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MENDIOROZ Esos poetas platenses

In document De las almas que no mueren (página 43-49)

a Pedro Belisario Groppo-Milanta, Joaquín Reca-Milanta y Sofía Reca-Milanta

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Según algunas fuentes, don Ricardo Mendióroz nació en Salta (8 noviembre 1866) y murió en San Miguel de Tucumán (4 enero 1908), en cuya ciudad se dedicó al periodismo dirigiendo La Mañana, El Nacional, La Provincia y La Gaceta, además de fundar y dirigir la Revista de Letras y ciencias sociales. Este «devoto republicano, que alterna el periodismo con la literatura», casó con «una dama de acendrada fe católica», doña Urbana Espejo, de cuya unión, en San Miguel del Tucumán, el 13 de junio de 1895, nació Alberto, quien a los 13 años de edad, va «siente el misterio de que están saturadas las cosas, los conceptos, el ser, e inicia a través del tránsito poético, la búsqueda de Dios y de la belleza»1

1) Según Hugo Enrique Mendióroz, en Ciudad de los poetas, Col. de Escribanos de la Prov. de Buenos Aires, La Plata, 1967, 39.

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En la última reunión a ines de diciembre de 1973, en mi condición de presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), ilial La Plata, propuse a mis compañeros de la comisión directiva, que el siguiente año de 1974 se denominara «Año del poeta platense Alberto Mendióroz», en atención a que el próximo 13 de febrero de dicho año de 1974 se cumpliría el quincuagésimo aniversario de la muerte del poeta acaecida en la ciudad de Buenos Aires. Aceptada la misma, comenzado el año, y luego de un hermoso acto llevado a cabo en esos primeros días de febrero, en el salón dorado del ex Jockey Club, oportunidad en que hablaron Raquel Sajón de Cuello y María del Carmen Garay, el 13 de febrero se lleva a cabo otro en la arteria platense que lleva el nombre del vate y la SADE descubrió una placa (por intermedio de las nietas del poeta, María Teresa y Romilda Cristina Mendióroz y Soliverez), circunstancia en que efectué una semblanza del autor de Horas puras.

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Joaquín Víctor González2 acertó en pasar por el Tucumán y conoció

al adolescente Alberto y lo escuchó en una oportunidad que más tarde describiría él mismo en una publicación3 : « al concluir mi aiebrado poema,

que declamé con mi híbrida voz de 15 años, don Joaquín me dijo nobles palabras de aliento. Mis imprudentes coloquios con el Ininito, con la Verdad, con la Nada, todo en inexpresadas mayúsculas, coadyuvaron de modo decisivo en mi carrera, ya que a ellos debí el empleo que Joaquín V. González me reservó en la Universidad».

Himno humano y Poemas trascendentales -diría años más tarde su hijo Hugo Enrique4 - «no parecen obras de un niño, por la penetración ilosóica

que cautivara al fundador de nuestra Universidad y lo moviera a traerlo, como secretario suyo,junto a él».

Y así llegó a esta ciudad de los tilos y de las diagonales quien pronto se graduaría de «orador, de poeta, de abogado y de enamorado», pues se allegó a

2) Nació en Nonogasta, departamento de Chilecito, provincia de La Rioja, el 6 de marzo de 1863, y murió en Buenos Aires, el 21 de diciembre de 1923.

3) Rev. Nosotros, enero de 1924, cit. por S ARAVI CISNEROS Roberto, Primera Antología Poética Platense, Ed. Zamora, BA, 1956, 45.

sus aulas, revistas, tribunas y al corazón de una de sus maestras5 .

Conoce aquí a Pedro Palacios (Almafuerte) y escribe sobre él el primer ensayo después de muerto el bardo y, por supuesto, uno de los mejores,6

así como a Rafael Alberto Arrieta, Alejandro Korn y otros integrantes de la intelectualidad de entonces, hasta que, en sus 24 años de edad, y recién casado con Romilda Poggio, emigra a Salta, donde le aguarda un honroso cargo de juez. En la provincia norteña nace su hijo Hugo Enrique -de quien me ocuparé más adelante- el 23 de octubre de 1920, y se enriquece con la «jerigonza bárbara de las voces legales» y la amistad de Joaquín Castellanos, Juan Carlos Dávalos y Ricardo Güiraldes.

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Su hijo lo describe acertadamente como un «lírico de acentuado intelectualismo», que «expresó sus dudas filosóficas y su visión romántica con penetración analítica y trazo clásico. Sin conocer su última producción, Julio Noé ya lo había señalado ‘entre los poetas que aparecen después de Enrique Banchs, denunciadores de un nuevo estado de la cultura argentina’ y Pedro Henríquez Ureña lo situaba en un diagrama sobre poesía de la época. Su desaparición, producida cuando sus manos y sus sienes querían arrebatarle a la vida más belleza y sabiduría, nos deja el interrogante de cuál pudo llegar a ser su valoración definitiva. Pero, su ciudad no tuvo ni tiene preocupaciones académicas. Porque La Plata, identificándolo con su idiosincracia, lo ungió, desde siempre, en uno de sus primeros poetas. Y hoy, como si fuera parte de su patrimonio, le ha dado un pedazo de su tierra para que descanse, junto a su compañera, apasionada divulgadora de su obra y también poeta. Y ha grabado su nombre, junto a los de sus pares Delheye, López Merino y Ripa Alberdi, en una de cuatro de sus diagonales, tan breves como sus vidas»7.

Debo recordar aquí que Romita, su esposa, entre otras formas de divulgar la obra del poeta, reunió composiciones inéditas que publicó con el título de La luz buena del amor (La Plata, 1932), así como que una de las obras fundamentales en poesía se titula Horas puras (libro editado en Buenos Aires, 1915), escrita cuando aun Mendióroz no había cumplido sus primeros veinte años de vida, más precisamente, «entre sus 14 y 19 años» (así lo precisa Hugo

5) lbíd

6) MENDIOROZ Alberto, Almafuerte, en Rev. Atenea, Asoc. ex Alumnos Colegio Nacional de La Plata, Año I, vol. I, N° 2, 1918.

Enrique, en El Día del 28 de febrero de 1993). Además del recordado ensayo

Alinafuerte, en la mencionada revista Nosotros entre los años 1914 y 1924,

publicó los siguientes trabajos: Joaquín V. González; Horacio Quiroga; Alfonsina Storni; César Carrizo; Guido Spano y Rafael de Diego. Y entre la obra inédita, pueden mencionarse los siguientes cuentos: La bella teoría; La iel esposa; Una noche; Más allá del bien y del mal; Cuento trágico; El cigarrillo; El sombrero y el viento; El hombre de carácter y Los viejecitos.

Escribió novelas, tales como El barrio triste; Marcos Boissán; La capa; La inmortal esperanza y La caída. En teatro dejó asimismo inéditos, dos dramas:

El mal amor y La inútil verdad. Y una pieza teatral inconclusa. Aladino y la lámpara maravillosa la que, previamente terminada por su esposa, ésta hizo representar en el Teatro Argentino (La Plata). Asimismo, la educadora y exvicedirectora de la Anexa de esta ciudad de La Plata, que escribió un folleto sobre la catedral y en El Día tuvo a su cargo una página femenina, también fue autora de un libro titulado Territorio espiritual, entre otros.

En el referido acto del 13 de febrero de 1974 dije que, «cuando alguna vez se escriba la historia grande de la poética de estas latitudes (para hablar, de alguna manera, no sólo del territorio platense ni del bonaerense, sino de la Argentina), estará entre los principales nombres de la primera ila el de Alberto Mendióroz por la calidad de su obra y ya no tanto porque hubiere pertenecido a la primavera trágica o fúnebre, como le han designado algunos autorizados escritores, como Rafael Alberto Arrieta», Y para cerrar el acto, y antes de que las nietas del poeta descubrieran, en nombre de la SADE, la placa recordatoria, leí uno de los más trascendentes logros de su obra que tituló El tiempo.

El tiempo, sin tener nada nuevo que hacer, se ha obstinado en llover.

Mi pensamiento, enfermo de inconcreción, divaga sobre lo que desea, sobre lo que posee

y en tanto aquello y esto tan poco, que se apaga no sé qué interna lámpara. Mi mirada, que lee en las líneas tenaces de la lluvia el poema de la soledad, de la nostalgia, del tedio, arranca mis ideas por insensible medio a la inútil rebusca de la causa Suprema.

Una puerta, al cerrarse, quiebra el Cosmos. Y nuevo soñar y divagar...

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En una mañana del año 1951, en mi facultad platense del derecho, en los tiempos en que los cursos del Seminario se hacían en serio y se estudiaba (no por apuntes), porque eran verdaderos cursos de investigación, me decidí por el de Derecho Penal -que por otra parte mucho me interesaba (y pasando el tiempo «hice» penal en el fuero capitalino) -, curso que estaba a cargo de un buen profesory que pronto se transformó en un muy buen mi amigo:

Samuel «Samuelito» Daien. Hablar de este amigo, me llena de indisimulable emoción, pues quedé vinculado a él, a sus charlas y encuentros hasta el día de su sentida muerte, tan lamentable como irreparable. En in, sigo diciendo que en tal curso de investigación se desempeñaba como secretario -o ayudante, tal vez-, Hugo Enrique Mendióroz, con quien tuve trato cordial, afectuoso y sincero, no obstante que el inicio, durante aquel año lectivo, tuvo su origen en una discusión relacionada con la edad para la magistratura, que, hoy, al través del tiempo, pierde de alguna manera actualidad. Entonces yo creía -y aunque creo aún, sigo creyendo en parte- que, salvo excepciones conirmatorias de la regla, los hombres jóvenes no se encuentran suicientemente capacitados para ser juez Para esta tremenda magistratura se necesita experiencia y versación. Es lo cierto que la réplica de Mendióroz no se hizo esperar cuando mencionó hombres jóvenes en la historia, tales como Belgrano, Moreno, Avellaneda... Y por supuesto, más que nada por discreción, ¡silenció el nombre de su padre! El tiempo y ese ejemplo, entre otros, me conirman que son las muy contadas y honrosísimas excepciones, al menos en la magistratura judicial. En otros terrenos, no niego ni reniego la existencia de niños prodigios o jóvenes prodigios. Pero, en tratándose de la justicia, no doy fácilmente el brazo a torcer. Bien, dejo ya lo del seminario, en el que presenté un trabajo, que mucho me satisizo, sobre el Derecho penal de los menores (82 ps.) y que fue aprobado, para decir que, pasando el tiempo, mantuve aquel trato con Hugo Enrique (que, como se sabe, nació en Salta el 23 de octubre de 1920, hijo de Alberto y de Romilda Poggio, y casado con su única novia y sola mujer en su vida, Gladys Laura Soliverez, con la que tuvo las dos hijas ya mencionadas, María Teresa y Romilda Cristina). Su obra poética editada comprende dos libros: Agua nueva (1944) y Resplandor (1959), este último editado por la municipalidad de La Plata -previa selección-, en la llamada época del «ucrista» Frangi, y además galardonado con la Faja de Honor 1959 de la SEP. Hugo Enrique fundó la revista Coro (junto con Venturini, García Saraví y Amaral),

y sus lecturas, según propia declaración, son las de eminentes autores, tales como Chesterton, Lugones, Bernárdez, Anzoátegui y Molinari. También ha confesado tener obra inédita: la autobiografía de un perro, en prosa, titulada

Negro, y un relato algo raro: Las noruelas.

Como inal, y en homenaje a este capítulo que sólo me permití titularlo

Mendióroz, por los tantos y de tantos alcances que fueron y son, me permito incorporar aquí, de Hugo Enrique, un soneto de su mencionado libro

Resplandor, titulado Para la luna de Juan Ramón y su Platero (que, por lo demás, él mismo decidió incluir en la referida publicación Ciudad de los poetas).

Luna que alumbras en la noche oscura los caminos del grillo y de la fuente mientras levantas silenciosamente ciudades en la .lor y en la espesura. Luna grande y redonda de hermosura que viene tras Platero mansamente mientras el terciopelo de su frente moja su suavidad en tu blancura. Breve luna acuñada en luz de estrella que quedaste mirando en la alta hora los dos amigos caminar tu huella y que de pronto, en música y en brillo, te dejaste beber por el burrillo

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MITRE

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