Alerta en Rota cuatro horas antes de los atentados
Las puertas de entrada y salida de la base naval de Rota (Cádiz) se cerraron a cal y canto; soldados norteamericanos uniformados y arma- dos registraron los alrededores; en cuestión de minutos, las instalacio- nes fueron acordonadas y decenas de marines, pertrechados con sus fusiles, tomaron la azotea del edificio central de la base… Era el 11 de septiembre de 2001 y, aunque parezca mentira, el mundo aún estaba en paz porque eran las 11.05 de la mañana.
«En treinta años trabajando aquí, nunca había visto tanta activi- dad», dijo uno de los empleados de la base. El hecho fue confirmado por el delegado sindical de los trabajadores españoles en el sector ame- ricano de las instalaciones. El alcalde de la localidad, Domingo Sánchez, llegó a pedir explicaciones ante la creciente inquietud de la ciudadanía. Algo pasaba, y quería saber qué…
Nadie le explicó nada. A lo sumo, tres de las principales autorida- des de la base –Richard Noble, capitán de la Marina de los Estados Unidos; Francisco Rapalo, almirante de la flota española, y Mario Sánchez Barriba, almirante en jefe del complejo militar– le transmitie- ron al edil un mensaje de tranquilidad.
Por alguna razón desconocida, una de las principales bases ameri- canas ubicadas en Europa estaba en estado de máxima alerta horas antes de unos atentados que, según la Casa Blanca, cogieron por sor- presa a todas las fuerzas y cuerpos de seguridad…
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tras la pista de los terroristas y, que la CIA «enterró» las alarmas que apuntaban con nombres propios a algunos de los terroristas… Yes que e l caso que he relatado anteriormente, el protagonizado por el agente espe- cial John O’Neill, no es más que la punta del iceberg.
Informe Phoenix: una vergüenza para la historia
Bush lo sabía. Así rezaba el titular de la explosiva noticia que el 15
de mayo de 2002 ofrecía la cadena de televisión CBS. La información se sustentaba en un informe elaborado en julio de 2001 por Kenneth Williams, agente del FBI en Phoenix, Arizona (EE. UU.). El escrito advertía a Washington de que varios miembros de la red Al Qaeda esta- ban aprendiendo a pilotar aviones… Nadie le hizo caso y el ya conoci- do como Informe Phoenix fue sepultado e ignorado para vergüenza de la historia. Entre sus líneas se advierte de que aviones suicidas podrían estrellarse contra símbolos como el Pentágono o las Torres Gemelas. «Lo que explica el informe está tan cerca del desarrollo de los aconte- cimientos que su lectura es escalofriante», aseguró el senador demó- crata Richard Durbin tras oír las explicaciones del agente Williams ante la Comisión de Inteligencia del Senado.
A la información de la CBS le siguió una cascada de revelaciones similares. Entonces, supimos que desde 1999 se elaboraron informes que insistían en extremar las precauciones a propósito de posibles aten- tados muy graves. Incluso se dio a conocer que en abril de 2001, cinco meses antes del 11-S, se solicitó a las compañías aéreas redoblar esfuerzos para mantener la seguridad. Condoleezza Rice, consejera de Seguridad Nacional, se excusó: «Las amenazas fueron analizadas y ninguna resultó específica, ni señalaban fecha, lugar ni método.» El presidente Bush también tuvo que comparecer: «No teníamos datos con- cretos; si hubiera estado en nuestras manos, lo habríamos e v i tado.» Sin
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e m b a rgo, días después, la CBS aseguró que en agosto de 2001, George Tenet, director de la CIA, había informado a Bush de que Osama Bin Laden planeaba el secuestro de aviones comerciales. «Los atentados podrían ser inminentes», concluían los informes procedentes de varios países. Sin embargo, y ahí radica el escándalo, no parecieron tomarse las medidas adecuadas para evitar lo sucedido el 11-S. Al menos medi- das para que no fallecieran miles de inocentes.
Las últimas revelaciones elevaron esta posibilidad a la categoría de debate público en las semanas previas al verano de 2002. ¿Se sabía cuándo, cómo y dónde iban a producirse los hechos? El temor a una respuesta positiva inundó Estados Unidos. Hoy, que aquello se confir- mara se ha olvidado gracias a la prensa sumisa y a que no se conocen allí todos los detalles sobre esas 100 pruebas que he recogido al res- pecto.
Rowley, agente del FBI:
«Obstruyeron deliberadamente mi investigación»
Coleen Rowley, agente del FBI en Minneapolis, asegura que los o rganismos competentes conocían suficientes detalles sobre los atenta- dos como para haber hecho algo para evitarlos. Su rostro es el de una mujer introvertida y oculta, quizá oculta en su timidez, tras unas gafas de amplias lentes. De aspecto frágil y mirada viva, su fotografía alcanzó la portada de los semanarios –Ti m e al frente– más importantes del mundo. Ella había sido la responsable de la detención en Minneapolis, el 16 de agosto de 2001, de un franco-marroquí llamado Zacarias Mous- saoui. Se le acusaba de haber cometido un delito relacionado con asun- tos de inmigración. Tras los sucesos del 11-S fue considerado el vigé- simo suicida. Como ya expliqué, cada uno de los cuatro vuelos había sido secuestrado por una célula terrorista formada por cinco islamistas.
aconsejando aplazar la investigación sobre Moussaoui «porque los comportamientos sospechosos pueden ser una mera coincidencia». Días después del 11-S, por fin obtuvo el permiso requerido. Pero ya era tarde… Así, tras los atentados se supo que Moussaoui tenía previsto haber formado parte de uno de los comandos suicidas, si bien hoy por Sin embargo, uno de los aviones, el que acabó estrellándose en
Pennsylvania, sólo fue abordado por cuatro terroristas. Se creyó que Moussaoui debería haber completado esa célula, pero su detención a mediados de agosto habría frustrado su objetivo, lo que no fue óbice para que los terroristas siguieran con su plan. La pérdida de una de sus piezas no debió ser motivo de intranquilidad para la banda de Atta, que no tembló ante la «pérdida» de unos de los suyos.
Ahora bien, si Moussaoui iba a ser uno de los secuestradores, resul- ta extraño que en los veintiséis días que mediaron entre su detención y los ataques, las autoridades policiales no hubieran supuesto nada. Casi cuatro semanas parecen más que suficientes para averiguar quién era y qué pretendía este personaje. Y más cuando tras su detención, los ser- vicios secretos franceses alertaron sobre la peligrosidad del individuo. También se encontraron lazos que vinculaban al detenido con algunos supuestos miembros de Al Qaeda, la organización terrorista que años antes del ataque del 11-S ya era considerada por las autoridades como la principal amenaza para Estados Unidos.
Rowley investigó al detenido; y en su informe llegó a escribir: «Es capaz de estrellar un avión contra el World Trade Center.» Entonces, la veterana agente del FBI solicitó permiso a sus superiores para poder proceder al registro de sus pertenencias, entre ellas su ordenador per- sonal, donde Rowley intuía que podían esconderse datos que confir- maran las sospechas de la entonces sólo presumible filiación terrorista de Moussaoui.
Pero a Rowley le rechazaron su solicitud.
En un acto valiente y decidido, seis meses después de la tragedia, decidió escribir un memorándum a Robert Mueller, director del FBI, acusando a sus superiores de «deliberada obstrucción para investigar las pistas que conducían al 11-S».
En el colmo del escándalo, el supervisor de Washington que aten- dió las peticiones de Rowley se dirigió a ella la mañana de los atentados
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Mohamed Bensakhria fue detenido en Alicante en junio de 2001 por la policía española. Se le buscaba por ser el delegado de Bin Laden en E u ropa. Tras la detención el Gobierno español aseguró que era un gran golpe contra Al Qaeda. El terrorista de origen argelino fue enviado a Francia; desde allí, los jueces informaron a Estados Uni - dos de los planes de Al Qaeda, pero la pista española no fue seguida por Washington, que consideró antes del 11-S que Bensakhria no era tan importante. Posteriormente al 11-S, su pista se reactivó y sirvió para detener a terroristas vincula - dos a los atentados.
Cualquier gobierno que dé cobijo a grupos como éstos, aunque no estén detrás del ataque, deberán pagar un precio exorbitante por ello.»
Sin lugar a dudas, Kissinger no era el más imparcial de los posibles líderes de la comisión. Afortunadamente, dimitió cuando por exigen- cias legales tuvo que informar sobre sus clientes en las empresas para las que trabaja. La oposición demócrata creyó que los intereses econó- micos a los que servía podían influir en las directrices de la comisión. Cuando se negó a informar sobre ellos, abandonó el cargo. No le que- daba otra salida. Sin embargo, su sustituto tampoco parece el más imparcial de los candidatos debido a sus intereses petrolíferos en el mar Caspio. Pero ya hablaré sobre este asunto…
«No acudan a Nueva York el 11 de septiembre»
Las revelaciones de los dos agentes del FBI mencionados sólo son la punta del iceberg. Como digo, los indicios son muy significativos. El hecho de que en la base naval de Rota parecieran disponer de informa- ciones que alertaban del peligro fue confirmado por Claude Young, agre- gado de prensa en la delegación diplomática estadounidense en Madrid, quien aseguró que desde el día 7 existía una situación de alerta, de la cual no parecieron ser avisados los habitantes de Nueva York, a excepción de los agentes del FEMA (Agencia Federal de Intervención para Emer- gencias), que el 10 de septiembre recibieron la orden de estar preparados para actuar… ¿Contra qué? ¿Quién sabía lo que iba a ocurrir?
Del mismo modo, algunos trabajadores de Odigo, empresa israelí cuya sede estaba en el World Trade Center, recibieron minutos antes de los ataques mensajes SMS en sus móviles advirtiendo de la que se venía encima. Una orden parecida, instando a su no presencia en Nueva York, fue efectuada a diversas autoridades para que se abstuvieran de acudir a la ciudad ese día. El mismo primer ministro israelí Ariel hoy no está del todo clara esa acusación aun cuando su implicación en
los atentados quedó fuera de toda duda para la justicia estadounidense. Durante el proceso judicial al que fue sometido, el fiscal del caso se enervó al saber que las autoridades habían proporcionado al equipo defensor del presunto terrorista información secreta sobre su expedien- te. Extraño, muy extraño…
Moussaoui fue el primero de los acusados de participar en la conspi- ración que condujo a los atentados en sentarse en el banquillo para ser juz- gado y condenado, si así lo entendiera el juez, a pena capital. Si la pista de Rowley hubiera sido considerada, se podría haber evitado la tragedia.
La obstrucción sufrida por los dos agentes del FBI que he mencio- nado corre el riesgo de ser considerada mera incompetencia. En el Senado, los representantes del Partido Demócrata llevan luchando desde entonces por la creación de una comisión independiente que aclare si las pistas desoídas por el FBI y la CIA antes del 11-S podrían haber sido suficientes para abortar la acción terrorista. El presidente Bush se ha opuesto de forma tajante a la creación de dicha comisión, y sólo cuando se vio acorralado, a primeros de diciembre de 2002, deci- dió nombrar a Henry Kissinger como presidente de la futura comisión. La elección del viejo halcón fue recibida con más recelo que esperan- zas en las filas de la oposición. Kissinger no era, ni mucho menos, el más preclaro de los candidatos. Su larga trayectoria al frente de los ser- vicios de inteligencia en tiempos de la Guerra Fría le hacían acreedor de un balance personal repleto de agujeros negros. Llenó en tiempos de suciedad las cloacas del Estado con secretos inconfesables. Además, su posición respecto al 11-S había sido clara y determinante desde un pri- mer momento. Le recuerdo al lector lo que escribió la noche del mismo día de los atentados: «Hay que destruir el sistema responsable del ata- que. Este sistema es una red de organizaciones terroristas que se refu- gian en las capitales de algunos países. Todavía no sabemos si Bin Laden está detrás, pero la operación lleva una firma tipo Bin Laden.
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Sharon fue uno de ellos: «El Shabank, servicio de seguridad israelí, le impidió tomar parte en unos actos organizados en Nueva York para ese día», aseguró el diario Yadiot Ahranot. Los avisos de Israel a Estados Unidos fueron especialmente persistentes, según asegura el periodista Gordon Thomas, máximo experto mundial en el asunto: «Antes de los atentados, el servicio secreto israelí, el Mossad, advirtió a la CIA hasta en cinco ocasiones de que Bin Laden pretendía utilizar aviones comer- ciales suicidas contra símbolos importantes de la cultura norteamerica- na e israelí.» Al parecer, espías del servicio secreto israelí habían lo- grado infiltrarse en el seno de Al Qaeda gracias a lo cual obtuvieron informaciones que el mismo 7 de septiembre obligaron al director del Mossad, Efraim Havely, a informar a la CIA. Además, y como ya he comentado anteriormente, una gran cadena de espionaje israelí había seguido la pista de Atta en Florida, cuyo nombre aparecía junto al de otros cuatro implicados en una lista de terroristas sospechosos que el Mossad remitió a la CIA el 23 de agosto. Pero la agencia de inteligen- cia norteamericana hizo oídos sordos. A estas informaciones habría que sumar las revelaciones del semanario Neewsweek el 3 de junio de 2002, según las cuales la CIAno informó al FBI de la presencia en suelo esta- dounidense de dos de los terroristas suicidas a los que seguía su pista. Pero en el FBI, al menos en sus altas esferas, tampoco parecía existir una verdadera disposición para abortar la amenaza. Buena prueba de ello son las declaraciones que un jordano detenido en una prisión de Flo- rida efectuó, tras su detención, ante agentes especiales el 21 de agosto de 2001. El susodicho se llama Walid Arkeh, y estaba acusado de for- mar parte de Al Qaeda, la organización liderada por Bin Laden. «Algo grande va a ocurrir en Nueva York, porque el ataque con bomba de 1993 contra las Torres Gemelas fue un trabajo inacabado», declaró. Nadie siguió –o quiso seguir– aquella pista.
Además del líder israelí Sharon, otras autoridades fueron invitadas a posponer sus planes para viajar a Nueva York. Una de ellas fue el
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alcalde de la ciudad de San Francisco, Willie Brown, que la misma mañana del 11-S pretendía coger un vuelo entre su ciudad y la capital de los rascacielos. A las diez de la noche del día anterior, los servicios secretos le pidieron que no lo hiciera por razones de seguridad… Sospechoso, ¿no? Y no fue el único en recibir órdenes similares para ese día. Otro de los personajes al que se le sugirió algo parecido fue al escritor Salman Rushdie, que después de aquello se mostró convenci- do de que el gobierno de los Estados Unidos «sabía lo que iba a ocu- rrir», dijo en Time. Añadamos a este dato que esa misma mañana, justo en el mismo lugar donde se produciría el atentado del Pentágono –recordemos que fue justo en la fachada donde se encuentra el heli- puerto– varios periodistas habían sido citados para asistir a un semina- rio en Pennsylvania, hasta donde serían conducidos en un helicóptero. La convocatoria, sin embargo, fue apresuradamente cancelada antes de los atentados… Más adelante les contaré más detalles sobre este lla- mativo asunto.
No puedo dejar de destacar lo que asegura otro hombre directamen- te implicado en estos «avisos sospechosos». Me refiero a Tom Kenney, director de un destacamento de acción rápida del FEMA con sede en Massachusetts, a quien sus superiores le urgieron que se desplazara con su gente a Nueva York para atender una causa de primer orden de nece- sidad. Pero ojo: Kenney recibió el aviso para que agilizara su presencia en la ciudad de los rascacielos el día 10 de septiembre de 2001. Esa misma noche, él, sus hombres y sus equipos ya estaban en Manhattan. Sin duda, esta clase de avisos bien parecen responder a un conocimien- to previo por parte de las autoridades de lo que iba a ocurrir.
Más extraño resulta lo relacionado con un enigmático personaje lla- mado Delmart Edward Vreeland. Según informó el diario Toronto Star, este ex teniente de la Marina norteamericana fue detenido en Canadá a comienzos de agosto de 2001 acusado de un fraude con tarjetas de cré- dito. En sus declaraciones insistió en que era agente de los servicios
de unas semanas para los atentados, el banquero Richard Dennison, eje- cutivo del American Savings Bank, denunció al FBI que durante su estancia en El Cairo había recibido informaciones de que en septiembre u octubre, terroristas islámicos estrellarían aviones comerciales contra el World Trade Center (WTC). Según supo Dennison, los planes de los terroristas consistían en secuestrar vuelos que partirían del aeropuerto Logan en Boston, como así ocurriría el 11-S. Una vez más, el FBI igno- ró la advertencia, como también hizo caso omiso de las comunicaciones de urgencia que se recibieron desde Alemania, donde recordemos que estuvo viviendo Mohamed Atta mientras planificaba la masacre. Esos avisos, confirmados por el BND, el servicio secreto germano, puntuali- zaban hasta el extremo de advertir que los atentados se llevarían a cabo la semana del 10 de septiembre. Es más: indicaban que serían contra el WTC, de acuerdo con el investigador Michael C. Ruppert, que dio a conocer sus pesquisas en The Wilderness Publication.
Más sospechas. En junio del año 2000, la empresa de registros para webs VeriSign recibió 17 solicitudes –de un solo comprador– para crear páginas que nunca se utilizaron. El inquietante nombre de los dominios –worldtradecenterbombs.com, attackamerica.com, august11 h o r r o r. c o m , newyorattack299.com o terrorattack2001.com entre otros de similar corte– no fue suficiente para que el FBI se interesara por quién había adquirido dominios tan sospechosos. Ni siquiera el hecho de que pare- cieran predecir dos fechas para los atentados –11 de agosto y 29 de sep- tiembre, muy próximas a los hechos– fue motivo de alarma. Casualmente, los registros caducaban a mediados de septiembre de 2001. ¿Por qué no siguieron los federales estas pistas?
Al igual que ocurrió en Rota, horas antes de los atentados –de acuer- do con informaciones dadas a conocer por el locutor radiofónico esta- dounidense Jeff Rense– también en la base aérea de Wright Patterson se activó el estado de alerta. Lo mismo sucedió en la embajada de Estados Unidos en Egipto. Además, conviene no olvidar que aquella mañana las secretos de la Marina. Las autoridades judiciales consultaron a sus
homólogas estadounidenses, que alegaron que desde 1986 Vreeland no trabajaba para ellos, aunque posteriormente se comprobó que Vreeland tiene incluso oficina en el Pentágono. Como argumento para su defen- sa expuso lo que sabía sobre la preparación de un atentado inminente