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Guillermo Cabrera Infante QUIEN NO LA VE, NO LA AMA

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«Recuerdo que era capaz de ver películas y comprenderlas mucho antes de saber leer». Su libro más reciente, La Habana para un infante difunto, vino a presentarlo en Madrid el 25 de octubre de 1979. En la dedicatoria de mi ejemplar ha escrito: «Para Soler Serrano, este libro superficial que prácticamente nació en “A fondo”». Las mismas palabras diría en el acto oficial de presentación, celebrado en el hotel Princesa Palace, y abundaría en estas manifestaciones en el curso de una nutrida rueda de prensa. Creo que en ninguno de los diarios o revistas que reseñaron el acto se aludió para nada a este hecho. Toda una tarde sentados en el lobby del Palace, Guillermo Cabrera Infante y yo, pasamos revista a aquellos días de su viaje para atender a mi invitación. Había sido más de tres años antes, en junio de 1976, y la grabación se efectuó el 15 de dicho mes, en tanto que la emisión se produjo el 11 de julio siguiente.

Me recordaba Cabrera las dificultades que tenía en aquella época para venir a España y permanecer en ella. Su anterior condición de revolucionario castrista, y de diplomático del gobierno cubano en Europa, había originado la existencia de dificultades en nuestro país —hacía pocos meses de la muerte de Franco y estaba Arias Navarro en la presidencia del gobierno—, que se tradujeron en la limitación de su estancia madrileña. Pero a pesar de todo, Cabrera había respirado en el país un aire de libertad. La buena disposición que halló en tomo a su persona en aquellos días de 1976, la apertura ya iniciada en la prensa, la presencia en los quioscos de material antes imposible, le

causaron una impresión gratísima, y le hicieron pensar que era posible ofrecer al público lector algo más ligero y abierto. Nuestro diálogo ante las cámaras —introspección, nostalgia, recuerdos de Gibara, de La Habana, colegios, amores adolescentes, encuentros con el cine— encauzaría esas primeras impresiones suyas hacia este nuevo libro que nos cuenta, precisamente, la vida erótica de un adolescente.

Crónica y elegía de una ciudad y un tiempo que ya no existen ni verán: una Habana difunta —la de los años cuarenta y cincuenta— y un infante difunto, aquel joven, Guillermo Cabrera Infante, de ayer que acabaría en este gran escritor de hoy. Aquella Habana desde cuyo Malecón se veían los anuncios luminosos que enfrentaban al parque Maceo, y los otros anuncios que iluminaban la acera de enfrente, prestando a la noche habanera un sortilegio único, inolvidable. Aquella Habana de vieja película en blanco y negro, aquella ciudad del viejo adagio («La Habana, quien no la ve no la ama»), La Habana de antaño, paraíso de los sueños de ayer. Jardín de los recuerdos que se inaugura con la imagen de una «suntuosa» escalera: «Era la primera vez que subía una escalera; en el pueblo había muy pocas casas que tuvieran más de un piso, y las que lo tenían eran inaccesibles». Era el 25 de julio de 1941 cuando Guillermo penetró en la arquitectura de colmena depravada de aquel edificio, aquel a cuya formidable entrada había un anuncio arriba que decía: «Se alquilan habitaciones / Algunas con días gratis», y en ese día preciso se clausuró la niñez del muchacho llegado de Gibara, aquel pueblo de 15 000 habitantes donde quedaban para siempre su perro, su abuela, que muchas veces fue su madre, él mar (mucho más presente en el pueblo que en este puerto tan poco marino) y el campo al que salía a menudo con su abuela.

Como Manolo Puig, como Severo Sarduy, como tantos otros, Cabrera Infante es un «adicto» al cine. Lo ha visto desde niño con afición creciente. Su vida ha crecido ligada al desarrollo del séptimo arte, al esplendor de Hollywood y de un medio de expresión que ha cambiado los usos y costumbres de la humanidad. En Arcadia todas las noches nos regala cinco ensayos sobre realizadores fundamentales del cine americano, sorprendiéndonos con su agudeza crítica, su penetración interpretativa, su estilo lleno de brillantez. Imposible olvidar, por ejemplo, que uno de estos ensayos se titula, reveladoramente, «El bacilo de Hitchcock». Hay muchas aportaciones personalísimas de Cabrera Infante al arte de escribir y de la comunicación. Para mi gusto destaca en este sentido la enorme variedad y riqueza de sus piezas experimentales Exorcismos de esti(l)o. Pero buena parte de estos hallazgos nos asaltan deslumbradores en sus demás libros: Tres tristes tigres, Así en la paz como en la guerra, Un oficio del siglo XX, Vista del amanecer en el Trópico y la colección de artículos

y ensayos O. Sin olvidar esta Habana para un infante difunto nacida en uno de los primeros programas de la serie «A fondo», y en el que la fiesta de las palabras es incesante: aliteraciones, dobles fondos, retruécanos, vocabulario descompuesto, y pirotecnia de la experimentación verbal.

A Cabrera Infante le imagino siempre con el ceño fruncido, la mirada perdida en un pasado lleno de nostalgias, mientras teclea su máquina de letra clara en su casa

londinense del 53 de Gloucester Road. De cuando en cuando se escucha el ronroneo de su gato, que preside la casa, y Guillermo detiene la escritura y carga la pipa. El que fue un muchacho precoz para escribir y para el amor, es ahora un joven maestro de las letras. Dejó de perder su tiempo con la política y tras las mujeres. Su equilibrio, como su móvil, tienen un nombre: Myriam Gómez.

«Fulgencio Batista, Fidel Castro y yo, nacimos los tres en un radio de

cien kilómetros»

—Tu vida empieza en Gibara, un pueblo de la costa oriental de Cuba, pero… ¿cuándo? —Me gusta la pregunta porque me gustan las cronologías. He de comenzar diciendo que nací en 1929, el 22 de abril, fecha en que también nacieron Lenin y Shirley Temple. Esto me ha condenado políticamente y me ha llevado a tener que ver con el cine. 1929 fue el año del gran «crack» financiero mundial, y esto me ha convencido de que nunca seré rico. —No hay razón alguna para sospechar que eso no pueda tener otra cara ¿no? —Mera superstición de números y fechas. —En ese año 1929 en el que naces ¿cómo era la vida en Gibara? —Era una vida que empezaba a cambiar porque el puerto había sido muy importante durante la colonia española y durante los primeros años de la República. Después, cuando construyeron la gran Carretera Central, el pueblo comenzó a quedar de lado y fue poco a poco convirtiéndose en un pueblo fantasma. Fue cuando lo abandonamos mi familia y yo en 1941. Pero en realidad era un pueblo muy bello, muy amable, como tantos otros pueblos tropicales. Los podemos encontrar en Venezuela, en América Central. Mi padre era tipógrafo y periodista local. Y mi madre tenía inclinaciones políticas, tanto que ellos dos fueron fundadores del partido comunista en el pueblo, en el año 34. Tengo un recuerdo muy preciso de los avatares a que condujo esta inclinación política. De haberme despertado un día cuando yo tenía siete años, en 1936, y ver pasar corriendo a mi madre hacia el fondo de la casa seguida por mi hermano y tras ellos, persiguiéndoles, dos guardas rurales, que era la policía rural de Cuba. Entraban con armas en la mano persiguiendo a mi madre hacia dentro de la casa. Resultaba que mis padres eran los encargados de la propaganda comunista en el pueblo, y estaban vigilados. Esa mañana cogieron presa a mi madre (mi padre no estaba en la casa; se presentó más tarde a las autoridades) y fueron llevados a la capital de la provincia, Santiago de Cuba, que queda como a unos quinientos kilómetros de Gibara. Aquí me tropecé yo con mi primera soledad. Me quedé en manos de mis abuelos, y padecí mis primeros trastornos síquicos, que ya de mayor se convirtieron en un largo problema del que creo que hablaremos más tarde.

—Quedamos entonces en que sufres, por razones políticas, unas primeras vivencias

casi traumáticas, dolorosas para ese niño que tú eras. Un niño que ya supongo yendo al colegio…

—Yo estudiaba en un colegio de cuáqueros que se llamaba Los Amigos hasta que mis padres fueron presos. Después de que ellos regresaron al pueblo, mi padre tuvo dificultades económicas, por lo que debí dejar el colegio y asistir a la escuela pública. Finalmente él se trasladó a La Habana en el año 1940, y luego en el 41 nos trasladamos todos. Ahí terminó mi niñez, que fue pobre pero fue muy feliz. Y empezó una adolescencia que fue pobre también, pero más infeliz que la niñez, porque había dejado atrás el pueblo, una casa grande, la familia; y nos encontrábamos después en La Habana viviendo en un cuarto, en un «falansterio», que se llaman solares en Cuba, y ahí la vida era muy reducida, y bastante miserable. —Se ha dicho siempre que la edad feliz es la juventud, y sin embargo tantas y tantas veces, cuando escuchamos a la gente contar sus vivencias, parece que la adolescencia y la juventud han sido las edades de mayores infortunios. —Para mí fue terrible; es un proceso que no quisiera volver a pasar, y a veces con mis hijas, que están en la adolescencia las dos, pienso lo difícil que se hace la vida para un adolescente. Sin embargo, es una época en que uno está seguro de muchas cosas, piensa que tiene la verdad de la vida, cree que el futuro es tan largo como la eternidad, no piensa en la muerte. Esas cosas van apareciendo después, con los años maduros.

—¿Qué impresión te causó la irrupción en la vida de la ciudad?

—Fue un gran descubrimiento, una gran aventura. Para mí, la ciudad fue deslumbrante. La Habana me deslumbró con sus luces, sus anuncios luminosos, la vida tan ajetreada, tantos automóviles por las calles, cuando en mi pueblo apenas había… Tanta gente, era una ciudad de cerca de un millón de habitantes entonces, y fue para mí una experiencia fascinante. Es decir, yo sueño mucho con esa Habana, y parte de ella está descrita en mis libros.

—Nos decías que naciste el mismo año del «crack» de Wall Street, el mismo día en

que nació Lenin, el mismo día en que nació Shirley Temple. Pero también habría que añadir como otro dato importante para tu biografía que naciste en Oriente, la provincia que dio a cubanos tan históricamente famosos como Fulgencio Batista, el último dictador, y Fidel Castro, que es el actual líder, el jefe de la Cuba de hoy.

—Cosa curiosa. Hemos nacido los tres en un radio de cien kilómetros. Yo nací en Gibara, que por mucho tiempo se pensó que era el puerto por donde había desembarcado Cristóbal Colón por primera vez en Cuba en 1492, y para desengaño de los vecinos del pueblo se descubrió que Colón había desembarcado a unos seis kilómetros en un puerto aledaño. Y en Banes, a unos cincuenta kilómetros de Gibara, fue donde nació Batista. Y en Biran, más hacia el interior de la provincia, a unos setenta kilómetros de ambas, nació Fidel Castro.

—¿Tiene la provincia de Oriente unas características especiales como para dar una cierta clase de hombre? —Era la provincia más grande y más rica de Cuba, era también la más independiente. Tanto que en un tiempo se pensó hacer una provincia federal de la provincia de Oriente. Allí nació uno de los grandes libertadores de la época de la colonia: Antonio Maceo.

«Tuve mi primer encuentro con el cine a los 29 días de haber nacido»

—En La Habana, esa ciudad que sorprende al muchacho venido de Gibara, ¿empiezan

tus inclinaciones hacia las letras y el cine?

—Yo había tenido un encuentro con el cine a muy temprana edad. A los 29 días de nacido, mi madre me llevó al cine por primera vez, a ver la reprise de Los cuatro jinetes

del apocalipsis. Yo recuerdo que era capaz de ver películas y comprenderlas mucho antes

de saber leer. Y empecé a leer a los cuatro años. Yo era muy aficionado al cine cuando tenía dos y tres años, y recuerdo películas de esa época, no sólo comedias americanas, sino también, por ejemplo, melodramas tristes y deprimentes de Carlos Gardel.

—Toda tu obra literaria está influida por esa pasión cinematográfica.

—Influida por el cine, y también por lo que en Cuba se llama «muñequitos» y que ustedes llaman aquí tebeos. Ésa fue mi primera literatura, y precisamente por mi interés en los «muñequitos» fue que aprendí a leer. No me interesaba aprender a leer y sin embargo quería comprender lo que decían los globos. Aprendí a leer prácticamente yo solo con auxilio de los «muñequitos». Recuerdo perfectamente el día que esto ocurrió, la primera vez que yo pude leer una frase, y era precisamente de unos «muñequitos» que se llamaban Benitín y Eneas, que me gustaban mucho en esa época. —Y que todavía se pueden encontrar por ahí. —Yo no sé, dejaron de aparecer en Cuba desde el año 59. Sin embargo me he vuelto a encontrar con otros muñequitos de la época como Tarzán, El Príncipe Valiente… ésos los he vuelto a ver en antologías publicadas en Estados Unidos y compradas por mí en Londres.

—¿Cuándo se va afirmando tu vocación literaria?

—Mucho más tarde. Yo estaba entonces estudiando el bachillerato, y mi padre pensaba, primero, destinarme a la carrera naval, cosa que era verdaderamente absurda porque no tengo nada de marinero, y además soy muy pobre en matemáticas. Entonces, en el instituto era un estudiante bastante indiferente, me interesaba más el deporte, el béisbol, lo que se llama la pelota en Cuba. Y un día, un profesor que después con los años descubrí lo bueno que era, me comenzó a hablar de La Odisea y del regreso de Ulises a Ítaca y de su perro Argos que momentos después de recibirlo murió. A mí me pareció tan interesante esa historia que comencé a interesarme por la literatura inmediatamente. Me convertí en

muy buen alumno de historia literaria. Pero no fue hasta el año 47 en que me encontré un texto de Miguel Ángel Asturias (El señor presidente), y se me ocurrió parodiarlo haciendo un cuento que utilizaba los mismos elementos de repetición y utilización de ciertos sonidos y ciertas sílabas. Este cuento, para mi sorpresa, fue aceptado por la revista

Bohemia, que era la revista más popular de Cuba. Y así comenzó. Lo que parecía una

broma, se hizo serio, hasta convertirse en una afición, después en una profesión, y finalmente en una obsesión.

—¿El estado actual es el de obsesión?

—Sí, una obsesión con las palabras, con el lenguaje, exactamente. —Tus últimos libros son más bien unos libros experimentalistas.

—El último libro, precisamente, es una especie de experimento que se llama

Exorcismos de esti(l)o o de estío. Ya desde el título hay una intención de burlarse de las

formas estilísticas. También parodia mucho la retórica. Y hay ciertos elementos experimentales en el libro.

—¿Cómo eres por dentro? Das la sensación de un hombre dramático, de un hombre

atormentado.

—He cambiado mucho a partir del año 72, cuando tuve mi colapso nervioso, que para terror de mi mujer, Myriam Gómez, un analista describió como esquizofrenia temprana. Entonces acudió ella, porque yo estaba en unas condiciones que verdaderamente no podía reconocer la realidad, a un siquiatra, y éste determinó que yo tenía lo que se puede llamar un surmenage, un exceso de trabajo que me había bloqueado absolutamente la capacidad de raciocinio, y vivía en un delirio constante. A partir de ese momento mi vida ha cambiado. Se ha hecho más seria. Creo que antes yo era más dado a la risa y también más franco. Ahora soy más taciturno, más introspectivo.

—¿Te gusta la gente?

—Me gustaba mucho la gente, sobre todo me gustaba mucho el pueblo cubano. Esto aparece muy claro en mi primera novela. Tres tristes tigres. Me gustaba su manera de hablar, su manera de aproximarse a la vida con un cierto desparpajo, eso que se llama en

el choteo, que es burlarse de la realidad en vez de aceptarla dramáticamente, aceptarla con

una risa, a veces con una carcajada. Esto me pareció verdaderamente extraordinario, y traté de captarlo en mi libro. También me impresionó mucho el año que viví aquí, en Madrid, el pueblo español. Me gustó mucho este pueblo, me gustó su franqueza, cierta rudeza que no se encuentra por ejemplo en Inglaterra, donde la gente tiende a ser un poco recogida, tal vez por el clima, porque en Londres ocurre que hay una gran transformación entre la vida del invierno y del verano. En el invierno los ingleses se ven recogidos, embutidos en sus gabanes, y en verano salen casi desnudos a la calle, se vuelcan sobre los parques, conducen como locos, se convierten absolutamente en meridionales. Tal parecería que fueran mediterráneos.

«Detenido por publicar un cuento con “English Profanities”, me vi en la

necesidad de que naciera mi seudónimo, “G. Caín”»

—Volvamos a tus amadas cronologías. El cine fue lo primero, casi al mismo tiempo que la

leche materna. Pero luego vinieron la medicina y el periodismo, me parece.

—La medicina fue dada de lado bien pronto. Visité un verano, al acabar mi bachillerato, la Escuela de Medicina, y entonces verdaderamente me aterró contemplar los cadáveres en la sala de disección, había como seis cadáveres en unas mesas de metal. El horror fue tan grande (recuerdo todavía muy bien el olor de la putrefacción con el formol), que me convenció definitivamente que yo no estaba dado para la carrera médica. Decidí entrar a estudiar periodismo. Ya había empezado a escribir, había publicado algunos cuentos, y aunque no me interesaba el periodismo en sí, era una forma más directa conmigo mismo, más relacionada con mi literatura, de ganarme la vida a través de las letras. Así empecé a trabajar en periodismo, primero lo hice como corrector de pruebas unos cuantos años, después fui crítico de cine de la revista Carteles. Hay una cosa curiosa, tuve que escoger un seudónimo para escribir las críticas de cine porque en 1952 un cuento mío publicado con malas palabras en inglés fue tomado por la policía, yo fui llevado preso, y finalmente multado por haber publicado ese cuento con esas palabras que eran absolutamente incomprensibles para un cubano medio, puesto que eran malas palabras pero en inglés. Y esto condujo a que la revista que publicó el cuento, la revista Bohemia, no quisiera saber nada que apareciera con mi nombre propio. Entonces inventé un seudónimo basado en las primeras sílabas de mi primer y segundo apellidos, así fue como surgió «Caín», con el que firmaba mis crónicas cinematográficas. Aún hoy, cuando escribo guiones de cine, utilizo este seudónimo.

—¿Carteles y Bohemia eran rivales o gemelas?

—Fueron revistas rivales durante mucho tiempo; se tenían un cordial odio los dos directores de ambas revistas, hasta que el director de Bohemia, Miguel Ángel Quevedo, que después se exilió en Caracas y murió suicidándose, decidió comprar la revista

Carteles, comprar la oposición, y ahí fue cuando yo entré a ser un crítico de cine de forma

regular. Porque yo era secretario privado de un refugiado español, Antonio Ortega, que había sido profesor en Gijón de ciencias naturales, y al llegar a Cuba se convirtió en periodista. Yo era su secretario particular, iba por la noche a organizarle la biblioteca, sus

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