“Los locos abren caminos que más tarde recorren los sabios.”
Los avances aportados en los últimos años, principalmente por la física cuántica y las nuevas tecnologías, echan por tierra definitivamente el viejo paradigma de la ciencia mecanicista de Newton, que desde el siglo XVII se asienta en creer que el Universo está regido por una sucesión de causas y efectos, y la afirmación de Descartes de: “Pienso, luego existo”.
Sin embargo y a pesar de todas estas nuevas investigaciones, nos sigue cos- tando trabajo aceptar nuevas teorías, quizás porque nos asuste alejarnos del sistema establecido por la comunidad científica desde entonces, y preferimos dejar que nuestra mente siga trabajando a partir de estos parámetros y “eti- quetas”, aunque esto conlleve el que nos sintamos subyugados y limitados exclusivamente al análisis y método de trabajo del hemisferio izquierdo, sin contar con toda la información y conocimiento que nos puede aportar el he- misferio derecho y aprovechar la sinergia de los dos para conseguir nuestro máximo desarrollo, tanto a nivel personal como social y espiritual.
Todavía siguen existiendo muchos prejuicios sobre todo tipo de cosas que la ciencia no puede ordenar, experimentar y testear repetidamente para demostrar con pruebas irrefutables que realmente es como se dice que es. Numerosos científicos e investigadores no se atreven a exponer algunas de sus conclusiones por miedo a que esto pueda suscitar un escándalo de connotaciones internacionales y que, tanto los organismos oficiales como los colectivos de trabajo a los que pertenecen, además de la prensa, pue- dan ensañarse con ellos haciendo descalificaciones de manera gratuita y organizando un boicot cada vez que sale una nueva teoría o propuesta de salud integral sin ni siquiera antes haberse enterado a profundidad sobre qué bases y estudios se asienta.
Lamentablemente a diario vemos cómo se arrincona y ridiculiza a muchas personas, que siendo miembros respetados y valorados por sus comunida- des, en el momento que han realizado una serie de afirmaciones sobre una tendencia que se sale de los patrones establecidos, se les ha puesto en las listas de “problemáticos”, “locos”, “desquiciados” o “conflictivos”, viendo cómo este cambio de actitud y rechazo del grupo hacia ellos ha generado en numerosas ocasiones, grandes depresiones, desequilibrios familiares y hasta la ruina económica y desprecio en algunos de estos investigadores,
que a veces –sometidos a demasiada presión social– han decidido retractar- se de las afirmaciones que habían realizado con anterioridad para dejar en un rincón sus trabajos de investigación de tantos años de esfuerzo.
Casos como el de Robert Goddard –el padre de los cohetes espaciales- vi- sionario que se adelantó mucho a su época lanzando el primer cohete de combustible líquido en el mundo en 1926 y fue ridiculizado por sus teorías de viajar en cohete por el espacio, podemos encontrar lamentablemente a lo largo de toda la historia de la humanidad. El 16 de Julio de 1969, el mun- do entero veía con asombro por televisión como Neil Armstrong salía del Apolo 11 y era el primer ser humano que ponía un pie en la Luna, gracias a las teorías de éste supuesto “chiflado” que la Ciencia criticó y con el que se ensañó 33 años antes.
Una prueba de ello la tenemos en la década de los años 70’s, cuando un grupo de casi 200 científicos, entre los cuales se encontraban algunos pre- mios Nobel, firmaron un manifiesto en el que afirmaban que la astrología no tenía ninguna base científica. Un inquieto periodista trató de entrevistar a alguno de ellos y después de las primeras respuestas bastante incoheren- tes que le dieron, sintió la necesidad de tratar de contactar con todos los componentes de esa lista para que le hablaran de las bases científicas de las que habían partido para hacer tales afirmaciones. Lo sorprendente y real- mente lamentable del caso, es que todos se negaron a tener esa entrevista alegando que no tenían suficientes conocimientos sobre ello para hablar. La noticia publicada sobre esta anécdota levantó un gran revuelo en toda la comunidad científica, porque dejaba al descubierto los prejuicios que estas personas tenían sobre la astrología sin saber realmente cuáles eran los principios por los que se regía y sin haberse detenido nunca a investigar sobre ello, antes de realizar un dictamen.
Es lamentable que en muchos casos la Ciencia Oficial rechace absolutamente todo lo que no entra dentro del campo de lo convencional, sistematizando que todo aquello que no es susceptible de dar el mismo resultado después de estar sometido a varias pruebas repetidas, no es válido ni aceptable. En demasiadas ocasiones las nuevas aportaciones e investigaciones de algunos valientes pioneros en sus diversas ramas y especialidades, ha servido y sirve de mofa y escarnio de algunos colectivos demasiado radicalizados y anqui- losados en sus ideas preconcebidas de las cosas. Hay un refrán español que dice: “Difama, que algo queda”. Por desgracia hay personas que hacen de este lema una cruzada en su vida, y son tan intolerantes y atrevidos que se permiten hacer comentarios destructivos de investigaciones y materias que ni siquiera conocen. No hablemos ya de aquellos que en una línea to- talmente conservadora y estricta, siguen los pasos que tomó la Inquisición
en su momento cuando creyendo obrar desde “su verdad” y las creencias establecidas en su momento, torturaban a esquizofrénicos y epilépticos pensando que eran personas poseídas por el demonio.
¿Cuántos años o siglos más deberán pasar para admitir que leyes como las de Newton o Descartes, estaban limitadas?, ¿por qué existe tanto miedo a escuchar las conclusiones de las nuevas investigaciones? Ya va siendo hora de estar abiertos a un nuevo paradigma que nos permita quitarnos las orejeras de la tozudez, la venda de la inflexibilidad y la mordaza de la sinrazón. Si hacemos un pequeño repaso a hitos de quienes han sido los protago- nistas de la historia en la investigación y avances de la ciencia, veremos que gran parte de los pioneros fueron –cuando menos– ridiculizados por sus compañeros y rechazados totalmente en un primer momento todos sus planteamientos teóricos o investigaciones que llevaban a cabo.
Galeno (129 al 216) ya demostró que las arterias no portaban aire sino san- gre. Muchos siglos más tarde, el español Miguel Servet fue quemado por descubrir la circulación de la sangre y tuvieron que pasar tres siglos más para que su descubrimiento fuera reconocido.
Paracelso (1493–1541). Por su ideología y enfoque que daba sobre la medici- na, fue denunciado y expulsado de la universidad en la que impartía clases, y a partir de entonces y hasta su muerte, se pasó la vida errante siendo re- chazado por todo el mundo. Muchos años más tarde sus ideas consiguieron revolucionar la visualización que hasta entonces se tenía de la medicina. Copérnico planteó que no era el Sol y los planetas los que giraban alrededor de la Tierra, sino al contrario. La reacción de la ciencia fue desacreditarlo de manera inmediata, terminando su vida en 1543 marginado por parte de los
sabios y maestros del conocimiento de la época. Sin embargo su obra Teoría
heliocéntrica fue la base y los cimientos de todos los escritos que se publica- ron después, de autores como Galileo, Brahe, Kepler, Newton, Eistein… A pesar de que Aristóteles, en el siglo IV a.C. había elaborado una teoría astronómica basada en la esfericidad del mundo y más tarde en el siglo II, el geógrafo y matemático Tolomeo reforzaba lo mismo con sus observacio- nes, tuvieron que pasar muchos siglos hasta que Cristóbal Colón descubrió las Américas para admitir que la Tierra era redonda.
A Galileo en 1610 se le persiguió y fue procesado por la Inquisición por co- mentar que la Vía Láctea era como un enjambre de estrellas y que Júpiter tenía lunas a su alrededor.
Años antes, en 1530, ya había sido quemado Giordano Bruno por las mis- mas razones, y aún antes de eso, en 1431 Juana de Arco fue quemada en la
hoguera bajo la acusación de brujería, para después ser canonizada como santa en el año 1920.
En la Edad Media a los enfermos de epilepsia se les creía endemoniados y se les quemaba en hogueras o se les encerraba en mazmorras; más tarde se les recluía en hospitales junto a histéricos, paranoicos, esquizofrénicos, et- cétera, y a todos ellos se les encadenaba alegando que estaban locos y eran peligrosos, sin prestarles mayor atención médica ni psicológica. Hubo que esperar hasta finales del siglo XVIII para que llegara el doctor Philip Pinel y ordenara que se les quitaran las cadenas y los trataran como enfermos. Las afirmaciones de Mesmer sobre los fluidos del cuerpo humano similares a los del espacio y su teoría del magnetismo animal, fue rechazada sucesi- vamente por dos comités de científicos y sabios que se creó en su momento en Francia para tal fin; años más tarde, tras su desprestigio y después de su muerte, otro comité de éstos afirmó que su trabajo tenía realmente un interés científico.
Ante la invención de Benjamín Franklin del pararrayos, la crítica argumentó que “si Dios decide castigar al mundo, quién eres tú para impedírselo”. Esta era la palabra de los sabios del pueblo.
El médico húngaro, Philippe Semmelweis, comenzó a observar en el hos- pital en el que trabajaba, que una de cada tres mujeres que tenía allí un parto moría de fiebre en los días posteriores al mismo y pensó que quizás el origen de todo ello podría ser porque en muchas ocasiones los médicos y estudiantes de medicina que atendían los alumbramientos, venían directa- mente del pabellón de anatomía donde previamente habían diseccionado cadáveres y atendían el nacimiento con esas manos sucias. Descubrió así el carácter infeccioso de la fiebre puerperal; entonces obligó a los médicos a que se lavaran las manos con solución de hipoclorito cálcico antes de la in- tervención a sus pacientes, y la mortalidad bajó del 12.24 al 2.38 por ciento, demostrando así la importancia de la asepsia –la ausencia de gérmenes– en los partos.
Sin embargo, la consecuencia de su descubrimiento fue que lo despidieran del hospital y fue ridiculizado por sus colegas. Murió casi loco antes de que Pasteur y Lister publicaran científicamente lo que él descubrió de manera empírica.
El australiano John F. Cade, en el año 1949, demostró la efectividad del litio en los trastornos maniaco-depresivos, siendo sus estudios el punto de arranque del actual arsenal farmacológico, dentro del campo de los trastor- nos afectivos. De hecho, aún en la actualidad, las sales de litio siguen sien- do la primera elección de tratamiento farmacológico para pacientes con
trastorno bipolar. Sin embargo, tuvieron que pasar 25 años –año 1974– para que sus estudios fueran aprobados y aceptados por la medicina.
En los años 80’s se ridiculizó en congresos científicos el descubrimiento de que las úlceras se desarrollaban como resultado de una infección por una bacteria llamada Helicobacter Pylori (H. Pylori), y podían tratarse con anti- bióticos; tuvieron que pasar otros diez años para que esto fuera aceptado y en la actualidad, la medicina moderna ya considera que el 80 por ciento de las úlceras de estómago y el 90 por ciento de las úlceras de duodeno, tienen este origen.
¿Se acuerda cuántos años hubo que esperar para que fueran admitidas las teorías de Einstein?
La homosexualidad, hasta el año 1973, estuvo considerada como una en- fermedad mental y así era reconocida por la Asociación Americana de Psi- quiatría; hasta el año 1990 la Organización Mundial de la Salud la tenía en su lista de enfermedades mentales y como tal era tratada –entre otras cosas–, con técnicas de desensibilización sistemática y electroshock. Hoy en día todavía hay psiquiatras que abanderan esta idea y tratan a sus pacien- tes desde este enfoque terapéutico.
En el siglo V antes de Cristo, los griegos ya hablaban sobre la idea de que toda la materia podía estar compuesta de unidades indivisibles o átomos, pero tuvimos que esperar hasta mediados del siglo XIX para que la ciencia lo aceptara con la culminación de la Teoría Celular de Schleiden y Schwann. Estos personajes y su problemática relación con el “Sistema”, son sólo una pequeña muestra de los giros y opiniones que las instituciones científicas han dado a lo largo de la historia, y cómo las nuevas investigaciones y des- cubrimientos han cambiado por completo lo que años antes se pensaba y aseveraba que era la “verdad”.
El sólo hecho de hacer un breve repaso por los innumerables episodios de la historia que muestran lo ciega que estaba la comunidad científica en ca- da uno de esos momentos, nos debería llevar a mostrar una actitud mucho más tolerante, transigente y comprensiva por cualquier investigación que multitud de grupos están realizando en diferentes partes del mundo sin tomar una postura cerrada, radical y poco tolerante ante cualquier nueva línea de trabajo que se sale de los estándares reconocidos y aceptados. La toma de conciencia de tantos errores que cometimos a lo largo de la histo- ria, debería hacernos más humildes, detenernos un instante y reflexionar si queremos seguir cometiendo los mismos fallos y ser juzgados en un futuro como viejos obstinados con la venda en los ojos, del mismo modo que ya lo fueron nuestros antepasados.
Con esto no digo que sea innecesario que exista un punto de vista científico más riguroso –al cual apoyo– que busque el máximo de garantías para esta- blecer lo que es o no es, dentro de nuestras limitaciones que, como vemos, son muchas y a diario. Simplemente, invito a todo el equipo científico para que se permita el beneficio de la duda y estar abiertos a escuchar nuevas posibilidades y enfoques que sirvan a todos para seguir avanzando en el misterioso mundo de nuestra existencia.
Si afortunadamente hace años que aquel lamentable “Muro de Berlín” ca- yó a pesar de la solidez que tenía y fue algo muy positivo para el mundo entero, permitamos entonces que también caiga el muro del cerramiento y la tozudez del orgullo, del ego que todo lo acapara, nos ciega y nos hace creer estar en posesión de la verdad. Dejemos eso atrás, seamos más tole- rantes, dialoguemos y avancemos todos unidos en una sola dirección que sea por el bien de la humanidad sin necesidad de buscar méritos personales de quién hizo más que el otro; sencillamente, hagamos como decía el re- cién fallecido Owen Chamberlain cuando le entregaron en 1959 el Premio Nobel de Física por el descubrimiento del Antiprotón: “Lo máximo que un científico puede desear y a su vez hacer, es ayudar a poner algunos ladrillos en el edificio construido que llamamos conocimiento científico”. Sigamos su ejemplo y hagamos un planteamiento cada uno de nuestra semillita de la colaboración para que veamos nacer y crecer árboles hermosos y sólidos, con raíces fuertes y seguras y ramas altas y tupidas en un mundo mejor, más solidario, más amoroso, más fraternal y lleno de mentes dispuestas a escuchar y aprender cada día algo nuevo de todos los que nos rodean. No nos dejemos cegar por la luz artificial de la prepotencia y la vanidad, no dejemos que se agote nunca nuestra creatividad y la capacidad de sorpren- dernos y maravillarnos a diario por algo nuevo. Hay millones de cosas her- mosas por las que tiene sentido el que estemos aquí y nuestro compromiso como terapeutas es apoyar a todos los que quieran vivir en un mundo más feliz y saludable. Enseñémosles a caminar en él.
Son unas técnicas psicológicas utilizadas desde hace más de tres mil años por multitud de culturas, tanto orientales como occidentales y avaladas ca- da vez más por los avances en la investigación de la ciencia actual –psicolo- gía humanística, psicología transpersonal, física, neurobiología, medicina, psicofisiología–, que sin centrarse en exposiciones de tipo racionalista ni materialista y sin hacer descripciones nosológicas, intentan profundizar y escuchar los trasfondos de la mente con una actitud abierta, con tolerancia y predisposición para observar al ser humano desde otro ángulo de con- ciencia, y poder así comprender y solucionar conflictos que, habiéndose intentado a través de otro tipo de terapias más convencionales, no han tenido la respuesta esperada.
El objetivo de la Terapia Regresiva Reconstructiva es que la mente de la persona retroceda en el tiempo para localizar información –problemas o resistencias– del pasado que quedó guardada en el inconsciente sin haber podido ser entendida ni expresadas las emociones que éstas a su vez gene- raron, y dejar que afloren aquellas situaciones reviviéndolas nuevamente para entender cómo, frente a diversos impactos emocionales dolorosos, el embrión, feto, bebé o niño, tuvo que aprender una serie de patrones de conducta para poder sobrevivir, reconocer cada uno de ellos y darse cuenta de cómo se convirtieron en creencias inconscientes que han ido generan- do a lo largo del tiempo un desequilibrio interno a través de una continua tensión física y una carga patológica que han desarrollado unos núcleos en- fermizos, causantes de su malestar actual y que lo mantienen atado a una estructura rígida de su personalidad (episodios traumáticos no resueltos). Para trabajar correctamente con la TRR es necesario conseguir un grado óptimo de relajación, pasando a un estado de ondas cerebrales Theta en el que existe un alto grado de emotividad, idóneo para provocar la libre aso- ciación del inconsciente y a través de él potenciar la abreacción o catarsis. Así, con esta liberación emocional, afloran los sentimientos.
Este puente entre la emoción y el sentimiento facilita la comprensión y el entendimiento de lo que está pasando; gracias a ello el sujeto toma con- ciencia, acepta y entiende, que si bien estos patrones le han permitido con- tinuar viviendo, no ha sido de la manera más adecuada para su equilibrio
emocional, y ahora tiene la oportunidad de empezar a cambiar estas con- ductas inhibitorias. La emoción incluye tanto las sensaciones físicas en de- terminadas zonas anatómicas en forma de presión, dolor punzante, nudo, ahogo, etcétera, como las sensaciones o experiencias mentales que llama- mos sentimientos, como el bienestar, el miedo, el placer o el rechazo. Los sentimientos son las emociones hechas de manera consciente y por esto es lógico que sea la búsqueda de ellas lo que nos abra la puerta al proceso de la Terapia Regresiva Reconstructiva.
Todos hemos experimentado cómo luego de experiencias de placer o des- canso nos quedamos relajados y tranquilos, y por el contrario, cuando se produce el descontrol emocional, nos encontramos “enfermos” a manera de urgencia intestinal, aceleración del ritmo cardiaco, ahogo, opresión en el pecho, mareo, alteración del sueño, etcétera. De este modo las emociones, las sustancias químicas que nuestro cuerpo produce y los órganos internos, están relacionados íntimamente.
Esos núcleos morbosos o enfermizos comprenden estas relaciones y es por eso que las estructuras se dañan, y el flujo energético se bloquea produ- ciendo diferentes cúmulos emocionales y somatizaciones físicas. Sin embar- go esto no tiene por qué ser definitivo, siendo esta estructura susceptible al cambio si se modifica el modo reaccional ante las diferentes y, en ocasiones imprevisibles situaciones de la vida.
Como primer paso, al dejar fluir libremente las emociones retenidas toman- do conciencia de cómo hemos podido vivir con ellas, sentimos una gran li- beración y podemos en el presente, en el “aquí y ahora”, buscar la forma de transformarlas en vivencias positivas a través de otros estímulos perceptivos