Capítulo IV: La ontología naturalista del hombre
4.2 La humanización de los sentidos humanos
Toda apropiación de objeto bajo el dominio de la propiedad privada se hace por fuera de la relación necesaria entre la naturaleza y el modo de existencia idóneo para la vida social. De
esta forma, ya no se crean vínculos reales a la altura del carácter esencialmente humano de
los hombres. Su comportamiento hacia el objeto no se hace de manera directa en el sentido de medio privilegiado de su afirmación. Por esta razón, asistimos al aniquilamiento de los objetos de forma sistemática, al mismo tiempo que disminuye considerablemente el campo de su goce natural. Al entorpecerse así, lo único que cobra sentido para él es la posesión de bienes. Recordamos la descripción marxiana de esa situación: “un objeto sólo es nuestro cuando existe para nosotros como capital o cuando es inmediatamente poseído, comido, bebido, vestido, habitado, en resumen, utilizado por nosotros” (M III, VII, p.148). Se falsea así una equivalencia natural; el resultado es que se degradan profundamente los sentidos humanos a causa de la modificación perniciosa de los objetos.
Frente a este drama, es necesario que los sentidos humanos recobren su cualidad esencial para que el hombre se libere de los obstáculos de la enajenación. Al hablar de sentidos, se trata tanto de los físicos como de los espirituales, pues la unidad misma del cuerpo depende de la buena coordinación de éstos. Ahí es donde cualquier separación o visión fragmentaria del hombre resulta inapropiada para recalcar la riqueza del ser humano. Su humanización y socialización descansan ineludiblemente en la cultura que hace de sus sentidos. Sobre este hecho, contamos con esta interpretación: “en cuanto que los sentidos se hallan sujetos también a un proceso de humanización y socialización, tienen también historia, es decir, se inscriben en el proceso de desarrollo humano, que va desde la enajenación hasta la
superación de la enajenación”.121
El equilibrio en el desarrollo humano se logrará entonces mediante la doble humanización de sus sentidos y de los objetos. Así pues, se supera la separación dualista entre el objeto, por un lado, y el sujeto independientemente configurado, por el otro. No hay posibilidad de ningún solipsismo hermético, realizado en un sujeto majestuoso. Sólo existe sujeto porque hay objeto. De ahí el sentido de su destino común:
El ojo se ha hecho un ojo humano, así como su objeto se ha hecho un objeto social, humano, creado por el hombre para el hombre. Los sentidos se han hecho así inmediatamente teóricos en su práctica. Se relacionan con la cosa por amor de la cosa, pero la cosa misma es una relación humana objetiva para sí y para el hombre y viceversa. (M III, VII, p.148)
Esta misma reciprocidad hace que tampoco el objeto logre imprimirse arbitrariamente a
sentidos que no han sido preparados para vivir tal relación. Por lo tanto, el trabajo que hay que operar para la emancipación humana total debe llevarse a cabo simultáneamente en ambos miembros de la relación. De hecho, se unen en una dialéctica inseparable donde van siempre de la mano sentido humano y objeto humano. A este respecto Marx resalta:
[…] Así como la música despierta el sentido musical del hombre, así como la más bella música no tiene sentido alguno para el oído no musical, no es objeto, porque mi objeto sólo puede ser la afirmación de una de mis fuerzas esenciales, es decir, sólo es para mí en la medida en que mi fuerza es para él como capacidad subjetiva, porque el sentido del objeto para mí (solamente tiene un sentido a él correspondiente) llega justamente hasta donde llega mi sentido, así también son los sentidos del hombre social distintos de los del no social. Sólo a través de la riqueza objetivamente desarrollada del ser humano es, en parte cultivada, en parte creada, la riqueza de la sensibilidad humana subjetiva, un oído musical, un ojo para la belleza de la forma. (M III, VIII, pp.149-151) Lo más interesante aún es que esta correlación entre los objetos y los sentidos humanos no se limitan sólo a los objetos materiales como tampoco a los sentidos naturales. Todo el ser del hombre se halla entonces circunscrito en su relación con el mundo; en este sentido, su conciencia no queda por fuera. Pero, esta vez los sentidos espirituales no son incluidos del mismo modo como se ven en la filosofía idealista, pues Marx no concibe la sensibilidad
como la mera apariencia irracional o animal de los fenómenos122
122 Cfr. Adolfo Sánchez. Op. cit., p. 141.
. Por esta razón, para que
lo sensible sea socialmente captado se necesita de un esfuerzo o una participación humanos.
El hombre percibe el mundo que le rodea como una realidad objetiva compuesta de elementos objetuales persistentes, gracias a que descompone las situaciones concretas que actúan sobre los sentidos en elementos que corresponden a esa articulación fijada en la estructura semántica del lenguaje y que, por lo tanto, tienen una significación socialmente fijada y general, independiente de las experiencias y de las necesidades individuales.123
Cualquier cosa que haga el hombre, ya sea en sentido afirmativo o negativo, constituye, por ello mismo cierto modo de existir en el mundo y determina (consciente o inconscientemente) su posición en el universo. Por el mero hecho de existir, el hombre entra en relación con el mundo, y esta relación se da ya antes de que comience a considerarla, haga de ella un objeto de estudio y la confirme o la niegue práctica o intelectualmente.
Para mostrar que las cosas ya existen en su naturalidad de cierta forma sin relación con la intervención humana, nos apoyamos en Kosik quien escribe:
124
Con respecto a los sentidos espirituales de los que hablamos arriba, Marx reconoce que los objetos difieren de un sentido a otro, pues el objeto humano se configura siempre a partir de la actividad del sentido que lo capta. Del mismo modo, como la esencia del hombre no se agota en su sensibilidad y que su conciencia y otras facultades espirituales no existen en la mera abstracción sino siempre ejerce un determinado papel sobre el mundo del hombre, éstas también participan de su relación con los objetos, tienen sus objetos particulares. De ahí la importancia capital también de la cultura para perfeccionar los sentidos espirituales y, con ellos, el goce y los objetos que se refieren a la actividad sensorial humana, práctica, de
todos sus sentidos125
123Màrkus, György. Marxismo y “antropología”, ed. citada, p. 39. 124 Karel Kosik. Dialéctica de lo concreto, ed. citada, p. 233.
125 Aquí queremos decir que para Marx la sensibilidad no es una mera pasión, pues tiene siempre una
dimensión activa, práctica. Para ello, nos apoyamos en su crítica al materialismo en la primera Tesis sobre Feuerbach. Citamos: “El defecto de todo el materialismo anterior –incluido el de Feuerbach– es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo.” (K. Marx. Op. cit., T 1ª, p. 7.)
. Tenemos la razón siguiente:
Sólo así se cultivan o se crean sentidos capaces de goces humanos, sentidos que se afirman como fuerzas esenciales humanas. Pues no sólo los cinco sentidos, sino también los llamados sentidos espirituales, los sentidos prácticos (voluntad, amor, etc.), en una palabra, el sentido humano, la humanidad de los sentidos, se constituyen únicamente mediante la existencia de su objeto, mediante la naturaleza humanizada. (M III, VIII, p.150)
Este resultado sólo se obtiene como fruto de un proceso continuo de aprendizaje: aprender a ver, oír, pensar, amar, actuar, contemplar, etc., un aprendizaje que tenemos como herencia
social a través del lenguaje126