—Apenas hemos entrado aún en sus libros. Vamos a hablar, si le parece, de su obra
publicada en Madrid en 1933. Una novela que responde a esa época en que se comenzó a reivindicar la cultura negra. Su título: Écue-Yamba-Ó!
—Una palabra de dialecto afrocubano que todavía se oía por allí. Significa: Dios, loado seas.
—Viene después su viaje a La Habana. Más tarde, la segunda guerra mundial. Una
estancia posterior en Haití, importante también.
—Fue un simple viaje, ya casado con mi esposa, Lidia, en el año 43. El gran actor francés Uris Durai iba a realizar una gira teatral a Haití y nos fuimos con él. Me encontré allí con el mundo de lo real maravilloso, lo que buscaban los surrealistas con artimañas de pincel. Estaba allí en estado bruto y, además, cosa curiosa, con un trasfondo político, y escribí El reino de este mundo, que es la historia de las tres primeras revoluciones criollas.
—Eso de lo real maravilloso ha sido aludido muchas veces por los críticos y
periodistas. Lo real maravilloso es realmente una definición que cuadra a un descubrimiento que hace de repente Alejo Carpentier y es que lo real maravilloso estaba allí, no había por qué inventarlo como se proponía el surrealismo. ¿Cómo se dio usted cuenta de que existía lo real maravilloso, de que América realmente, toda, es lo real maravilloso?
—Pues precisamente empecé a verlo, como ya comentamos, desde lejos, militando en el grupo surrealista. Lo que ellos buscaban estaba en mi tierra en estado bruto. Cuando André Breton, el papa, el fundador del surrealismo, se encuentra en América descubre en la calle lo que había buscado tantas veces en París y no lo había encontrado.
—Otra de las cosas que dijo también en su momento Carpentier es que los
hispanoamericanos han inventado o han reconstruido, por así decirlo, un nuevo tipo de novela épica, que se acabó la novela sicológica para el escritor de nuestro tiempo.
—Yo no digo que un novelista con grandes dotes de sicólogo no nos pueda dar mañana, cualquier día, en Europa, una gran novela. Es cierto también que en Europa, pongamos Inglaterra o los países escandinavos, una novelesca pueda vivir
independientemente de un contexto político. En América Latina es imposible. Nuestra vida está ligada al factor político, para bien o para mal. No podemos prescindir de ese contexto épico y no podemos extraer al hombre de él. Hay que estudiarlo dentro de un grupo, no solo, aislado. Y cuando se logra colocar al hombre en ese contexto, se logra lo que yo llamo novela épica, la novela americana de hoy.
—Está claro que para usted el escritor no es el hombre que labora en su torre de
marfil, sino que es un hombre comprometido con su tiempo. Carpentier, hombre que trabaja mucho y duramente, que trabaja el idioma casi artesanalmente, como orfebre de paciencia infinita, es al mismo tiempo un político, un ciudadano con una actividad plena en todos los órdenes de la vida.
—Es que ye no veo por qué el escritor no ha de ser un ciudadano. Es una pretensión que tuvieron ciertos estetas de principios de siglo, como Oscar Wilde, como Gabriel D’Annunzio. A mí me parece que esto es completamente imposible, y menos en el siglo en que vivimos. Además, esa postura esteticista fue algo muy efímero, muy pasajero, que duró 40 o 50 años. Víctor Hugo fue un maravilloso ciudadano que, en los momentos más duros de nuestra primera guerra de Independencia, escribió dos cartas admirables a las mujeres cubanas, estigmatizó la invasión de México por Maximiliano y mandó un texto de apoyo a Benito Juárez. Emilio Zola era un magnífico ciudadano. Por otra parte, el escritor más dotado del mundo no puede dedicar doce horas del día a la producción literaria, es imposible. Acabaría, odiando su trabajo. Quedan, pues, muchas horas al día; no veo por qué un escritor no ha de desempeñar sus funciones de ciudadano. Yo diría más: me siento antes ciudadano que escritor. Actualmente estoy desempeñando un puesto diplomático, soy además diputado, compagino ambas cosas y encuentro en mis actividades ciudadanas experiencias, problemas, cosas que nutrirán mi obra futura.
—En 1953 aparece la primera novela que habrá de tener una amplia repercusión: Los pasos perdidos.
—Es el resultado de un viaje que desde la niñez, como tantos niños, deseaba realizar. Influido por la lectura de Emilio Salgari, autor que me encantaba y para mí mucho más interesante que Julio Verne, de una novela suya que transcurría en la selva amazónica, me quedó un deseo de penetrar en esa selva. En Venezuela, un par de amigos y yo resolvimos internarnos en ella. Remontamos el Orinoco. Ciertos tránsitos los hicimos en una embarcación bastante precaria. Un río que tiene anchuras de siete kilómetros y donde se producen tempestades como en el mar. Encontramos el Salto de Ángel, la cascada más alta del mundo, con una caída de 1600 metros. Nos tropezamos con gentes interesantísimas. Un griego buscador de diamantes, que viajaba con La Odisea y un libro de Jenofonte en el bolsillo. Por las noches nos leía fragmentos en griego. Y me encontré a un hombre que se había dedicado a un oficio, creo que único en su género; le llamaban el fundador de ciudades, y su trabajo consistía en fundar ciudades. Camina por la selva por regiones inexploradas y dice: aquí me instalo. Construye varias chozas, se hace amigo de los indios, y al cabo de tres o cuatro años hasta existe una pequeña pista para aterrizar avionetas. Vuelve a tomar la mochila, vuelve a caminar, y funda otra ciudad, y así hasta siete.
—Hasta aquí la aventura, lo singular de esos tipos… Pero lo autóctono, la vida de los
indios, lo de allí…
—Según se asciende por el Orinoco, se asciende por la historia hasta llegar al paleolítico, pero entre los seres inmersos en esa primitivísima cultura encontré gentes que me han enseñado más que nadie en el mundo. Se ha convenido en llamarles salvajes porque no conocen La Divina Comedia y no saben de la existencia de Homero. Pero son hombres que en el medio en que viven y de acuerdo con las finalidades de su vida, de su supervivencia, han llegado a ser maestros en todas las disciplinas que les son necesarias: construcción, alfarería, pesca, caza, etcétera. Huelen la lluvia con dos días de anticipación, interpretan el vuelo de los pájaros, el movimiento de los animales. Tienen una música incipiente, una danza incipiente, una religión, una poesía que liga perfectamente con aquéllas. Tienen leyendas muy parecidas a la de Helena y Troya, a la del arca de Noé. Y entre esa gente hay razas fuertes y bellísimas. Conocí a una mujer que parecía una princesa egipcia. La convertí en la heroína de una novela mía, Rosario.
—Esto es una verdadera primicia. Nunca lo había comentado. —Jamás, efectivamente, había contado el origen de mi heroína.
—En 1956 publica Guerra del tiempo, tres relatos largos que acabarían siendo cinco
en 1970 y que acaso sean más en el futuro.
—En el principal de ellos, «El camino de Santiago», rindo homenaje al movimiento novelístico más importante para mí de toda la historia de la literatura universal: la picaresca española, que he estudiado en su totalidad. Deploro que no se conozca más. Incluso en España he visto mucha gente que la desconoce. Jamás ha habido en otra parte del mundo un movimiento novelístico que dure desde hace trescientos años. Arranca del Lazarillo y termina en Torres Villaroel, y pasa a América. Allí la primera novela latinoamericana Periquillo Sarmiento, de Fernández de Lizardi, es la última de la picaresca española. Con ella se realiza el enlace de las dos picarescas.
—Vamos con su obra maestra, El siglo de las luces, el libro que ha consagrado a
Alejo Carpentier a escala universal.
—Diré que es una novela que francamente me gusta, en la medida en que un autor queda satisfecho de su obra. Conseguí realizar algo que estuve mucho tiempo buscando. Desplazar el eje de un conflicto europeo hacia mi mundo, el de América, pero más especialmente al del Caribe, y afinando aún más al de La Habana. Hubo un intento de trasplantar la Revolución francesa al Caribe. Los enviados de Robespierre a la isla de Guadalupe no tuvieron mucho éxito. Hay una frase de Víctor Hugo relacionada con todo este pasaje prerrevolucionario importante: las palabras no pueden caer en el vacío, pueden fracasar los hombres, como les pasó a ellos, pero el espíritu revolucionario subsiste. Y así fue, este espíritu subsistió y desembocó en la guerra de la Independencia de América.