando de Juan Juárez Gallinato. En 1602 atacó Joló, pero tuvo que regresar a Manila debido a la escasez de recursos, por lo que la expedición se saldó con un éxito relativo. Aquel mismo año se hizo cargo del gobierno de Filipinas don Pedro Bravo de Acuña quien, para luchar contra la piratería, decidió visitar en persona los presidios de las Bisayas, especialmente en la isla de Panay, donde ordenó construir dos fortalezas.
Figura 7. La zona de Mindanao y Joló
Fuente: Horacio de la Costa, The Jesuits in the Philippines, 1581-1768, Cambridge (Massachusetts), Harvard University Press, 1967, p. 280.
52 José Montero y Vidal, Historia de la piratería malayo-mahometana en Mindanao, Joló y Borneo, Tomo I,
Pese a algunas pequeñas victorias en estas expediciones realizadas contra Mindanao y Joló, lo cierto es que no se conseguía mantener a raya las incursiones piráticas hacia las Bisayas. Los indígenas de estas zonas vivían atemorizados, y huían a los montes en cuanto había rumores de una nueva incursión. Esto dificultaba todavía más la labor de los misioneros, que no conseguían mantener a los indígenas reducidos en poblaciones concentradas y estables, cuestión que analizaremos más adelante.53 Ante esta situación, en 1605 el gobernador Bravo de Acuña envió al jesuita Melchor Hurtado a Mindanao para negociar la paz con la confederación musulmana, que se firmó a finales de año. Pero Acuña murió en 1606 y la Audiencia se hizo cargo del gobierno interino. La política que había seguido aquél respecto a los musulmanes del sur fue abandonada, y en 1608 se reiniciaron los ataques piratas a las Bisayas. Tras ser rechazados, los mindanaos volvieron al Río Grande. Estas fueron las últimas noticias del triunvirato de la confederación de maguindanaos que aterrorizó a los habitantes de Bisayas durante la primera década del siglo XVII. No se sabe cuál fue su destino final. Lo único cierto es que durante algunos años no hubo ataques y, cuando éstos se reanudaron en 1613, al frente de los mindanaos iba el dato Pagdalanun. En esta expedición, donde participaron también los caragas, se hicieron casi mil cautivos en las islas de Leyte y Samar. A partir de entonces, y durante dos décadas, las expediciones de los mindanaos cesaron casi por completo, debido al establecimiento del presidio de Caraga y también a causas internas en la zona del Río Grande.54
En abril de 1609 había llegado a Filipinas el gobernador Juan de Silva, oficial distinguido en los tercios de Flandes. Como hombre de guerra que era, desde el principio mostró un especial interés por el problema de la piratería en las islas, tanto por parte de los
moros como de los corsarios holandeses. Sin embargo, Silva se vio obligado a centrarse en
combatir a estos últimos, lo que permitió a los musulmanes gozar de una mayor libertad de movimientos. Así pues, entre 1614 y 1634, lo que había empezado como una serie de expediciones de saqueo derivó en una verdadera guerra. El liderazgo en el bando de los musulmanes pasó de los mindanaos a los joloanos. En octubre de 1616, mientras la armada del gobernador Silva se dirigía a las Molucas para expulsar a los holandeses, los joloanos llegaron a incendiar los astilleros de Cavite y de Pantao, en la provincia de Camarines al suroeste de Manila, donde quemaron también algunos buques e hicieron numerosos cautivos. Este ataque a las inmediaciones del mismísimo centro del poder hispánico obligó a tomar medidas contra los musulmanes, y se dispuso entonces la construcción de una armada de
53 Vid. infra, pp. 295 y ss.
joangas (embarcaciones pequeñas y rápidas) que debía quedar estacionada en Iloilo. Durante
estos años se sucedieron ofensivas españolas y musulmanas, pues unas eran contestadas por otras como represalia. En 1634 los mindanaos volvieron a recuperar el protagonismo que habían perdido en las dos décadas anteriores. Sin embargo, las cosas habían cambiado en todo ese tiempo. La confederación de Maguindanao había dejado de existir, y se había convertido en un sultanato bajo el gobierno del hijo de Buhisán, Cachil Corralat.
En una carta circular que dirigió a los jesuitas de las Bisayas el 1 de febrero de 1635, el provincial Juan de Bueras (1627-1637) hacía un repaso de los graves daños sufridos por las misiones durante los diez años anteriores. Tres misioneros, los padres Juan de las Misas, Domingo Bilancio y Juan del Carpio habían perdido la vida. Las iglesias habían sido repetidamente quemadas y saqueadas. Las comunidades cristianas habían sido perseguidas, y sus miembros asesinados o capturados y vendidos como esclavos.55 Ante esta situación, el padre Bueras, asesorado por los padres Pedro Gutiérrez y Diego Patiño, propuso al gobernador Juan Cerezo de Salamanca la necesidad de establecer un presidio en Zamboanga, cerca de donde había estado La Caldera, con una triple función: en primer lugar, si la guarnición contaba con una flotilla propia, podría interceptar las armadas provenientes de la zona del Río Grande o de Joló. En segundo lugar, si esto no era posible, al menos se podría enviar un aviso a Cebú para que se llevaran a cabo los preparativos necesarios. Finalmente, junto a los soldados del presidio se podrían enviar algunos misioneros para fundar misiones y predicar el Evangelio. El gobernador accedió a esta petición, y en abril del mismo año 1635 se estableció el presidio. Desde el principio, este establecimiento contó con una considerable oposición, tanto entre los soldados como entre los habitantes de Manila. Para la tropa, era un puesto demasiado lejano y expuesto al enemigo; para los manileños, era un gasto exagerado para las finanzas reales que no reportaba ningún beneficio, al menos para ellos.
A mediados de junio del mismo 1635 llegó a Filipinas el nuevo gobernador Sebastián Hurtado de Corcuera. Pese a la presencia hispánica en Zamboanga, en 1636 una flota de mindanaos asoló las Bisayas. Las críticas contra el presidio se recrudecieron, y algunas voces pidieron a Corcuera su desmantelamiento.56 Ante la gravedad de la situación –el arzobispo había escrito al rey exponiendo los males que sufrían los indígenas con las invasiones de los piratas, y calculaba que en los treinta años precedentes, no eran menos de 20.000 los cautivos–, el gobernador resolvió acabar de raíz con el problema mediante la conquista tanto de Mindanao como de Joló. Una vez listos los preparativos, en febrero de 1637 la expedición
55 Ibíd., p. 325.
partió hacia Mindanao, con el gobernador a la cabeza. Tras algunos duros combates, y con Corralat huido por dos veces, los maguindanaos quedaron vencidos. Tras esta importante victoria, Hurtado de Corcuera concertó paces con los régulos de Buhayén y la isla de Basilán. El gobernador regresó entonces a Zamboanga, donde se trasladaron unas 200 familias joloanas y fundaron el pueblo de Magay. Antes de regresar a Manila, Corcuera dispuso que una pequeña armada recorriera las costas de Mindanao para castigar a los pueblos rebeldes y forzarles a la sumisión a la Monarquía Hispánica. En enero de 1638 partió una nueva expedición de conquista, en esta ocasión hacia el archipiélago joloano. La ciudad de Joló estaba muy bien defendida, y no podía ser tomada al asalto, por lo que se decidió sitiar la plaza, que acabó sucumbiendo. Así pues, en dos años se había conseguido someter a las dos mayores fuerzas que durante casi cincuenta años habían aterrorizado a los habitantes de Bisayas con sus depredaciones.57
Tras estas sonadas victorias, parecía natural que los mindanaos y los joloanos renunciaran a sus expediciones de saqueo, pero no fue así. A lo largo de 1638 y 1639 las relaciones con el régulo de Buhayén se fueron deteriorando, hasta que finalmente explotaron