• No se han encontrado resultados

La religiosidad de Iturbe

Nuestros paseos solíamos hacerlos en carretela, invitados por el general Iturbe. Culiacán se nos ofrecía entonces —tal al menos se me figuraba a mí, al observar la mirada gozosa, tranquila, con que Iturbe lo abarcaba todo— como premio de un largo esfuerzo. Sin duda que el triunfo final de la Revolución quedaba aún muy distante — apenas estábamos en los comienzos de la lucha—; pero ¿cómo no oír el secreto sentimiento, o presentimiento, de esa hora, la convicción de que pasear así por la ciudad recientemente conquistada equivalía a sellar y saborear el triunfo de una etapa?

El carruaje, de muy buenos muelles y excelente tiro, rodaba blando sobre la húmeda tierra de las calles principales. Luego, agotado el centro daba tumbos — tumbos en que las sopandas nos mecían como en columpio— entre el lodo y los charcos de los barrios extremos. Y de esa manera visitábamos hasta los sitios más recónditos y advertíamos los más nimios detalles de cuanto desfilaba ante nuestros ojos. Porque como íbamos siempre a un paso que resultaba desproporcionado con las dimensiones de la ciudad, había que pasar y repasar por los mismos lugares para que la distracción durase.

Iturbe, no sé si por hábito propio o por seguir alguna costumbre sinaloense, no daba instrucciones generales al cochero en el momento de partir, sino que iba decidiendo, conforme avanzábamos, el camino que había de seguirse. Minuto a minuto decía: «A la derecha», «A la izquierda», «Para atrás», «Por el puente», «Hacia la capilla». Y si la necesidad de comunicar una de estas órdenes lo sorprendía conversando, en el instante preciso quebraba la frase, se dirigía al cochero y reanudaba en seguida, sin tropiezo alguno, lo que venía diciendo. Era un arte peculiarísimo, que a mí me interesaba como gimnástica propia para enseñar a la atención a desdoblarse de modo continuo, con eficacia paralela, en dos cauces simultáneos aunque divergentes. En un principio sólo me divirtió; pero después traté de practicarlo por mi cuenta, participando de lleno en la conversión y, a la vez, analizando la lógica que Iturbe ponía en el itinerario.

* * *

En la monotonía de tales paseos, lo grato parecía provenir, más que de cualquier otra cosa, de la espirituosidad, como de champaña, que impregnaba el aire, la cual nos predisponía a mirarlo todo con ojos inteligentes, simpatizantes. Había, aparte eso, dos

digresiones que a mí se me antojaban de grande interés: una, el tránsito por el puente del río Tamazula; otra, el indispensable alto al pie del cerro, en cuya cima lucían blancas, enjalbegadas, humildes, las paredes de la capillita.

El largo puente sobre las aguas azules y poco profundas del río estaba dotado de la secreta virtud de abrir horizontes a las almas contempladoras. Era tosco, feo, inartístico, pero tenía siempre cierta fresca novedad, y si no él, lo que de él se desprendía: el paisaje, no muy rico en el fondo, que lo rodeaba. Más tardábamos en entrar en él que en sentirnos trasladados a otro plano, como si se tratara de un recinto destinado a la vida del espíritu, de un templo. Lentamente, al paso de los caballos, se movía nuestro coche por entre las dos rojas arcadas de hierro, cuyas sinuosas líneas paralelas se precipitaban, como a brincos, de una a otra banda. Generalmente pasábamos por allí al atardecer, a la hora en que las diferencias concretas, los valores individuales, próximos a borrarse en la sombra, se aguzan. El golpe de las pezuñas sacaba sonoridades del piso de madera, apoyado en los tirantes de los arcos, y el hueco resonar de las tablas hacía brotar a un flanco y otro armónicos metálicos que venían a formar una rara música compuesta de tres fajas: la densa y ancha de la madera, las claras y brillantes del acero. Aquella música me hacía mirar hacia lo alto, hacia el horizonte, y me daba el contacto de lo cercano y lo remoto: veía enrojecerse el sol; veía al puente, como eje de cielo y tierra —de un cielo donde los fulgores de acero comenzaban a teñirse en sangre—, partir el Universo en dos perspectivas en contraste. Abajo, en la tierra, esas dos perspectivas eran tan pequeñas y modestas que su existencia parecía reducirse a mera aspiración, a mero acatamiento de las de arriba. Eran, de una parte, el caserío de la ciudad en torno de las blancas torres de su mayor iglesia —casitas bajas, pobres, tristes—; de la parte contraria, las avanzadas del campo, tupido de vegetación, casi selvático: apretado de maleza, invadido a trechos por cañaverales, sembrado aquí y allá de macizos de árboles corpulentos y enhiestos.

* * *

Al pie del cerro de la Capilla, el interés de nuestros paseos radicaba en circunstancias de orden bien distinto. Aquí volvía yo necesariamente a pensar en el sentido espiritual de la Revolución, a empeñarme en entrever, mediante el dato directo de la conducta cotidiana de los hombres con quienes andaba, el nuevo término a que llegaría el alma nacional, si llegaba a alguno, a consecuencia de la lucha que estaba envolviéndonos y arrastrándonos; y esto porque lo que presenciaba yo al pie del cerro de la Capilla merecía considerarse, dado el tono dominante entre los espíritus revolucionarios directores, como algo tan de excepción que acaso pareciera inaudito.

Nos apeábamos del coche entre materiales de albañilería: piedras, ladrillos, arena, cal. Iturbe se alejaba un poco de nosotros; hablaba con el maestro de obras; pasaba revista a lo que se había hecho ese día; preguntaba por lo que se haría al día siguiente, y, por último, ya de nuevo a nuestro lado, nos enteraba en detalle de la marcha de

aquel proyecto suyo. La primera vez que estuvimos allí nos dijo:

—Un día —de esto hace mucho tiempo, aún andaba a salto de mata por el monte — hice la promesa de construir, tan pronto como Culiacán cayera en mis manos, una escalinata que subiese desde lo más bajo del cerro hasta la puerta de la capilla. Ahora, según ustedes lo ven, estoy cumpliendo esa manda.

Nos decía esto Iturbe fija la vista no en nuestros ojos, sino en el pequeño santuario del cerro, y pronunciando la parte final de la última frase con firmeza un tanto fingida, como si quisiera, gracias al tono, dejar liquidado el punto —un punto indiscutible y personalísimo—. Pero a despecho de todas estas precauciones, su voz arrastraba las palabras más inseguramente que de costumbre y denotaba el esfuerzo por aparecer con el mismo carácter de siempre: no lograba velar por completo la inquietud. Iturbe —se notaba entre sílaba y sílaba— temía ser mal comprendido o mal juzgado por su religiosidad. Este temor, sin embargo, bastante grande para asomar al rostro, nada podía contra los actos. Iturbe se ruborizaba de que sus compañeros de armas o de ideales políticos lo vieran entregado a construir una escalinata por mero impulso religioso, por un simple acto de fe en la potencia divina; pero, contra todo rubor, la construía.

* * *

Aquel detalle pintaba al general Iturbe de cuerpo entero. Lo pintaba, salvo para unos cuantos imbéciles, con líneas y colores favorabilísimos. Porque es un hecho que muy pocos habrían tenido entonces el valor de confesar en público sus creencias religiosas, en el supuesto de tenerlas o conocerlas. El ambiente y el momento otorgaban prima a los descreídos. Más todavía: el deber oficial casi mandaba, o suponía, negar a Dios. Don Venustiano, que con la mitad de su persona soñaba en parecerse a don Porfirio, soñaba también, con la mitad restante, en parecerse a Juárez. De ahí su afición a representar el papel de gran patricio en las ciudades fronterizas, lo cual no pasaba de copia inocente de lo que en el Benemérito fue necesidad, y de ahí también otras imitaciones, éstas ya más graves, como el restablecimiento de la Ley de 25 de enero, en cuyo nombre se cometieron, no obstante que Carranza no era sanguinario, asesinatos incalificables. En punto a política religiosa, la inclinación del Primer Jefe a ganarse determinado pedestal en la Historia marcaba el paso: quienes lo seguíamos, o parecíamos seguirlo, nos jactábamos de un jacobinismo, de un reformismo de edición nueva y contenido más lato.

El caso de Iturbe, empero, como el de otros cuantos, era diferente. Él —entonces católico, después espiritista— se movía en las cosas del alma a impulsos de su personalidad propia, no arrastrado por la personalidad de los demás, e iba afirmándose, imponiéndose hasta lograr el respeto: en esto, lo mismo que en lo militar. En lo militar acababa de hacer ver a Obregón que no hurtaba su jerarquía de general en el Ejército Constitucionalista: Iturbe sabía mandar, disponer, obrar y

triunfar, según lo demostró multitud de veces durante el ataque a esa misma ciudad donde ahora estábamos. Nadie, en efecto, ignoraba que en la toma de Culiacán había habido un heroísmo tranquilo y de auténtico linaje guerrero: el de Gustavo Garmendia; una bizarra tenacidad: la de Diéguez, y, descollando sobre todo, una indiscutible capacidad de jefe —de jefe valeroso—: la de Iturbe. Después de la batalla, a Obregón le faltaron elogios para exaltar la conducta del joven general de Sinaloa.

Otro tanto ocurría en el orden civil —al menos en lo referente a la conducta del individuo—. Frente a la masa de los revolucionarios serviles, que ya empezaba a espesarse y a deslindar su campo, Iturbe, sin saberlo, se erigía en ejemplo de independencia por el solo hecho de mantenerse leal a su fe religiosa: no renunciaba a su pensamiento, no escondía sus sentimientos ni su carácter.

* * *

Cuando, años después, he vuelto a Culiacán no siempre he conseguido revivir, bajo el influjo evocativo de las calles o de los paisajes del contorno, las impresiones ni la emoción que recibí al pasar por allí en días de mis andanzas de rebelde. Pero una cosa no he dejado nunca de volver a encontrar tan viva como en la primera tarde: la disposición de ánimo que me provocaba ver construir los escalones por donde subirían más tarde los fieles de la capilla de Guadalupe. De pie ante el cerro, atenta a los recuerdos la memoria, siempre han retornado a mí las imágenes de entonces y su huella conmovedora; he vuelto a sentir el estremecimiento de honda simpatía, aunque ajena a mis creencias, por el general revolucionario que reconocía en público su voto religioso y era así dueño de toda la entereza de alma que se necesitaba para ello. Vivíamos tiempos mejores: el caudal de la Revolución llevaba en sus aguas mucha de la transparencia de su origen; no lo enturbiaban aún del todo la ambición, la codicia, la deslealtad, la cobardía. A riesgo de romper con los hombres, Iturbe cumplía la oferta hecha a su Dios y usaba al hacerlo los recursos oficiales con que contaba. Un contraste pone de relieve los rasgos de aquel acto suyo: en Chihuahua, meses después, se nombraría entre risas y aplausos, por mero decreto de las armas constitucionalistas, un obispo católico, y a las pocas semanas se harían en Monterrey fusilamientos de imágenes de santos.

4