Capítulo IV: La ontología naturalista del hombre
4.4 El hombre como ser natural
Hasta ahora, hemos visto que el desarrollo del ser humano implica siempre una conexión necesaria con la naturaleza. Creemos que es finalmente tiempo de ahondar en esta relación del hombre con la naturaleza para precisar su sentido exacto. Entonces, ¿qué necesidad tiene el hombre a realizarse según la naturaleza? Acaso, ¿es sólo afinidad?
Es cierto que desde el inicio Marx nos ubica al hombre en medio de la naturaleza como dos elementos que se realizan simultáneamente, porque la existencia y actividad humanas no escapan de las posibilidades y medios que ofrece la segunda. Sin embargo, se presenta un momento decisivo, cuando el autor da un paso asombroso y decisivo y llega a considerar al hombre como parte de este conjunto según una relación de inclusión total. ¡Qué novedad para una filosofía acostumbrada a hacer del hombre el dueño de la naturaleza! Pero lo más importante consiste en mirar si esto significa que el hombre tiene su existencia fatalmente determinada por la naturaleza de tal modo que pudiéramos prever todo su desarrollo a partir de una mirada prospectiva.
De entrada, Marx aclara esta duda el Tercer Manuscrito donde acaba con la presentación de la naturaleza por un lado y del hombre por el otro. Los presenta más bien en una unión perfecta que capta la naturaleza en el hombre. Esta noción de naturaleza no hace referencia
a ninguna cualidad exclusiva del hombre como la razón frente a los demás seres naturales, sino que lo pone con todos como en una interrelación vital. Esto nos vale este comentario:
El hombre se nos presenta aquí como ser vivo y en relación con la naturaleza, en un proceso de intercambio con ella. El hombre asegura ese intercambio con ella en cuanto está dotado de fuerzas, es decir, de dotes, capacidades e impulsos que existen en el ser vivo en un estado potencial.133
En este sentido, las potencialidades del hombre se realizan cuando se ponen en movimiento por sus necesidades correspondientes. Decimos muy bien necesidades, así que el hombre no puede prescindir de esas fuerzas suyas para emplearse en la realización de no sabemos qué sueños engañosos. Por eso, la satisfacción de sus necesidades deriva directamente de la naturaleza como respuesta a impulsos sentidos por determinados objetos naturales. Así que, la naturaleza se revela el lugar apropiado de realización de las fuerzas esenciales del ser humano. Siguiendo a Sánchez: “La necesidad requiere de un objeto para su realización; y esta realización sólo puede satisfacerse poniendo en acción ciertas fuerzas (dotes,
capacidades o impulsos)”.134
En esta correspondencia con la naturaleza, al hombre no le conviene estar en un nivel más alto que los demás seres, sino que forma con ellos una cadena de múltiples eslabones. Esto
significa que el hombre también se entiende aquí como un objeto con otros objetos. Por
Esto viene a ser el eco de la gran crítica de Marx al hombre al idealismo y al naturalismo anterior a él por presentar un hombre que sólo manifiesta sus fuerzas esenciales reales y objetivas por medio de su enajenación, es decir, orientándolas a objetos ajenos, incapaces de colmar sus expectativas. Por eso, después de acercar al hombre al conjunto de los seres naturales, sale con la explicación siguiente:
El que el hombre sea un ser corpóreo, con fuerzas naturales, vivo, real, sensible, objetivo, significa que tiene como objeto de su ser, de su exteriorización vital, objetos reales, sensibles, o que sólo en objetos reales sensibles, puede exteriorizar su vida. Ser objetivo natural, sensible, es lo mismo que tener fuera de sí objeto, naturaleza, sentido, o que ser para un tercero objeto, naturaleza, sentido. (M III, XXVI, p. 194)
133 A. Sánchez V. Filosofía y economía en el joven Marx, ed. citada, p. 200. 134 Adolfo Sánchez V. Op. cit. pp. 200-201.
consiguiente, dado que el hombre es, de suyo, un ser de la naturaleza, sale a desempeñar su papel de objeto natural para la realización de las fuerzas potenciales de los demás seres. En medio de esta reflexión, el carácter doble de la naturaleza humana, a saber, un ser a la vez activo y pasivo se manifiesta. Según Marx, “[e]l hombre como ser objetivo sensible es por
eso un ser paciente, y por ser un ser que siente su pasión un ser apasionado. La pasión es la
fuerza esencial del hombre que tiende enérgicamente hacia su objeto” (M III, XXVII, p.195). Para no dar lugar a confusión, explicita con más detalles de qué forma el hombre vive eso que siente en medio de su cadena con la naturaleza. Por eso, enlaza:
El hombre, sin embargo, no es sólo ser natural, sino ser natural humano, es decir, un ser que es para sí, que por ello es ser genérico, que en cuanto tal tiene que afirmarse y confirmarse tanto en su ser como en su saber. Ni los objetos humanos son, pues, los objetos naturales tal como se ofrecen inmediatamente, ni el sentido humano, tal como inmediatamente es, tal como es objetivamente, es sensibilidad humana, objetividad humana. Ni objetiva ni subjetivamente existe la naturaleza inmediatamente ante el ser humano en forma adecuada; y como todo lo natural tiene que nacer, también el hombre tiene su acto de nacimiento, la historia, que, sin embargo, es para él una historia sabida y que, por tanto, como acto de nacimiento con conciencia, es acto de nacimiento que se supera a sí mismo. (M III, XXVII, pp. 195-196)
Esto también representa a los ojos de Marx una auténtica experiencia estética donde el hombre goza a fondo de los objetos al mismo tiempo que revela su propia comprensión y capacidad de expresar con su vida como se relaciona con el exterior. El campo principal para captar este sentido de la existencia humana se ofrece entonces en el amor como manifestación real del hombre al otro, como necesidad existencial. Marx nos sintetiza así esta experiencia:
Cada una de las relaciones con el hombre ‒y con la naturaleza‒ ha de ser una exteriorización determinada de la vida individual real que se corresponda con el objeto de la voluntad. Si amas sin despertar amor, esto es, si tu amor, en cuanto amor, no produce amor recíproco, si mediante una exteriorización vital como hombre amante no te conviertes en hombre amado, tu amor es impotente, una desgracia. (M III, XLIII, p. 181)
Esto significa que para Marx nada es sujeto en sí y objeto en sí, o, en otros términos, causa en sí y efecto, sino que en tanto que cadena tanto las cosas como el hombre se presentan en función del otro. Es decir, los objetos se complementan entre sí. Tenemos como ejemplo:
El hambre es la necesidad objetiva que un cuerpo tiene de un objeto que está fuera de él y es indispensable para su integración y exteriorización esencial. El sol es el objeto de la planta, un objeto indispensable para ella, confirmador de su vida, así como la planta es objeto del sol, como exteriorización de la fuerza vivificadora del sol, de la fuerza esencial objetiva del sol. (M III, XXVI, pp. 194-195)
De esta misma forma, el trabajo humano no se limita a repetir un determinado ciclo natural
ya objetivado, sino que debe permitir al hombre construirse según la medida de su ser real,
es decir, producir su objeto y el modo de consumo del mismo135
Si el trabajo constituye el ser del hombre, entonces el hombre es esencialmente un ser natural universal, tanto en el sentido de que es potencialmente capaz de transformar en objeto de sus necesidades o de su actividad todos los fenómenos de la naturaleza cuanto en el sentido de que llega a serlo también de asumir en sí e irradiar de sí todas las fuerzas esenciales de la naturaleza, eso es, capaz de adaptar crecientemente su actividad a la totalidad de las leyes naturales y, consiguientemente, de alterar con penetración cada vez mayor su propio entorno en expansión progresiva.
. Provoca así una progresión social en la que se amplía el marco vital del mismo individuo. Este hecho tiene el siguiente sentido:
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