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atributos para empezar a llenar la metáfora hasta ahora coja

B. Hesíodo, Esquilo y Goethe

En la narración de Esquilo a la que es correcto llamar La tragedia de Prometeo encadenado, hay presente una disertación sobre la justicia. No es una simple alegoría del horizonte histórico, de la historia contemporánea del escritor trágico, ni una introducción de claves políticas en el mito para darle a este un tenor realista; tampoco es un esfuerzo por asignar al hombre una dignidad que era

escasa en los mitos anteriores. La obra comienza rela- tando que Violencia —también traducido como Poder— y Fuerza, arrastran a Prometeo hasta una cumbre ubicada en la frontera de la región escita, esto es, entre el Danubio, el mar Negro y el Cáucaso. Fuerza observa a Prometeo en silencio y Violencia se despacha en insultos y agravios con- tra él. Ambas entidades, según confesión de Hefesto, eran de aspecto desagradable. Hefesto encadena a Prometeo a una roca en obediencia a las órdenes de Zeus. El personaje trágico en el decurso de la obra se enfrenta a los que han aceptado el poder de Zeus y seguramente por esta rebeldía se niega también a revelar a Hermes una profecía sobre el padre de dioses y hombres. A causa de tal negativa, en la conclusión de la obra, es arrojado estrepitosamente al Tártaro. Aunque Esquilo alcanzó a pensar que Prometeo se llevó el secreto a la profundidad, avanzada la obra en la forma de trilogía —se deduce porque la trilogía completa no se conserva—, por voluntad propia revela el secreto y es liberado y restaurado su honor. Tal misterio consistía en que Zeus iba a contraer un matrimonio que lo defenestra- ría del trono, porque el resultado de la unión sería un hijo más poderoso que el padre, que tendría el valor y la fuerza para retarlo y vencerlo.

En la obra en mención Prometeo es arrojado al Tártaro junto con el resto de los titanes. Pasados miles de años es llevado de nuevo a la cumbre del mundo donde Zeus decreta la famosa condena del águila sanguinaria que devora diariamente su hígado; ¿por qué a diario? porque el órgano vuelve a crecer en tanto que es inmortal, lo que

quiere decir que su condena sería para siempre. Se puede pensar que Esquilo toma prestados los elementos que más poderosamente le llaman la atención de la narración de Hesíodo. Sobre la base de que no se conocen las otras dos partes de la trilogía salvo algunos fragmentos, Prome- teo desencadenado y Prometeo portador del fuego, el de Esquilo es un Titán castigado. Los atributos que el trágico pone en su escrito recubren la figura con el significado de salvador, en tanto que el fuego dado a los hombres puede ser analogizado con un don superior, el de la luz de la con- ciencia, la llama del alma.

Hesíodo y Esquilo entienden que Prometeo señala en la dirección de la fundación de la historia. En la Teogo- nía está recogida la división entre hombres y dioses a raíz del engaño cavilado por el hijo de Jápeto24 en favor de los humanos, por el cual les enseña a quedarse con la mejor parte de los animales, la comestible, cuando estos fueran objeto de sacrificio a los dioses y “desde entonces en la tie- rra las estirpes de hombres queman para los inmortales blancos huesos sobre humeantes altares” (Hesíodo 2005 52). El orden que estaba establecido antes de tal ruptura lo explica el poeta en Trabajos y días: “Antes vivían sobre la tierra las tribus de los hombres sin males, sin arduo tra- bajo y sin dolorosas enfermedades, que dieron destrucción a los hombres” (Ibid. 79).

Lo que hace Prometeo con la humanidad, engañando a Zeus, es instaurar un nuevo mundo. Hace abandonar el

24 Nombre del padre de Prometeo.

modo de vida primigenio en el que, como acabo de citar, está liberada la humanidad de preocupaciones, pero en el que carece de libertad. La raza humana entonces es una fundación prometeica. En contraste con esto, Hesíodo con- sidera que la civilización humana posee un rasgo negativo interno que no se encuentra expreso en las narraciones de Esquilo y de Platón. Consiste en la consideración de que la autonomía de la humanidad ganada por obra de Prometeo, se traduce en que las edades por las que pasa el hombre son progresivamente separaciones y distanciamientos con respecto a los dioses y cada edad se encontraría así carac- terizada por un hundimiento en lo peor. Ostensiblemente distinta es la consideración de Esquilo, en tanto que la autonomía conseguida no representa solo distancia de los dioses, sino alejamiento de sus tiranías. De los mortales, en la versión de Esquilo, Zeus no tenía consideración, sino que muy por el contrario deseaba nuestra aniquilación en función de la creación de una nueva raza. A esto no se opo- nía sino Prometeo.

En la versión de Goethe, el héroe trágico es un rebelde, un subversivo que se va en contra del totalitarismo de Júpiter que solo aceptaba dar vida a los hombres de barro forjados por Prometeo bajo la condición de que este se sometiera a su poder y obediencia: “Pero... me era preciso ser vasallo y, cual todos vosotros, acatar al tonante en las alturas. ¡No! ¡Por su falta de vida, aquí sujetos ellos podrán estar, pero son libres, y yo su libertad por ellos siento!” (Goethe 1893 104).

Otro aspecto importante a resaltar es que la distancia entre hombres y dioses recubre al mito con un significado etnológico, en tanto que se expone la fundación de la civili- zación en la forma de tribu o etnia determinada. El mundo contemporáneo implícito a la obra bienhechora de Prome- teo está caracterizado por la falta de diversidad de pueblos, o no es esta diversificación una nota importante. Existían tres «razas» o mejor tres grupos: los dioses, los hombres y los animales. De hecho, en la versión de Platón se parte del tiempo previo a la aparición de los seres humanos y los animales y hasta de cualquier ser no inmortal, cuando dice que “Erase, pues, un tiempo en que existían los dioses pero las razas mortales no existían” (García Gual 1979 47). Se está entonces presente ante la fundación de la vida en su significado más prístino, revestida y correlacionada con la conciencia de ser vida que pertenece a un grupo, aunque todavía no poseedora de la polis. Esto último necesita como condición de posibilidad, la conciencia, de la que en la obra de Esquilo se exclama: “Las penurias de los humanos escu- chad, cómo de niños que antes eran los he hecho inteligen- tes y capaces de reflexión. [...] Éstos, al principio, aunque observaban, hacían observaciones sin objeto, y oyendo no oían, sino que, semejantes a las figuras de los sueños, a lo largo de toda su vida se movían confusos al azar” (Id. 86).

Resáltese cómo Prometeo significa en griego, pro- vidente o prudente, es decir, aquel que reflexiona antes de llevar a cabo el acto, aquel que sobre todo, piensa pri- mero. Radicalmente distinto de Epimeteo que significa lo opuesto. Es precisamente la estructura racional y reflexiva

la que el Titán ha heredado a la humanidad, un fuego inmanente, ardiente, que por no poder hacer otra cosa que encender lo que toca e iluminar aquello a lo que se acerca, deja que los hombres puedan conocerse interior- mente, puedan verse a sí mismos como luz, como energía y como fervor; porque aunque sea una vertiente segunda de la conciencia —porque la primera es el mundo—, es la luz dando cuenta de sí como luz la más importante de las funciones de la razón. Les ha heredado también la civi- lización, la cultura: “Ni siquiera tenían casas de adobes cocidos al sol, ni construcciones de madera, sino que habi- taban en agujeros [...]. No había para ellos ningún indicio cierto del invierno ni de la florida primavera ni del verano fructífero, sino que actuaban en todo sin previsión, hasta que yo les enseñé [...]” (García Gual 1979 86). Y con esto llega también de sus manos el calendario, la ganadería, la escritura, la navegación, la medicina, la minería: “En breve frase apréndelo todo resumidamente: todas las artes a los humanos les vienen de Prometeo” (Id. 87). El fuego entonces es imagen del alma y los secretos de las artes imagen del trabajo. Por ambas cosas el hombre se hace autónomo porque mediante ellas, es decir, mediante la capacidad y el anhelo de conocer y el trabajo, puede para sí mismo forjarse un destino libre, independiente de la arbitrariedad de los dioses.

El engaño del que he hablado apenas mencionándolo, efectuado por Prometeo a Zeus, se enmarca en el tiempo de los comienzos de los conflictos entre dioses y hombres. La separación solemne que se lleva a cabo entre ellos,

sellada con un sacrificio, sirvió de episodio para que Pro- meteo inclinara la balanza de los beneficios en favor de los hombres:

[…] según se dice, creó los primeros hombres, modelán- dolos con arcilla. [...]. Si engañó a Zeus, fue por amor a los hombres. Una primera vez, en Mecone, durante un sacri- ficio solemne, había hecho dos partes de un buey: en un lado puso la carne y las entrañas, recubriéndolas con el vientre del animal; en otro puso los huesos mondos, cubriéndolos con grasa blanca. Luego dijo a Zeus que eligiese su parte; el resto quedaría para los hombres. Zeus escogió la grasa blanca y, al descubrir que solo contenía huesos, sintió un profundo rencor hacia Pro- meteo y los mortales, favorecidos por aquella astucia. Para castigarlos, decidió no volver a enviarles el fuego. Entonces Prometeo acudió en su auxilio por segunda vez; robó semillas de fuego en «la rueda del Sol» y las llevó a la tierra ocultas en un tallo de férula. Otra tradición pretende que sustrajo el fuego de la fragua de Hefesto. Zeus castigó a los mortales y a su bienhechor. Contra los primeros ideó enviar un ser modelado ex profeso, Pan- dora [...]. En cuanto a Prometeo, lo encadenó con cables de acero en el Cáucaso, enviando un águila, nacida de Equidna y de Tifón, que le devoraba el hígado, el cual se regeneraba constantemente. Y juró por Éstige que jamás desataría a Prometeo de la roca. No obstante, cuando Heracles pasó por la región del Cáucaso, atravesó de un flechazo el águila de Prometeo y liberó a este. Zeus, satisfecho por la proeza, que aumentaba la gloria de su hijo, no protestó; mas para que su juramento no fuese en vano, ordenó a Prometeo que llevase un anillo fabri- cado con el acero de sus cadenas y un trozo de la roca

a la que había estado encadenado; de este modo una atadura de acero seguía uniendo al titán con su peña. En este momento, el centauro Quirón, herido por una flecha de Heracles y presa de continuos dolores, deseó morir. Como era inmortal, hubo de encontrar a alguien que aceptase su inmortalidad. Prometeo le hizo este favor y pasó a ser inmortal en lugar de Quirón. Zeus aceptó la liberación y la inmortalidad del titán, tanto más compla- cido cuanto que este le había prestado un gran servicio revelándole un antiquísimo oráculo según el cual el hijo que tendría con Tetis sería más poderoso que él y lo destronaría (Grimal 2004 455ss.).

Esta narración reviste de una seria concepción peyo- rativa a la mujer en tanto que el enojo de Zeus se consa- gra, además del castigo hecho al Titán, con una condena a los hombres, una plaga, la mujer. Dice Hesíodo en Los trabajos y los días: “una de las plagas más perniciosas sobre todo porque los hombres se complacen en rodear de amor su propia desdicha” (1995 78), su propia ruina. Se ha interpretado, en una búsqueda de analogía con la tradición judeocristiana, que así nace la Eva griega: Pan- dora. Fue creada por Hefesto mezclando tierra y agua, infundiéndole voz y fuerza de un ser humano; fue formada semejante a las diosas inmortales, hermosa y con cuerpo de virgen. Atenea la instruye en sus labores y Afrodita le circunda de gracia su frente y le da el áspero deseo y las inquietudes que enervan los miembros. Fue inspirada por Hermes a tener conducta prostituta y a ser mentirosa. Epi- meteo, ya conocido por su imprudencia y falta de reflexión, es seducido por ella una vez que es enviada a este por Zeus.

Pandora poseía una caja en la que se depositaban todos los males; en la tierra la abrió y los males se escaparon y distribuyeron por todas partes, y solo la esperanza quedó como consuelo. Según interpretación (cf. Laurence 2010), la de Hesíodo es una versión en la que Prometeo agrava las cosas, porque la separación en un primer momento pac- tada, se convierte, gracias a su intercesión, en una sepa- ración hostil y desencadena la serie de males y dolores de los que padece el hombre. Sobre tal concepción de la mujer no diré nada en este trabajo, es motivo de una disertación aparte, sobre todo por motivos de la extensión temática que comporta.

La idea de Esquilo, como he tenido oportunidad ya de mostrar, es muy diferente. Mientras Hesíodo presenta como decadencia la separación respecto de los dioses, el primero, me parece que más acorde con el significado de Prometeo, reemplaza tal declive con la idea de progreso. El Prometeo del trágico es salvador y también aliado de Zeus enfrentándose con Cronos. Es el que se resiste al des- precio de Zeus por los humanos, y el que se pone en pie de lucha para preservarlos de la aniquilación. Esquilo lo recubre con el significado de salvador que se sacrifica a sí mismo con el fin de lograr dones para quienes ama. Así se ve por ejemplo en este canto: “[…] escuchad las mise- rias de los mortales; como de las ignorantes criaturas que eran, hice seres claros de espíritu, dueños de su mente” (Séchan 1960 19-20). De tal calidad es su obra que pro- veyó las posibilidades para hacer del mundo su mundo, las artes, las técnicas “[…] Y los tesoros ocultos bajo la tierra

a los humanos: el bronce, el hierro, la plata, el oro ¿quién podía decir que los ha descubierto antes que yo? Nadie, bien lo sé, a menos que quiera jactarse en vano. En suma, sábelo de una vez: todas las artes han venido a los morta- les de Prometeo” (Ibid.).

Otra diferencia —pueden enlistarse muchas— pero ya de forma y no de significado, aunque es posible que lo pri- mero cambie lo segundo: Esquilo modifica la tradición de Hesíodo en lo que refiere al castigo. Para el autor de la Teo- gonía el mismo se lleva a cabo en un tiempo: Prometeo es encadenado y es soltada el águila que le devora el hígado. Esquilo elabora su narrativa en tres tiempos separados: Es encadenado a una roca, es hundido en las profundida- des subterráneas y es encadenado nuevamente en el Cáu- caso, con el agravante del águila que come su hígado. Esto sucede en el transcurso de siglos, los cuales, son el tiempo que más adecuadamente remite a la vida de los dioses para subrayar su inmortalidad.

Permítaseme volver a la versión de Platón para relievar algunos elementos: en ella, Prometeo es presentado como previsor además de restaurador, en tanto corrige la tor- peza de su hermano Epimeteo en el reparto de las capa- cidades a los mortales, dejando al hombre sin recursos de sobrevivencia. Otra forma de entender el robo de las artes por parte del previsor en tema y su importancia para la humanidad, es acudiendo a la categoría “habilidad téc- nica” (cf. García Gual 1979 48), en tanto que, como capaci- dad transformadora hace posible para el hombre la vida, y

sin la cual no sería factible. María Grandío (cf. 2010 184) señala en este orden, que si bien en la versión platónica también se deja ver clara la fundación de la civilización humana, sin embargo, no aparece como verdadero funda- dor de civilizaciones políticas, en tanto que, tal como ya hice cita de lo que sigue, Zeus es el que envía a Hermes para que este dote a los hombres con el sentido moral y el de la justicia, para que con estos sean viables las ciudades arropadas por ordenamientos y pactos de amistad (cf. Gar- cía Gual 1979 50). Apunta la autora también que tal insti- tución política civilizatoria sí es en cambio atribuida por otros autores a Prometeo, como es el caso de Genealogía de los dioses paganos de Giovanni Boccaccio (1983), De sapientia veterum de Francis Bacon (1684) o La estatua de Prometeo de Pedro Calderón de la Barca (1986). Estos tres, con puntos de coincidencia y de disidencia, defien- den la tesis de que el Titán es en verdad quien otorga a la humanidad el conocimiento y los medios para que pueda estatuir sociedades que se caracterizan por el progreso.

Para Goethe (1893 107-109) Prometeo es el verdadero padre que enseña a construir casas y a vivir en sociedad; “establece las normas básicas del derecho y la moral e ins- tituye la propiedad privada, dando además pautas de com- portamiento a los hombres para que sean capaces de vivir en el seno de una comunidad” (Grandío 2010 185). En el conjunto de su obra aparece tres veces tematizado el héroe del que trato (cf. Blumenberg 1981 433-602). La primera vez está entre 1773 y 1774; años de los que quedaron dos actos y una oda, esta última la citaré más adelante. Tenía

en ese entonces veinticuatro años y se veía a sí mismo como un Prometeo gracias a su rebeldía y anhelo de creación. Entre 1795 y 1797 Goethe compone Die Befreiung des Pro- metheus en la que el personaje ya no se encuentra carac- terizado por la subversión hacia Zeus, sino que le sirve al poeta alemán como imagen del artista que se encuentra en medio de los deberes y los deseos, y ese punto medio como ocasión de sufrimiento y desgarre. Según propia confe- sión en una carta a Schiller, la intención literaria de este segundo abordaje era la composición basada en el anti- guo estilo helénico (cf. Trevelyan 1981 201-203). El buitre que le consume las entrañas es metáfora de su desgarra- miento interior causado por la dicotomía entre obedecer lo establecido por la civilización o por hacer caso a su deseo creador como artista libre. Heracles libertador es la ima- gen usada por el poeta para inclinar la balanza hacia una nueva estética y una Ética restaurada, es decir, por la liber- tad del genio y del hombre.

Entre los años 1806 y 1808 escribe un nuevo drama, Pandorens Wiederkehr. Aquí Prometeo no juega un papel tan central, en tanto que la composición está más dirigida al antagónico del Titán, su hermano Epimeteo. Goethe cambia de parecer y no se identifica con el bienhechor de la humanidad, sino con la nostalgia, el sueño y el amor que Epimeteo sufre por obra de su anhelo hacia Pandora. De los mil versos y un poco más de los que está compuesto se puede interpretar que su intencionalidad ahora dirigida al hermano del héroe, expresa una experiencia individual, en tanto que el tenor melancólico de los mismos dejan ver

el estado existencial del autor: enfermedad, dolor por la muerte de su amigo Schiller, la invasión de Alemania por las tropas napoleónicas, la remoción política y económica