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QUÉ HACER FRENTE A LA CULTURA ACCESO?

In document libro el gestor3 – COMPLETO (página 159-163)

Quizás lo verdaderamente creativo sea no desechar en bloque la cultura acce- so y tratar de establecer diferenciaciones hacia su interior propiciando políticas culturales que, apalancadas en sus características, atiendan nuestros intereses.

Hablando con educadores, funcionarios, trabajadores de la cultura uno lle- ga rápidamente a la conclusión de que muchos están pensando Internet sola- mente desde el costado de los cables y los programas escritos en inglés.

Y lo peor es que –en general- la aman aquellos que uno quisiera rechazar y viceversa. Para decirlo de otro modo: muchos de los hombres más lúcidos de nuestra cultura rechazan aquel origen imperial que signa el desarrollo de la red y luego la rechazan in totus.

De esta manera el manejo de tan formidable herramienta de comunicación que- da en manos de quienes no solo no cuestionan ese origen sino que lo disfrutan. Quizás desde nuestras propias claves culturales encontremos en Internet una herramienta para dialogar mejor con el universo, incluso comercialmente.

Quizás nuestro arte, nuestras artesanías, nuestro modo de ser encuentren la vi- driera al mundo que otras tecnologías también nos negaron.

A lo mejor son los municipios, las escuelas y los clubes de barrio, o los ci- bercafés, el lugar para empezar a buscar una clave distinta para esta tecnolo- gía. Porque, como dice la chacarera: “estaba aquí lo que buscaba por allí”.

Ahora ¿Qué significa “aquí” en los tiempos de la red? Está claro que nos re- ferimos al espacio cultural argentino y, por extensión y vocación, al de otros pueblos hermanos de nuestra América.

Sin pretender abordar, en este texto, el problema del futuro de los estados nacionales en la globalización, sí queremos asentar un debate sobre el lugar de los espacios locales en la cultura acceso.

Si, como analiza Rifkin, la economía mundial está pasando de la era de la propiedad a la era del acceso sustituyendo los mercados tradicionales por re- des económicas de escala global será allí donde se juegue la suerte de los es- pacios locales. Y, a los efectos de este breve apunte, nos da lo mismo que el espacio local sea una pequeña ciudad del interior, un municipio del conurba- no o una provincia.

Lo cierto es que su desarrollo cultural –en el sentido más amplio posible– dependerá de la capacidad de instalar parte de su trama económica en las ca- denas globales de valor en el mismo movimiento que preserva a los sectores más débiles. Y evitando, sobre todo, la fractura entre sus sectores globaliza- dos y sus sectores localizados. Aquello que algunos autores han llamado la globalocalización o el espacio de lo glocal.

Pero esta estrategia sólo podrá desplegarse si los creadores de cultura –de nuevo: en el sentido más amplio posible– somos capaces de una actitud men- tal muy abierta a percibir los cambios en la sociedad global y un accionar muy firme en la promoción del espacio local sin ideologismos de ningún tipo.

Y cuando hablamos del espacio local nos referimos a lo gubernamental y a lo público, pero, también a lo privado: empresas, emprendedores, cámaras em- presarias, etcétera.

Incluso deberíamos superar cualquier distinción entre capital nacional o transnacional apuntando a sostener toda experiencia de creación local de valor atendiendo sólo a distinguir las mejores prácticas productivas (respecto de la fuerza laboral, el medio ambiente, los proveedores, etcétera.

Y aquí necesitamos ser contundentes: no es mejor un empresario nacional que exporta mano de obra barata –a veces en condiciones de casi esclavitud– que uno internacional que contribuye a desarrollar el talento de nuestra gente.

Volviendo a Eco: ni apocalípticos ni integrados, pragmáticos de nuestros in- tereses culturales.

Actualizada la mirada sobre la red tal como se perfila hoy y declarado el co- lor de nuestro cristal podemos actualizar nuestra definición sobre Internet:

“Conjunto de dispositivos cada vez más pequeños y portables con múltiples for- mas de interconexión capaces de intercambiar volúmenes crecientes de infor- mación y a velocidades cada vez mayores al que acceden millones de personas e instituciones estratificadas según su capital telemático: competencias comuni- cacionales más calidad de infraestructura”

Donde por calidad de infraestructura vamos a entender a la suma de facto- res tecnológicos o duros (en el sentido de que dependen del hardware más que de la capacidad de decodificación del usuario) que tienden a construir un usua- rio con dependencia de la calidad de la red que lo abastece de información.

Y como información a toda representación e interpretación de la realidad in- cluidas (y tal vez principalmente) las producciones simbólicas. Independiente- mente del lenguaje, la estética o el soporte que las haga visible.

Si por un lado la tecnología de red se hace crecientemente amigable por otro los nuevos derechos emergentes (a la calidad y diversidad de información, principalmente) tienden cada vez más a depender de la infraestructura fáctica a la que el usuario puede acceder.

Y no se trata, solamente, de su capacidad de pago ya que esto ha tendido –hasta aquí– al abaratamiento creciente, sino de la calidad de infraestructura disponible al nivel de su propia localización.

El punto es que el diseño de la red sigue tendencias globales fuertemente de- terminadas por la capacidad de inversión en conectividad de las grandes eco- nomías desarrolladas, pero el acceso depende de las estrategias de acceso que se fijen al nivel de la ubicación local del usuario.

Así, quien pretende acceder desde cualquiera de las pequeñas ciudades de nuestra América estará fuertemente condicionado por la capacidad de las eli-

tes locales –políticas, culturales, económicas, etc.– de alinear una estrategia de acceso progresiva e inteligente.

En este sentido podemos decir que los derechos de la nueva ciudadanía di- gital y globalizados, asociados a las TICs y anunciados por diversos autores y actores, existen pero están fuertemente determinados por los derechos pree- xistentes a nivel local. Es decir que estaríamos ante “derechos globales local- mente sobredeterminados”.

Y sobre esa infraestructura de red habrán de operar las competencias comu- nicacionales de los usuarios. Es decir, su habilidad para codificar y decodifi- car información.

Ya se ha dicho que la información es sobreabundante en la economía del co- nocimiento ¿Y su aplicación? Esto dependerá de dos factores no necesaria- mente convergentes.

En primer lugar la usabilidad de la interfase de red: facilidades o dificulta- des que los sistemas o programas aporten al usuario para que este lo “lea”. Desde el viejo DOS hasta estos tiempos del Windows XP las interfases han evolucionado en el sentido de hacerse más sencillas –pero también con ma- yores necesidades de hardware.

Entre aquellas largas líneas de comandos y estos dobles clicks y menús des- plegables está claro que los propios centros de producción de software han apuntado a la masificación –y estandarización– más o menos espontánea de la capacidad de uso del cliente.

Es más, podríamos hablar de Internet como novísima interfase tecnológica del originario gregarismo humano: está pensada para que todos se puedan reunir en un espacio virtual al que se le cargan cada vez más soluciones fácticas.

Es decir, las interfases crecientemente usables están siendo pensadas para lograr el mayor nivel de intercambios físicos y simbólicos en el nuevo mapa virtual del te- rritorio humano. Quizás estemos asistiendo al nacimiento de una geocultura digital. El acceso a esta interfase está abierto para cualquiera que sepa manejar un procesador de texto. No se requiere mucho más.

Pero, encontrar, jerarquizar y distribuir la información adecuada en el tiem- po necesario requiere de una habilidad mayor no asociada al uso de la inter- fase: la de convertir información abundante en valor.

Convertir lo abundante en escaso para que pueda tener precio. Porque en es- te terreno siguen vigentes las leyes de la vieja economía definida como apli- cación de recursos escasos a fines múltiples.

Y la información abundante29sólo adquiere valor cuando logra especializar- se tanto que deviene recurso único, aplicable a objetivos concretos y medibles. Por ejemplo los programas de marketing (CRM, Costumer Relationship Ma- nagement30) que permiten orientar la oferta hacia demandas ampliamente cla- sificadas.

Pero esto, de nuevo, requiere de gestión en el sentido de crear redes cultu- rales – estrategias de vida diversas y convergentes – que utilicen las redes te- lemáticas como soporte. Sin imposiciones, pero también sin exclusiones.

Y, sobre todo, desmitificando la red – objeto para poner el acento en la red – cultura.

In document libro el gestor3 – COMPLETO (página 159-163)