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Hacia un programa nacional

Tanto en el aspecto social como en el cultural el balance de las escuelas taller en Colombia es positivo, al haber formado cerca de cuatro mil jóvenes y haber participado en más de cincuenta intervenciones relacionadas con la puesta en valor del patrimonio cultural; por

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Claustro de Santo Domingo después de la restauración, Cartagena de Indias.

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Aprendices colocando tablazón sobre armaduras de madera en el convento de Santo Domingo, Cartagena de Indias.

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Restauración de la escalera magistral del convento de Santo Domingo.

tanto, son proyectos consolidados con una larga trayectoria y buenos resultados, hasta el punto de convertirse en un referente en América Latina. Por ello la Aecid consideró oportu- no disminuir paulatinamente su financiación, la cual había sido mayoritaria hasta ese mo- mento, para desarrollar un proceso de transferencia de las escuelas taller a las instituciones locales, promoviendo así la evolución de un programa de cooperación hacia un programa nacional de gobierno.

Para analizar esa posibilidad se llevó a cabo el Encuentro Nacional de Escuelas Taller, ce- lebrado el 29 de noviembre de 2006 en el Palacio de San Carlos, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores del gobierno colombiano, y presidido por la viceministra de Cultura, María Cecilia Donado. A continuación se relacionan algunas conclusiones de la reunión:

n La credibilidad adquirida en los ámbitos social e institucional ha generado en numerosas

entidades locales (municipales y departamentales) expectativas de fundación de nuevas escuelas taller, debiéndose crear una red nacional para su articulación.

n La institucionalización y la normalización de la red nacional requieren la existencia de una

entidad o programa nacional para la promoción, coordinación y supervisión de las escue- las taller, respetando la singularidad e identidad local y regional de cada una de ellas.

n La vinculación institucional, así como la financiación nacional, regional y local (Ministerio

de Cultura, Sena, gobernaciones y alcaldías), debe mantenerse. El organismo nacional ha de establecer y aplicar mecanismos de coordinación interinstitucional.

n La participación de las escuelas taller de Colombia en obras públicas ha constituido un

aporte cualitativo y cuantitativo, y es un importante factor de equilibrio que hay que tener en cuenta en la evaluación de la eficiencia de los proyectos. Se deben establecer mecanismos oficiales que prioricen su participación en obras públicas promovidas por las instituciones nacionales, regionales y locales.

D. Andrés Collado, embajador de España en Colombia, haciendo entrega del diploma de graduación a un alumno de la Escuela Taller Cartagena de Indias.

n La prestación de servicios y la comercialización de productos pueden constituir una

fuente de financiación y contribuir a la sostenibilidad, siempre y cuando se mantengan íntegros los objetivos de las escuelas taller.

Posteriormente se estableció un cronograma para el retiro paulatino de los aportes de la Aecid, al mismo tiempo que se confirmó su respaldo a la creación y funcionamiento de una unidad de gestión para la coordinación del Programa Nacional de Escuelas Ta- ller; ésta ya es una realidad, dirigida por Ángela María Medellín, arquitecta con larga trayectoria en el ámbito de las escuelas taller. Como prueba de la apropiación de estos proyectos por parte del gobierno nacional, la ministra de Cultura de Colombia, Paula Marcela Moreno, y el director general del Sena, Darío Montoya, suscribieron un con- venio marco interadministrativo de cooperación con el objeto de aunar esfuerzos eco- nómicos, humanos, técnicos y logísticos para buscar estrategias de sostenibilidad que den continuidad al Programa de Escuelas Taller de Colombia, fortaleciendo las escue- las existentes, ubicadas en Cartagena, Bogotá, Popayán y Mompox, y promoviendo la creación de las que se requieran. Uno de los compromisos establecidos en el convenio contempla la financiación conjunta, por parte del Ministerio de Cultura y del Sena, de los recursos que se requieren para cubrir el déficit generado por el retiro escalonado de los aportes de la Aecid.

Como punto de partida se propuso articular el programa nacional, apoyándose en las escuelas taller existentes para irradiar proyectos en cada una de sus áreas de influencia territorial, promoviendo, asesorando y supervisando nuevas escuelas taller y casas de oficios, teniendo estas últimas la misma metodología, pero una escala menor y un ca- rácter temporal en función del proyecto que se vaya a desarrollar. Estas características aumentan su viabilidad al requerirse un menor compromiso financiero, lo cual facilita llevar el programa a municipios de menor tamaño y limitado presupuesto. Además las casas de oficios, por su menor escala, pueden vincularse como instrumentos estratégicos en proyectos de desarrollo multisectorial de mayor alcance, ofreciendo así una comple- mentariedad que aumenta el impacto y enriquece el resultado final. Cuando hablamos de escuelas taller existentes, incluimos también las de Salamina (Caldas), Barichara (San- tander), Tunja (Boyacá) y Lorica (Córdoba). Estos centros, creados sin financiación de la Aecid, constituyen las primeras réplicas que amplían el alcance y la cobertura de las escuelas taller en Colombia.

La “regionalización” de las escuelas taller convierte a estos proyectos en centros dinamiza- dores territoriales mediante la profundización en el conocimiento del patrimonio natural y cultural de la zona, su puesta en valor y divulgación, la capacitación de población vulne- rable en otros núcleos urbanos y la mejora de las condiciones de vida de sus habitantes mediante la ejecución de obras en las áreas marginales. Las escuelas taller contribuyen, por tanto, al desarrollo local y regional mediante la gestión, como entes operadores, de proyec- tos financiados por otras instituciones públicas o privadas.

El lanzamiento del Programa Nacional de Escuelas Taller se llevó a cabo el 3 de septiembre de 2009 en la sede de la Escuela Taller Bogotá, diecisiete años después del inicio de acti- vidades de la Escuela Taller Cartagena de Indias. Por consiguiente, el evento tenía un espe- cial significado, pues venía a confirmar que las escuelas taller constituyen una experiencia exitosa, al mantener vivo, después de tanto tiempo, el interés de las instituciones locales. A partir de ese momento, el programa pasaba a formar parte de la Dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura, manteniéndose los apoyos del resto de instituciones.

Para cerrar el acto tomó la palabra Carlota León, quien se desplazó desde el barrio Yana- conas de Popayán para explicar a los asistentes su experiencia en la Escuela Taller de esa ciudad. Carlota contó, emocionada, que después de participar en varias obras realizadas por la escuela taller, trabajaba actualmente en la vereda de Dominguillo, cerca de Santan- der de Quilichao, en la restauración de la capilla de Santa Bárbara y enseñando al mismo tiempo el oficio de albañilería a diecisiete mujeres y ocho hombres, afrodescendientes todos ellos. Finalmente con los ojos aguados señaló que la obra más importante que ha hecho en su vida ha sido la construcción de su propia casa, fabricada con mucho esfuerzo tanto suyo como de su esposo. Una casa hecha, según explicó Carlota, “con ladrillos de amor, cemento de alegría y mucha arena de felicidad”.

1. La creación de las escuelas taller se gestó en Aguilar de Campoo y la escuela taller de esta localidad inició sus actividades a los pocos días de ponerse en funcionamiento la Escuela Taller de San Benito en Valladolid.

2. Discurso del alcalde de Cartagena de Indias, conmemorativo de la lectura del acta de independencia en 1811. 3. Cohete sin varilla que, una vez encendido, corre por el suelo entre los pies de la gente.

4. En Colombia, dar ventaja al contrario, provocar o exponerse a riesgos o peligros.

5. Santiago Sebastián, Estudios sobre el arte y la arquitectura coloniales en Colombia, Bogotá, Corporación La Candelaria-Convenio Andrés Bello, 2006.

6. Taller conformado por aprendices sordos que se especializan en la restauración de pintura mural. 7. Redondo de ternera.

8. Tener el mando o el poder de decisión.

9. Denominación popular del béisbol en Latinoamérica.

10. Máximo García Fernández, “Los gremios”, Cuadernos Vallisoletanos, No 26, Obra Cultural de la Caja de Ahorros Popular, 1987.

11. Conseguir trabajo informal para el sustento diario.

12. Gonzalo Quintero Saravia, Don Blas de Lezo, defensor de Cartagena de Indias. Bogotá, Editorial Planeta, 2002.

Reproducción del buque escuela Juan Sebastián Elcano, en filigrana de plata.

Escuela Taller Mompox.

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Restitución de estructura de madera en el Cabildo de Mompox.

“Cuando se participa de orígenes diversos, de complejidades étnicas, de tradiciones culturales distintas, es más fácil descubrir esa esencia que es común a todas las razas y a todas las culturas. En el fondo de nuestro ser mezclado y múltiple, nos resulta ciertamente más fácil encontrar al ser humano: un ser humano un poco menos exquisito pero un poco más natural, un poco menos racio- nal pero un poco más sensitivo, un poco menos seguro pero un poco más curioso por el mundo”.

William Ospina, “El surgimiento del globo”, 2000

Ya Benito de Nursia había acuñado aquel “Ora et labora” que determinó en buena medida la historia de Occidente. El arado y la cruz marcaron la vida cotidiana del monacato y de miles de jóvenes que entregaron su vida a la causa benedictina. Abadías benedictinas, clu- niacenses y cistercienses, como la impronta de un sello divino, cubrieron vastas extensio- nes y rincones desolados, pantanos y zarzales con nombres sugerentes y llenos de poesía. Fueron refugio y escuela; lugar de meditación y de producción; de protección y difusión del patrimonio; lugares en que se exigía todo al cuerpo y al alma.

Las escuelas taller nacieron en España en 1985, y con ocasión de la conmemoración de los quinientos años del encuentro de las culturas amerindias con las hispánicas, el modelo se trasladó a estas tierras. Aparecen una aquí, otra más allá que, como las abadías cis- tercienses, sirven de casa madre a una nueva que se desprende y toma su propio rumbo. Se constituyen en un tejido, social y de afectos, que las une y entrama, que las ata y las articula. A Colombia llegan en 1992.

Son muchos años ligados al Programa de Preservación del Patrimonio Cultural en Ibe- roamérica y a las Escuelas Taller de Colombia, dos de las muchas iniciativas de aquella Agencia Española de Cooperación Internacional (Aeci), que decidió sumarse al carro del desarrollo desde un primer momento, y que luego añadió esa “D” de desarrollo a su coope- ración internacional.

Primero fue el verbo, como en las palabras bíblicas, y por aquí fueron apareciendo singu- lares personajes, entrañables compañeros y hoy extraordinarios amigos. María Luisa Cerri- llos Morales o el huracán del Caribe; virtuosamente terca, fuerza telúrica de la naturaleza encarnada en una mujer menuda y dulce, o grande y fiera según las circunstancias. Luis Villanueva Cerezo, abanderado del programa y portador de esa capacidad de gestión que hace mover montañas. Amparo Gómez - Pallete Rivas, con esa figura y esa voz de “yo no fui”, portadora de un empeño y constancia desbordantes y desbordados; también algunos otros, los nuevos conquistadores de los siglos XX y XXI que trajeron las ideas, la fe y se instalaron en estas tierras para amarlas y respetarlas hasta que la muerte los separe.

La historia de Carlota