al diario La Nación y al Dr. Bartolomé Mitre al Museo Mitre y al Dr. Jorge Carlos Mitre
Digo heraldo del equilibrio y la mesura como tal lo llamara mi querido profesor y amigo Adolfo Korn Villafañe, ya desde la Cátedra Derecho público provincial y municipal (facultad estatal platense del derecho, allá en los años 50) que él elevara y prestigiara como ningún otro. Maestro y amigo... dos vocablos que complace verlos entrelazados junto con el respeto y la perdurabilidad. Nació en La Plata el 29 de mayo de 1894 y en La Plata murió en enero de 1959. Hijo del famoso ilósofo Alejandro Korn y de María Villafañe, descendiente de una antigua familia que en la época colonial se estableció en La Rioja, Catamarca y Tucumán.
Siempre he sostenido que, como en el caso de Mitre –que no es un extraño caso- hay ciertos hombres que no tienen una real dimensión, sino varias (aunque éstas no fuesen reales todas).
También he sostenido que la talla de algunos hombres no se mide – ni debe medírsela – por los triunfos (ni su cantidad). Ni menos si han ganado alguna que otra batalla, sino por los éxitos – obtenidos en múltiples obras o actividades, incluyendo alguna que otra batalla -, como en el caso del francés Napoleón I (no obstante haber perdido alguna de las más importantes batallas) o del italiano Cavour (que no ganó ninguna, porque no era general como Mitre, pero sí un esclarecido político que logró la unidad de su patria). O como el caso de Saavedra que en los días mayos previos al “25” viera, con realismo (condición imprescindible en política), cómo estaba la situación y qué debía y qué podía hacerse. O simplemente, el caso de Belgrano que fue un ejemplo sin par, que el mismo Mitre destacase sin retaceos (su Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina).
No sólo es la oratoria (oh, la oratoria de Mitre, dicen algunos que lo reniegan, y otros repiten, es decir, aquellos que lo tienen y sostienen como gran prócer), sino ciertas obras de tales esclarecidas mentes, para acometer las grandes empresas nacionales, todas aquellas que contribuyen a forjar los poderosos estados y reinos, naciones e imperios y que la historia conoce (romano, británico, español, ruso o francés), léanse los césares, los estuardos, los borbones, los pedros, los alfredos…
Y allí está Mitre con todos sus aciertos y con todos sus errores, sus virtudes y sus defectos, ni más ni menos que Moreno, Rosas, San Martin, Sarmiento, Pellegrini o Roca, para no ir demasiado lejos ni venir demasiado cerca cotidianamente (para eso, quizá, estén justiicadamente mejor predispuestos
La Nación y demás instituciones mitristas). No hay que empujar al patricio ni al excesivo olvido ni al exuberante recuerdo. No merece lo uno ni necesita de lo otro.
Mitre no es nada más que Mitre, un hombre real a sí mismo, ni más ni menos que muchos mitres que merecen andar sueltos y que se los conoce por aquí y por allá, ora el político, ora el militar, o el periodista, el orador, o el traductor o biógrafo.
¡Que más para quien se lo recuerda como el que estuvo caminando las calles de Buenos Aires o los campos de batalla, en estas amplias latitudes tan necesitadas aun de buenos estadistas argentinos que vengan a gobernar argentinísimamente para la verdadera independización, de una vez por todas (y hacer realidad el día patrio de estos días de Julio), como lograron hacerlo
las grandes potencias que nadie ignora!
Lo demás es literatura. O puede ser mera biografía de lo cotidiano, ideal argumento para la chatura de una política efímera de mero comité, que arrojará muy poca o ninguna luz y le hará poco favor a la verdadera causa de la argentinización del estado.
Hay que proyectar – sin empujar, sin empellones – a Mitre como debiera hacer con otros (incluyendo al mismísimo antimitrista Hernández, por ejemplo), según lo dije alguna vez en ese hermoso pais -que es Saladillo- cuando diserté sobre la vida, pasión y muerte del autor del Martín Fierro
(así titulaba la conferencia)1; y proyectando a ellos en sus diversas dimensiones,
se advertirá. que nadie tiene el patrimonio de la verdad (salvo la Providencia), sino que algunos están más cerca, tal vez, del patriotismo, la entereza, la templanza y la honradez, que otros.
Los unos y los otros, son nada más que meras palabras o la visión y el sentido de la política y de lo nacional que, cada uno, tiene dentro de sí mismo y practica cotidianamente y a conciencia, como Dios manda.
Lo demás es lo demás, ya vanidad o vanagloria, ya politiquería o simplemente pose de la futura estatua que se fractura inesperadamente, la que de pronto nadie mira, o todos olvidan, o los más derribarán despiadadamente... antes o después que las palomas puedan dejar sobre ella su efímera muestra perecedera de ineicaz abono.
Que nadie agarre a los argentinos sin los perros, menos los maulas extranjeros que siempre quisieron posesionarlos, como los británicos (que ya un 10 de julio de 1770 hubo que expulsarlos del Puerto Egmond en Malvinas, al que habían invadido -como siempre-, recordando que Belgrano había nacido pocos días antes, 3 de junio. Claro, los ingleses se hicieron los osos... y de las Malvinas, los frigoríicos, los ferrocarriles y otras pequeñas cosas del país.
Cuando alguna vez se dudó -nada menos que Ricardo Rojas, entre otros- de la calidad de poeta de Almafuerte -que vivió mucho tiempo aquí (donde murió), se pudo disentir válidamente con el autor de 011antay aduciéndose que, cuando el pueblo recuerda aunque fuere una sola línea de algunos de sus sonetos, sin
1) Pronunciada en un acto organizado por la Comisión Municipal de Cultura, de Saladillo, presidida por el incansable Luis Adolfo Borracer, llevado a cabo en la Biblioteca Popular «Bartolomé Mitre> justo el Día de la Tradición de 1979, en el centésimo cuadragésimo quinto aniversario del nacimiento del poeta y el centésimo aniversario de la edición de la vuelta de Martín Fierro. Ese hermoso acto queda tanto en el recuerdo que justamente las presentes relexiones sobre el heraldo del equilibrio y la mesura, me fueron solicitadas por el mismo Borracer y la biblioteca anitriona, en 1987.
duda es porque allí hay poesía, y sobre todo porque el que la escribió, es poeta. Habrá de verse, desde otra óptica, si ante análogos reparos Mitre ostenta méritos similares (aunque no fuere como poeta).
Al menos, se sabrá no tanto lo que Hernández dijo de Mitre, cuanto lo que otros -contemporáneos o no- dijeron de él.
Por fortuna, nadie puede convencerse de que Mitre sea imperdonable -o insuperable-, de igual modo que todos quedan advertidos de que nadie es otra cosa que un habitante de esta tierra, a la que Mitre tanto amó. Y la que fue amada no sólo por Mitre.