En The Uses Of Literacy Hoggart analiza la cultura de la clase obrera puesta
en tensión con la recepción de las publicaciones de masas propias del proceso de mediatización de principios y mediados del siglo XX. La clase trabajadora que describe el autor es una generalización basada en el abordaje de distritos como Hunslet (Leeds), ciudad natal de Hoggart, y “Ancoats (Manchester), Brightside y Attercliffe (Sheffield) y cerca de Hessle y Holderness Road (Hull)” (Hoggart 2013: 46).
Hoggart va elaborando en su libro una concepción del espacio público cercana a la etnográfica. Aquí, espacio público y lugar no son categorías que se excluyen mutuamente como ha planteado Gorelik:
134 “Lo primero que habría que decir es que la propia emergencia del espacio
público moderno (al menos en la definición habermasiana a la que, como vimos, el autor alude) supuso la cancelación histórica de la idea de lugar, ya que el espacio público necesita para su desarrollo la existencia de una sociedad de individuos desarraigados, que ha roto con la relación identitaria entre el lugar y
la comunidad” (Gorelik 2008: 8).
En el texto de Hoggart, la cuestión del barrio obrero como un territorio de identificación, particular y distintivo en la composición del paisaje aparece casi desde el inicio:
“Mi contacto más fluido se establece con quienes residen en las largas hileras
de casas apiñadas y humeantes de Leeds. Tienen sus zonas reconocibles dentro de la ciudad. En casi todas las ciudades, los estilos de construcción de sus viviendas son muy característicos: en algunos lugares los fondos de las casas comparten una medianera; en otros, hay hileras de casas con patios
colindantes en el fondo” (Hoggart 2013: 46).
Para el autor la cuestión del punto de vista se dirime en aquellos miembros de la cultura obrera, que consideran al “barrio” como una extensión de su sala de estar y “quien viene de afuera”, para el cual la percepción de esa cultura cerrada es “deprimente”:
«Para quien viene de afuera, estos distritos proletarios son deprimentes; calle tras calle con casas regulares y uniformes cortadas por un aburrido trazado de pasajes, callejuelas y callejones; ordinarias, sórdidas y con estructuras temporarias que se eternizan; una variación en tono de gris donde el verde y el azul del cielo están ausentes; los colores son más oscuros que en el norte y el
oeste de la ciudad, más que en las “mejores zonas”» (Ibídem 2013: 83).
Esa vida barrial no es sólo un conjunto de figuras que componen el paisaje, sino el anclaje territorial de la cultura popular que allí tiene lugar.
Nos preguntamos si hay alguna vinculación de la noción de “cultura común” leavisiana, -esa cultura orgánica idealizada de la Inglaterra pastoral pre industrializada-, con cierta invariabilidad que lee Hoggart en la cultura obrera, sobre todo respecto a su localización territorial y la forma en que esta, junto a otras variables; -la tradición, la oralidad, la entonación, las canciones-; se
135 convierte en un sistema resistente al contexto de una mediatización creciente de la cotidianeidad que el autor percibía en lo que llama “las publicaciones de masas”.
Aquella doble dimensión que Williams veía en el campo: del punto de vista de quien ese espacio constituye su actividad vital de subsistencia al punto de vista de quien esa composición implica un lugar de descanso, Hoggart la ve en el barrio donde el paisaje puede variar de la consideración de una cultura propia a la consideración de un territorio ajeno y despreciable.
Este autor pone el énfasis en un territorio marcado por aquello que está dentro del conocimiento cotidiano. Hay un nivel epistémico en la conformación de una cultura a través de su vinculación con lo cognoscente de manera inmediata. Hoggart los nombra como “pequeños mundos”, apelando a la recuperación de su propia historia de vida como evidencia.
Una cultura endógena donde todo, -al menos para la perspectiva que le interesa a Hoggart-, tiene lugar en la propia comunidad, término que es definido a partir de la pertenencia a una clase y además a “un grupo de calles conocidas” (Ibídem 2013: 87), en las que tiene lugar una conformación cultural activa y compleja. Todo aquello que constituye el paisaje es preferentemente del orden de lo doméstico, concreto y cotidiano desde la proliferación de los animales:
«También hay una vida animal en el barrio: una multitud de mascotas, de las
cuales los más interesantes son los perros de “raza perro”, aunque los gatos los superan en número. Los estorninos ocupan los edificios públicos de la ciudad, pero los gorriones son los pájaros que más abundan en el barrio…» (Ibídem 2013: 89/90).
A los “acontecimientos especiales” como los funerales, incendios, caballos que se caen, peleas, suicidios, etc.
Para Hoggart, en el tiempo histórico de la cultura obrera que recupera en la primera parte del libro, -las décadas del ‘20 y del ‘30-, el barrio conforma el límite y la constituye como una totalidad. Todo lo que está por fuera es, justamente, lo otro, el mundo del “ellos” como marca el autor:
136 “Anteriormente, he mencionado la importancia del hogar y del barrio, y propuse
que esa importancia proviene en parte de la idea de que el mundo exterior es extraño, y con frecuencia hostil; que tiene casi todas las cartas ganadoras en la
mano y que es difícil relacionarse con él en sus propios términos” (Ibídem 2013: 95).
Más allá de esta dimensión cerrada territorialmente que implica la noción de barrio como comunidad, debemos decir también que uno de los ejes principales y que presenta mayores interrogantes epistemológicos en el texto, es justamente esa cualidad desclasada de los productos de la cultura de masas. Aquí es también donde encontramos una fuerte tensión, una dimensión de disputa en la relación entre cultura popular y cultura de masas. El barrio como territorio propio de una cultura popular de clase cerrada pero que comienza a mostrar vestigios de conexión, -vía la cultura de masas-, con otros puntos urbanos, representados por otros modos de vida. Este nudo problemático es planteado por el autor desde el comienzo cuando tiene que definir a la “clase”:
«Cuando tuve que decidir quiénes conformarían “la clase trabajadora” para los fines de este ensayo, mi problema, según mi percepción, era el siguiente: las publicaciones populares de las cual recopilé la mayor parte del material no tienen influencia sólo en los grupos de la clase trabajadora que conozco bien; de hecho
como tienden a ser “publicaciones sin clase”, las afectan a todas» (Ibídem 2013: 45).
En este fenómeno, el barrio todavía construye su espacio como territorio cultural diferenciado, en tanto muchas de las actitudes, conflictos, prácticas y costumbres de la clase trabajadora lo son porque construyen un escenario que aparece como cotidiano en ese territorio. La mirada de Hoggart, esa mirada tan cercana y autobiográfica, incluye los elementos analizados en la lógica propia de esa diferenciación que implica el barrio obrero. Por ejemplo, los suicidios:
«Recuerdo asimismo que en nuestro barrio los suicidios eran algo no del todo
infrecuente. Cada tanto uno se enteraba de que tal persona “acabó con su vida” o que “metió la cabeza en el horno”, pues aspirar gas del horno era la forma más
137 Otro signo de la particularidad de una cultura expresada en prácticas del espacio compartido, era la relación con las instituciones religiosas:
«La iglesia o la capilla son, en cierto sentido, parte de la vida del barrio. La gente
dice “nuestra capilla”, y muchos de los que no suelen ir a la iglesia piensan que
los eventos que tienen lugar allí son de interés para el barrio, así que asisten a un servicio que celebra algún aniversario, o a una feria o concierto, o al inicio de la procesión de Pentecostés o a la representación del nacimiento de Jesús en Navidad» (Ibídem 2013: 130).
El barrio aparece como una gran conversación común, como el espacio de una cultura viva, como un marco de sentido para el fluir de esa cultura local, densa y concreta. Los elementos constitutivos de la cultura están para Hoggart en lo particular, por eso el territorio acotado del barrio debe ser el territorio de la diferencia. Para el autor la vida de la clase trabajadora es “una vida cuyo acento está en lo íntimo, lo sensorial, el detalle y lo personal” (Ibídem 2013: 123).
Por fuera del propio barrio, en las zonas comerciales, la clase trabajadora también tiene sus espacios diferenciados y aquel “orden antiguo” marcado por Hoggart se sostiene asimismo en la fisonomía de esos espacios. Pero justamente la construcción de un punto de vista alternativo a esta permanencia estática en el barrio o en las zonas comerciales bajas está dada por la movilidad.
Así, los paseos por la ciudad como una actividad ociosa pueden construir una mirada alternativa a la costumbre o tradición propia del barrio: “…las excursiones en micro son muy populares entre las personas de la clase trabajadora y se han convertido en una de sus típicas actividades de ocio” (Ibídem 2013: 161). El autor llama “recreo” a este cambio de perspectiva que implica salirse del lugar de lo cotidiano.
Para esta postura, el contacto que tiene la cultura popular tradicional del trabajador con la cultura de masas está dada por una constante negociación, que incluye hasta elementos del orden de la parodia, como lo observa el autor en la recepción de las canciones románticas. Consideramos que puede ser la relación entre el barrio y el afuera, (que se conoce a través del paseo) también
138 un espacio de constante negociación, de uso interesado, de satisfacción de necesidades. No podemos dar como cierta esta analogía, pero sí podemos pensar que los presupuestos epistemológicos presentes en el texto lo sugieren y son fundamentales para esta proyección que hace el autor del territorio.
Esta resistencia está presente en lo local y concreto. No fundamentalmente en las grandes ocupaciones conscientes del espacio público, que constituyen la excepción, sino en lo cotidiano. Esto, como relata Hoggart:
“está presente en las formas del lenguaje y de la cultura (en los clubes de
trabajadores, los estilos de las canciones, las bandas musicales, las revistas más viejas, lo juegos de grupos más pequeños como los dardos o el dominó), y
en las actitudes que se expresan en la vida diaria” (Ibídem 2013: 329).
En este libro el punto de vistano sólo está dado por su vinculación biográfica a las clases obreras del norte de Inglaterra, sino también por su trayecto académico y su formación en literatura. Sobre esto, plantea Stuart Hall: “cuando Hoggart escribe sobre cultura, lo está haciendo como un crítico literario, intentando hacer la clase de análisis o lectura de la vida social y cultural real que haría si se tratara de un poema o una novela” (Hall 2017: 31). El libro de Hoggart da a ese conjunto de costumbres, -muchas veces herméticas, que tenían lugar en un espacio territorial reducido y autoexcluido- , el valor de una cultura. Ese gran texto es digno de ser leído como cualquier otro elemento de la cultura consagrada, como un libro, un poema o una pieza musical: “Hoggart afirma esa cultura describiéndola” (Ibídem 2017: 32). Aquí encontramos también una doble operación: la de rescatar este conjunto vivido como cultura y la de utilizar los métodos de la descripción literaria para ese rescate. Se aleja de las sociologías cuantitativas para convertirse, como nombra Hall, en un “etnógrafo que, ante todo, presta atención al lenguaje” (Ibídem 2017: 33).
En este contexto y en esa suerte de “imaginación literaria al análisis de la cultura” (Ibídem 2017: 34), la cultura de masas que entra en contacto con la cultura obrera es lo igual, aquello que parece “democratizar” el acceso a lo
139 cultural, mientras que el barrio es la diferencia, está dentro de ese orden antiguo, que se construye como una cultura en tanto tiene su propio lenguaje. De esta manera Hoggart propone un movimiento análogo al emprendido por Frank Leavis pero a la inversa: si éste promovía el estudio profundo del lenguaje y la literatura inglesa para proteger esa tradición de la amenaza de la cultura aberrante promovida por los medios de comunicación y el embrutecimiento de la cultura de masas, Hoggart propone la descripción densa de una cultura a la que nunca Leavis le habría prestado atención, y que se mantenía hermética en tanto parte de un lenguaje y un territorio propio e internalizado de generación en generación. En el fondo, está en ambas posturas la creencia en la inmutabilidad de ciertos aspectos que constituyen la cultura.