Ejército del Pueblo, FARC-EP (o FARC)
3) Los paramilitares
2.1. Hipótesis o supuestos 19 iniciales
En la experiencia previa sobre el tema, creía en una relación de poder de dos partes claramente diferenciables. Consideraba que, a diferentes niveles geográficos, existía una relación de dominación desde el Norte hacia el Sur, de las agencias internacionales sobre las agencias y organismos nacionales de los países pobres. Y por extensión, las ONGD del Norte se imponía a las del Sur, y así sucesivamente; es decir, estas últimas ejercían poder sobre la «gente». No obstante, y con el propósito de aspirar a la honestidad investigativa,20 pongo en evidencia ante el lector que los
supuestos correspondían a prejuicios fundados sobre cierta tradición sociológica;21luego, el transcurso de la investigación, especialmente el tra-
bajo de campo, me ha corregido.
El punto de partida se establecía en las relaciones de poder existente entre los actores implicados en la cooperación; sin embargo, las interrela- ciones inmersas en este ámbito son bastante complejas. En el trabajo de campo descubrí que hay múltiples canales de influencia entre un abanico de actores, en ocasiones difusos. Las orientaciones de influencia fluctúan de tal manera que resulta inapreciable una relación de poder unidireccio- nal, y la aparente preeminencia de posturas sumisas y obedientes se con- trarrestaba con una irreverencia disimulada ante los formularios de eva- luación, los cuestionarios y las auditorías. La gente, a su modo, también
38 Metodología
19 Sandoval (1998) sugiere que los enfoques cualitativos de investigación no parten de hipótesis que deben ser verificadas o refutadas empíricamente, sino que existen supues-
tos previos que orientan los primeros pasos de la investigación. Taylor y Bogdan (1987,
173) también sostienen que «el investigador comienza el estudio con un mínimo de supuestos».
20 Taylor y Bogdan (1987, 174) sostienen que «el mejor control de las parcialidades del investigador sea la autorreflexión crítica».
21 En esta línea, seguía, por ejemplo, la teoría de Lewis Coser (teórico del conflicto), por la cual «el conflicto sobreviene cuando diversos grupos e individuos frustrados se esfuerzan por aumentar su parte de gratificación. Sus demandas encontrarán resistencia en aquellos que establecieron previamente un interés creado en una forma dada de distribu- ción de honor, riquezas y poder» (Coser, 1970, 35).
ejerce un tipo de presión o influencia ante las ONGD locales, y éstas, a la vez, tienen capacidad para intervenir en decisiones de las organizaciones del Norte, etc.
Por tanto, en lugar de formas simples de dominación (duales), exis- ten formas complejas de dominación. Para el francés E. Morin (1990), diferenciar unas partes que luchan por su gratificación no tiene sentido, ya que hablar de un todo compuesto por partes es una visión simplifica- da; en cambio, «la visión compleja dice: no solamente la parte está en el todo; ¡el todo está en el interior de la parte que está en el interior del todo!» (Morin, 1990, 125). En este orden de ideas, no hay relaciones de causalidad entre las partes, como si se tratase de un modelo de piezas mecánicas de relaciones unidireccionales; por el contrario, predomina la múltiple influencia con diversos grados de poder. El efecto de una acción inicial puede retroactuar para estimular o incidir sobre la intencionalidad de la acción inicial (causalidad circular retroactiva), esto es, «el producto es productor de aquello que lo produce» (causalidad recursiva) (Morin, 1990, 123).
De este modo, es pertinente situar los enfoques metodológicos de algunos pensadores cercanos al postestructuralismo. Por una parte, Maf- fesoli reclama unas ciencias sociales dispuestas a afrontar los temas y pos- turas que habitualmente ha evitado, unas ciencias capaces de «compren- der el crecimiento específico y la vitalidad propia de cada cosa»; demanda un saber
que esté lo más cerca posible de su objeto. Un saber capaz de integrar el caos, o al menos de concederle el lugar que le corresponde. Un saber que sepa, por muy paradójico que pueda parecer, trazar la topografía de la incertidumbre y del azar, del desorden y de la efervescencia, de lo trágico y de lo no racional, de todas las cosas incontrolables, imprevisibles pero no por ello menos huma- nas (Maffesoli, 1997, 13).
Esta sociología hace una lectura compleja que se libera del temor a la supremacía del desorden. Generalmente, los sociólogos hemos pensado clasificando y actuado jerarquizando; sin embargo, la línea argumental de este apartado desconoce, como sí lo hace la postura marxista, dos partes claramente identificables en una relación jerárquica. La interrelación dual del conflicto se volatiliza, de tal modo que no son fácilmente identifica- bles. Las figuras que forman fluctúan en una serie de tensiones inespera- das e irregulares.
Morin (1990) es consciente de la escasa atención de las ciencias socia- les a modelos teóricos que adquieran una mirada compleja, y propone evi- tar la huida ante lo que podamos concebir como «desorganizado»; de hecho, sostiene que
el antagonismo, más allá de ciertos umbrales y procesos, se convierte en desor- ganización; pero incluso convertido en desorganización, puede constituir la condición para las reorganizaciones transformadoras. La anulación parcial o total de las capacidades para actuar ante el conflicto es una de sus inmediatas consecuencias. Sin embargo, todo lo importante sucede de forma inesperada: continuamos actuando como si nada inesperado debiera suceder nunca (Morin, 1990, 117).
Por lo general, los seres humanos establecemos rituales y hábitos suponiendo que las condiciones en las que debemos vivir estarán exentas de situaciones metaestables. Aun infiriendo la inevitabilidad de la omni- presencia del conflicto, diseñamos formas de vida que desconocen el adve- nimiento de ellos.
Una postura compleja rehúye la aceptación del orden como estado «natural» de la sociedad; dicha naturalización es una construcción social de aceptación y suficiente información de lo que podríamos llamar una fase de caos institucionalizado. Podríamos afirmar, siguiendo a Bauman (1996), que dicha naturalización del caos corresponde a las demandas propias de la
claridad cognitiva. Es esa necesidad de claridad la que nos lleva a operar con
modelos basados en tipos de situaciones previsibles de suficiente informa- ción (orden) como el estado propio de la condición humana. Por tanto, lo compleja que nos pueda parecer la situación social de un país como Colom- bia se basa en el desconocimiento que tenemos los observadores frente a esta sociedad. Casi por unanimidad, los entrevistados consultados atribu- yen dicho adjetivo a este país, pues el tipo de fenómenos que se suceden se caracterizan por la dificultad para comprenderlos y explicarlos.
Siguiendo la teoría de sistemas, Morin (1990) acoge la división de las cosas en máquinas triviales y no triviales, y al respecto afirma que
nuestras sociedades son máquinas no triviales en el sentido, también, de que conocen, sin cesar, crisis políticas, económicas y sociales. Toda crisis es un incremento de las incertidumbres. La predictibilidad disminuye. Los desórde- nes se vuelven amenazadores […] es necesario, a menudo, abandonar las solu- ciones que solucionaban las viejas crisis y elaborar soluciones novedosas (Morin, 1990, 117).
A pesar de que la defensa de estos planteamientos no establece accio- nes metodológicas concretas, permite flexibilizar la concepción clásica del objeto de estudio, como un «artefacto» susceptible y en espera de ser cono- cido. En este sentido, muchas de mis reacciones, percepciones y prejuicios son puestas en evidencia en aras de aceptar mi doble papel como sujeto y objeto de investigación. Por tanto, la experiencia personal también entra a jugar en tanto acervo de conocimientos subjetivos que, por supuesto, par- ticipa del diálogo y la confrontación con las fuentes de información pri- maria y secundaria.