De acuerdo a la caracterización de híbridos que hemos ofrecido, bien podríamos considerarnos como tales, desde el momento en que sostenemos que la originali- dad de lo humano reside en su capacidad de crear y
recrearse continuamente a partir del uso de la imagina- ción y la manipulación. En cambio, las conceptualiza- ciones que hoy continúan vigentes sobre nosotros mis- mos son deudoras de las clásicas dicotomías propias de la modernidad, las cuales —como ya dijimos— de- berían ser reemplazadas por otras que recojan lo con- figurante/configurado de la identidad humana. Ahora bien, esto no supone —o de esto no se deriva— la entronización de algo así como el imperio de lo poshu- mano, el cual supondría la posesión de alguna caracte- rización definitiva de lo humano contra lo cual se me- diría lo “pos”, sino más bien la reivindicación de la noción de híbrido como modo de plantear nuestra nue- va ciudadanía humana en el mundo contemporáneo. En esta línea, otros pensadores han propuesto —y con un carácter aún más polémico que el concepto de hí- brido—, la introducción de la noción de cyborg6 con el
propósito de circunscribir el fenómeno de lo humano en estos tiempos tecnológicos. La filósofa americana Dona Haraway (1995) proclama en su manifiesto de finales de los años noventa la nueva condición humana en los siguientes términos: “a finales del siglo XX — nuestra era, un tiempo mítico—, todos somos quime- ras, híbridos teorizados y fabricados de máquina y or- ganismo, en unas palabras, todos somos cyborgs” (p. 254). Sostiene Haraway que tradicionalmente todos los proyectos, tanto los de filosofía política como los de epistemología o los de antropología, partieron de una misma base, la de sostener que poseemos una doble naturaleza: la animal y la racional. Dicha idea se la debemos a Aristóteles, quien sostuvo que somos ani- males racionales. Tal caracterización implica la asun- ción de una bipolaridad esencial, la que nos da la bio- logía y la que nos da el lenguaje. Las propuestas tradicionales acerca de lo humano se han inclinado, o bien del lado de lo animal, o bien del lado de la racio- nalidad sin prever instancias distintas. Sin embargo, según nuestra autora, olvidan que la singularidad no reside en la asunción de esta doble naturaleza, sino en que ha (hemos) creado una especial relación con el entorno. Asumir ese enfoque nos conducirá a focalizar nuestra atención en el carácter autopoiético de nues- tras realizaciones, y por tanto no reducibles al marco
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de las tradicionales dicotomías entre lo biológico y lo artificial, entre lo mental y lo corporal, entre lo inten- cional y lo externo, etc.
Como vemos, la búsqueda de nuevas caracteriza- ciones de lo humano constituye un serio desafío a las teorías filosóficas, que lejos de continuar preguntándo- se por el qué somos, mejor sería que dirigiesen sus es- fuerzos a investigar acerca de qué podemos hacer, ya que en el qué podemos hacer se vislumbra lo que po- demos ser. En ese sentido, ¿no será acaso que nuestra propia constitución fue producto de la internalización de las reglas respecto de lo que podemos hacer? Una respuesta a esa pregunta la brinda Broncano (2013) cuando afirma que “transformamos el mundo no por- que queramos que él cumpla los deseos que ya tenía- mos sino porque queremos ser. Y para ser queremos saber lo que hacemos y lo que deseamos” (p. 258).
El mencionado carácter autopoiético de lo huma- no ha sido bien desarrollado por el pensador francés Simondon (2007). Según este autor, lo seres humanos poseen una característica peculiar, la de incrementar el “mobiliario original” del mundo a través de la creación de objetos y sistemas técnicos. ¿Pero cuál es la relación que establecemos con nuestras creaciones? Simondon observa que a veces nos vinculamos armoniosamente con ellas, mientras que en otras tantas nos desajus- tamos. La tensión constante en esa relación entre los sistemas técnicos y nosotros se expresa en cada época de acuerdo a los sentimientos de temor o de esperanza que predominen, a veces mediante la creación de fan- tasías de liberación (la conquista de la inmortalidad) mientras que en otras, de sojuzgamiento y de sumisión (Terminator, la máquina dominando al hombre). No hay época, por tanto, que no manifieste de alguna forma ese sentimiento de ambivalencia hacia lo creado.
Respecto a la aparición de los objetos técnicos, el autor afirma que son el resultado de un proceso de in- dividuación al que denomina de “concretización” (Si- mondon, 2007, pp. 41-70). Concretizar es crear algo nuevo, objeto o proceso. El objeto o sistema técnico
creado adquiere una autonomía tal que le permite re- gular sus sistemas de causas y efectos y operar una relación exitosa con el mundo natural, al modo de los seres vivientes. En la creación se resuelve una ten- sión esencial entre la virtualidad y la actualidad, es decir, entre aquello que hemos proyectado y lo que finalmente resulta en su realización efectiva. De esta manera, concretizar es tender un puente entre la evi- dente actividad proyectiva humana y lo natural. Ahora bien, eso que viene realizándose en el plano técnico o tecnológico es lo que se da de modo espontáneo en lo que cada cultura ha delimitado como lo natural; con la peculiaridad de que en el caso de lo humano esa actividad se ejerce tanto transformando el mundo circundante como transformándose a sí mismo. Esto tiene claras reminiscencias de la naturaleza cyborg ad- judicada a lo humano y pregonada por Haraway en su manifiesto.
No obstante, reconocemos, como fuera descripto en Simondon, que sigue actuando el prejuicio acerca de que los fenómenos pertenecientes al orden tecno- científico son externos a nosotros y que por tanto se nos imponen como lo ajeno de forma inexorable. Así, en los sentimientos de temor o admiración que nos despiertan los objetos o artefactos creados se revela el desconocimiento acerca de lo que somos capaces de hacer y por ende de nuestra propia identidad configu- rante del mundo. Al respecto, creemos que no recono- cernos en las obras, en algún sentido ha sido psicoló- gicamente tranquilizador, ya que nos ha mantenido a distancia de posibles compromisos y responsabilida- des; como también nos ha llevado a plantear diferen- cias estrictas o dicotomías irreductibles. Sin embargo, nuestra reflexión acerca del carácter autopoiético de la condición humana nos ha permitido revisar la rela- ción que establecemos con los productos tecnológicos, los cuales, lejos de ser considerados sin más como lo que avasalla una supuesta naturaleza humana o lo que amenaza nuestra integridad original, constituyen la mostración palmaria de nuestra más íntima pecu- liaridad identitaria: la de transformarnos a medida que vamos transformando nuestro entorno.
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