Si por algo se caracteriza la formación en las escuelas taller es por su metodología singu- lar, basada en la participación directa de los aprendices en obras, con la supervisión de sus maestros de oficio. Los ámbitos para el aprendizaje son el aula, el taller y la obra. De ahí el conocido lema “Aprender haciendo”. Las escuelas taller son, por tanto, centros de capacitación y de trabajo donde los aprendices reciben formación en oficios tradicionales, en alternancia con la práctica profesional, teniendo como último fin su inserción laboral. La doble faceta social y cultural de estos proyectos les da una especial dimensión. Social por la capacitación de jóvenes vulnerables y por la ejecución de obras para uso público y beneficio de la comunidad. Cultural por el aporte relacionado con la preservación de oficios tradicionales y con la rehabilitación del patrimonio edificado.
El aprendizaje implica adquirir conocimientos y habilidades en un tiempo determinado, por lo que la duración de los cursos es otro de los aspectos fundamentales que hay que consi-
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Testimonio de Julio Martín Casas en el libro de firmas de visitantes ilustres. Escuela Taller Cartagena de Indias.
derar. Antiguamente, el ciclo de formación era muy amplio en cuanto al tiempo exigido. De tres a cinco años duraba la etapa de un aprendiz en el siglo XVII y se requerían dos años más para conseguir el grado de oficial. Por último, había que superar el examen de maestría. Hoy en día, los tiempos son distintos para todo y también para la capacitación en las escuelas taller, ya que en términos generales la formación básica en un oficio dura hasta dos años, posibilitando con ello su incorporación al mercado laboral y la continui- dad de su especialización en el ámbito del trabajo. Se pretende, por consiguiente, romper el círculo vicioso que muchos jóvenes sufren al no tener empleo porque no conocen oficio y viceversa. La pertinencia de este objetivo fundamental de las escuelas taller fue ratifi- cada en la XVIII Cumbre Iberoamericana celebrada en San Salvador (2008) bajo el tema “Juventud y Desarrollo”, donde se acordó “Promover una agenda específica hacia las y los jóvenes de Iberoamérica a través de programas que impulsen la capacitación técnica y formación profesional necesarias que les permitan superar los obstáculos por la falta de experiencia previa y les faciliten el acceso a un trabajo decente y empleo productivo de calidad”.
Uno de los principales logros es la preservación de los oficios tradicionales necesarios para la conservación de edificaciones antiguas. Generalmente, la formación se distribuye en bloques de oficios relacionados con la madera (carpintería de armar, ebanistería y talla), el metal (forja, fundición y soldadura) y la construcción (albañilería tradicional, cantería y pintura). Igualmente, se pretende conservar técnicas artesanales como la elaboración de vitrales, la fabricación artesanal de papel, el repujado en cuero, la luthería y la alfarería, algunas de ellas en riesgo de desaparecer como la orfebrería momposina y sus delicadas filigranas. En el taller de jardinería se ofrece formación en mantenimiento y conservación de parques, jardines y zonas verdes. Finalmente, la creación en cada escuela de un taller de cocina tradicional, que además de capacitación aporta la alimentación diaria a los apren- dices, dio al programa de formación un complemento de interés.
La amplitud del programa de formación de las escuelas taller tal vez sea uno de los motivos que justifican la positiva opinión sobre estos proyectos, reflejada en los libros de firmas de visitantes ilustres. Entre todos ellos siempre se recuerdan las visitas de los presidentes de gobierno y de los miembros pertenecientes a la Casa Real; la infanta Cristina en Carta- gena, el príncipe de Asturias en Popayán y más tarde los reyes de España en Cartagena. Para esta última visita y con la intención de que hubiera una representación de las escue- las taller existentes en ese momento, se trasladó temporalmente a Cartagena el taller de orfebrería momposina y llegaron desde Popayán los aprendices del “taller del silencio”6.
El recorrido terminó en el taller de cocina, donde los reyes recibieron explicaciones del maestro cocinero sobre el contenido de los pucheros y el almuerzo de los alumnos. “Hoy tenemos como plato fuerte muchacho en salsa”7 anunció el maestro rodeado de apren-
dices y levantando, muy seguro de sí mismo, la tapadera humeante de una gran cazuela con viandas. Las expresiones placenteras y halagadoras de la comitiva por el sugerente aroma que desprendía aquel recipiente dieron paso en ese momento a inevitables y diver- tidos comentarios sobre la procedencia de la materia prima. El director de la escuela taller, pendiente de todo lo que allí sucedía, intervino para explicar sonriente que el “muchacho” es un plato tradicional, donde la carne de res es el principal ingrediente. Después de la oportuna aclaración culinaria, la visita culminó satisfactoriamente.
Otra de las anécdotas relacionadas con las visitas institucionales muestra que, a pesar de tener el mismo idioma, hay expresiones exclusivas de cada país que no se entienden más allá de las fronteras. Así lo pude comprobar cuando anuncié al director de la Escuela Taller Popayán la visi-
Gabriel García Márquez y Germán Bustamante, director de la Escuela Taller Cartagena de Indias. Marzo 17 de 1993.
ta de un alto directivo de la Aecid. “Ten cuidado y todo en orden, porque es el que corta el baca- lao”8, le dije. Su gesto de perplejidad me obligó a explicarle el significado de la misteriosa frase.
En las escuelas taller se ofrece una formación integral con un componente transversal, rela- cionado con la formación en valores cívicos y morales. La idea es lograr que los jóvenes sean capaces de expresarse como ciudadanos libres, tolerantes, responsables y solidarios, tanto en el campo social como en el profesional; además, existe un bloque teórico para la orientación laboral, enfocada a facilitar la inserción en el mercado de trabajo, que incluye materias relacio- nadas con el derecho laboral, la creación de microempresas y la comercialización de productos. El programa de formación se complementa con asignaturas teóricas tan necesarias como dibujo, construcción, elaboración de presupuestos, alfabetización informática, seguridad en el trabajo y la historia de la ciudad. Esta última, aparte de generar sentido de pertenencia, ofrece a los jóvenes la oportunidad de convertirse ocasionalmente en guías turísticos, aña- diendo a su retribución regular un nuevo ingreso. En algunas ocasiones la necesidad de me- jorar este servicio turístico se pone en evidencia. Mientras paseaba en un coche de caballos por el Corralito de Piedra, como llaman los cartageneros a la ciudad antigua por la muralla circundante, el cochero me explicaba en voz alta la importancia de plazas y monumentos. A la altura del playón del Tejadillo, hizo mención de un busto allí situado. “Es del marqués del Tejadillo, quien da nombre a la plaza y al jardincillo”. Al poco tiempo pude comprobar que el ingenioso pareado era una ocurrencia inventada, pues en la placa conmemorativa del pedestal se rendía un “recuerdo emocionado de fieles alumnos” a un educador de prestigio pero sin título nobiliario conocido.
En cualquier escuela se percibe un ambiente positivo que trasciende lo académico, resul- tado sin duda de la organización de actividades culturales y deportivas. Con frecuencia en las sedes se ven escenas que animan a cualquiera. Alumnos jugando a la “pelota caliente”9 en el patio de la Escuela Taller Cartagena, o preparando comparsas para parti-
SS. MM. los Reyes de España con los aprendices de la Escuela Taller Cartagena de Indias. Noviembre 18 de 2004.
cipar en las fiestas populares del Cabildo de Getsemaní; en Popayán, coros o grupos de teatro formados por aprendices, ensayando para amenizar los actos de graduación; en Mompox, jóvenes bailando cumbia para desfilar por la calle Real durante la celebración de los carnavales…
La organización interna de las escuelas taller generalmente se distribuye en tres departa- mentos y sus correspondientes jefaturas de estudios, obras y administración. En cuanto a los profesionales que conforman el equipo docente, siempre hay una representación relevante de arquitectos que además de tener funciones académicas y de intervenir en obras, elaboran proyectos técnicos que propician la rehabilitación de edificios, al igual que la recuperación del espacio público de los centros históricos. Parte de este colectivo se conforma con jóvenes arquitectos que se incorporan a la escuela taller mediante acuerdos con las universidades locales, facilitando de este modo la realización de pasantías. Así mismo, hay arquitectos españoles recién graduados que se vinculan a través del programa “Jóvenes Cooperantes”. Se trata de un proyecto organizado por el Instituto de la Juventud, en colaboración con el Instituto Nacional de Empleo (Inem) y la Aecid, que permite la participación de jóvenes en proyectos relacionados con la cooperación para el desarrollo.
No obstante, el núcleo de las escuelas taller lo constituyen los viejos maestros y artesanos, recuperados del olvido para transmitir a las nuevas generaciones el conocimiento y la ex- periencia acumulados durante su vida profesional, legando así su herencia más preciada. Maestros como Eliseo Ojeda, instructor de carpintería; Alfonso Olivares, instructor de albañi- lería tradicional; Eudosio López, instructor de talla de madera, y José Canedo, instructor de alfarería, son algunos ejemplos representativos de ese colectivo.
Grupo de danza de la Escuela Taller Mompox participando en las fiestas de carnavales.
El director de la Escuela Taller Mompox me contaba que el maestro Canedo, a pesar de sus ochenta años, tuvo el valor de recibir en su taller a un nutrido grupo de jóvenes desmoviliza- dos, procedentes de una organización armada al margen de la ley, y que estaba muy orgulloso por la buena respuesta de sus alumnos, sin importarle demasiado que algunos de ellos se encontraran más cómodos llamándolo “comandante Canedo”…
Una de las mayores satisfacciones ha sido comprobar cómo los mejores alumnos se incorpo- ran al equipo docente una vez terminada su capacitación. Dos buenos ejemplos los encontra- mos en Popayán donde la exalumna Carlota León es instructora de albañilería, y Javier Arroyo, graduado en la Escuela Taller Cartagena, lo es de carpintería.
Por las características de los jóvenes beneficiarios, en las escuelas taller siempre hay trabajadores sociales o psicólogos con la importante misión de brindar apoyo personali- zado y de propiciar entre los alumnos un ambiente solidario. Mención especial merecen los cuatro directores, quienes están al frente de las respectivas escuelas taller desde sus inicios: Germán Bustamante en Cartagena, Álvaro Montilla en Popayán, Álvaro Castro en Mompox y Alberto Escovar en Bogotá. Todos ellos arquitectos de profesión y destacados por su compromiso y dedicación.