CAPÍTULO II. ANTECEDENTES DE LA RECEPCIÓN: NIETZSCHE EN EUROPA
2. Nietzsche en Francia, 1889-1914
2.1. Henri Lichtenberger
Ciertamente, en el medio intelectual francés del último decenio del siglo XIX y principio del XX, las dispares apropiaciones de Nietzsche contribuyeron a una imagen contradictoria de éste. Ante tal perspectiva el único estudio de la época que, en cierto modo, sintetizó de forma unitaria la temática nietzscheana fue la obra del germanista Henri Lichtenberger La Philosophie de Nietzsche, publicada en 1898. Este libro, cuyo contenido, nítido y mesurado, fue el primero en ofrecer no sólo una biografía de Nietzsche, sino también una síntesis de las principales ideas de éste. En apretado resumen se puede decir que en este texto Lichtenberger se propuso deshacer algunos malentendidos en torno a la persona de Nietzsche, sobre todo los rumores, alimentados fundamentalmente por Max Nordau79, de que éste había sido llevado en diversas ocasiones a sanatorios psiquiátricos y que había escrito sus principales obras en estado de alienación mental. Lo más relevante de este de trabajo es su exposición de la filosofía de Nietzsche en dos vertientes: la parte negativa de su doctrina, la crítica del hombre de su época, de sus creencias y sus instintos; y la parte positiva que, según el escritor francés, consiste en la idea del “eterno retorno” y el “superhombre”. Igualmente, una de las contribuciones de este trabajo fue el haber distinguido diferentes períodos en el pensamiento del filósofo alemán. Es preciso aclarar, sin embargo, que si bien Lichtenberger distinguió dos períodos en la vida filosófica de Nietzsche, a saber, una etapa de crítica negativa (1876-1882), y una etapa positiva, de construcción (1882-1888), no le parecía adecuado estudiarlas por separados. Resulta curioso que en esa distinción no aparecieran las primeras obras del filósofo alemán. En efecto, el escritor francés consideraba ese período de la vida de Nietzsche como una etapa formativa.
78 Cf. Hugues Rebell, 1893; 79
Aunque con extrema brevedad, revisaremos los conceptos que se perfilan en esta interpretación filosófica. Para empezar, si toda civilización tiene una tabla de valores por la cual se estima una cosa superior a otra, o se cree que unas acciones son preferibles a otras, la tabla de valores que era reconocida por la civilización europea estaba, según Nietzsche, mal trazada. Para Lichtenberger era este el problema en el que el filósofo alemán había concentrado todos sus esfuerzos80. En ese sentido expone cómo Nietzsche llevó a cabo un análisis genealógico del hombre europeo moderno, de su tabla de valores, sobre todo de la aceptación de cierto número de valores absolutos, que estaban fuera de toda discusión y que le servían para concebir y juzgar la realidad. Entre estos valores aceptados universalmente estaban, ciertamente, la Verdad y el Bien. Los grandes culpables de esta valoración eran los filósofos y los sacerdotes. Kant, por ejemplo, «había considerado como verdad superior a toda razón y a toda discusión la existencia de su imperativo categórico, “obra de tal modo que tu conducta pueda ser erigida en regla universal”» (Lichtenberger, 1910, p. 136). Pero todas esas entidades metafísicas, “el imperativo categórico”, “la cosa en sí”, “la Verdad”, “Dios”, eran solamente fantasmas de la imaginación del hombre, creaciones que desvirtuaban la realidad más íntima. Si bien todos nuestros actos y pensamientos estaban, en último término, gobernados por nuestros instintos, éstos finalmente se reducían «a un solo instinto primordial: la “voluntad de poder”», que bastaba para explicar por sí sola «todas las manifestaciones de la vida de que somos testigos» (Lichtenberger, 1910, p. 137).
Pero, ciertamente, no todos los instintos del hombre son igualmente sanos, ya que algunos de estos tienden a ser morbosos y a debilitar la vida. Estos instintos eran los que dominaban al hombre europeo moderno, instintos enfermos, débiles y decadentes, que decían “no” a la existencia y que se inclinaban a la muerte. Nietzsche había llegado a esta idea, según el escritor francés, después de haber estudiado cómo se había formado la tabla de valores del hombre europeo actual, en suma, luego de haber hecho una genealogía de la moral que le revelaba el estado del alma del europeo moderno.
A continuación de este diagnóstico sobre el hombre europeo, de su enfermedad, y de sus innegables síntomas de decadencia, diagnóstico que constituye la
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parte negativa de la filosofía de Nietzsche, Lichtenberger resume en otro capítulo la parte positiva del pensamiento del filósofo: el superhombre. Utilizando la metáfora de las hojas del otoño como imagen de la decadencia de la civilización occidental, pero también como preludio de una regeneración hacia una forma de vida superior, el escritor francés interpretaba el superhombre nietzscheano del siguiente modo:
Como el estado a que llegará el hombre cuando haya renunciado a la jerarquía actual de los valores, al ideal cristiano, democrático o ascético, hoy corriente en toda la Europa moderna, para volver a la tabla de valores admitida por las razas nobles, por los amos que crean ellos mismos los valores que reconocen en lugar de recibirlos del exterior (Lichtenberger, 1910, p. 200).
Así pues, con esta definición del superhombre no se trataba de hacer renacer después de siglos a la bestia rubia, sino de romper las tablas de valores que en ese momento estorbaban la marcha hacia adelante, y reemplazarlas por nuevos valores. Por tanto, el superhombre era el poeta genial, el experimentador que busca sin descanso nuevas formas de existencia, la serenidad del buen jugador, la inocencia del niño. La metáfora del niño en cuanto Übermensch servía para explicar los juegos de creación, la inocencia, el olvido y el nuevo comienzo81.
A pesar de tales atisbos, el estudio de Lichtenberger era dependiente no sólo de la deficiente edición de las obras de Nietzsche en esos momentos82, sino también de la biografía publicada por la hermana, Elisabeth Förster-Nietzsche, Das Leben F. Nietzsche’s, tomo I (1895) y tomo II (1897), que lo presentó como un genuino patriota prusiano, además de combatir contra la idea de que su enajenación mental fuese la
81 Si bien la figura del “niño” aparece en Nietzsche en varias de sus obras, el tratamiento que hace en el Zaratustra, sobre todo en “De las tres transformaciones” es fundamental en tanto metáfora del Übermensch, como puede verse en el texto siguiente que inspira los comentarios de Lichtenberger: «En
otro tiempo el espíritu amó el “Tú debes” como su cosa más santa: ahora tiene que encontrar ilusión y capricho incluso en lo más santo, de modo que robe el quedar libre de su amor: para ese robo se precisa el león.
Pero decidme, hermano míos, ¿qué es capaz de hacer el niño que ni siquiera el león ha podido hacer? ¿Por qué el león rapaz tiene que convertirse todavía en niño?
Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí» (Za, 1972, p. 67).
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consecuencia de una enfermedad contagiosa o de una enfermedad hereditaria. Pese a esos grandes obstáculos Lichtenberger logró, no obstante, sintetizar en una acertada conclusión cierta parcela de la propuesta de Nietzsche, diciendo que:
…pocos pensadores han sabido, en el mismo grado que él, forzar al hombre a verse tal como es, a ser totalmente sinceros para consigo mismos; pocos moralistas han puesto en evidencia con tanta crueldad todos los pequeños engaños a que el alma se somete para disimular su debilidad, su cobardía, su impotencia, su mediocridad (Lichtenberger, 1910, p. 246).
Por eso, «Nietzsche nos aparece como un médico de almas rudo e impasible: la higiene que prescribe a sus pacientes es severa, peligrosa de seguir, pero fortificante…» (Ibid.). Esta lectura tendrá un notable impacto en su tiempo, como luego mostraremos.