2 LA PRIMERA CONVERSIÓN
2.1 La experiencia del misterio
2.1.2 La experiencia
Los robaiyyat, con su combinación métrica sencilla y reducida, no me cansaban y me
permitían meditar. No recuerdo cuál fue el cuarteto que detonó tal reacción, tal vez ninguno en particular, sino todos ellos. Era una tarde soleada. Las amplias ventanas del cuarto piso de la biblioteca me permitían ver los chiminangos98 del campus universitario frente a mí. Kayyam, contingencia evolutiva, Gould, embriagarse, el universo, mi pequeñez, la muerte, la vida; cuantos pensamientos encontrados. Mi mirada se fijó en el horizonte.
¡Exploté! No encuentro otra palabra que pueda describir mejor tal sensación. Una emoción nunca antes sentida. El latir de mi corazón se incrementó, no tengo duda de ello. Mi
identidad, lo que yo creía ser, suavemente comenzó a “difuminarse y a extenderse”. ¿Dónde
estaba el límite, dónde? Los chiminangos, yo, ¿Dónde estaban los límites? ¡Qué libertad! ¡Qué plenitud! ¿Cómo no lo había visto antes? “Contingencia es lo que es”. No puedo entenderlo. ¡No importa! Es. Yo no soy lo que creo ser, sino lo que soy. ¿Por qué no lo vi antes si era tan obvio? La vida, la muerte ¿Dónde están los límites? ¿A dónde se fue la muerte? ¿A dónde se fue el miedo? El universo palpitaba en mi corazón.
La claridad fue abrumadora. Mi incertidumbre anterior fue aliviada por un misterio que la colmó. Me sentí integrado en la realidad como nunca, una realidad que había permanecido oculta para mí durante mucho tiempo. No puedo estar seguro de si lo que sentí durante esos minutos se debió a que entendí algo, o más bien lo entendí porque pude sentirlo. Todo ocurrió tan rápida y súbitamente y sin embargo fue tan dulce e inolvidable.
98
Calculo que la experiencia duró aproximadamente entre 4 o 5 minutos durante los cuales cerré el libro de Kayyam99 y me levanté de la mesa con total normalidad. Recuerdo que mientras me dirigía a la recepción para entregar el libro observaba a las otras personas en la sala de la biblioteca y me preguntaba qué me estaba pasando y si ellos podían sentirlo también. Entregué el libro y baje al primer piso, la sensación persistía. En la puerta de la biblioteca me senté en las escaleras y, mientras la intensidad de la sensación disminuía suavemente, traté de asimilar lo que acababa de ocurrirme.
Comencé a percatarme de que había vivenciado algo que realmente valía la pena. Creía que antes vivía sin temor, pero ante la ausencia de miedo que en ese momento me acompañaba,
pensé, “tal vez Ghandi, Jesús, Buda, Mahoma, etc. pudieron experimentar algo similar que los llevó a vivir como vivieron”. Fue aquí cuando por primera vez, pero no sin renuencia, consideré la posibilidad de un vínculo entre lo religioso y lo que acababa de pasar. Inmediatamente sentí deseos de comunicar a otros lo que había acabado de descubrir: “No somos lo que pensamos ser, la realidad tampoco lo es. Lo que realmente es, es mucho más. Somos y estamos inmersos en un misterio fabuloso y eterno. En él la muerte es tan sólo una ilusión. Los líderes espirituales no han hecho más que señalar esta realidad.”100
Pero ¿había sido yo realmente testigo de una realidad desapercibida por muchos? ¿No estaría totalmente equivocado? ¿No habría sido mi experiencia fruto de algún tipo de auto- sugestión? Las dudas comenzaron a aflorar y me restringieron el poder aceptar y comunicar plenamente lo que aparentemente había sentido y lo que creía haber descubierto. A pesar de las dudas y prevenciones, mi manera de percibir y relacionarme con el mundo y los demás no fue igual desde entonces.
99 Suspendí la lectura del
Robaiyyat en ese momento y no la retomé si no hasta algunos años después. En
parte esta actitud la explico por mi negatividad en aceptar las implicaciones de la experiencia que acababa de vivir la cual, durante algún tiempo, me propuse olvidar.
100 Según Schneider, “Todos los profetas y fundadores de religiones se caracterizan por haber tenido una
experiencia singular de lo divino, que luego proceden a formular verbalmente”. (Schneider, Teología como biografía, 44)
Es curioso cómo la lectura de los cuartetos de Kayyam, que parecen estar empapados de tristeza, pena, inexistencia y muerte,101 tuvo en mí un efecto tan contrario. Sólo puedo explicar tal efecto al considerar que el escepticismo de Kayyam me despertó ante un hecho que no reconocí si no hasta ese momento. No creía en explicaciones religiosas pero, mi confianza en la ciencia y la capacidad cognitiva humana para explicar íntegramente la realidad era, hasta ese momento, desproporcionadamente firme.
Kayyam en sus cuartetos pone en evidencia la limitada comprensión humana y manifiesta cómo el enigma del universo nunca se resolverá con las creencias religiosas, pero tampoco, por medio de la racionalidad científica. El escepticismo de Kayyam es un llamado directo a la humildad intelectual que, hasta ese instante, yo había erradicado de mi vida sin tener conciencia de haberlo hecho.
Como he mencionado, a pesar de la fuerza de la experiencia y el deseo que tuve por compartirla con otros, como lo hago en este testimonio, no pude evitar que parte de mí, el antiguo hombre racionalista, se resistiera a aceptarla como algo real. En todo caso, el ateísmo que tanto había defendido estaba en riesgo y la sola posibilidad de reconocer que me había equivocado durante tantos años, era como traicionarme a mí mismo.
No, lo que había experimentado no tenía por qué estar necesariamente relacionado con lo religioso. Pudo haber sido una auto-sugestión. No obstante, durante tal experiencia sentí cómo mi búsqueda anterior por entender la realidad, y mi motivación para estudiar biología, se había integrado coherentemente. La teoría evolutiva no parecía ser incompatible, sino más bien complementaria con la realidad a la cual desperté ese día. ¿No estaban acaso los cuartetos de Kayyam en un libro sobre evolución? Por lo tanto, fue muy difícil descartar la posibilidad de que el nuevo horizonte que comenzaba a considerar fuese real. ¡Créanme, quise hacerlo!
101 Cfr. Hedayat Sadeq, “Introducción”,en Kayyam,
Por primera vez desde hacía muchos años la ciencia y la religión no me parecían tan incompatibles. Fue así cómo decidí seguir ahondando en la comprensión de mi experiencia para comprobar si fue algo real o me estaba dejando engañar por una ilusión esperanzadora
que, para mi “espíritu científico”, era y es inadmisible. Inauguré entonces una búsqueda de sentido de la experiencia por medio de ciertas lecturas sobre temas relacionados tanto desde la perspectiva de la ciencia y de la filosofía, como también desde el ámbito de las religiones. Me invadió una gran sed de lectura, debido al anhelo por responder a las preguntas que surgieron como fruto de la experiencia, en otras palabras, por mi deseo de interpretarla razonablemente. Este camino interpretativo, como veremos, se constituyó en mi camino de conversión.