También me sorprendió el hecho de que, a pesar de la agresiva advertencia del libro contra el periodismo, fui invitado a programas de radio y televisión tanto en Norteamérica como en Europa (incluyendo un hilarante «diálogo de besugos» en una emisora de radio durante el cual el
entrevistador y yo mismo tuvimos dos
conversaciones en paralelo). Nadie me protege de mí mismo, y acepté las entrevistas. Es extraño, pero es necesario recurrir a la prensa para
divulgar el mensaje de que la prensa es tóxica. Me sentí como un impostor con insulsos eslóganes pero me divertí haciéndolo.
Tal vez me invitaron porque los entrevistadores de los principales medios no habían leído mi libro o no habían comprendido los insultos (no «tienen tiempo» para leer libros) y los que trabajan sin ánimo de lucro lo leyeron demasiado bien y se sintieron reivindicados por el libro. Tengo unas cuantas anécdotas: un famoso programa de televisión oyó que «este tipo, Taleb, piensa que los analistas bursátiles son meros presentadores elegidos al azar» por lo que parecían muy
entusiasmados con que les presentara mis ideas en el programa. Sin embargo, su condición era que tenía que ofrecer tres recomendaciones de acciones para demostrar mi «pericia». No fui al programa, y perdí la oportunidad de un gran engaño analizando tres acciones elegidas al azar y creando una explicación bien sonante sobre mi elección.
En otro programa de televisión mencioné que «la gente piensa que hay una historia cuando no hay ninguna» cuando estaba analizando el carácter aleatorio de la Bolsa y la lógica a posteriori que
uno siempre da de los acontecimientos una vez que se han producido. El moderador interrumpió de inmediato: «ha habido una noticia sobre Cisco esta mañana. ¿Podría hacer algún comentario al
respecto?» La mejor: me invitaron a un programa de radio sobre asuntos financieros de una hora de duración (no habían leído el Capítulo 11) y me dijeron pocos minutos antes de que empezara el programa que no debía comentar las ideas del libro porque se me había invitado a comentar la Bolsa y no el azar (otra oportunidad más para engañarles, sin duda, pero no estaba preparado en absoluto y me fui antes de que empezara el programa).
La mayoría de los periodistas no se toma las cosas demasiado en serio: al fin y al cabo, este negocio del periodismo es puro entretenimiento, y no una búsqueda de la verdad, sobre todo cuando se trata de radio y televisión. El truco consiste en
mantenerse alejado de aquellos que no parecen ser conscientes de ser meros entretenedores (como George Will, que aparece en el Capítulo 2) y
piensan, realmente, que son pensadores.
Otro problema fue la interpretación del mensaje en los medios: este tipo, Nas-sim, cree que los
mercados son aleatorios y, por tanto, que tienden
a la baja, lo que me convirtió en portador
involuntario de mensajes catastrofistas. Los «cisnes negros», esas inesperadas y claras
desviaciones, pueden ser acontecimientos buenos y malos.
Sin embargo, el periodismo de los medios es menos estándar de lo que parece; atrae a un significativo segmento de gente reflexiva que se las arregla para mantenerse al margen del sistema comercial de eslóganes y se preocupa
realmente sobre el mensaje y no de atraer al público. Una ingenua observación de mis conversaciones con Ojo Anandi (NPR), Robin Lustig (BBC), Robert Sculley (PBS) y Brian Lehrer (WNYC) es que los periodistas sin ánimo de lucro son otra especie intelectual aparte. Por casualidad, la calidad de sus conversaciones está
inversamente relacionada con el lujo de los estudios: la emisora WNYC, donde sentí que Brian Lehrer estaba haciendo ímprobos esfuerzos por profundizar en mis argumentos, funciona desde la oficina más mísera que jamás haya visto a este lado de Kazakistán.
Un último comentario sobre el estilo. He decidido mantener el estilo de este libro tan idiosincrásico como lo era en la primera edición. Homo sum, bueno y malo. Soy falible y no veo razón alguna para ocultar mis fallos menores que forman parte de mi personalidad, de la misma forma que no tengo necesidad de ponerme una peluca cuando me van a sacar una foto o pedir prestada la nariz de otra persona cuando voy a enseñar la cara. Casi todos los editores que leyeron el borrador
recomendaron cambios en el estilo de las frases (para «mejorar» el estilo) y en la estructura del texto (en la organización de los capítulos);
ignoré casi todas esas recomendaciones y descubrí que ninguno de los lectores las consideraba
personalidad del autor (y sus imperfecciones) alivia el texto. ¿Padece la industria editorial del clásico «problema del experto» con la creación de reglas que no tienen ninguna validez empírica? 100.000 lectores más tarde estoy descubriendo que los libros no se escriben para los editores.
RESUMENES DE LOS CAPÍTULOS 4-
Uno: Si eres tan rico, ¿por qué no eres tan listo?
Una ilustración del efecto del azar sobre la jerarquía social y los celos, utilizando dos personajes con actitudes opuestas. Sobre el oculto suceso raro. Cómo pueden cambiar las cosas en la vida moderna con relativa rapidez excepto, tal vez, en la odontología.
Dos: Un extraño método contable
Sobre historias alternativas, una visión probabilista del mundo, el fraude intelectual y la sabiduría aleatoria de un francés con costumbres fijas para bañarse. Cómo se enseña a los periodistas a que no comprendan el azar de una serie de sucesos. Cuidado con la sabiduría ajena: cómo casi todas las grandes ideas sobre el azar son contrarias a la sabiduría convencional. Sobre la diferencia entre lo
correcto y lo inteligible.
Tres: Una meditación matemática sobre la historia
Sobre la simulación Montecarlo como metáfora para comprender una secuencia de sucesos históricos aleatorios. Sobre el azar y la historia artificial. La vejez es belleza, casi siempre, y lo nuevo y lo joven suelen ser tóxicos. Envíe a su profesor de historia a una clase de introducción a la teoría del muestreo.
Cuatro: Azar, sinsentidos y el intelecto científico
Sobre la ampliación del generador Montecarlo para producir un pensamiento artificial y compararlo con rigurosas construcciones no aleatorias. La guerra de las ciencias llega al mundo empresarial. Por qué al esteta que llevo dentro le encanta ser engañado por el azar.
Cinco: Supervivencia del menos apto: ¿puede el azar engañar a la evolución?
Un caso de estudio de dos sucesos raros. Sobre los sucesos raros y la evolución. De cómo el «darvinismo» y la evolución son conceptos malentendidos en el mundo no biológico. La vida no es continua. De cómo la evolución será engañada por el azar. Una preparación al problema de la inducción.
Seis: Asimetría
Introducimos el concepto de asimetría: por qué los términos «toro» y «oso» tienen un significado limitado fuera de la zoología. Un niño travieso destroza la estructura del azar. Una introducción al problema de la opacidad epistémica. El penúltimo paso antes del problema de la inducción.
Siete: El problema de la inducción
Sobre la cromodinámica de los cisnes. Llevamos la advertencia de Solón a cierto territorio filosófico. Cómo me enseñó empirismo Victor Niederhoffer; yo añadí la deducción. Por qué no es científico tomarse la ciencia en serio. Soros promueve a Popper. Aquella librería de la esquina entre la Calle 21 y la Quinta Avenida. La apuesta de Pascal.
Ocho: Hay demasiados millonarios en la puerta de al lado
Tres ilustraciones del sesgo de la supervivencia. Por qué no deberían vivir muchas personas en Park Avenue. El millonario de al lado tiene ropa muy ligera. Una muchedumbre de expertos.
Nueve: Es más fácil comprar y vender que freír un huevo
Algunas ampliaciones técnicas del sesgo de la supervivencia. Sobre la distribución de las «coincidencias» en la vida. Es preferible tener suerte que ser competente (pero le pueden pillar). La paradoja del cumpleaños. Más charlatanes (y más periodistas). Cómo el investigador con ética laboral puede encontrar lo que quiera en los datos. Sobre los perros que no ladran.
Diez: El perdedor se lo lleva todo: sobre las no linealidades de la vida
La viciosidad no lineal de la vida. Mudándose a Bel Air y adquiriendo los vicios de los ricos y lamosos. Por qué Bill Gates de Microsoft puede no ser el mejor en su negocio (pero, por favor, no se lo digan). Qué pasa si no se da de comer a los burros.
Once: El azar y nuestro cerebro: estamos cegados por la probabilidad
Sobre la dificultad de pensar en sus vacaciones como una combinación lineal de París y Bahamas. Puede que Nero Tulip no vuelva a esquiar en los Alpes jamás. No pregunte demasiado a los burócratas. Un cerebro fabricado en Brooklyn. Necesitamos a Napoleón. Los científicos hacen una reverencia ante el Rey de Suecia. Un poco más sobre la contaminación periodística. Por qué puede que esté muerto ahora.
Sobre los tics de jugador que me abruman a diario. Por qué un mal inglés de taxista puede ayudarle a ganar dinero. Por qué soy el más engañado de todos los engañados, salvo que soy
consciente de ello. Cómo vivir con mi falta de ajuste genético. No hay cajas de bombones debajo de la mesa de mi despacho.
Trece: Carnéades llega a Roma: sobre la probabilidad y el escepticismo
Cato el censor expulsa a Carnéades. Monsieur de Norpois no se acuerda de sus antiguas opiniones. Cuidado con el científico. Casarse con las ideas. El mismo Robert Merton ayuda al autor a poner en marcha su empresa. La ciencia evoluciona de funeral en funeral.
Catorce: Baco abandona a Antonio
La muerte de Montherlant. El estoicismo no consiste en morderse el labio superior, sino la ilusión de la victoria del hombre contra el azar. Es tan fácil ser heroico. El azar y la elegancia personal.
Mezquitas en las nubes
Este libro trata de la suerte, disfrazada y percibida como no suerte, (es decir, habilidades) y, en general, del azar disfrazado y percibido como no azar (es decir, como determinismo). Se manifiesta en la forma del tonto con suerte, definido como una persona que se beneficia de una parte
desproporcionada de suerte pero atribuye su éxito a otra razón, por lo general muy precisa. Esta confusión surge en las áreas más inesperadas, incluso la ciencia, pero no de forma tan acentuada y evidente como en el mundo de los negocios. Es endémica en la política, como se puede ver en la forma del discurso del presidente de un país sobre los puestos de trabajo que «él» ha creado, «su» recuperación y la inflación de «su predecesor». Seguimos muy cerca de nuestros antepasados que recorrían la sabana. La formación de nuestras creencias está llena de supersticiones, incluso hoy en día (debería decir, especialmente hoy en día). De la misma forma que un día un hombre de una
tribu primitiva se rascó la nariz, vio llover, y desarrolló un método elaborado para rascarse la nariz y atraer la muy necesitada lluvia,
relacionamos la prosperidad económica con algún tipo de recorte de tipos de interés de la Reserva Federal, o el éxito de una empresa con el
nombramiento de un nuevo presidente «al mando». Las librerías están llenas de biografías de hombres y mujeres de éxito que presentan su específica explicación de cómo lo lograron en la
vida (tenemos una expresión, «estar en el sitio adecuado en el momento adecuado» para debilitar cualquier conclusión que se pueda inferir de dichas explicaciones).
Esta confusión afecta a gente de distintas
convicciones; el profesor de literatura otorga un profundo significado a un orden meramente coincidente de las palabras, mientras que el economista detecta con orgullo «irregularidades» y «anomalías» en datos que son puramente
Aún a riesgo de parecer sesgado, tengo que decir que la mente literaria puede ser intencionalmente propensa a confundir ruido y significado, es decir, a confundir un orden aleatorio y un mensaje con un objetivo preciso. Sin embargo, no es algo
excesivamente dañino; hay pocos que afirmen que el arte es una herramienta de investigación de la Verdad, más que un intento de escapar de ella o hacerla más digerible. El simbolismo es el hijo de nuestra incapacidad y nuestra falta de voluntad de aceptar el azar; otorgamos significado a cualquier cosa; vemos figuras humanas en manchas de tinta.
He visto mezquitas en las nubes anunció Arthur
Rimbaud, el poeta simbólico de la Francia decimonónica. Esta interpretación le llevó a la «poética» Abysinia, (en el África oriental), donde fue objeto de abusos de un traficante de esclavos libio-cristiano, contrajo la sífilis y perdió una pierna por culpa de la gangrena. Abandonó la poesía a los 19 años y murió anónimamente en un hospital de Marsella cuando todavía rondaba la treintena. Pero era demasiado tarde. La vida intelectual europea desarrolló lo que parece un
gusto irreversible por el simbolismo: todavía estamos pagando el precio, con el psicoanálisis y otras modas.
Por desgracia, alguna gente se toma el juego demasiado en serio; se les paga por leer
demasiadas cosas. Toda mi vida he padecido el conflicto entre mi amor por la literatura y la poesía y mi profunda alergia a la mayoría de los
profesores de literatura y a la mayoría de los «críticos». El pensador y poeta francés
Paul Valery se sorprendió al oír comentarios sobre sus poemas que encontraban significados que le habían escapado a él mismo hasta entonces (por supuesto, se le dijo que estos significados habían sido dictados por su subconsciente).
En términos más generales, subestimamos la proporción de azar en casi todo, algo que tal vez no merezca que se escriba un libro al respecto, excepto cuando es el especialista el más tonto de los tontos. Algo que resulta perturbador es que la ciencia sólo ha sido capaz de analizar el azar
recientemente (el crecimiento de la información disponible sólo se ha visto superado por el crecimiento del ruido). La teoría sobre la probabilidad es una recién llegada a las matemáticas; la probabilidad aplicada a la práctica es una disciplina casi
inexistente. Además, parece que tenemos pruebas de que lo que se llama «valor» viene de una subestimación de la parte que desempeña el azar en las cosas, más que de la capacidad más noble de dar la cara por determinada creencia. En mi propia experiencia, (y en la literatura científica) los agentes económicos que «asumen riesgos» son más bien las víctimas de ilusiones (que llevan a un exceso de optimismo y de confianza porque
subestiman los posibles resultados adversos) y no lo contrario. Su «aceptación de los riesgos» suele ser una estupidez aleatoria.
Observe las columnas de la izquierda y de la derecha en la Tabla P.l. La mejor forma de resumir las principales tesis de este libro es que aborda situaciones (muchas tragicómicas) donde se
confunde la columna izquierda por la columna de la derecha. Las subsecciones también indican las áreas clave del debate en las que se basará el libro.
El lector puede preguntarse si el caso contrario no merece cierta atención, es decir, situaciones en las que se confunde la ausencia de azar con el azar. ¿No deberíamos ocuparnos de ver situaciones en las que los patrones y los mensajes pueden haber sido ignorados? Tengo dos respuestas. Primera, no me preocupa en exceso la existencia de patrones no detectados. Hemos estado leyendo largos y complejos mensajes sobre cualquier manifestación de la naturaleza que presente irregularidades (como la palma de la mano, los residuos en el fondo de una taza de café turco, etcétera).
Armados de super PCs y procesadores, y ayudados por las teorías de la complejidad y el «caos», los científicos, semi-cien-tíficos y seudo-científicos serán capaces de encontrar auténticos portentos. Segunda, tenemos que tener en cuenta los costes de los errores; en mi opinión, el confundir la columna
de la derecha por la columna de la izquierda no es un error tan caro como un error en la dirección contraria. Incluso la opinión popular advierte que la mala información es peor que no tener
información en absoluto. ,
Sin embargo, por interesantes que puedan ser estas cuestiones, su análisis sería una tarea inmensa. Hay un mundo en el que creo que la costumbre de confundir la suerte por las habilidades es muy predominante, y muy llamativa, y es el mundo de los mercados. Por suerte o por desgracia, es el mundo en el que he trabajado la mayor parte de mi vida adulta. Es lo que mejor conozco. Además, la vida económica presenta el mejor laboratorio (y el más entretenido) para comprender estas
diferencias. Porque es el campo de la actividad humana donde hay mayor confusión y donde sus efectos son más perniciosos. Por ejemplo, solemos tener la errónea impresión de que una estrategia es una excelente estrategia, o que un empresario es una persona dotada con una «visión», o que un operador es un operador con mucho talento, sólo
para darnos cuenta en el 99,9% de las ocasiones que su rendimiento anterior es atribuible a la suerte, y sólo a la suerte. Pregúntele a un inversor de éxito que explique las razones de su éxito; ofrecerá una profunda y convincente interpretación de los resultados. Con frecuencia, estas ilusiones son intencionadas y merecen ser descritas
como «charlatanería».
Tabla P.l Tabla de confusiones
Presentación de las principales distinciones de este libro
Suerte Azar Probabilidad Creencia, conjetura Teoría Anécdota, coincidencia Previsión GENERAL Habilidades Determinismo Certeza Conocimiento, certidumbre Realidad Causalidad, ley Profecía
RENDIMIENTO DEL MERCADO Idiota con suerte Inversor habilidoso
Sesgo de la supervivencia Rendimiento superior al del mercado
Volatilidad Variable estocástica
FINANZAS
Rendimiento (o desviación) Variable determinista
Ruido FÍSICA E INGENIERÍA Señal