3 LA SEGUNDA CONVERSIÓN
3.2 En el umbral de una decisión
3.2.1 La historia de la iglesia
Con respecto a la historia de la Iglesia Católica,233 iniciaré mencionando la importancia que ha tenido en mi proceso de acceder a ella el haber podido ir reconociendo la distinción entre las diferentes realidades que conforman a la iglesia como pueblo de Dios. Esto es, la iglesia institucional o jerárquica, el magisterio, por una parte, y todos los demás fieles por la otra, pero que juntos conforman la comunidad cristiana. Aunque no se desconozca la vinculación espiritual y orgánica de estas vivencias y vinculaciones diferentes al cuerpo cristiano (Rm 12,12-30), es necesario afinar el lenguaje para emitir un juicio más realista y acertado acerca tanto de los errores como de los aciertos de los miembros de la Iglesia en la historia. Como mencioné al comienzo de este testimonio, mi proceso de ateísmo se inició con la aversión que sentía hacia “la iglesia” y que justificaba en parte por los diversos desaciertos históricos en que ella había incurrido. Tal juicio negativo hacia “la iglesia” se arraigó
233 Aunque tuve la oportunidad de aproximarme a la historia de otras iglesias cuando abordé la vida de Martín
Lutero (1483-1546) y la historia de la reforma protestante; sin embargo, desde el inicio me incliné más por estudiar la tradición Católica. Una de las razones fue sin duda el haber llegado a considerar que es un desafío más interesante poder ejercer el espíritu crítico y reformista desde el interior de una comunidad ya formada, y al hacerlo intentar siempre evitar la división. “…lo que Dios unió no lo separará el hombre.” (Mt 19,6) Lo
fuertemente aun sin tener una idea clara de a qué me refería con esta palabra. Por lo tanto, por una parte, criticaba indistintamente a la Iglesia Católica y a las protestantes; por la otra, tampoco consideraba diferencias significativas entre los cristianos y la institución a la cuál pertenecían. En realidad nunca antes me había preocupado por establecer cierta distinción con respecto a la participación y a la culpabilidad de los cristianos en acciones repudiables como lo fueron por ejemplo: las cruzadas, la inquisición y la conquista de América, entre
otras; ni por reconocer que, incluso simultáneamente a estas acciones, tampoco han faltado cristianos que sí han dado un testimonio auténtico de Cristo en la iglesia.
La crítica hacia una historia manchada de opresión y de sangre, se actualizaba en la repulsión que sentía hacia todo lo relacionado con “la iglesia” y el cristianismo. ¿Cómo era posible que en nombre de Dios “la iglesia” realizara hechos atroces? era el tipo de preguntas que solía hacerme, sin percatarme, al plantearlas, que éstas eran fruto de una generalización apresurada que me llevó a deplorar cualquier iglesia cristiana durante mi ateísmo. Hoy puedo reconocer la gravedad de no haber considerado entonces las matizaciones que surgen cuando se conocen las diferentes nociones históricas y teológicas de iglesia, así como cuando se conocen los diferentes contextos históricos en los cuales han sucedido las situaciones repudiables que la involucran.
Mi concepción cambiaría cuando tuve la oportunidad de reconocer cómo no toda la historia de la Iglesia Católica había sido inauténtica. También en medio de ella ha habido destellos de luz que no se pueden desconocer y desvirtuar si es que deseamos hacernos una imagen más global del papel que ésta ha desempeñado a lo largo de la historia.
En primer lugar, durante mi aceptación de su historia, fui comprendiendo que la iglesia son las personas. En este sentido, no podemos olvidar que la ejecución de acciones reprochables, en definitiva, la negación de lo que significa seguir a Cristo tanto por parte de pontífices, prelados, sacerdotes y laicos, en el pasado y en el presente; se explica -aunque no se justifica- porque, cuando hablamos de la iglesia, nos referimos a hombres de carne y hueso y no a ángeles. Hombres como yo, en quienes se libra una lucha interna entre la
inautenticidad y la autenticidad. Cómo resultado de esta realidad constante, que el cristianismo tradicionalmente ha denominado pecado,234 la iglesia ha fluctuado entre la
fidelidad a Dios y la decadencia, pero lo hace con plena confianza en que “donde abundó el
pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5,20b)
Mi anterior cerrazón ante la iglesia y su historia, poco a poco comenzaría a abrirse gracias a una serie de personajes en el seno de la misma que, con su testimonio de vida, dieron prueba del sentido y el valor de lo que significa ser auténticamente un cristiano. Además de quienes ya he nombrado, vale la pena también recordar a San Francisco de Asís (1181- 1226), quien en contravía de la ostentación de las jerarquías más altas en la iglesia, dio testimonio de Cristo desde la pobreza evangélica. Así, gracias al conocimiento de las vidas de varios cristianos admirables como San Francisco, poco a poco pude ir reconociendo todo lo positivo que significaba el pertenecer a la Iglesia Católica y seguir en ella a Jesucristo, aunque ésta nunca haya sido, ni sea perfecta.
Otra objeción para ser cristiano, además de las cruzadas, la inquisición y la conquista, fue la consonada oposición histórica de la iglesia oficial al libre pensamiento ilustrado y científico, para lo cual el caso de Galileo Galilei es paradigmático. Más adelante me referiré un poco más a su caso. Basta con reiterar por ahora que el conocimiento de la historia de la iglesia me sirvió para aceptar con tranquilidad que efectivamente los cristianos, como todos los humanos, han cometido errores. La historia humana ha sido un dinamismo de autenticidad y de inautenticidad, recordemos. Y, en todo caso, tampoco podemos olvidar que el Papa Juan Pablo II ha pedido perdón en nombre de la Iglesia Católica por la condenación de Galileo.235
Recogiendo: hoy sigo aceptando que la Iglesia Católica ha cometido errores a lo largo de su historia. Pero en lugar de encontrar en tal hecho un obstáculo que me impide
234 Dinámica que San Pablo explicita magistralmente en sus epístolas, particularmente en Rom 7,14-20. 235 Con motivo de la celebración del año jubilar 2000, el papa Juan Pablo II, formalmente se disculpó por
comprometerme con ella; siento que el reconocimiento humilde de esta realidad me motiva, ya no a criticarla destructivamente desde fuera, sino a intentar ejercer una crítica informada y constructiva desde su interior. De tal forma que, al hacerlo así, asumo mi cuota de responsabilidad para que estos errores no vuelvan a ocurrir.