Se adopta el concepto de hegemonía de la teoría del Discurso político de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe quienes en Hegemonía y estrategia socialista se proponen refundar dicho concepto desde una genealogía del mismo que comienza con la obra de Rosa Luxemburgo, atraviesa los planteamientos Lenin, Trotsky, Sorel entre otros; para
constructivista y postestructuralista. En el pensador italiano se apoya este trabajo para conceptualizar el papel de los intelectuales en la construcción de la hegemonía.
Para abordar el concepto de hegemonía dentro de la teoría del discurso político se debe comenzar por los presupuestos epistemológicos y ontológicos de la misma.
La teoría del discurso político de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe se ubica dentro de las llamadas teorías del constructivismo social. El corpus teórico se construye desde la crítica al esencialismo marxista del concepto de clase social y desde el posestructuralismo (Jogersen y Phillips 4).
Los autores comparten la visión de poder de Michel Foucault en el sentido de que éste no está localizado sino que es un conjunto de prácticas que producen el discurso, el conocimiento, los cuerpos y las subjetividades. Para Laclau y Mouffe el poder es un conjunto de prácticas que dan origen “simplemente” al discurso, porque el conocimiento
los cuerpos y las subjetividades se construyen en el discurso.
El discurso o formación discursiva se entiende como una práctica que produce sentido (Zermeño, Los referentes históricos y sociológico de la hegemonía 273). Usando los términos de Ferdinand de Saussure o de Greimas el discurso es un conjunto de estructuras de sentido, es decir, de relaciones de conjunción y de disyunción entre elementos de manera tal que el sentido de ellos se determina por esas relaciones.
Plantean también que todo lo que existe está inscrito en un discurso. No quiere eso decir que no haya una realidad por fuera del discurso sino que para el hombre ésta sólo adquiere sentido inscrita en él. Así por ejemplo, un terremoto es un fenómeno que como movimiento de tierra existe independientemente de la formación discursiva pero
que el hombre lo percibe como “fenómeno natural” en el marco de ella, por ejemplo en el marco del discurso científico. El terremoto también podría ser percibido como expresión de la ira de Dios en el marco de un discurso religioso.
El discurso no hace referencia solamente a lo textual, sino que cualquier práctica de producción de sentido es discurso:
Por discursivo no entiendo lo que se refiere al texto restringido sino al conjunto de fenómenos de la producción social de sentido que constituye la sociedad como tal (Laclau, Tesis acerca de la forma hegemónica de la polìtica 39).
El discurso no es sólo producto del pensamiento sino que es performativo pues construye prácticas y rituales, como por ejemplo lo hace el discurso científico que instituye lo que Pierre Bourdieu llamaría el campo del conocimiento. Por eso afirman
rituales, prácticas de diverso orden, a través de las cuales una formación discursiva se estructura" (Laclau y Mouffe 148).
La afirmación en el sentido de que todo se construye a través del discurso se hace también extensiva a la subjetividad. Así por ejemplo “el niño” como sujeto es una construcción discursiva producto de la modernidad, como también lo son sujetos comunales como el demos en Grecia, la República en Roma y el pueblo en el populismo (Laclau, La razón populista 2005).
El discurso se funda en una operación que se llama articulación, término éste tomado de la lingüística que hace referencia a la unión que se establece entre dos términos para producir significación, por ejemplo, a la unión entre significantes para producir la cadena de significación o a la unión entre ellos en tanto que lexemas con los semas desde donde se construye su sentido.
Los autores definen la articulación como “(…) toda práctica que establece una relación
tal entre elementos que la identidad de éstos resulta modificada como resultado de esa práctica" (Laclau y Chantal 143). Los elementos que se articulan en el discurso reciben el nombre de momentos. Pero a diferencia de Saussure, plantean que el discurso como sistema de sentido permanece abierto y que por lo tanto es inestable. Esta visión se deriva de la influencia del psicoanalista Jacques Lacan en el posestructuralismo quien sostiene que el sujeto es incompleto desde su separación de la madre y de manera fallida busca siempre la totalidad.
El signo es el nombre de una escisión, es la imposible sutura entre significante y significado (Laclau y Chantal 153).
Esto lo que quiere decir es que el discurso nunca está cerrado y que existen muchos otros posibles discursos que pueden articular de distintas maneras los momentos, o que hay elementos que quedan por fuera de la articulación. A esos se les llama simplemente
“elementos” .Dicen los autores:
Llamaremos momentos a las posiciones diferenciales en tanto aparecen articuladas en el interior de un discurso (…) Llamaremos (...) elementos a toda diferencia que no se articula discursivamente (Laclau y Chantal 143).
En este contexto, el discurso es una parcial y contingente forma de fijar el sentido. Cada discurso tiene unos momentos privilegiados alrededor de los cuales fija el sentido, estos momentos reciben el nombre de puntos nodales.53 Así por ejemplo, en el discurso
53 El concepto de punto nodal lo tomó Laclau de Slavoj Zizek y lo define de la siguiente manera “Si sostenemos que el point de capiton constituye un “punto nodal”, es una especie de nudo de sentidos, eso
médico un punto nodal es “cuerpo” puesto que a este significante se articulan momentos
como “órganos” y “enfermedad”. Pero al significante cuerpo en el discurso religioso se le pueden articular otros significantes como es el caso de “pecado”.
“Pecado” cae por fuera del discurso médico por lo que hace parte de lo que Laclau llamada campo de discursividad, es decir, lo que queda por fuera del discurso donde se ubican los elementos. A partir de lo anterior entendemos que el discurso es una forma de fijar el sentido que excluye otras posibles formas de construir la significación, el cuerpo en sentido médico excluye la concepción, el cuerpo como pecado; en ese sentido la producción de un discurso tiene implícita la disputa con otros posibles discursos. Sobre estos principios epistemológicos y ontológicos, los autores construyen el concepto de hegemonía que se define como:
- la operación que produce la unidad de un sujeto social en el discurso, en este sentido hegemonizar es unir. Hegemonizar un grupo social es construirlo dentro de un discurso que lo nombra como uno, por ejemplo como proletario, pueblo o como nación. Desde este planteamiento el relato de nación es una operación hegemónica que produce la unidad de la comunidad.
- Pero siendo el discurso una práctica del poder, la hegemonía puede también entenderse como la acción de construir un determinado orden social través del discurso excluyendo otros órdenes posibles, es decir, como la operación de fijar ese discurso. Las prácticas contra hegemónicas, en cambio, son las que intentan producir otros sentidos para los momentos del discurso. Estos significantes que distintos discursos intentan vincular como momentos, reciben el nombre de significantes flotantes.
En relación con el primer sentido que se le da a la hegemonía, en La Razón Populista publicada casi 20 años después de Hegemonía y Estrategia Socialista Laclau explica que la hegemonía se produce mediante la articulación que crea equivalencias entre las demandas de distintos sectores sociales para construir la unidad de los mismos. A través de este proceso tanto los sujetos como las demandas se transforman, pues de hecho ellos
no implica que es simplemente la palabra más “rica” la palabra en la cual se condensa toda la riqueza de sentido del campo que "fija nodalmente”: el point de capiton es más bien la palabra que, como palabra, en el nivel del significante mismo, unifica un determinado campo, constituye su identidad: es, para decirlo de alguna manera, la palabra a la cual “las cosas mismas se refieren para reconocerse a sí mismas en su unidad” (Laclau, La razón populista 134) .
sólo son sujetos y demandas en un determinado discurso54. A la luz de lo anterior la teoría de Laclau y Mouffe rompe con el esencialismo de las clases sociales y de sus intereses, esto permite entender la formación de una comunidad política en contextos atravesados por antagonismos de clase, de género y de raza.
Hegemonizar a un conjunto de sectores no es, por tanto, un simple acuerdo coyuntural o momentáneo; es construir una relación estructuralmente nueva y, según hemos visto, diferente de la relación de clases. Esto nos demuestra que el término alianza de clases es totalmente insuficiente para caracterizar la relación hegemónica, ya que reducir esta última a aquel tiene poco sentido como pretender describir un edificio adicionando la relación de los ladrillos que lo componen. Pero la relación de equivalencia, por su misma lógica interna, no puede limitarse a mostrar su presencia a través de la sustitubilidad ocasional de sus términos; a una cierta altura debe dar lugar a la emergencia de un equivalente general en el que cristalice simbólicamente la relación en cuanto tal (Laclau y Mouffe 97).
La hegemonía se puede construir de dos maneras, en una prima la lógica de la equivalencia y en otra la lógica de la diferencia, aunque siempre están presentes las dos lógicas en un discurso. En el primer caso que corresponde a los discursos llamados populistas prima la lógica de las equivalencias que se establece entre las demandas de los sujetos sociales, esta equivalencia se simboliza como un término que recibe el nombre de significante vacío, un tipo particular de punto nodal. Este significante es un término que antes de la operación hegemónica expresaba una particularidad dentro de la totalidad de las demandas pues, siguiendo a de Saussure, no existe nada por fuera de esa totalidad. El significante vacío puede ser tanto una demanda particular, ejemplo de lo cual fue el término democracia que en el discurso de la modernidad recogía la equivalencia de las demandas de las burguesías, los obreros y los campesinos frente al absolutismo (Laclau y Chantal 1987). También puede ser un término que nombra un sujeto social, como ocurre con el pueblo que puede significar tanto la totalidad como un todo (populus) o como una parte de ella (plebs) (Laclau, La razón populista 278). A la luz de lo anterior Laclau define la hegemonía como
Esta operación por la que una particularidad asume una significación universal inconmensurable consigo misma es lo que denominamos hegemonía" (Laclau, La razón populista 95) o también "Hemos afirmado que, en una relación hegemónica, una diferencia particular asume la representación de una totalidad que la excede (Laclau, La razón populista 97).
54 El concepto de articulación reemplaza el de representación de intereses a la luz del cual no es posible unificar intereses opuestos. "La otra respuesta consiste en sustituir el principio de representación por el de articulación, es decir, aceptar tanto la diversidad estructural de las diversas relaciones en que los agentes sociales están inmersos, como el hecho de que el grado de unificación que pueda existir entre las mismas no es la expresión de una esencia común subyacente, sino la resultante de una lucha y construcción políticas" (Laclau y Mouffe 98).
Otra característica del discurso populista es la constitución de una frontera interna a la comunidad para crear el sentido sobre la misma, es decir, una oposición nosotros/ ellos que se deja ver en el carácter bipolar y maniqueísta de los discursos populistas. Señala también Laclau que en el discurso populista es fundamental el surgimiento de un líder a través de cuya palabra se unifican las demandas creándose así la comunidad (Laclau, La Razón populista 58).
En los llamados discursos institucionalistas prima en cambio la lógica de la diferencia por lo que la unión de las demandas se hace de manera tal que se mantiene la diferencia de las mismas a través de la conciliación de demandas, ejemplo de lo cual fue la vía transformista que se dio en Inglaterra en el siglo XIX cuando la burguesía logró disolver el antagonismo entre ella y el proletariado y, manteniendo la diferencia en las demandas, lo apoyó para que se integrara en el sistema democrático (Laclau, Tesis acerca de la forma hegemónica de la polìtica 19-45). La lógica de la diferencia es la que se presentaría en su forma pura en el caso hipotético de que existiera un sistema político con recursos suficientes para satisfacer individualmente todas las demandas sin necesidad de que ellas se integraran, este escenario implicaría la muerte de la política y la primacía de la administración. Pero como se trata sólo de una situación hipotética, la lógica de la diferencia siempre se completa con la de la equivalencia y un discurso es más o menos populista o más o menos institucionalista según el grado en que sus contenidos estén articulados por lógicas equivalenciales o diferenciales. A diferencia de los discursos populistas en los discursos institucionalistas no existe una frontera interna frente a la cual se construya la comunidad, sino que el discurso intenta hacer coincidir todo el pueblo con la comunidad.
Como fue señalado, la unidad que resulta de la hegemonía es siempre inestable, la sutura social que la hegemonía produce siempre está en riesgo pues siempre hay demandas que no se articulan o siempre hay otros discursos intentando articular de otras maneras las demandas o los significantes flotantes. No obstante una formación hegemónica es más sólida si se construye a través de la lógica de las equivalencias que si lo hace a través de la lógica de la diferencia pues al disolverse las diferencias, es menos probable que otro discurso se apropie de los significantes causando su flotación. Por eso el discurso populista es la operación hegemónica por excelencia como se puede ver en la definición de hegemonía arriba citada. También se puede decir que una formación hegemónica es más sólida si la cadena de demandas que articula no es muy
relativamente unificado a través de la institución de puntos nodales y de la constitución de identidades tendencialmente relacionales” (Laclau y Mouffe 180) hablamos de bloque histórico, cuando ese bloque histórico se rompe, se produce una crisis orgánica. Aunque el concepto de hegemonía de Gramsci difiere del de Laclau y Mouffe en la medida en que el filósofo italiano considera la hegemonía no como una operación de unión que se produce solamente en el discurso, sino como una combinación de coerción y de consenso sin implicar con ello que los actores envueltos en el proceso modifiquen sus identidades, -y esta es justamente la crítica que Laclau y Mouffe le hacen a su teoría-es necesario apoyarse en él, para explicar la función de los intelectuales en la construcción de la hegemonía.
Para el pensador italiano una clase se convierte en dirigente cuando deviene Estado, es decir, cuando ejerce coerción y cuando logra construir consenso. Para que este consenso se produzca es necesario que dicha clase comparta una visión de mundo o una ideología, es decir, una concepción de mundo coherente y sistemática y que ésta se convierta en un movimiento cultural que permee esferas como el arte, el derecho y la actividad económica transformado el sentido común de las clases dirigidas (Gramsci, Cuaderno de la cárcel 11 290). El sentido común es, a diferencia de la ideología, un
conocimiento incoherente y desordenado que el autor califica como “el folklore” de la
filosofía55, cuando éste se ha modificado por la ideología, es decir, cuando se ha creado la unidad ideológica entre clases dirigentes y dirigidas en términos de Gramsci se produce un bloque histórico56.
El ejercicio “normal” de la hegemonía en el terreno que ya se ha hecho clásico del régimen parlamentario, está caracterizado por una combinación de la fuerza y del consenso que se equilibran sin que la fuerza supere demasiado al consenso, sino que más bien aparezca apoyada por el consenso de la mayoría
55 "(…) el sentido común no es una concepción única, idéntica en el tiempo y en el espacio: es el "folklore" de la filosofía, y, como el folklore, se presenta en formas innumerables; su rasgo más fundamental y característico es el de ser una concepción (incluso en cada cerebro) disgregada, incoherente, incongruente, conforme a la posición social y cultural de las multitudes, cuya filosofía determina. Cuando en la historia se elabora un grupo social homogéneo, se elabora también, contra el sentido común, una filosofía homogénea, es decir, coherente y sistemática.” (Gramsci, Cuaderno de la cárcel 11 261)
56 “Pero en este punto se plantea el problema fundamental de toda concepción del mundo, de toda filosofía, que se haya convertido en un movimiento cultural, en una "religión", en una "fe", o sea que haya producido una actividad práctica y una voluntad y en ellas se halle contenida como "premisa" teórica implícita (una "ideología" podría decirse, si al término ideología se le da precisamente el significado más alto de una concepción del mundo que se manifiesta implícitamente en el arte, en el
derecho, en la actividad económica, en todas las manifestaciones de vida individuales y colectivas), o sea el problema de conservar la unidad ideológica en todo el bloque social que precisamente esa determinada ideología fusiona y unifica” (Gramsci, Cuaderno de la cárcel 11 248)
expresado por los órganos de la opinión pública (los cuales por esto en ciertas ocasiones son multiplicados artificiosamente) (Gramsci, Cuaderno de la cárcel 1 124).
Para construir la hegemonía el grupo social que llega al poder dando origen a un nuevo tipo de sociedad, debe crear sus intelectuales que difunden la ideología usando especialmente los órganos de opinión pública (Gramsci, Cuaderno de la cárcel 12 353)
Cada nuevo organismo histórico (tipo de sociedad) crea una nueva superestructura, cuyos representantes especializados y abanderados (los intelectuales) no pueden sino concebirse como también ellos "nuevos" intelectuales, surgidos de la nueva situación y no continuación de la precedente intelectualidad. Si los "nuevos" intelectuales se sitúan como continuación directa de la precedente intelligentzia, no son en absoluto "nuevos", es decir, no están ligados al nuevo grupo social que representa orgánicamente la nueva situación histórica, sino que son un residuo conservador y fosilizado del grupo social superado históricamente (Gramsci, Cuaderno de la cárcel 11 270).
Para Gramsci “intelectual” es un concepto con un significado amplio ya que el autor se opone a lo que él llama una visión cristalizada de los intelectuales que consiste en creer que ellos son una clase que permanece en la historia y que no tienen relación con el estado de las fuerzas de producción. Contrariamente sostiene que cada clase y cada tipo de sociedad crea una nueva superestructura y con ellas sus intelectuales.57.
En el Cuaderno 12 donde se ocupa explícitamente del tema sostiene que los límites del concepto de intelectual no se deben buscar en lo intrínseco de la actividad dado que todos los hombres son intelectuales, sino que el contorno de que lo se entiende por intelectual apunta a la función que cumplen los hombres en la sociedad. En relación con lo primero dice el autor:
No existe actividad humana de la que se pueda excluir toda intervención intelectual, no se puede separar