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Sombras y bacanora

Los habitantes de San Blas no se sorprendieron mucho al ver la traza en que llegábamos. ¿Era porque este pueblo —como todos los de la costa del Pacífico— estaba hecho ya a los trances revolucionarios más insólitos? ¿Era porque, al fin y al cabo, no había nada de raro ni de patético en un tren que caminaba varios días a razón de cinco kilómetros por hora y arribaba por último a una estación de alivio, batido y deshecho como buque sin arboladura a puerto de refugio?

Como quiera que fuese, los pasajeros sufrimos una decepción. Nosotros creíamos haber inaugurado una nueva categoría de náufragos: los náufragos del tren; nos gloriábamos de un heroísmo de tipo moderno: el de hacer andar locomotoras contra las inmutables leyes de la Naturaleza. Pero he aquí que en el paradero de San Blas — y esto confirmaba nuestras sospechas más crueles— no veíamos que salieran a recibirnos ningunos puestos de la Cruz Roja, ningunas camillas muelles y blancas, ninguna cocina ambulante sonora con los hervores del café y alegre con el nutritivo chirriar de la manteca.

Creció la decepción de casi todos cuando oímos las instrucciones que se nos daban.

—Un día por lo menos —pasaba diciendo entre los grupos el conductor— tardarán los talleres en separar la máquina. Un día, sí, porque en la casa redonda de San Blas ya no quedan ni martillos. Y como la estación no está preparada para estos trastornos, los pasajeros que gusten pueden venir a instalarse, mientras el viaje se reanuda, en el sitio que voy a indicar. ¡Todo el mundo listo para seguirme!

Poco antes, al apearnos del tren, la noche había acabado de llevar sus sombras hasta lo más alto del cielo. Ahora las lucecitas de los faroles punteaban la negra atmósfera de la estación. Los toques luminosos se repetían, balbucientes y a ras de tierra, en un gran espacio del ámbito oscuro; iban, en el fondo, a colgarse en la cortina de tinieblas. Y su desmayo era tal, que obraban en los ojos encandilados una inversión de valores: las lucecitas cercanas palidecían, las lucecitas distantes brillaban.

* * *

Los pasajeros más audaces o rebeldes se lanzaron hacia las calles del pueblo en busca de albergue cómodo. Se les vio correr entre las luces, encogidos de frío, doblados bajo el peso de sus bultos. En su rápido tránsito, los tenues resplandores de las

linternas achicaban sus figuras, las agrandaban, las dislocaban, las sometían a fugaz contraste con los grupos de hombres casi inmóviles en torno de los puestos de pan y fritangas. Los pasajeros más humildes o más juiciosos siguieron al conductor camino del alojamiento prometido. Éste no estaba lejos; pero como surgiese en el acto una encarnizada competencia por ver quién llegaba primero a la conquista de los mejores sitios —los mejores que hubiera—, la caravana nocturna de los náufragos del tren galopó breves minutos en la sombra, con agitación confusa de masas negras y vivo bailoteo de llamas de faroles.

Los primeros en llegar al lugar de refugio no conquistaron gran cosa, ni los últimos tampoco. A la luz de las cerillas y de una que otra mala linterna se descubrió pronto que el hotel deparado por las autoridades ferrocarrileras no era mucho más hospitalario que la calle. Lo formaban los pasillos, y corredores de un edificio que no se sabía si estaba medio derruido o a medio construir, y cuyas paredes, todavía sin jaharro o ya sin él, subían desde el suelo húmedo hasta perderse, arriba, en la oscuridad de la noche. En algunos rincones, una vaga presencia de tarimas sobre el piso y de vigas en las regiones altas daba a uno la sensación de estar resguardado. En otras partes, el viento frío de enero corría como dentro de una flauta, chocaba consigo mismo en los salientes de los muros y las encrucijadas de las galerías, silbaba al escurrirse entre los cuerpos doblados hacia el suelo. Pero, igual en estos sitios que en los demás, bastaba volver un momento los ojos hacia arriba para convencerse de que el único y verdadero techo lo formaba un cielo surcado de nubes tempestuosas, un cielo casi invisible, en el que de súbito asomaba, para volver a perderse, unas cuantas estrellas.

Hubo un rato breve en que la oscuridad se pobló de voces y llantos de niños. Luego —cosa profundamente mexicana— sobrevino la resignación, la resignación fatal y fácil, la resignación en cuyo manto, como si lo cobijara todo, la multitud fue acomodándose. Los centenares de sombras movibles comenzaron a cambiar de postura y a aquietarse. Habían sido de una verticalidad confusa y ambulatoria: ahora, en la penumbra hecha casi como de tinta, se fijaban, se fijaban horizontalmente, e iban formando, sobre el suelo oculto, una infinita serie de trazos paralelos semejante a la de los tendidos de la tropa en una cuadra informe, o mejor: evocadora de las traviesas de una vía férrea de pesadilla.

Al fin la calma fue casi absoluta. El viento seguía silbando y corriendo entre los cuerpos, ahora yacentes. Las tinieblas se apretaban más. Sólo allá, en el fondo del corredor, una sombra pequeñita se movía de trecho en trecho colgada del brillo de su linterna. Avanzaba un poco y se detenía; se encorvaba sobre alguno de los cuerpos tendidos; bajaba la linterna; inclinaba unos segundos la cabeza; se enderezaba otra vez; avanzaba otro poco. Y así iba, de bulto en bulto, con la linterna alternativamente en alto y al nivel del suelo. Era el viejecito francés: un septuagenario diabético y ya sin fuerza, aunque dotado de una extraña energía nerviosa, que en todo el viaje no había cesado de hablar de la sacarina ni de prestar a los pasajeros más inválidos toda

suerte de pequeños servicios. Su vocación humanitaria corría pareja con su capacidad orgánica para producir azúcar. Era dulce de cuerpo y alma, dulce por un impulso mayor que el peso de sus años, dulce hasta cuando el viento helado y la fatiga quebrantaban a los hombres y los derribaban por tierra. Allí iba, de cabecera en cabecera, ofreciéndose a remediar todos los males y dando a izquierda y derecha, con la prodigalidad de una mano diminuta y temblorosa, cuanto llevaba en su cesto o en los bolsillos.

* * *

Yo ya había aprendido mucho en materia de noches al aire libre, y estaba, además, curado de las camas de vaqueta cruda y aros de barril que solían alquilar en las posadas samblaseñas. En vista de eso, mi asistente me extendió el catre al socaire de la primera casa que hubo a mano, pues a nada condujo mi recomendación de que buscara un soportal o cosa parecida.

Puesto el vestido me metí debajo de los sarapes, o más exactamente: me enrollé en ellos. Pero, así y todo, el frío calaba tanto que en balde batallé una hora por dormirme. Sonaba, salida quién sabe de dónde, una música gangosa, plañidera e infatigable —infatigable de puro cansada—, que en el negro silencio del pueblo sembraba mayor desconcierto que una tempestad. Eran un violín, un clarinete, un bajo, cuyas notas tristes concordaban unas veces, disonaban otras y de tarde en tarde desaparecían bajo la estridencia de un grito gutural y salvaje, de un grito prolongado que se terminaba en una carcajada seguida de un ¡ay! frío, cortante y agudo como arma blanca. Los tres instrumentos entonaban un aire popular, sobre el cual volvían infinitas veces, y luego, sin respiro, lo ligaban con otro que hacía nuevo ciclo de repeticiones. El viento se apoderaba del gangueo del clarinete, del rispear del violín, del bordonear del bajo, y jugaba con ellos a los remolinos por entre las callejas, para venir al fin a inundarme en un mar de remotas desafinaciones.

Incapaz de dormir, salté del catre y fui, envuelto en las mantas, en busca de la música. A los pocos pasos di con ella, quiero decir, con los que la producían: tres músicos soñolientos y medio borrachos que tocaban, sentados en el suelo, al abrigo de una esquina. Los tres formaban semicírculo frente a otro individuo, éste más borracho que los de los instrumentos, pero que, no menos atento al ritmo, se balanceaba en pie, apoyado con una mano en la pared y sujeto por la otra a la próxima esperanza de una botella, al parecer bien provista. La luz de un farol le daba en el rostro, joven y sucio, sacaba brillos cristalinos del líquido de la botella y venía a morir con débiles reflejos en los anillos del clarinete y en el lustre mugriento del bajo. El borracho —esto lo aclaré en seguida en ociosa conversación con los tres músicos— era un ferrocarrilero del pueblo de Guamúchil. Había llegado a San Blas hacía más de una semana y desde entonces se dedicaba a festejar su santo sin considerarse nunca satisfecho. Era, sin dejo de duda, un ortodoxo de la juerga de

hebra continua, floreciente entonces a orillas de los once ríos de la fecunda Sinaloa. Cuatro sumaban ya, con la que en esos momentos le ponía comentario melódico a su embriaguez, las orquestas que había rendido, y, sin embargo, él mostraba aún alientos como para rendir otras cuatro. Las cadencias de la Valentina, de la Juanita, de la Julia, ahondaban su ánimo eufórico y taciturno, lo ponían en contacto íntimo con las fuerzas creadoras del Universo y afloraban en su carne y su alma insospechados filones de vitalidad. Olía a cuerda a diez metros de distancia: rezumaba alcohol hasta por el cabello. Pero entre sorbo y música, música y sorbo, su cuerpo se conservaba firme sobre el suelo para no arrancar a su espíritu de las regiones paradisíacas donde se encontraba. El bacanora y el mezcal no lograban ahogarlo: se le alquitaraban en el organismo, dejando allí tan sólo el principio divino. Lo otro, lo que destruye y vence al arder la sangre en la lumbre del bacanora, se le escapaba a él milagrosamente. Tenía doce días y doce noches de andar por las calles borracho y solo —seguido a distancia por la murga que le tocaba y se embriagaba con él a tanto la hora—; pero, inmune al estrago, aún se veía fresco y recio como si empezara a beber esa misma noche.

Cuando notó que un extraño hablaba con sus músicos mandó a éstos que lo siguieran y echó a andar. Él iba tambaleándose no poco, pero bastante seguro de su paso; ellos arrastraban los pies, tropezaban, no encontraban el ritmo en sus instrumentos ni en el suelo.

* * *

A la tarde siguiente salimos de San Blas, y dos días después, ya anochecido, llegamos a Cruz de Piedra. Allí se me acercó, poco después de nuestra llegada, un joven militar.

—Soy el general Rafael Buelna —me dijo, y me estrechó la mano con aire franco, aunque tímido.

Aquella presentación súbita me desconcertó: me desconcertó, sobre todo, porque con ella se vino abajo cuanto mi imaginación había construido en torno del nombre de Buelna. Éste no era, como yo había supuesto, un guerrillero del tipo de Juan Carrasco, sino un adolescente que daba la impresión de haber hurtado, por travesura, los arreos militares que ostentaba. Y mi sorpresa habría durado indefinidamente a no ser porque, mirando a Buelna despacio, observé que entre su físico y su vida interior existía una gran discrepancia. A medida que hablaba, crecía el contraste entre su rostro, imberbe aún, y su manera reflexiva.

—Traigo para usted —continuó— un encargo del general Iturbe.

Y luego, vuelto hacia los dos oficiales que lo acompañaban, ordenó a uno de ellos, a la vez que le entregaba unas llaves:

—Mire, hijo: vaya a donde están los cofres y tráigame el bultito, envuelto en papel de periódico, que me dio en Culiacán el general Iturbe.

El oficial se alejó y volvió con lo que se le pedia. Buelna tomó el paquete y me lo puso en las manos.

—Algo importante —dijo— ha de venir aquí, pues el general Iturbe insistió con empeño en que hiciera la entrega lo antes posible. ¿Quiere usted cerciorarse de lo que viene dentro y decirme si está conforme?

Un impulso de simpatía mutua hizo que Buelna y yo prolongásemos nuestro encuentro circunstancial. Yo le informé de que iba a Hermosillo. Él me propuso que juntos emprendiéramos desde luego el camino de Maytorena. Y a partir de ese instante, sin preliminares, como viejos amigos y correligionarios, nos comunicamos nuestros pensamientos.

* * *

Buelna no irradiaba el entusiasmo de la Revolución, sino su tristeza. Parecía moverse como prendido a una gran responsabilidad: a una responsabilidad que, de una parte, le obligaba a ejecutar ciertos actos, y, por otra, le exigía estrecha cuenta de ellos. Era de los poquísimos constitucionalistas que sentían la tragedia revolucionaria: la imposibilidad moral de no estar con la Revolución y la imposibilidad material y psicológica de alcanzar con ella los fines regeneradores que se pretendían. Y como miraba a fondo el conflicto y no podía resolverlo en ideas suficientes, afectaba fiereza, simulaba un hablar rudo que no era el suyo y que abandonaba en el trato íntimo. Cuando hacía esto último surgía en él el muchacho escapado de la escuela, el estudiante a medio iniciar en los libros, y se le sentía enamorado de un mundo imaginario e ideal que de los libros tenía lo desinteresado, lo generoso, y de la realidad la esperanza eterna —el engaño que hace vivir el negro día de hoy con la ilusión de alcanzar el claro día de mañana.

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