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Médicos y medicinas

In document Esto, eso, aquello... (página 82-90)

“El error presente extendido entre los hombres es el de querer comprender separadamente la curación del cuerpo y la del espíritu”.

(Platón)

Los niños, al igual que los adultos, deben ir al médico cuando lo necesitan, es decir, cuando están enfermos. Hay un gran número de padres que frecuen- tan la consulta del pedíatra sin justificación aparente. Su preocupación por la salud es excesiva, rayando en la hipocondría. Los niños se van acostum- brando a que ante cualquier pequeño malestar hay que ir al médico y a ser cuidados por sus padres, que a su vez se consideran padres preocupados y ocupados por la salud de sus hijos. A veces esta conducta obedece a senti- mientos de culpa en otras áreas. Este bucle realimentará a ambos, utilizando la “enfermedad” como medio de comunicación y unión entre la familia.

De igual modo, a veces se utiliza la medicación indiscriminadamente. Los menores se habitúan a los medicamentos, los cuidadores les hacen creer que son la panacea universal y que todo se resuelve en la vida con “píldoras mi lagrosas”, siendo incapaces de aguantar el más mínimo dolor o la menor molestia.

Me ha sorprendido la frecuencia con que en los últimos tiempos los padres utilizan algún tipo de medicamento con otros fines diferentes de los que tienen. Por ejem- plo: el Apiretal. Un antipirético que algunos padres proporcionan a los niños para que se tranquilicen y se duerman cuando lo consideran oportuno.

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A los pequeños se les está haciendo adictos sin que nos demos cuenta y en el futuro, cuando ellos sean adultos, seguirán recurriendo inopinadamente a los medicamentos.

Otro aspecto preocupante es la facilidad con que se ingresa a los niños en hospi- tales, en ocasiones sólo “por si acaso”, “para observarles”, sin tener en cuenta lo que esto significa para los menores: la separación de sus padres, el encontrarse solos en un medio inusual para ellos, el miedo ante lo desconocido, la pérdida de autonomía e intimidad, la interrupción de su actividad diaria, la incertidumbre sobre la conducta apropiada...

En la Carta Europea de los Derechos de los Niños Hospitalizados, establecida por el Parlamento Europeo en el año 1986 y ratificada por España, se incluye en su artículo 4º un total de 23 puntos. En el punto número uno se proclama:

Derecho del niño a que no se le hospitalice sino en caso de que no pueda recibir los cuidados necesarios en su casa o en un ambulatorio y si se coordina oportu- namente, con el fin de que la hospitalización sea lo más breve y rápida posible.

Lo que deja bien claro que si no es imprescindible para la salud y recuperación del menor, no se tomará esta medida.

En el libro Hospitalización Infantil, Repercusiones psicológicas, de Juan Manuel Ortigosa Quiles y Francisco Xavier Méndez Carrillo, se recogen las repercusiones negativas de la hospitalización para los menores.

Del Barrio y Mestre (1989) llevaron a cabo un estudio comparativo con 94 niños hospitalizados de 8 a 14 años, en el que detectaron más ansiedad y más miedo a la muerte y a la enfermedad que en los niños sin experiencia hospitalaria. Las repercusiones negativas de la hospitalización persisten incluso después del alta médica (López-Roig, Pastos y Rodríguez-Marín, 1993; Scaife y Campbell, 1988; Vernon y Thompson, 1993).

La hospitalización es un acontecimiento estresante que genera en el niño alte- raciones cognitivas, psicofisiológicas y motoras, antes, durante y después de la estancia hospitalaria (Huber y Gramer, 1991; Melamed y Siegel, 1975; Mendez, Macia y Olivares, 1992; Wolfer y Visintainer, 1975; Ziegler y Prior, 1994). El pro- ceso de hospitalización conlleva múltiples estresores en un período de tiempo generalmente breve (Méndez, Ortigosa y Pedroche, 1996).

Los niños pequeños son los más afectados por la hospitalización, mostrándose más alterados (Aguilar y Ruiz, 1994; Vernon y cols., 1966).

Si quieres permanecer sano, cuanto menos pienses en tu salud, mejor.

(Oliver Holmes – Over the Teacup)

Recapitulemos

Usemos los medicamentos siguiendo “al pie de la letra” las recomenda- ciones del médico; TODOS tienen efectos secundarios.

No habituemos a los menores a tomar medicamentos indiscriminada- mente. No todo se cura con una pastillita. Las adicciones a los psicofárma- cos son una realidad de nuestros días y la tristeza, la ansiedad, el miedo... hay que manejarlos con los recursos personales, el equilibrio interno y la paz interior.

Mantener la medicación con antibióticos el tiempo prescrito por el médico y no retirarla cuando el menor deja de tener fiebre, pues lo que se consigue es que las cepas de bacterias desarrollen resistencia a los fármacos.

Hay que llevar a los niños al dentista periódicamente para evitar la apa- rición de enfermedades dentales.

Cuando sea necesario hospitalizar a un menor hay que explicarle lo que va a suceder, para calmar su ansiedad y miedo ante lo desconocido. Aclararle que no se le va a abandonar, que los padres pasaran con él todo el tiempo posible y que estará en manos de personas que están muy acos- tumbras a estar con niños y saben cómo tratarles para que se recuperen.

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Modas

“Para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas, una vez en la vida”.

(Descartes)

En los últimos tiempos hay una serie de corrientes o modas que se repiten, que desaparecen y vuelven a aparecer, que llevan a algunos padres a tomar decisiones un tanto arbitrarias sobre la crianza de sus hijos.

Ignorar el calendario de vacunas supone un riesgo para el menor y las per- sonas que le rodean: otros niños, embarazadas, ancianos...; por lo tanto es un deber social.

Las vacunas son necesarias porque protegen al niño de enfermedades infeccio- sas graves o incluso mortales y frente a las que no existe un tratamiento efectivo; así, el tétanos es mortal en la mitad de los casos y la polio deja secuelas graves, como parálisis; las paperas pueden causar sordera y el sarampión serias compli- caciones.

Gracias a las vacunas, la viruela ha desaparecido del mundo.

Aunque las enfermedades que podemos prevenir con las vacunas se dan sólo en pocas ocasiones, debemos seguir vacunando a los niños. Con la inmigración, por ejemplo, se están volviendo a ver enfermedades casi erradicadas que han resur- gido en escuelas infantiles y la vacunación es la medida preventiva más eficaz, a veces la única, contra el contagio.

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En Japón la población tuvo un rechazo masivo a la vacuna de la tos ferina por los efectos negativos de esta vacuna de virus atenuados (las vacunas de virus atenuados o celulares utilizan bacterias muertas que contienen todos los com- ponentes del bacilo de la tos ferina), por lo que el Ministro de Salud suspendió su aplica ción. El resultado de esta medida fue que en 1973 se habían declarado 361 casos de tos ferina en Japón; seis años después la cifra ascendió a 135.105 casos. A partir de este suceso los japoneses desarrollaron una vacuna acelular (las vacunas acelulares sólo conservan de la bacteria los componentes útiles para obtener la inmunidad y están privadas de aquellos que pueden provocar reaccio- nes adversas) con menos efectos secundarios y con favorables resultados. Del mismo modo, en los últimos años el descenso de la cobertura vacunal en algunos países de la antigua Unión Soviética ha conducido a la reaparición de casos de difteria en Bielorrusia, Ucrania y otras naciones. En 1994 se contabiliza- ron en esas regiones 50.000 enfermos y 2.000 muertes por difteria.

Imponer dietas vegetarianas al niño, por motivos filosóficos o culturales, o privar- le de lácteos sin que el menor tenga ninguna intolerancia a la lactosa, sólo porque hemos oído que es mejor la leche de soja. Nos hace recordar el triste caso de unos padres vegetarianos que vivieron el fallecimiento de su hijo cuando éste tenía nueve meses y pesaba cinco kilos.

La dieta vegetariana admite distintos tipos, desde la más estricta que excluye todo tipo de alimentos de origen animal, la lactovegetariana que incluye leche y lácteos, la ovovegetariana que incluye huevos, leche y derivados, los semivegeta-

rianos que optan sólo por pescado o los frugívoros que comen sólo granos, nue-

ces y frutas. En lo que están de acuerdo la mayoría de los médicos endocrinos o nutricionistas es en la necesidad de una dieta rica y variada en su composición. Por eso la dieta vegetariana está contraindicada para los niños, debido a que es una dieta incompatible con las necesidades de cualquier persona en desarrollo que necesita de alguna fuente de proteínas animales, pudiéndole causar su ausencia un retraso en el crecimiento y alteraciones graves en diferentes órganos como el intestino, deficiencia inmunológica, anemia, incluso infertilidad.

La restricción total de alimentos de origen animal también causa deficiencias de riboflavina, calcio, hierro y aminoácidos esenciales.

Las exigencias nutricionales durante la infancia son mayores que durante cual- quier otro período. Al mismo tiempo, la capacidad del estómago es limitada, por lo

que las fuentes de alimentos deben proporcionar calorías y nutrientes suficientes en un pequeño volumen. Los niños necesitan grasas en las dietas para su creci- miento y desarrollo normal, al igual que hierro, calcio, magnesio y zinc, presentes en frutas, vegetales y granos.

En los niños y bebés con dieta vegetariana estricta se ha percibido un adelgaza- miento excesivo o un retardo en el crecimiento. Si no se satisfacen las necesida- des energéticas, las proteínas del cuerpo son degradadas para producir energía y esto crea problemas adicionales. Por este motivo la ingesta adecuada de energía debería ser la principal consideración en la planificación de la dieta.

Para los niños, la dieta más saludable es aquella que incluye la mayor variedad de alimentos, sin ninguna restricción.

Los padres que ponen por encima del bienestar de su hijo una filosofía o preferen- cia personal, por motivos culturales o por cualquier otro motivo, sin tener en cuenta las necesidades y el bienestar de un niño en desarrollo, no le están proporcionan- do a su hijo un buen trato, pues no hay nada por encima del bien del niño. La parentalidad bientratante presenta un estilo educativo centrado en las necesi- dades de los niños y niñas, que siempre son considerados sujetos de derecho. En este estilo, los padres asumen la responsabilidad de ser los cuidadores principa- les de sus hijos, ejerciendo una autoridad afectuosa caracterizada por la empatía y la dominancia.

En resumen, las repercusiones que tiene una mala alimentación pueden ser:

Enlentecimiento o interrupción del crecimiento

Niños que nacen con una talla y peso normal pero que en un determinado momento, entre el primer y el segundo año de vida, se estancan o crecen muy lentamente para su edad. Es uno de los primero signos de negligencia parental. El crecimiento físico es un proceso que necesita para su normal evolución de un aporte adecuado de energía y nutrientes necesarios para la formación de los nuevos tejidos.

Es lo que algunos autores denominan enanismo de abandono, niños cuya talla mínima corresponde a veces al enanismo, que viven en condiciones familiares patológicas y que, apartados de su medio, tienen una aceleración del crecimiento rápida e importante.

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En el plano psicológico, los estudios han confirmado la dimensión de intenso sufrimiento del niño frente a una madre que experimenta desinterés hacia él y la existencia de claras negligencias hacia el menor (que se manifiesta fundamental- mente en deficiencias nutritivas graves).

Diarrea aguda

Se dan en el menor y son debidas al consumo de alimentos en mal estado o de alimentos inadecuados para el momento evolutivo que atraviesa. Ésta es una de las consultas más frecuentes en los servicios de urgencias. Tiene una mayor gravedad cuanto más pequeño es el niño y es más frecuente entre los 6 y los 18 meses de edad, pudiendo causar la deshidratación del menor.

Vitaminopatías

Carencias vitamínicas atribuibles a déficits nutricionales, que suele darse funda- mentalmente en poblaciones con pocos recursos (pudiendo llevar al raquitismo).

Caries

En un número abundante de dientes por una alimentación inadecuada, pudiendo dificultar a la vez la masticación de determinados alimentos.

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