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Hijo a la carta

In document Esto, eso, aquello... (página 70-82)

“La familia es la base del porvenir”.

(Roussel)

Los padres, cuando van a tener un hijo, fantasean sobre cómo será, cómo les gustaría que fuera, qué esperan de él. Cuando llega el hijo no suele tener nada que ver con lo previsto. Existe un hijo imaginario y un hijo real.

En la mayoría de los casos los padres aceptan esa realidad que tienen entre los brazos y cumplen con su hijo como unos estupendos progenitores.

Pero también hay padres que nunca llegan a aceptar al hijo real que tienen, por- que no es del sexo deseado, no cumple las expectativas que se habían creado, no se parece a la familia... y cuando esto ocurre, el niño suele ser tratado con poco interés por parte del padre, de la madre o de ambos.

Es fundamental para la felicidad de un niño sentirse querido por sus padres Que se establezca una relación de apego entre el niño y al menos uno de los padres, y como consecuencia el niño construirá un modelo interno de la figura de apego, como alguien disponible que le protege y le ayuda, en el que se puede confiar. Se conceptualizará a sí mismo como una persona valiosa y susceptible de ser amada (Bowlby, 1980). La seguridad en la relación de apego contribuye a desarrollar expectativas positivas de uno mismo y de los demás, que ayudan a aproximarse al mundo con confianza, afrontar las dificultades con eficacia y obtener la ayuda de los demás o proporcionársela (Egeland y Erickson, 1987).

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Por el contrario, cuando el adulto no está disponible para el niño o cuando res- ponde de forma inadecuada a sus demandas de atención, éste aprende que no puede esperar cuidados ni protección, desarrolla una visión negativa del mundo como algo desagradable e imprevisible y se acostumbra a responder a él con retraimiento o violencia. Esta tendencia reduce considerablemente su capacidad de adaptación a la adversidad, ante la que suele comportarse de tal forma que genera más adversidad (Bowlby, 1982; Crittenden, 1992).

Estoy completamente de acuerdo con lo que dice Javier Urra en su libro Escuela

Práctica para Padres, porque esto es lo que suele acontecer con ese hijo no

de seado:

“La actitud cruel y castrante puede practicarse con golpes o con desaferencia, privando a los niños de afecto y cariño, rechazándolos, y también a través del maltrato psíquico del niño, una especie de lavado de cerebro, sádico y sistemático, que incluye los insultos, los menosprecios, las ridiculizaciones”.

Los niños que no son aceptados suelen desarrollar un trastorno de apego evitativo. Han desarrollado un estilo de apego evitativo han sido cuidados en su primera infancia por padres cuyas relaciones con el niño son una combinación de angustia, rechazo, repulsión y hostilidad. Todo esto se expresa en actitudes o conductas controladoras, intrusivas y sobreestimulantes.

Un bebé que llora, que está agobiado o incómodo por una necesidad insatisfecha, o cansado y temeroso, hace surgir en su cuidador, en su madre o en su padre, una incomodidad o una tensión de tal intensidad que no le es fácil de manejar, sintiéndose entonces su cuidador amenazado en su estado emocional por las conductas que presenta su bebé. Por lo tanto, una de las formas con que la madre o el padre intentará manejar esta situación sin que les sobrepase es negar las ne cesidades de su bebé, diciendo por ejemplo que no está cansado, hambriento o dolorido. La respuesta es tomar distancia del estado emocional del bebé, forzán- dolo a modificar su estado emocional o distorsionando sus sentimientos en otros más tolerables para ellos.

Bowlby (1988) nos enseña cómo un bebé cuidado por personas con estos estilos parentales organiza una estrategia evitativa para relacionarse con ellas y, por consiguiente, con los demás.

Crittender (1995) señala: “La inhibición de signos afectivos tiene el efecto prede- cible de reducir el rechazo maternal y la rabia, así como enseñar al bebé que la expresión del afecto es contraproducente”.

Los bebés aprenden a regular sus emociones obviándolas, negándolas o hacién- dolas pasar por otros afectos o emociones. Esto les lleva a falsificar o disfrazar sus propias vivencias internas y les produce a corto y largo plazo un coste remarcable en su mundo afectivo, enajenándole de sí mismo y de los otros e impidiendo el desarrollo de relaciones cercanas, sanas, cálidas, íntimas, empáticas, confiables. La evitación de la experiencia emocional provoca un gran riesgo para el futuro emocional del niño. Todo lo que queda relegado puede expresarse más tarde de forma inadecuada. El niño difícilmente podrá controlar su rabia, y la impaciencia e intolerancia irrumpirán repentinamente. Además, cuando el niño se halle en situa- ciones conflictivas o de frustración no podrá manejarlas adecuadamente, puesto que la percepción, la reflexión y otras funciones cognitivas se verán afectadas o contaminadas por esta emocionalidad herida.

Recapitulemos

Cuando nos planteamos tener un hijo, el amor hacia él debe ser incon- dicional, aunque este niño no se corresponda con el que habíamos fanta- seado, aceptándolo tal y como es.

Hay que tener presente los grandes cambios que se van a producir en todas las áreas de nuestra vida a nivel personal, social, de ocio... y ver si estamos preparados para sobrellevarlos.

Los niños demandan atención y hay que estar preparados y dispuestos a dársela.

En las necesidades de los hijos hay que invertir sumas importantes de dinero que hay que retraer de otros gastos.

Es necesario autoevaluarnos para ver si contamos con las dosis precisas de paciencia, flexibilidad, ternura, adaptación a los cambios... que requiere un niño.

Estimar si es el mejor momento personal, económico, familiar y laboral para decidir tener un hijo.

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La muerte

“Dejamos de temer aquello que hemos aprendido a entender”.

(Marie Curie)

Los adultos tenemos un grave problema a la hora de comunicar a un niño la muerte de las personas allegadas porque pensamos que se va a sentir muy afectado y va a sufrir, lo que efectivamente ocurre, por no ser capaz de entenderlo. Con frecuencia este hecho se oculta hasta “el momento adecuado”, y en otras ocasiones se dan explicaciones del tipo: “se ha ido al cielo”.

Decirles que se ha ido al cielo es un gran error, pues los pequeños lo sentirán como un abandono, no pudiendo comprender cómo el abuelito, al que tan unidos estaban y tanto querían, se ha “ido” dejándoles de esa forma.

Hay que pensar en los niños, hablarles y ayudarles diciéndoles siempre la ver- dad en lo que les concierne, que es fundamentalmente el comportamiento de los padres entre sí y con respecto a ellos.

Es cierto que los menores de cinco años no son capaces de entender que la muerte es algo irreversible y que todos nos vamos a morir, pero en cualquier caso hay que comunicárselo “en el momento en que se produce”. Si el fallecimiento ocurre tras una larga enfermedad habrá tiempo para ir preparando al niño para lo que ocurrirá. En cualquier caso es necesario darle la información de forma sencilla pero clara, apoyándoles emocionalmente, brindándoles seguridad y comprensión para afrontar la pérdida.

Lo más probable es que en principio se nieguen a aceptar que ya no van a volver a ver a esa persona, que no se le puede curar, que no se le puede revivir. Luego

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pueden preocuparse por los padres y por ellos mismos preguntando ¿cuándo se van a morir? En este momento hay que tranquilizar al niño diciéndole que no es probable que ninguno muera hasta que sean mayores o viejecitos y que para eso faltan muchos, muchos años.

Vivimos en una sociedad en la que cuesta mucho trabajo aceptar el hecho de la muerte y alejamos a nuestros hijos de esta realidad, a veces de forma malsana. Hay que ser sinceros y dejarles claro que todos nos vamos a morir, sin trauma- tizarles, acompañándoles en su dolor cuando pierden a alguien muy querido, reconfortándoles, dejándoles llorar y expresar su dolor, manifestándoles el nues- tro. Esto les ayudará a valorar la vida.

Marta tenía siete años y estaba muy unida a su abuela, a la que veía prácticamente a diario desde que nació. La abuela falleció de un infarto y los padres, pensando que la niña era muy pequeña y lo iba a pasar muy mal, no se lo quisieron decir. Le contaron que la abuela estaba “de viaje”. Cuando el tiempo fue pasando y la niña seguía sin saber nada de su abuela se fue poniendo triste, dejando de jugar, abandonando los estudios, aislán- dose de los demás. No podía entender cómo esa persona que tanto quería la había abandonado sin decirle nada. Los padres tuvieron que llevarla a un psicólogo que les aconsejó que le dijeran lo sucedido. Al saber la ver- dad, pasado un corto espacio de tiempo la niña empezó a recuperarse tras asumir que no volvería a ver a su abuela, quedándole constancia de que la quiso hasta el último momento y que no se pudo despedir de ella.

Recapitulemos

Los menores, ante una pérdida importante, suelen tener un periodo de regresión en el que necesitan más demostraciones de afecto: más abrazos, besos... Hay que permitirles que durante un tiempo estén más apegados a los padres.

También puede que reclamen la luz encendida cuando se van a dormir y quieran volver a tener su juguete preferido para que le acompañe durante la noche.

No se debe alterar el ritmo de actividades del hogar, en cuanto a comidas, colegio, sueño. Las rutinas les hacen sentirse seguros.

Los niños expresan sus sentimientos de forma distinta a los adultos y hay que saber esto para no malinterpretar sus manifestaciones, que pueden parecer de desinterés, tristeza o rabia.

Algunos menores preguntarán repetidamente por lo sucedido, tratando de entenderlo, pues es un hecho que ha desestabilizado su vida.

Hay que procurar que no se sientan culpables, aclarándoles que ni ellos, ni nadie podrían haber evitado lo ocurrido.

La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muer- te no es y cuando la muerte es, nosotros no somos”.

(Antonio Machado)

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Lenguaje

La lengua no es la envoltura del pensamiento, sino el pensamiento mismo.

(Unamuno)

El lenguaje nunca es inocente. Los niños no son adultos pequeñitos y no piensan ni sienten como un adulto. Su manera de ver la vida no tiene nada que ver con la forma en que lo hacemos los adultos. Por ello hay que cuidar el lenguaje y el contenido de lo que les queremos transmitir.

Cuando a un niño se le dice “Ya no te quiero”, él lo interpreta literalmente, no es capaz de entender que los padres están enfadados por algo que él ha hecho o ha dejado de hacer. A un menor esta expresión le hace sentirse desamparado, se siente triste, rabioso, inquieto, preocupado, cuando las personas más importantes para él hacen esta manifestación.

El amor de los padres tiene que ser algo incondicional, no sujeto a enfados, ni instrumentalizado para conseguir cambios en el niño. Si no nos gusta algo que ha hecho se le debe manifestar así, pero nunca decirle que no se le quiere. Los padres nos enfadamos cuando nuestros hijos tienen conductas inapropiadas y lo deben saber, pero esto no está reñido con el amor. No puede estarlo.

En otras ocasiones se manipula a los hijos con las palabras:

“Con lo que me sacrifico por ti y tú me lo pagas así”. “Me siento decepcionado”.

“Te he entregado mi vida y tú no lo valoras”.

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Lo que hacemos por nuestros hijos nadie nos lo dicta ni impone y si nos excede- mos en algún momento es responsabilidad nuestra. Que por cierto no suele ser sano para nuestra relación, pues dejarlo todo por los hijos es una falta de respeto para con nosotros mismos y les estamos transmitiendo que valemos poco. Pero este exceso de celo se emplea a veces para pedir cuentas de lo dado, lo que deja claro lo interesado de nuestra conducta y hace sentir a los niños malvados y en

deuda con los padres, que tanto han hecho por ellos.

Tristemente estas “deudas” no suelen ser pagadas nunca por los hijos, por mucho que hagan, que se vuelven muy dependientes y sumisos en su afán por congra- tularse con sus padres.

Otra frase que por desgracia se sigue escuchando es ¿A quién quieres más, a

papá o a mamá?. Esta elección a la que se les pretende someter es injusta, por-

que el niño quiere a su padre y a su madre, los necesita a los dos, ambos son sus padres y no tienen por qué elegir.

Otra bastante común es Los niños no lloran. ¿Por qué? Si se lastiman, se sienten tristes, han tenido un mal día ¿por qué no pueden llorar?, ¿no tienen sentimien- tos?, ¿los tienen que reprimir?

Son muchos los adultos que sufren de “analfabetismo emocional”. Muchos consi- deran que sentir miedo, tristeza o rabia es nocivo. Para muchos adultos, dejar que sus hijos sientan y lo expresen es amenazante. Sin embargo, no hacerlo les puede llevar a sentirse incomprendidos, que no interesan y que además son malos, ¡justo lo contrario de lo que sentimos por ellos! Hay que dejarles sentir, que no vivan cen- surados por manifestar una emoción, es su manera de expresar cómo les afectan las cosas. Hay que identificarlas, etiquetarlas y ayudarles a que las describan con palabras. Tienen que aprender a distinguir que existen diferentes tipos de emocio- nes y que corresponden a diferentes estados de ánimo. En la medida en que ponen nombre a lo que les ocurre van sintiendo que tienen algo más de control sobre ello. Al hacer consciente lo que les pasa tienen más capacidad de manejarlo. Las emo- ciones ocupan un lugar primordial en nuestra vida. La educación emocional debe empezar desde la infancia. Hemos de ayudar a los niños a identificar sus emociones, a que las puedan nombrar y distinguir unas de otras (que sepan distinguir cuándo están tristes, enfadados, desencantados, ansiosos...).

Cuando reconoces en tu hijo sus emociones, cuando les ayudas a dialogar con ellas y les ofreces estrategias para que logre canalizarlas, le estás ayudando a construir una individualidad sana y madura. (Ana García-Mina Freire; doctora en Psicología).

También tenemos que evitar el uso de palabras malsonantes en casa si quere- mos que nuestros hijos no lo hagan. Aunque les veamos ensimismados jugando, no nos dejemos engañar ¡están pendientes de todo lo que ocurre a su alrededor! Y las palabrotas les encantan. No conocen su significado, sobre todo cuando son muy pequeños y comienzan a usarlas con tres o cuatro años, pero saben utilizarlas en el momento justo, cuando están enfadados, para llamar la atención, para ver cómo reaccionan los adultos, para retar a los padres. Nosotros somos los encargados de detectar por cuál de estos u otros motivos las dicen.

Los niños también aprenden que con las palabras se puede hacer daño.

La reacción adecuada de los padres será la que haga que se extinga la conducta o que se mantenga, tanto si las han aprendido en casa o en el colegio.

No debemos reírnos ni escandalizarnos ni comentarlo en su presencia. Tenemos que dejar claro que no nos gusta escuchar ese tipo de palabras, porque son des- agradables e hirientes y manifestarles que no les prestaremos atención cuando lo hagan.

Para que los niños no digan palabrotas es fundamental que en casa no se digan, pues resulta incoherente e injusto reprender al menor porque lo hace y desaho- garnos los adultos diciendo todo tipo de barbaridades.

Recapitulemos

Hay que enseñar a los niños a mostrar su enfado o excitación con las palabras adecuadas.

Los niños, aunque a veces no entiendan las palabras, perciben clara- mente el tono en el que se les habla.

Hay que tener presente que los gritos representan el fracaso de los adultos con otros métodos y que se utilizan cuando los padres están desesperados y han perdido los papeles.

Cuando a los niños se les grita injustamente, ellos lo perciben claramen- te. Conozco a un niño de cinco años que le dice a su madre cuando ella pierde los estribos: “Mamá, no me grites que soy un niño pequeño y no está bien que me trates así”.

Con el lenguaje podemos manifestar apoyo, afecto, comprensión... o desagrado, indiferencia, desafecto...

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