• No se han encontrado resultados

RODEOS, ACERCAMIENTOS Y UNA MIRADA DESDE UN BORDE

In document libro el gestor3 – COMPLETO (página 44-49)

En lo que se refiere a los diversos acercamientos que desde las Ciencias So- ciales se han realizado no para definir el concepto de juventud sino para en- frentar sus problemáticas, resulta importante intentar una descripción de las principales teorías o marcos epistemológicos para abordar el tema. Este ejer- cicio pone de manifiesto que según sea el lugar desde dónde se dirija la mi- rada, nos mostrará al mismo tiempo, las herramientas utilizadas para intentar comprender los problemas, los preconceptos y los grados de externalidad que tiene cada uno respecto del mundo de los jóvenes.

Planteamos una revisión de algunos estudios sociales que encaran la rela- ción de los jóvenes, particularmente urbanos y las identidades5

colectivas en el plano del conocimiento del actor social, la aplicación o elaboración de pre- supuestos teóricos y metodológicos y destacar los objetos de estudio privile- giados, los temas considerados más importantes en cada uno de los enfoques que consideramos.

Hasta los años setenta si hubo una mirada focalizada, ella estuvo particu- larmente orientada hacia grupos juveniles de sectores medios, estudiantes, tanto en lo que hace a la asunción de vanguardismos estéticos, o de grupos políticos radicalizados que conformaron una parte importante de los movi- mientos políticos de época6.

En los años ochenta el interés se desliza hacia la preocupación por la apa- rición o emergencia masiva de bandas juveniles en los barrios de las perife- rias urbanas de las grandes ciudades, en especial los conurbanos bonaerense, del gran Rosario y Córdoba, muchas veces encarados desde el problema de su potencial peligrosidad. Igualmente aparece una urgencia por explicar nuevas vestimentas, un lenguaje entre soez y críptico con expresiones orales y mu- rales, y la aparición de conductas autodestructivas ligados al consumo tem- prano de alcohol y drogas.

Sin un paradigma teórico previo al tema emergen prejuicios o juicios de va- lor sobre este nuevo actor social, particularmente desde la psicología social y la medicina legal (relacionadas con las instituciones sanitarias) y el derecho 5 Al respecto sugerimos como una introducción al tema de la identidad confrontar Garreta, M.J.-

Bellelli, C. 1999, cuarta parte "Identidad".

6

(por su vinculación con los temas de minoridad y el accionar policial). Los supuestos y utopías que se pusieron en juego se orientaban dentro de un amplio espectro que iban desde la demonización a la idealización, ya que se veía en estos grupos como producto de la “desintegración familiar” que pro- duce “desviaciones respecto de la norma establecida y deseable” generando “marginalidad” aunque el fenómeno para otros autores podía poner en evi- dencia la emergencia de una “contracultura” o una “subcultura” propia de un “underground” con potencialidad contestataria.

Con resultados desiguales debidos en parte a la utilización preferente de da- tos empíricos y metodologías cualitativas (entrevistas, historias de vida e his- toria social oral) se dio sólo cuenta parcial del fenómeno.

Algunas de las conclusiones ponen de manifiesto el contenido popular, tan- to por su pertenencia de clase como por su ubicación en barrios periféricos. Es necesario agregar que este tipo de grupos locales existen desde que se ha- bla de la barra de la esquina o el grupo de amigos que se reúne en el café del barrio, con la diferencia que su visibilidad o instalación como “problema” es posterior y debida a la ruptura del esquema lineal que propone la secuencia: industrialización – modernización – urbanización, que suponía un proceso de integración “natural” al mundo adulto de la conducta deseada y calificada co- mo normal.

La inversión o transformación de este proceso en los noventa, desemboca en un discontinuo que se inicia con la desindustralización, con su correlato de desempleo o sub-ocupación, desmodernizacion. A los efectos que nos intere- san se podría destacar el fenómeno de la tribalización (Maffesoli 1990), el re- nacimiento exponencial de los barrios marginales por las constantes migra- ciones internas y también por la degradación de barrios obreros, ambos sin salida y la aparición en ellos de los grupos encerrados.

La sustitución de la desintegración familiar absoluta y relativa, en sectores de bajos ingresos por deterioro de las condiciones de vida y en los sectores medios y altos por ausencia parental por motivos laborales o profesionales, provoca la búsqueda de constitución de otros lazos primarios de afecto en el ya mencionado grupo de los iguales por contigüidad o similitud existencial.

Este conjunto de fenómenos que transforma el ser “joven”, como el estado de una transición a recorrer en la inmersión en un mundo de desempleo, de-

serción escolar, exceso de tiempo libre y multiplicación –determinada por los medios económicos– de las variedades de su uso.

Los grupos juveniles son entonces caracterizados como una forma de agru- pación social:

1. defensiva/ofensiva de los jóvenes en crisis con características de organiza- ción, que por un lado reproduce a su manera y de acuerdo a sus posibilida- des la sociedad de consumo y la violencia institucional, desarrollando, lo que supone atribuirles un cierto valor.

2. esta visión puede transformarse en otras miradas que ubican a estos grupos exclusivamente en el mundo de los excluídos en el que impera la violencia, el robo, la droga, la insalubridad, un conformismo delincuencial que refu- gia a individuos anómicos. Extremo, éste que estigmatiza al sector juvenil. Esta última posición es a veces complementada por acercamientos desde la criminología y la psicología social que interpretan las conductas de los gru- pos como delictivas o patológicas.

3. otra visión es la que combina una mirada desde la tradición gramsciana de los estudios de la cultura popular y los planteamientos que parten de la constatación de la existencia de diversas expresiones culturales algunas de las cuales, y éste sería el caso de los grupos juveniles, coexisten en forma antagónica con la cultura hegemónica nacional o regional. Esta prioriza- ción de una explicación cultural abre nuevos caminos.

El elemento central en la caracterización de los fenómenos de los barrios y las bandas juveniles es su carácter urbano popular. Las culturas populares se diferencian de las modas juveniles en los niveles de aceptación – ruptura con el sistema social, la ideología dominante que la sustenta y las prácticas del gru- po. En este contexto surge la necesidad de los grupos juveniles para organizar- se en el barrio, de adoptar un lenguaje común que los identifique, signos y sím- bolos que se comparten, tales como los graffittis murales, tatuajes, el uso de determinados accesorios, unas particulares relaciones de status y poder como la valentía, el estoicismo, el culto a un grupo musical o la imitación de un mo- vimiento similar extranjero (rastas, punks, etc) A ello puede sumarse la delimi- tación del barrio como espacio de poder, el control sobre el propio cuerpo, las definiciones implícitas y explícitas anti sistema frente a la cultura de masas.

Planteamos igualmente la necesidad de llamar la atención sobre la heteroge- neidad de los jóvenes como sujeto político, social o económico. Si la desigual- dad atraviesa la categoría debemos distinguir entre aquellos jóvenes escolari- zados, en proceso real de formación como fuerza de trabajo calificado o pro- fesional, los futuros, a veces con una fulgurante rapidez, gerentes, empresarios o funcionarios, convencidos del status y la profesionalidad. Todos ellos en principio dependientes de los ingresos o las influencias familiares y articulados con redes de las empresas capitalistas privadas y la administración pública. Sus espacios de autonomía y reproducción son los lugares ganados en las institu- ciones educativas superiores y los espacios de las agrupaciones políticas.

Frente a este grupo quizá minoritario, pero que crea también problemas de integración e introduce conductas alternativas, encontramos a los jóvenes que se insertan prematuramente y de forma inestable, como fuerza de trabajo no calificada, los subempleados, y los desempleados.

A los que se suma esa masa intermedia que lucha entre el trabajo y el es- tudio, con rendimientos variables en ambas esferas y deambulan como los de- más por el barrio, la cuadra o la esquina.

La forma en que los diversos grupos juveniles se apropian y usan los pro- ductos provenientes de la cultura hegemónica se pone en evidencia en los es- pacios de encuentro e interacción. Esta circunstancia o comprobación acerca el tema de los grupos juveniles al de la construcción de identidades.

Es en este espacio donde se detecta la ambigüedad de los discursos y las prácticas juveniles que oscilan entre la reproducción y el rechazo de las rela- ciones de control o dominación

Resumiendo parte de lo planteado es importante recordar la necesidad de un desarrollo que incorpore un abordaje de la problemática de los grupos juve- niles desde una triple referencia por perte de los formadores culturales.

Lo situacional o espacial; las características del mismo grupo y la esfera sim- bólica que conforma el sentido articulador de todos estos ámbitos, podría ser una de las claves de acceso..

En el primer referente se destacan dos dimensiones, la ciudad como el espa- cio mayor en el que los actores van reconociendo o construyendo hitos o mar- cas, y son los espacios de interacción positiva que permiten la reiteración de

los encuentros y la persistencia del grupo, ya que ellos (los hitos y las mar- cas) le devuelven la idea de quiénes son como grupo.

La pertenencia al grupo actúa como un filtro que organiza y jerarquiza la visión del mundo y la forma de construirla. De la particularidad o el estigma, el grupo hace un emblema, tratando de transformar las valoraciones negati- vas o demonizadoras en una valoración positiva de sí mismo

Se exalta la diferencia, lo que marca aún más el límite del nosotros y los otros. La aceptación o el cuestionamiento no se reduce o centra exclusivamen- te en las relaciones sociales de producción, sino que atienden a otras esferas de la vida, entre las que se encuentran la subjetividad y la intersubjetividad profesional; y las que van desde las respuestas a la violencia policial y otros sistemas reguladores, hasta las estrategias de búsqueda de empleo o ascenso vertiginoso en el mundo yuppie, como procesos en los que se construyen múl- tiples identidades. En general las insituciones siguen pensando a la juventud como una categoría de tránsito y preparación para lo que ella representaría; el futuro; mientras que para la juvetud el mundo está anclado en el presente, estando a disposición de la fácil e inmediata apelación del mercado, como su- jeto pasivo consumidor.

En estos momentos la construcción cultural de la categoría “joven”, igual que otras calificaciones, tales como mujeres, identidades étnicas y otras opciones y orientaciones están en recomposición. Porque las categorias no son neutras ni aluden a esencias, sino que están inmersas entre otros, como acabamos de men- cionar, en los procesos productivos. Pero estas recomposiciones fundamental- mente tienden a revelar cómo determinadas sociedades perciben y valoran el mundo y eso implica la valoración de actores sociales, los jóvenes en el caso que nos ocupa. Es hora de revisar las miradas que conforman los imaginarios que han construído las sociedades en forma de narrativas que pretenden expli- car diferentes procesos sociales. En este caso los modos en que los jóvenes son pensados. Ya hemos descartado las delimitaciones biológicas y los grupos de edad. La juventud aparece como un grupo de particular dinamismo y rápida dis- continuidad, que supera las anteriores clasificaciones formales y estáticas. Sus campos de acción son diferenciados y desiguales. A pesar de ello en la literatu- ra se encuentran mayoritariamente una casi única distinción.

Los jóvenes real o potencialmente en vias de incorporación, (cumpliendo su rol esperado de adultos del futuro) y los que han sido analizados (y más lite-

ratura produjeron) como los que no se incorporan a los esquemas de la cul- tuta dominante. Este interés diferencial no es inocente y adquiere así un inu- sitado protagonismo el joven contestatario o marginal.

Esta mirada ha ocultado otros procesos de por sí muy importantes tales co- mo lo de los sicarios colombianos, integrados en redes maffiosas u acólitos de sectas conformistas a una realidad opresora.

Son las perspectivas interpretativo – hermenéuticas las que van a intentar contruir un marco ponderado que supere esta oposición de un hoy adentro y un futuro afuera de sujetos irreconciliables, al punto de hacer pensar en que hay dos tipos de jóvenes; unos de los que no habría que ocuparse porque es- tán cumpliendo su rol previsto y otro en el borde de la seguridad y la duda estigmatizante acerca de su futuro y posiblidades de inserción social plena. Estas perspectivas piensan los jóvenes como sujetos de un discurso capaces de apropiarse de objetos sociales simbólicos y materiales como agentes sociales.

In document libro el gestor3 – COMPLETO (página 44-49)