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Las escuelas taller, una adecuada iniciativa

La creación de escuelas taller en Colombia se justifica principalmente por la difícil situación de un amplio sector de la juventud perjudicado por la exclusión y la violencia. Los indicado- res más rotundos revelan que, pese a los grandes avances, la pobreza afecta a un número significativo de jóvenes y que un alto porcentaje de ellos abandona los estudios sin terminar el bachillerato. Así mismo, es indudable que la juventud colombiana es el sector de la po- blación más afectado por la confrontación armada. La incorporación de jóvenes a grupos armados al margen de la ley es un problema difícil de resolver por la falta de oportunida- des y la situación de desempleo por la que atraviesan muchos de ellos. Además, el riesgo de reclutamiento forzoso de menores y jóvenes por esos grupos es una de las principales causas del desplazamiento de la población civil. Por otra parte, la capacitación en oficios tradicionales relacionados con la conservación del patrimonio cultural tiene una insuficiente cobertura en los programas oficiales. Todo ello justifica la presencia de las escuelas taller en el país al ser instrumentos eficaces para enfrentar la vulnerabilidad de los jóvenes colom- bianos, propiciando su inserción sociolaboral.

Desde siempre se ha considerado que el patrimonio cultural es el ámbito idóneo de apren- dizaje y de trabajo, donde la juventud desarraigada y marginal conoce el valor histórico y artístico de sus ciudades y participa en la recuperación de bienes patrimoniales, adquirien-

Canéfora en el púlpito de la iglesia de San Francisco. Popayán.

do así el orgullo de pertenecer a una comunidad y de contribuir a la conservación de su identidad cultural. Por ello las escuelas taller que apoya la Aecid en Colombia están ubica- das en los centros históricos más importantes del país, situados en las ciudades de Bogotá, Cartagena de Indias, Santa Cruz de Mompox y Popayán.

Al cabo de tres años de crearse la Escuela Taller de Cartagena, se puso en marcha la Escuela Taller de Popayán y un año más tarde inició sus actividades la de Santa Cruz de Mompox. Personalmente fue muy grato comprobar cómo la experiencia española se trasla- daba a Colombia y adquiría en poco tiempo un alcance significativo. La misma satisfacción experimentó Julio Martín Casas al visitar emocionado la Escuela Taller Cartagena de Indias, durante su estancia en la ciudad amurallada, en el marco de un seminario sobre oficios tradicionales; gracias a esto pudo verificar cómo el espíritu inicial con el que surgieron las escuelas taller en España se materializaba en América e incluso se mejoraba.

Desde los primeros momentos hubo situaciones sorprendentes, como la que se presentó en Mompox durante el acto de firma del convenio para la creación de la escuela taller. Re- cuerdo la inquietud generada al final del evento cuando numerosos asistentes coreaban y repetían con vigor el estribillo del himno de la ciudad que celebra “desafiando la saña del déspota español”, el primer grito de independencia dado en Colombia. A pesar de la discre- ción de la delegación española su perplejidad debió trascender, pues al cabo de dos años, en el acto de entrega de diplomas a la primera generación de alumnos, el noble y generoso pueblo momposino omitió el canto pero no el himno, escuchándose sólo la música con un respetuoso silencio.

Taller de carpintería. Escuela Taller Cartagena de Indias.

Definitivamente la calidad de la gente, además del valor patrimonial, es uno de los motivos que justifican llegar a Mompox. Una ciudad que tuvo su esplendor en el siglo XVIII y que quedó aislada por la pérdida de caudal del brazo del río Magdalena que por ella pasa. A pesar de esto, todavía se puede llegar por el río a Mompox, partiendo de Magangué y en- trando a la ciudad por el muelle aledaño a la plaza de la Concepción. Siempre recordaré los amables recibimientos en la escuela taller, acompañados de una deliciosa chicha elaborada con arroz y agua fresca de azahar, reconfortante bebida después de un largo viaje.

Más tarde, en el año 2006, abriría sus puertas la Escuela Taller Bogotá. Para conseguir los necesarios apoyos institucionales, se dio a conocer previamente en la capital de la república el alcance de los resultados de las tres primeras escuelas taller, mediante una gran exposición organizada en el Centro Cultural de la Universidad de Salamanca. De cada escuela taller salió un camión lleno de piezas elaboradas a escala natural por aprendices cartageneros, payaneses y momposinos. Se expusieron columnas de piedra, pies derechos de madera, lacerías, rejas, celosías y vitrales, así como paneles y maquetas que informaban de las principales restauraciones realizadas. Además, un grupo de aventajados aprendices viajó a Bogotá para realizar prácticas demostrativas, relacionadas con el oficio de su espe- cialidad. Un gran esfuerzo que mereció la pena por la proyección que se dio a las escuelas taller, en particular a través de los medios de comunicación. La exposición la inauguraron el embajador de España, Yago Pico de Coaña; la primera dama de la nación, Nohora Puyana de Pastrana; el expresidente Belisario Betancur, y la ministra de Cultura Araceli Morales.

Aparte del mayoritario respaldo financiero de la Aecid, las escuelas taller han recibido desde el comienzo de sus actividades el importante apoyo del gobierno de la república de Colombia a través del Ministerio de Cultura y del Servicio Nacional de Aprendizaje (Sena). A nivel local, también se ha contado con el aporte de gobernaciones y alcaldías mediante la participación en la financiación o la cesión de un inmueble para la sede. Posteriormente, la Corporación Andina de Fomento (CAF) se vinculó por medio de un acuerdo suscrito con la Aecid en diciembre de 2005, para la cofinanciación de las escuelas taller de Bolivia, Colombia, Perú y Venezuela. Además cada escuela taller ha establecido alianzas con instituciones públicas y privadas, lo cual ha significado un no- table refuerzo al posibilitar la ampliación de los objetivos y la consecución de un mayor impacto en los ámbitos social y cultural.