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HABILIDADES PARA PREDECIR LA HISTORIA PASADA

In document ¿Existe la suerte? (página 181-200)

Podemos analizar esta cuestión desde distintas perspectivas. Los expertos llaman a una

manifestación de esta denigración de la historia el

determinismo histórico. Con una mentalidad de

burbuja pensamos que seríamos capaces de saber cuándo se está haciendo historia; creemos que la gente que, por ejemplo, fue testigo de la crisis de la Bolsa de 1929 sabía en aquel momento que estaba viviendo un acontecimiento histórico

preciso y que, si estos acontecimientos se repitiesen, también sabría lo que estaba ocurriendo. Para nosotros la vida parece una película de aventuras, ya que sabemos

anticipadamente que algo importante va a ocurrir. Resulta difícil imaginar que la gente que fue testigo de la historia no sabía en ese momento lo importante que era el momento. De alguna manera, todo el respeto que pudiéramos tener por la historia no parece traducirse bien en nuestro tratamiento del presente.

Jean-Patrice, del capítulo anterior, fue súbitamente sustituido por un interesante personaje, del tipo del funcionario, que nunca había participado en

profesiones relacionadas con el azar. Simplemente fue a los colegios de funcionarios adecuados donde la gente aprende a escribir informes, y logró cierta posición de alta dirección en la institución. Como suele ser el caso en los cargos que se evalúan subjetivamente, intentó que su predecesor pareciera malo: Jean-Patrice fue descrito como descuidado y poco profesional. Lo primero que

hizo el funcionario fue ordenar un análisis formal de nuestras transacciones; concluyó que

realizábamos demasiadas transacciones e

incurríamos en grandes gastos de administración. Analizó un gran segmento de transacciones de tipos de cambio y después escribió un informe explicando que sólo cerca del 1% de estas transacciones había generado beneficios significativos y el resto había generado, o bien pérdidas, o bien pequeños beneficios. Le

sorprendió que los operadores no lograran hacer más operaciones ganadoras y menos perdedoras. Para él era evidente que teníamos que cumplir estas instrucciones de inmediato. Con sólo

duplicar las operaciones ganadoras los resultados para la institución serían increíbles. ¿Cómo es posible que ustedes, operadores que cobran un gran sueldo, no lo hayan pensado antes?

Las cosas siempre son evidentes cuando ya han ocurrido. El funcionario era una persona muy inteligente, y este error es mucho más común de lo que se podría pensar. Tiene que ver con la forma

en que nuestro cerebro procesa la información histórica. Cuando se mira al pasado, el pasado siempre será determinista, puesto que sólo se produjo una única observación. Nuestra mente interpretará la mayoría de los acontecimientos, no recordando los anteriores, sino los posteriores. Imagine que hace un examen sabiendo las respuestas. Aunque sabemos que la historia va hacia delante, resulta difícil darse cuenta de que la vemos hacia atrás. ¿Por qué es así? Analizaremos esta cuestión en el Capítulo 11, pero he aquí una posible explicación: nuestra mente no está

diseñada del todo para comprender cómo funciona el mundo sino, más bien, para

alejarnos rápidamente de los problemas y procrear. Si estuviera hecha para que

comprendiéramos las cosas, tendría una máquina que mostraría la historia pasada como en un reproductor de vídeo, con una correcta cronología, y nos ralentizaría tanto que tendríamos problemas para funcionar. Los psicólogos llaman a esta sobreestimación de lo que uno sabía en el momento en que se produjo el acontecimiento,

debido a la información posterior, el sesgo de la

retrospectiva, el efecto de «lo supe todo el

tiempo».

El funcionario calificó todas las transacciones que terminaron con pérdidas como «grandes errores», de la misma manera que los periodistas califican las decisiones que terminaron costando a un candidato político su elección un «error». Repetiré este punto hasta la saciedad: un error no es algo que se pueda determinar una vez que se ha

producido el hecho, sino a la luz de la información disponible hasta ese momento.

Un efecto más vicioso de ese sesgo de la retrospectiva es que los que son muy buenos

prediciendo el pasado pensarán que son buenos

para predecir el futuro, y confiarán en su

capacidad para hacerlo. Esta es la razón por la que acontecimientos como los del 11 de septiembre de 2001 nunca nos enseñan que vivimos en un mundo en el que los acontecimientos importantes no son predecibles: incluso el colapso de las Torres

Gemelas parece que era previsible entonces. MI SOLÓN

Tengo otra razón para estar obsesionado con la advertencia de Solón. Me retrotraigo a la misma franja de tierra del Mediterráneo Oriental donde tuvo lugar la historia. Mis antepasados

experimentaron periodos de extrema opulencia y de vergonzosa penuria en el transcurso de una única generación, con abruptas regresiones que la gente de mi entorno, que tiene la memoria de una mejora continua y constante, no cree factibles (al menos no en el momento de escribir estas líneas). Los que me rodean han tenido (hasta ahora) o bien pocos contratiempos familiares (excepto la Gran Depresión) o, por lo general, no tienen suficiente sentido de la historia como para reflexionar hacia atrás. Para la gente con mis antecedentes, greco- ortodoxos del Mediterráneo Oriental y ciudadanos romanos invadidos por orientales, era como si nuestro alma hubiera sido envuelta con el recuerdo de aquel triste día de primavera de hace

aproximadamente 500 años cuando

Constantinopla, bajo los turcos invasores, se cayó de la historia, dejándonos como súbditos perdidos de un imperio muerto, unas minorías muy

prósperas en un mundo islámico, pero con una riqueza extremadamente frágil. Además, recuerdo vividamente la imagen de mi propio

abuelo dignificado, que había sido ayudante del Primer Ministro e hijo de un ayudante del Primer Ministro (a quien nunca vi sin un traje), residiendo en un anodino apartamento en Atenas, ya que su patrimonio inmobiliario había sido volado durante la guerra civil libanesa. Dicho sea de paso, al haber experimentado los estragos de la guerra, considero que un empobrecimiento sin dignidad es mucho más duro que el peligro físico (de alguna manera, el morir con toda dignidad parece mucho más preferible que el vivir una vida de conserje, que es una de las razones por las que me disgustan más los riesgos financieros que los físicos). Estoy seguro de que Creso se preocupaba más por la pérdida de su reino que por los peligros que acechaban su vida.

Hay un aspecto importante y nada trivial del pensamiento histórico que tal vez se puede aplicar más a los mercados que a ninguna otra cosa: a diferencia de muchas ciencias «puras», la historia no se presta a experimentación. Pero, de alguna manera, en general, la historia es suficientemente potente como para dar lugar, con el tiempo, a medio-largo plazo, a la mayoría de los escenarios posibles y, al final, enterrar al malo. Al final siempre te pillan las malas transacciones, se dice con frecuencia en los mercados. Los

matemáticos especializados en probabilidad tienen para ello un nombre resultón: ergodici-dad.

Significa, a grandes rasgos, que, en determinadas condiciones, las trayectorias muéstrales muy largas terminarán pareciéndose entre sí.

Las propiedades de una trayectoria muestral muy, muy larga serán parecidas a las propiedades Montecarlo de una media de trayectorias más cortas. No se puede esperar que el conserje del Capítulo 1 que ganó la lotería vuelva a ganarla si viviera 1.000 años. Los que tuvieron mala suerte en la vida a pesar de sus habilidades terminarían

saliendo adelante. El idiota afortunado puede haber disfrutado de cierta suerte en la vida; a más largo plazo convergerá lentamente al estado de un idiota menos afortunado. Cada uno reverterá a sus propiedades en el largo plazo.

Pensamiento destilado en su PalmPilot NOTICIAS DE ÚLTIMA HORA

El periodista, mi bestia negra, apareció en este libro cuando George Will hablaba de los

resultados aleatorios. En el próximo paso ilustraré cómo mi juguete Montecarlo me enseñó a fomentar el pensamiento destilado, con lo que quiero decir el pensamiento que parte de la información que nos rodea desprovista de la bazofia sin significado que nos distrae. Porque la diferencia entre el ruido y la información, el tema de este libro (el ruido tiene más aleatoriedad) tiene una analogía: la diferencia entre el periodismo y la historia. Para ser competente, el periodista debería ver las cuestiones como un historiador, y reducir el valor

de la información que está ofreciendo, diciendo por ejemplo: «hoy el mercado subió, pero esta información no es demasiado relevante ya que la subida se debió fundamentalmente al ruido». Sin duda, perdería su trabajo por trivializar el valor de la información que tiene en sus manos. No sólo resulta difícil para el periodista pensar más como un historiador sino que, por desgracia, el

historiador se está pareciendo cada vez más a un periodista.

Para ideas, ésta: la vejez es belleza (es demasiado prematuro analizar ahora las matemáticas de esta cuestión). La posibilidad de aplicar la advertencia de Solón a una vida de aleatoriedad, en contraste con el mensaje exactamente opuesto que transmite la prevaleciente cultura empapada por los medios, refuerza mi instinto de valorar el pensamiento destilado sobre el pensamiento más nuevo, independientemente de su aparente sofisticación: otra razón más para acumular los vetustos volúmenes en mi mesilla de noche (confieso que las únicas noticias que leo en la actualidad son

las mucho más interesantes historias de cotilleo de la alta sociedad que se encuentran en Tatler,

Paris Match y Vanity Fair, además del The Fxonomist). Aparte del decoro del pensamiento

antiguo frente a la tosquedad de la tinta fresca, he pasado cierto tiempo redactando la idea en las matemáticas de los argumentos evolucionarlos y la probabilidad condicional. Porque una idea que ha sobrevivido tanto tiempo durante tantos ciclos indica su valía relativa. El ruido, al menos cierto ruido, ha sido filtrado. Matemáticamente, el progreso significa que parte de la información nueva es mejor que la información pasada, no que la media de la nueva información suplantará a la información pasada, lo que significa que es óptimo que alguien, al dudar, rechace sistemáticamente la idea, información o método nuevos. Evidente y sorprendentemente, siempre. ¿Por qué?

El argumento a favor de las «cosas nuevas» y todavía más «nuevas cosas nuevas» es el

siguiente: observe los drásticos cambios que han aparecido debido a la llegada de las nuevas

tecnologías, como el automóvil, el avión, el teléfono y el PC. La inferencia medianamente cultivada (inferencia desprovista de pensamiento probabilista) le lleva a uno a creer que todas las nuevas tecnologías e inventos revolucionaron de la misma manera nuestras vidas. Pero la respuesta no es tan evidente: aquí sólo vemos y contamos a los ganadores, excluyendo a los perdedores (es como si dijéramos que los actores y guionistas son ricos, ignorando el hecho de que la mayoría de los actores son camareros, y afortunados de serlo, ya que los guionistas menos agraciados suelen servir patatas fritas en McDonald’s). ¿Perdedores? El periódico dominical ofrece una lista de docenas de nuevas patentes de esos artículos que podrían revolucionar nuestras vidas. La gente tiende a inferir que, puesto que algunos inventos han revolucionado nuestras vidas, es bueno defender los inventos y debemos favorecer lo nuevo

sobre lo antiguo. Yo sostengo la opinión contraria. El coste de oportunidad de perderse una «nueva cosa nueva», como el avión y el automóvil, es minúsculo comparado con la toxicidad de toda la

basura que hay que aceptar para conseguir estas joyas (suponiendo que hayan aportado alguna mejora a nuestras vidas, lo que, con frecuencia, dudo).

Ahora bien, exactamente el mismo argumento se aplica a la información. El problema de la información no es que distraiga y sea, por lo general, inútil, sino que es tóxica. Analizaremos el dudoso valor de las muy frecuentes noticias con un análisis más técnico del filtrado de las señales y la frecuencia de las observaciones más adelante. Sólo diré aquí que tal respeto por el tiempo cumplido ofrece argumentos para descartar cualquier comercio con el balbuceante periodista moderno e implica una exposición mínima a los medios como principio rector de cualquiera implicado en la toma de decisiones en condiciones de incertídumbre. Si hay algo mejor que el ruido en la masa de noticias «urgentes» que nos martillea, sería como una aguja en un pajar. La gente no se da cuenta de que se paga a los medios para que consigan atraer nuestra atención. Para un

periodista, rara vez puede el silencio superar a cualquier palabra.

En las pocas ocasiones en las que me he subido al tren de las 6.42 hacia Nueva York he observado con asombro las hordas de deprimidos

trabajadores (que parecen preferir estar en otra parte) inmersos en el estudio del Wall Street

Journal, repleto de minuciosos detalles sobre

empresas que, en el momento en que escribo estas líneas, probablemente han desaparecido. Es, en efecto, difícil valorar si parecen deprimidos porque están leyendo el periódico, o si la gente deprimida tiende a leer el periódico, o si la gente que está viviendo fuera de su hábitat genético lee el periódico y parece soñolienta y deprimida. Pero, aunque al principio de mi carrera esta atención al ruido me habría ofendido

intelectualmente, puesto que habría considerado que esta información era demasiado insignificante estadísticamente como para derivar de ella ningún tipo de conclusión significativa, en la actualidad lo observo con deleite. Me encanta ver esa toma de

decisiones estúpidas a gran escala, proclive a reaccionar en exceso en sus órdenes de inversión tras el minucioso análisis; en otras palabras, en la actualidad considero que el hecho de que la gente lea ese material es un seguro para mi permanencia en el entretenido negocio de la compraventa de opciones para los engañados por el azar. (Se requiere una enorme inversión en

introspección para aprender a darse cuenta de que las 30 o más horas que se han pasado

«estudiando» las noticias durante el mes pasado no han tenido ni una capacidad de predicción durante las actividades de ese mes, ni han afectado al actual conocimiento del mundo. Este problema es parecido a la debilidad de nuestra capacidad para corregir los errores pasados: como la inscripción en un gimnasio, realizada para satisfacer nuestra resolución de Año Nuevo, la gente suele pensar que, sin duda, será el siguiente lote de noticias el que realmente marcará la diferencia en su

comprensión de las cosas.) RETORNO DE SHILLER

Gran parte de la reflexión sobre el valor negativo de la información sobre la sociedad en general fue suscitado por Robert Shiller. No sólo en los mercados financieros; pero, en general, su artículo de 1981 puede ser la primera introspección formulada matemáticamente sobre la forma en que la sociedad, en general, utiliza la información. Shiller dejó su huella con su artículo de

1981 sobre la volatilidad de los mercados en el que determinó que, si el precio de una acción es el valor estimado de «algo» (por ejemplo, los flujos de caja descontados de una empresa), entonces los precios de los mercados son demasiado volátiles respecto a las manifestaciones tangibles de dicho «algo» (utilizó como variable proxy los

dividendos). Los precios oscilan más que los fundamentales que se supone que reflejan, sobrereaccionan visiblemente al ser demasiado elevados en ciertos momentos (cuando su precio reacciona en exceso a las buenas noticias o cuando baja sin ninguna razón destacada) o demasiado bajos en otros. El diferencial de volatilidad entre los precios y la información implicaba que había

algo en las «expectativas racionales» que no funcionaba. (Los precios no reflejan racionalmente el valor a largo plazo de los títulos ya que

reaccionan en exceso en una u otra dirección.) Los mercados tenían que estar equivocados.

Entonces Shiller afirmó que los mercados no son tan eficientes como afirma la teoría financiera (los mercados eficientes significaban, por decirlo en pocas palabras, que los precios deberían

adaptarse a toda la información disponible de tal forma que son totalmente impredecibles por nosotros, los humanos, e impiden que la gente obtenga beneficios). Esta conclusión disparó las peticiones de las órdenes religiosas de las altas finanzas para que se destruyera al infiel que había cometido tal apostasía. Resulta interesante, y por alguna extraña coincidencia, que se trate del mismo Shiller que fue derrotado por George Will hace tan sólo un capítulo.

La principal crítica contra Shiller vino de Robert C. Merton. Los ataques eran meramente

metodológicos (el análisis de Shiller era

extremadamente burdo; por ejemplo, el hecho de que utilizara los dividendos en vez de los

beneficios constituía una gran debilidad). Merton también estaba defendiendo la postura oficial de la teoría financiera por la que los mercados tienen que ser eficientes y no pueden, de ninguna manera, ofrecer oportunidades en bandeja de plata.

Sin embargo, el mismo Robert C. Merton se presentó posteriormente a sí mismo como el «socio fundador» de un fondo de cobertura que pretendía aprovechar las ineficiencias del

mercado. Dejando aparte el hecho de que el fondo de cobertura de Merton fracasara bastante

espectacularmente por el problema del cisne

negro (con una negación característica), su

«fundación» de semejante fondo de cobertura exige, implícitamente, que está de acuerdo con Shiller sobre la ineficiencia del mercado. ¡El defensor de los dogmas de las finanzas modernas y los mercados eficientes creó un fondo que se aprovechaba de las ineficiencias del mercado! Es como si el Papa se convirtiera al Islam. .

Las cosas no están mejorando en absoluto en la actualidad. En el momento de escribir estas líneas, los distribuidores de noticias están ofreciendo todo tipo de actualizaciones, «noticias de última hora» que se entregan electrónicamente sin cables. El coeficiente de información sin destilar sobre la destilada está aumentando, saturando los

mercados. Los mensajes de los mayores no tienen por qué sernos entregados como noticias

inminentes.

Esto no significa que todos los periodistas sean distribuidores de noticias engañados por el azar: hay montones de periodistas reflexivos en el negocio (sugeriría a Anatole Kaletsky de Londres y a James Grant y Alan Abelson de Nueva York como los inapreciados representantes de esta clase entre los periodistas financieros; Gary Stix entre los periodistas científicos); es sólo que el prominente periodismo mediático es un proceso irreflexivo que proporciona ruido que puede capturar la atención de la gente y no existe ningún mecanismo para distinguir entre ambos. De hecho,

se suele penalizar a los periodistas inteligentes. Como el abogado del Capítulo 11 al que no le importa la verdad, sino los argumentos que pueden convencer a un jurado cuyos defectos intelectuales conoce íntimamente, el periodismo se inclina por aquello que puede capturar nuestra atención, con graznidos adecuados. De nuevo, mis eruditos amigos se preguntarán por qué me exalto afirmando cosas evidentes sobre los

periodistas; el problema de mi profesión es que dependemos de ellos para obtener la información que necesitamos.

GERONTOCRAC1A

Una preferencia por el pensamiento destilado implica el favorecer a los inversores y operadores viejos, es decir, a los inversores que han sido

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