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Hermes Trismegistos a Asclepios: Sobre el correcto pensar

1 Hermes: Dado que en tu ausencia, hijo mío, Tat quería obtener información acerca de la naturaleza del universo y no quería permitirme aplazar esta clase —puesto que es

mi hijo y joven alumno, que hace poco ha llegado al conocimiento de las cosas— me he

visto obligado a detenerme con más detalle, para facilitarle el acceso a la enseñanza. 2 Pero para ti he escogido, de lo tratado, los capítulos más importantes y los he resumido de un modo más místico, considerando tu edad más madura y el conocimiento que has adquirido acerca de la naturaleza de las cosas.

3 Si todas las cosas que se manifiestan, llegan a ser o han llegado a ser, y si no vienen a ser por sí mismas, sino por otro, y si todas las cosas que han venido a ser son diferentes y dispares y deben su nacimiento a otro, entonces existe alguien que es su Creador. En tal caso, Este no ha nacido y podría decirse que existió antes de todo lo que está creado. Como ya dije, lo que es creado deviene por otro. No puede, por consiguiente, existir nada que ya fuera antes de que todo ello viniese a ser, con excepción de aquello que, El mismo, nunca ha comenzado: el Creador.

4 Este es también más poderoso y único. Sólo El es verdaderamente sabio en todo, puesto que no hay nada que fuese antes que El. Porque El es el primero, tanto en jerarquía como en magnitud, y también por la diferencia que existe entre El y todas las criaturas, y por la continuidad de su creación. Además, todas las criaturas son visibles, pero El es invisible. Precisamente por eso crea: para hacerse visible. Así, El crea sin parar y, de esta manera, se hace visible.

5 De este modo hay que pensar y, por este modo de pensar, admirarse y considerarse bienaventurado por haber conocido al Padre. Puesto que, ¿qué hay más agradable que un verdadero Padre? ¿Quién, entonces, es El, y cómo le conoceremos? ¿Es correcto que Le llamemos con el nombre de 'Dios'? ¿O debe ser el de 'Creador'? ¿O 'Padre'? ¿O quizá los tres? ¿Dios, a causa de su poder? ¿Creador, por su actividad? ¿Padre, por su bondad? Ya que El es poderoso, vista la diversidad de las cosas que han devenido; y está activo, ya que, ciertamente, todo llega a ser por El.

6 Así pues, desligándonos de la vana palabrería, tenemos que distinguir estos dos: lo creado y el Creador. Entre ambos no hay mediador alguno, ningún tercero.

7 Discierne en todo lo que comprendas y advierte así, siempre, estos dos, y estáte convencido de que ambos lo abarcan e incluyen todo en sí. No dejes que al respecto te invada duda alguna: ni con respecto a las cosas que están arriba, ni a las que están abajo, ni en lo que se refiere a las cosas divinas, ni a lo cambiante, o a lo que pertenece a los misterios. Todo lo existente se resume en estos dos: lo creado y el Creador, y no pueden separarse en modo alguno. El Creador no puede existir sin creación. Cada uno es exactamente lo que la palabra indica y ninguna otra cosa. Por eso el uno no puede ser separado del otro ni de sí mismo.

8 Dado que el Creador sólo es la única función simple, no compuesta, necesariamente debe ser igual a Sí mismo, porque el crear del Creador es el devenir de un estado de ser. Ya que lo que ha sido engendrado no puede existir como si se hubiese engendrado

a sí mismo. Una creación debe ser pues, necesariamente, producida por otro: por consiguiente, sin el Creador nada llega a ser y nada existe. Si Creador y criatura son separados, cada uno de ellos pierde su propio ser, porque, en tal caso, han sido privados de su complemento. Si, por lo tanto, se reconoce que la realidad se puede resumir en estos dos —Creador y criatura— se reconoce que éstos forman una unidad

en virtud de su necesidad recíproca: primero está la divinidad creadora, después viene lo creado, sea lo que sea.

9 No temas que la distinción que hice fuese a quitar algo del respeto a Dios o a su gloria. Para El, sólo existe una gloria: traer a la existencia a todos los seres. Esto, el crear, el dar forma y vida, es como si dijéramos el cuerpo de Dios. No pienses que el Creador haya dispuesto algo malo o vergonzoso. Estos aspectos —lo malo y lo vergon-

zoso— están inseparablemente unidos a la generación, lo mismo que la pátina al

bronce, y la suciedad al cuerpo. Mas no es el broncista el que ha hecho la pátina y no son los padres los que causan el ensuciamiento al cuerpo, ni es Dios el que ha creado el mal. Es el consumo, la consumición de las cosas creadas, lo que provoca este efecto secundario del mal. Precisamente, por eso, Dios ha establecido la mutabilidad para la purificación de lo creado.

10 Si un pintor puede representar tanto el cielo y los dioses como la tierra y el mar y el hombre y todos los animales y cosas inanimadas, ¿no sería, Dios, capaz de crear todo esto? ¡Qué insensatez e ignorancia, si se piensa eso de Dios! Los que piensan de esta manera experimentan las cosas más extrañas. Mientras aseguran que alaban a Dios y Le expresan su veneración, rehusan reconocerle como el Creador de todas las cosas. Con ello, no sólo demuestran no conocer a Dios, sino que, además, cometen la más atroz impiedad, atribuyéndole arrogancia e impotencia. Si Dios no fuera el Creador de todos los seres, entonces sería como si no se dignase traerlos a la existencia, o no fuese capaz de ello. Por tanto, es impío pensar así.

11 Dios sólo tiene una cualidad: el bien. Y este bien absoluto no es arrogante ni impotente. Sí, eso es Dios: el bien, el todopoderoso, que crea todo. Todo lo creado ha devenido por Dios; por El, que es absolutamente bueno y que tiene el poder de traer todo a la existencia.

12 Si quieres saber ahora cómo crea Dios, y cómo lo creado llega a ser, he aquí entonces una bella y adecuada comparación. Piensa en un campesino que esparce la semilla en el campo: aquí trigo, allí cebada, a continuación en otra parte, otro tipo de grano. Ve cómo planta aquí una vid, allí un manzano, a continuación, en otra parte, otras clases de árboles. Así siembra Dios la inmortalidad en el cielo, la mutabilidad en la Tierra, y la vida y el movimiento en el universo. Estos aspectos de la actividad no son, pues, numerosos. Son pocos en número y fáciles de contar: a saber, cuatro en total, además, del propio Dios y lo creado. Estos seis, juntos, forman todo lo que existe.

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