Una mañana se resolvió en Hermosillo, de buenas a primeras, que Miguel Alessio Robles tenía grandes dotes para secretario general del gobierno del estado de Sinaloa, así como que las dotes mías para oficial mayor no resultarían menores junto a las de él. Se nos dieron nuestros pasaportes; se nos proveyó de dinero; se nos entregaron cartas explicativas del objeto del viaje, y se nos ordenó que partiéramos sin tardanza para la capital del estado, que iba a beneficiarse con nuestras reconocidas, si bien hasta entonces nunca probadas, aptitudes para el difícil arte del gobierno.
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De Hermosillo a Maytorena nuestro viaje se hizo en condiciones casi normales. Era un día claro —con esa claridad, de México sólo, que acerca las montañas y convierte el aire en transparencia pura: se dilataba la vista hasta lejanos confines que parecían, dentro del cristal de la atmósfera, estar a un paso. El tren corría sin incidentes y bañado en luz. De cuando en cuando nos precipitábamos —a eso se acostumbraban pronto los nervios— en el abismo de un shoe-fly. Entonces se balanceaba la locomotora, se torcían los furgones, crujían los coches y reíamos excitados los viajeros hasta que a poco tornábamos a respirar. De cuando en cuando, los soldados yaquis, intalados en el techo de los carros, no resistían a su instinto de hacer blanco y mataban o herían, impulsados por la nitidez de las imágenes, los pacíficos animales que se les ponían a tiro: veíamos caer a uno y otro lado de la vía férrea toros, caballos, mulas. De cuando en cuando, Eduardo Hay, a cuyas órdenes iba el tren, por ser él el jefe de graduación más alta, se indignaba ante tamaños actos de salvajismo y dictaba órdenes. Entonces nos deteníamos, subían a los techos varios oficiales, se amonestaba a la tropa y, tranquilos para un rato, seguíamos adelante.
Más de una hora nos detuvimos en Ortiz, a fin de que los soldados reposaran y comiesen. Alessio y Hay, buenos amigos del general Salvador Alvarado, resolvieron que debíamos hacerle una visita. Yo hubiera preferido no moverme de mi asiento, para no agitar en mí, recorriendo aquellos lugares, tristes recuerdos de familia; pero Alessio se empeñó de tal modo que no hubo medio de resistir, y los tres nos fuimos en busca del vencedor de Santa María.
Ortiz era entonces un campamento formidable: cuartel general de las fuerzas que sitiaban a Guaymas, base de operaciones, depósito de armas y aprovisionamiento. Todo lo cual, bajo el excelente espíritu administrativo y organizador de que el general
Alvarado dio siempre pruebas en cuanto tuvo a su mando directo, producía cierta impresión verdaderamente militar y en no pequeña escala. Por vez primera sentí allí el vigor armado de la Revolución Constitucionalista, y lo sentí al punto de que nada análogo había de experimentar hasta conocer, andando el tiempo, los grandes campamentos villistas de Chihuahua.
Alvarado nos recibió a bordo del vagón de carga que le servía de oficina. Su verbo fácil e incongruente y su rápido teorizar sobre todas las cosas me lo presentaron desde luego tal cual era. No dejaba de hacerme gracia —acostumbrado yo a tratar militares de verdad— el choque constante en que vivían en él su aire de boticario de pueblo y sus enérgicas actitudes marciales. Sin embargo, era evidente que por debajo de aquella figura bullía el hombre dinámico, el hombre de talento, el hombre fecundo en grandes destellos y capaz de grandes cosas, aunque invalidado por cierto desequilibrio entre su escasa continuidad de acción y su imaginación torrencial de hacer. También se conocía a primera vista que Alvarado era megalómano; pero megalómano honrado, es decir, de los que no ocultan la megalomanía, ni la disfrazan: tenía sobre su escritorio un completo arsenal de fotografías suyas, en multitud de tamaños, posturas y formas: las había de formato «imperial» y formato «visita», en tarjeta y sin ella, de uniforme y de paisano, de busto y de cuerpo entero, de kepis y sin kepis.
Hablar mucho de sí mismo era para él ocupación predilecta, que animaba y sostenía indefinidamente y con brillo. Se atrincheraba, además —muy peculiarmente —, detrás de sus anteojos, para disparar desde allí sobre el interlocutor andanadas de palabras e ideas que subrayaba con gestos como de estudiante chino semieuropeizado. Su actividad mental me produjo vértigo a los cinco minutos de tratarle. En cada veinte palabras esbozaba un propósito que, puesto en obra, habría cambiado la faz del mundo. Su espíritu resolvía, en apariencia, la insoluble antinomia del genio y su contrario: a un tiempo era vidente e incomprensivo, a la vez sabía llegar de un salto a la intuición de las más profundas verdades y se quedaba en la superficie de los problemas más sencillos. Después, sometido a análisis su proceso de ideación, su genialidad se deshacía en humo, en mera corteza de un pensar audaz, muy afirmativo en unas cosas por sobra de ignorancia en otras. En esto, el corte de Alvarado era obra de las mismas tijeras que el de los otros personajes revolucionarios que se autoinvestían de genios y hablaban de curar las más hondas dolencias patrias con una sola plumada de su mano medio analfabeta.
En el carácter de Alvarado había muchos rasgos merecedores de respeto: su ansia vehemente de aprender, su sinceridad, su actitud grave ante la vida. Aquella tarde, minutos después de conocerme, me agobió a preguntas acerca de los estudios universitarios; quiso saber quién era Antonio Caso. A menudo sonreía al hablar, pero sonreía con las capas inconscientes de su alma, fuera del radio luminoso de las ideas. Un chascarrillo que intercaló Hay, a propósito de la batalla de Santa María, no estimuló su regocijo hasta después de repetírsele el chiste dos veces. Y es que ni la
risa ni la sonrisa entraban en el esquema de sus nociones sino como algo desnudo de objeto, o sin otro objeto que restar utilidad al empleo de las horas. Para él, la obra oculta en el empeño revolucionario era de tal magnitud que no consentía el desperdicio de un instante ni de un pensamiento: el detalle más pequeño requería la atención íntegra, la disposición más grave.
Esa tarde su sinceridad actuó en pleno a cada palabra. Elogió, en lo que tenía de elogiable, la organización militar que estaba a su cargo, y la censuró en cuanto merecía censura. Se refirió a Obregón en términos que de seguro no habría dicho si no le nacieran desde lo más profundo. Ya a punto de despedirnos resolvió, espontáneamente, regalarnos a los tres su retrato. Para esto nos vio en grupo por breves segundos —nos vio abrillantados los ojos por enigmática sonrisa un tanto oriental—, y luego, considerándonos despacio, en pos uno de otro, dijo con llaneza:
—A ver: ¿cuál debo darle a cada quien?
En uno de los de mayor formato estampó enorme firma y se lo tendió a Miguel Alessio Robles. Otro, no tan grande, lo firmó con mesura y se lo dio a Hay; y, por último, me alargó a mí, tras de escribir una pequeña firma cuidadosa, uno de los más pequeños y de menor aparato escénico. A su juicio, nos había calado, acababa de pesarnos, con los ojos, como en balanza de precisión. ¿Molestó a Hay que Alvarado manifestara tenerlo en menos que a Alessio Robles? A mí me fue indiferente que me apreciase por debajo de los dos, pero en cambio me encantó aquel alarde de franqueza, tan grande que pugnaba con las buenas maneras.
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Esa noche recorrí por primera vez la senda provisional, abierta entre los matorrales, que unía a Maytorena con Cruz de Piedra. Las tropas huertistas refugiadas en Guaymas eran dueñas también de Empalme, punto donde entroncan, casi a la vista del puerto, la vía férrea del norte y la que sale hacia el sur, con lo que las comunicaciones revolucionarias entre Hermosillo y Sinaloa padecían de un hiato. Éste, como árida laguna de catorce kilómetros de anchura, recortada sobre el territorio dominado por nosotros, se extendía de una a otra de las riberas constitucionalistas, surcado de veredas y caminejos efímeros a los que no protegían ni ocultaban, antes daban mayor relieve, los dispersos grupos de arbolillos entecos y la polvosa pelambrera de las matas. Como aquel ancho espacio quedaba expuesto al fuego de los federales, la prudencia aconsejaba atravesarlo de noche y ya avanzada la hora. Los más hacían la travesía a pie; los otros, en carromatos o tartanas que se alquilaban en ambos extremos —Maytorena y Cruz de Piedra—, como quien toma a orillas de un río una barca.
Alessio, Hay y yo contratamos el mejor de cuantos vehículos nos ofrecieron y salimos de Maytorena a las diez de la noche. Yo sabía que aquel paso no encerraba importancia ni peligro ningunos, y, sin embargo, me lo representaba lleno de
sugestiones y encantos. Descubría yo un profundo sentido, algo revelador de no sé qué esencia de México, en el trajinar de hombres que se movían allí entre las sombras, seguros de su marcha, indiferentes a su destino y con el rifle al hombro o la cadera hecha al peso del revólver. ¡Ambiente de misterio, hombres de catadura y alma misteriosas! La noche era clara arriba y oscura abajo; mas el enjambre de las lucecitas de los cigarros, inquieto e infinito a la altura de los ojos, daba unanimidad múltiple a la doble caravana que iba y venía por nuestro camino y por cuya movilidad pasaba el estremecimiento de la Revolución. Veíamos llamear a lo lejos las fogatas de los federales, alineadas en semicírculo a la derecha del sendero. Las abejas de lumbre de los cigarros, al pasar cerca de nosotros, paraban a veces su bailoteo, refulgían y sacaban de la sombra, esculpidos en resplandor, rasgos indecisos de rostros morenos, reflejos de cierres y de cañones de fusiles, visos de la lustrosa madera de las culatas, estrías de cananas convergentes sobre el pecho, pliegues de camisas negruzcas. El golpe rechinante de los carros ondulaba como mar en torno nuestro y se extendía bajo el ámbito inmenso de las estrellas; los perros nos mandaban, desde lo oculto, sus ladridos incesantes, tristes famélicos sin tregua. En la parte posterior de nuestro carro, el asistente de Hay dormía acurrucado entre maletas y bultos. Nosotros, en el pescante, platicábamos. A nuestros pies canturreaba el cochero.