11-S Historia de una infamia
Las mentiras de la «versión oficial»11-S Historia de una infamia © Bruno Cardeñosa
© Ediciones Corona Borealis Diseño de cubierta:
Primera edición: septiembre 2003 Depósito legal: M-0000-2003 ISBN: 84-00000-00-0
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Bruno Cardeñosa
11-S Historia de una infamia
Las mentiras de la «versión oficial»
Ediciones Corona Borealis MADRID
ÍNDICE
AGRADECIMIENTOS... 19
CAPÍTULO1. INFARTO EN EL CORAZÓN DEL MUNDO ... 25
11 de septiembre de 2001, 14.55 horas... 25
15.03 horas... «Otro avión... ¡en la otra torre!» ... 26
15.30 horas... «Hay más aviones secuestrados» ... 28
16.10 horas... «El Pentágono está en llamas» ... 31
16.30 horas... «Las Torres Gemelas han colapsado» ... 32
17.15 horas... «Bin Laden encabeza la lista de sospechosos» ... 34
18.00 horas... «Un fracaso de los servicios de inteligencia» ... 37
20.00 horas... «Hay que recoger la basura» ... 38
12 de septiembre, 01.00 horas... «Bush llega a la Casa Blanca» ... 40
02.30 horas... «No olvidaremos este día» ... 41
CAPÍTULO2. LOS FALSOS SUICIDAS DE LA«VERSIÓN OFICIAL»... 47
El «milagroso vuelo» del pasaporte de Atta ... 48
El timeline del atentado ... 50
Nadie lo duda: «Han sido los hombres de Bin Laden» ... 55
Éstos eran los pilotos suicidas ... 59
Embajada de Arabia Saudí: «Algunos sucidas están vivos» ... 66
ÍNDICE
Waleed Alshehri, secuestrador del vuelo 11: «El día de los atentados
estaba en Marruecos» ... 73
Abdulaziz Alomari, secuestrador del vuelo 11: vive en Arabia Saudí .. 76
Mohamed Atta, secuestrador y piloto del vuelo 11: la extraña histo-ria del cabecilla del grupo ... 78
Marwan Al-Shehhi, piloto del vuelo 175: la historia del falso primo de Atta ... 85
Saeed Alghamdi, piloto del vuelo 93: «El FBI no tiene ninguna prueb a para involucrarme» ... 88
Ahmed Almami, secuestrador del vuelo 93: «Como puede usted com-probar, todavía estoy vivo» ... 89
Khalid Almihdhar, secuestrador del vuelo 77: la historia de un médi-co que hicieron pasar por terrorista ... 90
Salem Alhazmi, secuestrador del vuelo 77: «Llevo dos años sin sa-lir de Arabia y... ¡estoy vivo!» ... 94
CAPÍTULO3. JOHNO’NEILL,AGENTE DELFBI: «ME VOYPORQUE NO ME DEJAN INVESTIGAR ABINLADEN» ... 99
Un nuevo puesto de trabajo... ... 100
O’Neill, el policía experto en Bin Laden, estuvo en el mismo hotel que Mohamed Atta ... 102
O’Neill tras el terrorismo islámico ... 104
El atentado contra el destructor Cole en Yemen: más obstáculos en la búsqueda de Bin Laden ... 106
El nido terrorista del Yemen fue creado por Estados Unidos ... 110
Las autoridades, ¿implicadas en el terrorismo? ... 116
De cuando John O’Neill sabía lo que iba a ocurrir el 11-S ... 120
CAPÍTULO4. UNA MISTERIOSA RED DE ESPIONAJE... 123
La doble vida de Daniel Lewin... 124
Una red de espionaje israelí operaba en Estados Unidos ... 126
11-S HISTORIADE UNAINFAMIA «Una operación de inteligencia encubierta» ... 130
La red de espionaje israelí pisaba los talones de Atta ... 131
CAPÍTULO5. CUÁNDO,CÓMO Y DÓNDE... ¿LO SABÍA LACASABLANCA? ... 135
11.00 horas... 11 de septiembre de 2001. Alerta en Rota cuatro horas antes de los atentados ... 136
Informe Phoenix: una vergüenza para la historia ... 138
R o w l e y, agente del FBI: «Obstruyeron deliberadamente mi investigación» 139 «No acudan a Nueva York el 11 de septiembre» ... 143
Los avisos ignorados llegaron desde al menos una decena de países.. 146
Simulacros premonitorios en el Pentágono ... 148
«Mañana es la hora cero...» Y nadie se dio por enterado ... 150
«Los periódicos no hablarán de otra cosa» ... 153
La olvidada pista española ... 154
Negligencias... ¿Sólo negligencias? ... 164
CAPÍTULO6. OTRA MENTIRA: «LOS CAZAS NO LLEGARON A TIEMPO» ... 167
El informe oficial sobre las misiones de los cazas que despegaron tras la alerta... 168
Scramble para abortar el atentado del Pentágono ... 170
Alerta: «Aviones secuestrados se aproximan a Nueva York» ... 173
Cazas en busca del vuelo 175... No llegaron, ¿porque no quisieron? ... 177
Vuelo 93: ¿abatido por cazas? ... 179
No quisieron alcanzar a los aviones ... 185
CAPÍTULO7. LA IMPOSIBLE PERICIA DE LOS PILOTOS SUICIDAS... 187
Vuelo 11 (Boeing 767 de American Airlines), pilotado por Mohamed Atta ... 188
Vuelo 175 (Boeing 767 de United Airlines), pilotado por Marwan Al-Shehhi ... 188
ÍNDICE
Vuelo 77 (Boeing 757 de American Airlines), pilotado por Hani
Han-jour» ... 189
Vuelo 93 (Boeing 757 de United Airlines), pilotado por Ziad Samir Jarrah ... 190
Primer dictamen de los expertos: «Han sido aviadores experimenta-dos» ... 191
Los profesionales del aire rompen su silencio: «Tuvieron que ser pilo-tos con mucha experiencia» ... 195
«Fueron entrenados con vuelo real» ... 199
«Demostraron destreza en el pilotaje... No acababan de salir de una escuela» ... 200
Experimento 11-S: imitar a los pilotos terroristas... virtualmente ... 202
Atentados de ciencia ficción para la preparación de aquellos pilotos .. 209
¿Recibieron formación en bases aéreas? ... 211
CAPÍTULO8. AUTOPSIA DEL ATENTADO CONTRA ELPENTÁGONOI: «NO FUE UN AVIÓN» ... 215
El Pentágono, derribado; interrogantes, en pie ... 216
En la filmación del atentado contra el Pentágono no se observa ningún avión ... 219
Dudas sobre la causa del atentado... 223
11.00 horas. El FBI confisca pruebas y filmaciones ... 227
12.00 horas. El caos: «explosiones en el interior del Pentágono» y «bombas en Washington»... 228
13.00 horas. Comunicación oficial: «Fue el vuelo 77... maniobrado con pericia» ... 232
Primer testigo oficial: un militar... ¿mintió? ... 234
«No puedo explicarme cómo no vi el avión» ... 235
«Oímos un ruido, fuerte, como el de un misil» ... 238
«Un misil con pequeñas alas» ... 239
Maniobras imposibles en el cielo de Washington ... 240
«¡Oh, Dios! Vuela hacia la Casa Blanca... pero no es un avión co-mercial»... 243
11-S HISTORIADE UNA INFAMIA CAPÍTULO 9. AUTOPSIA DEL ATENTADO CONTRA EL PENTÁGONO II: PRUEBAS DEFINITIVAS FRENTE A LA«VERSIÓN OFICIAL» ... 251
«La desinformación se utiliza para conseguir un objetivo» ... 252
Nueve pruebas para la duda... Y sólo son las primeras ... 257
Estudio técnico de la explosión del Pentágono: «No tiene las caracte-rísticas de un impacto de avión» ... 260
«Fue un misil», asegura el oficial de inteligencia francés Pierre-Henri Bunel... 262
La ciencia lo confirma: «No hubo avión» ... 265
Un álbum fotográfico definitivo ... 269
Un misil AGM 86 pudo provocar el atentado del Pentágono ... 277
¿Qué ocurrió con el vuelo 77? ... 280
¿Un atentado tramado desde el poder político y militar? ... 282
CAPÍTULO10. UNA EXTRAÑA MUERTE... 287
Una trama que conduce a los bajos del World Trade Center ... 287
Un pase para los sótanos del WTC ... 290
El World Trade Center se arrodilla ante el golpe ... 291
Cimientos resistentes y estructura a prueba de bomba ... 295
«Las causas no están definitivamente determinadas» ... 299
El queroseno de un avión no puede fundir el acero ... 300
Los bomberos del «Exigimos una investigación» ... 303
¿Explosiones en el WTC? ... 307
Los registros sísmicos captaron explosiones... 310
«¿El acero fundido? Lo vendimos» ... 314
CAPÍTULO11. EL ENIGMARAYTHEON... 321
Trabajadores de Raytheon en los vuelos del 11-S ... 321
Una gigantesca y oscura empresa bélica ... 323
Los extraños «movimientos» y «actividades» de Raytheon ... 325
ÍNDICE
CAPÍTULO15. ENEMIGOS... ÍNTIMOS ... 387
Bush Sr. y la crisis de los rehenes en Irán ... 387
El avión de Bush se estrelló... con Salem Bin Laden a bordo ... 389
Un banco al servicio de los íntimos enemigos ... 392
Carlyle Group: el club de los ex presidentes ... 393
Los negocios de la empresa de Bush en España ... 397
Bin Laden: incondicional aliado de la CIA ... 400
Los campamentos y armas de Bin Laden: Made in USA ... 405
Un militar norteamericano ayudó a Bin Laden ... 410
La CIAse reunió con Bin Laden en julio de 2001 ... 415
Los hermanos de Bin Laden en el punto de mira ... 417
CAPÍTULO16. LA AMENAZA DEL ÁNTRAX ... 423
«Sobre asesinos» contra América ... 424
Informe científico: «El culpable está dentro» ... 425
La Casa Blanca cierra los ojos y apunta a Al Qaeda ... 430
Ántrax: en busca de la destrucción masiva ... 432
Ni Bin Laden ni Saddam ... 436
CAPÍTULO17. LAS OTRAS VÍCTIMAS DEL ÁNTRAX... 439
«Invierno Oscuro»: un millón de víctimas ... 440
La libertad, amenazada ... 442
Steve Hatfill, ¿el «cartero» del ántrax? ... 444
La Torre 7, un siniestro búnker ... 448
Los microbiólogos mueren uno tras otro, ¿por qué? ... 451
Accidentes, asesinatos sin resolver, crímenes rituales... ... 454
El miedo de la población justifica las medidas «preventivas» ... 457
11-S HISTORIADE UNAINFAMIA Raytheon tenía capacidad para emular a los autores del 11-S ... 330
¿Guió una señal de radio a los aviones contra las Torres Gemelas? .. 333
CA P Í T U L O 12. UN A E S P E C TA C U L A R T R A M A F I N A N C I E R A P R E C E D I Ó A L O S ATENTADOS... 335
La pista del dinero: «Síguela y encontrarás al culpable» ... 336
Los beneficios de los «iniciados»... 337
Investigación en marcha ... 339
Las sospechas apuntan arriba, muy arriba ... 341
CAPÍTULO13. LA CONEXIÓN SECRETA DE LATORRE7 ... 343
Escombros sobre escombros ... 344
«Tengo amnesia; no recuerdo lo que ocurrió»... 346
El misterio del colapso ... 348
La pista del ántrax ... 349
Bases secretas de la CIAen la Torre 7 ... 351
Pruebas fotográficas ... 355
Pruebas destruidas ... 359
CAPÍTULO14. AMISTADES PELIGROSAS... 363
De vendedores de armas a los nazis a petroleros consumados ... 363
El «arbusto» que creció junto a Bush Jr... ... 365
... y los Bin Laden se cobijaron en su sombra ... 365
De Dios a Harken pasando por el whisky... 368
Bush fue un «iniciado» ... 373
Los misterios de la invasión de Kuwait ... 374
Saddam, el amigo del tío Sam ... 380
«Si ataca Kuwait, no entraremos en la disputa: es un problema árabe» ... 384
Abrimos paréntesis: Rumsfeld es un hombre clave en la historia ... 531
Las exigencias de Rumsfeld ... 535
El clan de los halcones ... 538
09.00 horas. Bush comienza a enterarse, aparentemente ... 541
09.25 horas. Bush fuera de juego ... 544
09.57 horas. El Air Force One amenazado ... 546
09.42 horas. La escolta del Air Force One tardó una hora ... 548
18.54 horas. Regreso a la Casa Blanca ... 550
El Maine: explosión en aguas del Caribe ... 551
Cien años de imperialismo en nombre de Dios ... 552
El Maine, la excusa perfecta para dominar el mundo ... 558
¿Un autoataque? ¿Obra de Al Queda? ¿Acaso ambas cosas? ... 559
Las sospechosas grabaciones de Bin Laden ... 563
Operación Northwoods, o cómo camuflar un autoataque ... 568
«Estamos en guerra» ... 572
«Diremos mentiras si es necesario» ... 578
«Controlaremos las libertades» ... 580
«Abordaremos la intimidad» ... 585
«Todo vale a cambio de la seguridad» ... 586
«Provocaremos atentados para utilizarlos en nuestro beneficio» ... 589
Los atentados y las sospechas siguen en marcha ... 592
«Reconstruiremos a nuestro antojo» ... 594
«El petróleo, para nosotros» ... 597
¿Quién arma al «enemigo»? ... 598
España también armó a Irak ... 603
La maldita verdad ... 605
EPÍLOGO. ES HORA DEALZAR LA VOZ... 607
BIBLIOGRAFÍA... 617
ÍNDICE CAPÍTULO18. TALIBANES:DE ALIADOS A ENEMIGOS... 459
De la ocupación soviética... ... 461
... a la guerra civil ... 464
La victoria de los talibanes ... 465
Un país enfermo ... 467
Los talibanes tuvieron ayuda de Occidente ... 470
CAPÍTULO19. LA CONSPIRACIÓN DEL ORO NEGRO... 477
Una empresa argentina toma la delantera en pos del petróleo de Asia Central ... 480
Estados Unidos traiciona a Argentina ... 482
«Estados Unidos debería acercarse a los talibanes» ... 486
La CIA auxilió a los talibanes ... 488
Fuego cruzado en la lucha por el petróleo ... 490
«Soy John Maresca, vicepresidente de Unocal...» ... 493
La empresa Unocal diseñó la política hacia Afganistán ... 498
Bush se somete a las órdenes de Unocal y apoya a Azerbaiyán ... 499
Pactos ocultos con Azerbaiyán... ¡por petróleo! ... 501
El imperio apunta a Afganistán... 508
Pruebas de que la guerra contra Afganistán se decidió antes del 11 - S ... 510
El final de la cuenta atrás sobre Afganistán: los hombres de Unocal al poder ... 514
La ruta del petróleo de Afganistán ya está vendida ... 518
Navidad de 2002: acuerdo satisfactorio ... 519
CAPÍTULO20. ¿GOLPE DE ESTADO MUNDIAL? ... 525
Mentiras a primera hora ... 527
10 de septiembre, 21.00 horas. De cena en un estado de emergencia ... 528
11 de septiembre, 06.00 horas. El día echa a correr ... 529
08.46 horas. Bush llega al colegio ... 530
A mis hermanos. A Nesti, por su coraje y por su corazón, y a Ismael, por enseñarme a ser rebelde y por su valentía. Gracias a los dos por existir.
A
GRADECIMIENTOSA Jesús Callejo, por haber confiado en este proyecto. Por toda la ilusión que él, y todos los integrantes de la editorial Corona Borealis-Grupo Laberinto, han puesto en este libro. Han soportado retrasos interminables, han tenido que modificar sus previsiones ante el gran volumen del manuscrito final, las permanentes correcciones, etc. Pero el resultado merece la pena.
A Javier García Blanco, por su inestimable ayuda y su amistad sin-cera, y por revisar el original para ofrecerme sus puntualizaciones y matizaciones, que resultaron tan importantes a la hora de atar los últi-mos cabos sueltos. Y a Ángela Sanz, editora del texto y correctora de la obra, que sufrió lo indecible con mis anotaciones y permanentes cambios.
A Juan Antonio Cebrián y a todo el equipo de La Rosa de los
Vientos de Onda Cero Radio, con Silvia Casasola y Mar de Tejeda.
Gracias al maravilloso programa que hacen, empecé esta investigación. Nunca les estaré suficientemente agradecido por todo lo que han hecho por servidor.
A Carlos Canales, cuyas apreciaciones agudas y perspicaces mode-laron algunos extremos del trabajo. De las largas conservaciones con él a propósito de la «conspiración» del 11-S se arrojó luz sobre algunas cuestiones esenciales.
conocimientos sobre misiles y explosivos. Además, gracias a sus referencias y estudios pude reconstruir lo sucedido e intuir quién esta-ba detrás de todo. Y –sobre todo– por qué.
Y, por supuesto, mi agradecimiento a los testigos que me ofrecieron el testimonio de lo que vieron en el atentado del Pentágono. Y es que lo que es ver –ahí están sus palabras–, precisamente no vieron un avión Boeing que impactaba contra la sede del Departamento de Defensa.
Mi agradecimiento también al ingeniero Mark Loizeaux, presi-dente de la empresa Demolition Controled y uno de los encargados de la investigación oficial en la Zona Cero, que tuvo a bien responder a mis cuestiones y enviarme sus informes. Y, por extensión, a Jonathan R. Barnet, ingeniero del Instituto Tecnológico de Wo r c e s t e r, que ama-blemente atendió mis consultas y me ofreció el informe de los restos de la Torre 7, que él mismo analizó para el Gobierno de Estados U n i d o s .
No puedo olvidarme en este punto de todos los funcionarios y trabajadores de organismos, colegios profesionales, empresas, ministe-rios, etc., que han respondido a mis cuestiones, que me cedieron infor-mación, aclararon referencias y contrastaron algunas noticias.
A los integrantes de «John O’Neill Remember», por los datos faci-litados. Y, por supuesto, a los técnicos de la Federación Americana de Científicos, que elaboraron el informe sobre el origen del ántrax y que rescataron de sus archivos el papel que ha jugado España en el desa-rrollo armamentístico y químico de Irak.
A Fernando Rueda, por explicarme los entresijos de la desinforma-ción. Nadie mejor que él para hacerlo, siendo como es el periodista español mejor informado sobre todo lo que tiene que ver con los servi-cios secretos.
A Thierry Meyssan, el primero en descubrir que tras el 11-S se escondían secretos inconfesables y que tan amablemente me atendió en las entrevistas que mantuvimos.
AGRADECIMIENTOS
A Rubén Sobrino, el primero en descubrir el misil que se estrelló contra el Pentágono. Y el artista que ha creado la portada de este libro.
Cómo olvidarme de Enrique de Vicente, director de la revista
AÑO/CERO, que se atrevió antes de que nadie lo hiciera a publicar mis
primeras investigaciones sobre este asunto. En aquellos cuatro reporta-jes que me permitió publicar a mediados de 2002 se esbozaban las lí-neas maestras de esta investigación. Su apuesta fue fundamental.
Y a Fernando Jiménez del Oso, que me reenganchó al mundo del periodismo de redacción en la revista Enigmas. Vivió de cerca las cons-tantes «distracciones» de servidor hacia la investigación presente y se atrevió a publicar reportajes sobre el tema que muy pocos hubieran osado publicar. Gracias a él –y al resto de compañeros de redacción, con Nacho Docampo, Lorenzo Fernández y David Sentinella, que soportaron mi visceralidad y entusiasmo desmedido con compañerismo a prueba de bomba– la investigación pudo llegar hasta el final.
A Francisco Javier Calvillo y José Manuel García Bautista, los pilo-tos que simularon los vuelos suicidas. Y, por ende, a todos los profe-sionales del aire que han respondido a mis cuestiones. Algunos desde el anonimato, otros a pecho descubierto pese a las consecuencias. Gracias a ellos, podemos demostrar firmemente que el atentado del Pentágono no existió. Gracias a los integrantes del portal Aviación Digital por su informe técnico. Y a los pilotos que me han ayudado, como es el caso de Gerardo Rocha, comandante de Boeing y Airbus, y tantos otros cuyos nombres no puedo revelar por preservar mis fuentes. Sin su aportación, jamás podría haber llegado a las atrevidas conclu-siones de 11-S Historia de una infamia.
También fue muy importante la aportación de Gerard Holmgren, que efectuó el estudio químico y físico del atentado contra el Pentá-gono. Y a Pierre-Henri Bunel, oficial francés de larga trayectoria que me ofreció su informe técnico del atentado partiendo de sus
A Daniel Hopsicker, periodista norteamericano, siempre atento a mis consultas a propósito de la vida de Mohamed Atta, que él conoce como nadie. Él, insisto, como nadie, sabe que la «verdad oficial» esconde grandes secretos.
Y a tantos y tantos investigadores, estudiosos, periodistas y exper-tos en diversas ramas que aportaron sus referencias. Imposible citarlos a todos, pero a buen seguro que su contribución hará que un día se esclarezca la verdad.
Y, por supuesto, a Beatriz, mi mujer, que soportó con estoicidad y dosis de amor a prueba de bomba los muchos meses de trabajo, las noches en vela del autor y la enfermiza entrega a la realización de este libro. Fue ella la primera en hacerme ver la realidad el 11 de septiem-bre de 2001. Seis meses después –también gracias a ella– comencé a profundizar en la «conspiración». Me animó a hacerlo. Me dio fuerza y siempre estuvo de mi lado. Nunca hubiera sido posible acabar 11-S
Historia de una infamia sin su apoyo. ¡Gracias! 11-S HISTORIADE UNAINFAMIA
Al frente del Gobierno de Estados Unidos se encuen-tran neoconservadores del Partido Republicano a quie-nes unen varios puntos en común. Uno de ellos es el pensador de cabecera de todos ellos, el filósofo alemán Leo Strauss, que vivió en Estados Unidos desde 1938 y que fue profesor en la Universidad de Chicago. Varios de los actuales miembros de la Administración Bush fueron alumnos suyos:
«Strauss creía que las verdades esenciales acerca de la sociedad y la historia humanas debían ser mante-nidas por una elite y no reveladas a quienes carecie-ran de la fortaleza suficiente para asumir la verdad. La sociedad necesita que se le cuenten mentiras reconfortantes…»
«Argüía que es demasiado difícil que el pueblo admita la verdad platónica. Así pues, ha sido nece-sario mentir a las masas acerca de la naturaleza de la realidad política.»
«Sin embargo, una elite reconoce la verdad y se la reserva para sí. Ello les proporciona una compren-sión e, implícitamente, un poder que otros no po-seen. Éste es, obviamente, un elemento importante del atractivo de Strauss para los neoconservadores.» «En mi opinión, su elitismo plantea una racionali-zación de los principios de la viabilidad política y de las “mentiras necesarias” que deben contarse…»
WILLIAMPFAFF
Analista político Ahora toca preguntarse hasta dónde llegaron las mentiras tras los atentados del 11-S por parte de esa supuesta elite que no desea revelar la verdad. El lector muy pronto ave-riguará que muy, muy lejos…
CAPÍTULO 1
I
NFARTO EN EL CORAZÓN DEL MUNDO11 de septiembre de 2001, 14.55 horas…
–Será un accidente…
–No lo es –replicó mi esposa, como siempre mucho más sensata y racional que servidor.
No eran aún las tres de la tarde. Habíamos acabado de comer. Beatriz, minutos antes, reclamó mi presencia ante el televisor. Dejé a medio preparar el café y, presto, acudí a su llamada. En la imagen, ser-vida por la inefable CNN, aparecía una de las Torres Gemelas echando humo por su parte superior. Al parecer –explicaban los informadores– una avioneta se había estrellado contra el edificio a las 14.46 horas.
Ni Beatriz, mi mujer, ni nadie en el mundo, y mucho menos quien esto escribe, éramos capaces de imaginar que estábamos asistiendo a las primeras escenas del acontecimiento más espantoso y trascendente desde que acabara la Segunda Guerra Mundial.
No sospechábamos que el siglo XXIcomenzaba ahí.
Minutos después volví a la cocina, a por mi café, a por mi enorme taza de café solo.
Pocos minutos después, ya nadie dudaba que los impactos habían sido intencionados. No pasaba ni media hora de las tres de la tarde –las nueve de la mañana en Nueva York– cuando el mundo entero, al uní-sono, comenzaba a ser consciente de que algo verdaderamente horrible acababa de suceder.
Todos, en mayor o menor medida, recordamos dónde estábamos cuando se produjo el «infarto». Ya forma parte de nuestros recuerdos imborrables. Nadie, ni en España, ni en Estados Unidos, ni en casi nin-guna otra parte del mundo, se ha olvidado de cómo se enteró de la masacre.
Vertí el azúcar y, ya más alterada, Beatriz volvió a reclamarme.
15.03 horas… «Otro avión… ¡en la otra torre!»
–¡Otro avión!
Una nueva aeronave –esta vez ante las cámaras y en directo, en riguroso directo– se había estrellado contra la otra torre.
Primero, la torre norte, y después, la torre sur.
Tonto de mí, emití un veredicto tan erróneo como estúpido: –Seguramente, el primer avión se salió de la ruta y el otro ha segui-do su estela.
Seguía pensando que todo era fruto de un accidente desgraciado… Además, y como consecuencia de que la televisión no era capaz de transmitir la enormidad de ambos edificios, el segundo avión parecía pequeño: daba toda la impresión de que era una avioneta.
–¡Qué va!
–Qué sí, mujer –insistí. –Es un atentado –terció.
Beatriz llevaba la razón, como casi siempre cuando discutimos. Ella, antes que nadie se atreviera a sugerirlo, había caído en la cuenta de lo que estaba ocurriendo en las Torres Gemelas del World Trade Center (WTC) de Nueva York, el corazón del mundo financiero y el epicentro vital de la civilización occidental.
La imagen del segundo avión entrando en el plano fijo de la cámara, perdiéndose tras una de las torres y chocando contra la otra levantando una columna de fuego, comenzó a repetirse una y otra vez en las televisiones de medio mundo. Luego, otras tomas, más certeras, mostrarían cómo el avión se aproximaba a su objetivo, viraba levemente e inclinaba su posición hasta estrellarse contra su fachada, desapareciendo dentro del edificio, que pare-cía haberse tragado la mole volante de aluminio, hierro y queroseno.
INFARTO EN ELCORAZÓN DELMUNDO
11-S HISTORIADE UNAINFAMIA
Estábamos consternados ante la imagen de una de las To rres Gemelas, en cuyo interior se había empo -trado un avión. Nada más sabíamos sobre lo que había ocurrido en el s k y l i n e de Manhattan… hasta que un segundo avión se estrelló contra la otra torre y una bola de fuego anaranjada emergió desde el interior hasta el cielo. Entonces, ya nadie lo dudó: estábamos ante el mayor atentado terrorista de la Historia.
¿Qué había pasado?
«¡La torre! ¡Ha caído la torre!»
En un principio fue difícil apreciarlo, ¿lo recuerdan? La torre sur del WTC, la que había sufrido el impacto del segundo avión, había caído. La imagen, que nos mostraba las dos torres una detrás de otra, era confusa. Pero la nube de polvo que se levantaba sobre el horizonte
15.30 horas… «Hay más aviones secuestrados»
No negaré que un periodista –y más si es libre e independiente– dis-fruta de la actualidad cuando ésta se escribe a un ritmo endiablado y vertiginoso. Radio, prensa, televisión, internet…
En cuanto admití que aquellos dos aviones acababan de provocar un atentado terrorista diferente a todo lo conocido, supe que se estaba empezando a escribir un nuevo capítulo en la Historia que cambiaría nuestras vidas para siempre. Ya nada sería igual…
Y en cascada, las noticias comenzaron a acumularse.
«Hay más aviones secuestrados», rezaba el último teletipo desde Estados Unidos.
Era el primero de los infinitos avances informativos de «última hora» que iban a sucederse.
Faltaban pocos minutos para las cuatro de la tarde…
«Una bomba ha estallado en el Departamento de Defensa de los Estados Unidos», informaban desde Washington.
No hubo tiempo para asimilarlo:
«Atentado en el Pentágono», seguían diciendo las informaciones. Algo terrible estaba ocurriendo. No sé a usted, querido lector, pero apenas una hora después del comienzo de la odisea me comenzó a embargar una sensación entre irreal y atemorizante. Sólo había algo a lo que se podía comparar todo aquello: a la Guerra de los Mundos, aquel ficticio informativo radiofónico dirigido por Orson Wells que en los años treinta hizo creer a millones de personas que Estados Unidos estaba siendo invadido por una flota de naves procedentes de Marte. Pero esta vez el ataque era real.
Y cuando faltaba un minuto para las cuatro de la tarde –las diez de la mañana en la costa este de la nación norteamericana– una humareda espesa y siniestra comenzó a brotar desde la posición ocupada por las Torres Gemelas.
INFARTO EN ELCORAZÓN DELMUNDO
11-S HISTORIADE UNAINFAMIA
El 11-S marcó un antes y un después en la historia de la información en Internet, como se puede comprobar en estas páginas. Portales de todo el mundo efectuaron un seguimiento al minuto de los acontecimientos que se estaban desarrollando en Nueva York y Washington aquella inolvidable mañana.
de Nueva York no dejaba lugar a dudas. El edificio se había caído… La tragedia, de cuyas dimensiones todos comenzábamos a ser conscientes, era indefinible.
16.10 horas… «El Pentágono está en llamas»
Quien más, quien menos, pensaba en los desgraciados que habían quedado atrapados en los edificios. Las imágenes servidas por la CNN y otras cadenas norteamericanas eran algo más que espantosas. Hombres y mujeres asomaban por las ventanas de las plantas superiores de las torres. Buscaban el aire que dentro de ellas ya tenía que ser imposible de respi-r a respi-r. Algunas de aquellas perespi-rsonas habían comenzado a saltarespi-r al vacío bus-cando una muerte más rápida de la que sufrirían dentro de los edificios.
En medio del horror, de tamaño horror, las imágenes de la televi-sión estadounidense cambiaron de escenario. De Nueva York a Washington…
Una enorme columna de humo se levantaba sobre el Pentágono. Otra –¿lo recuerdan?– partía de la zona del Capitolio. Jamás volvió a saberse de ella.
«Una de las caras del Pentágono ha caído», comunicaba el enésimo avance informativo.
A esas horas ya nadie dudaba que, de una manera u otra, algo o alguien estaba atacando a los Estados Unidos de América. Quién o qué eran preguntas que ningún osado se atrevía todavía a responder.
«Hay siete aviones secuestrados.»
Cada nueva información elevaba la gravedad de los acontecimien-tos sin remisión; sin tiempo para otra reacción que echarnos las manos a la cabeza.
Las imágenes de la fachada del Pentágono, derribada, supusieron un giro en la interpretación de los hechos. De acto terrorista pasábamos
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con ánimo acusatorio– repudiaba los crímenes. Y en Kabul, el régimen afgano talibán –en quienes casi todos comenzaban a poner sus ojos– hacía lo propio y se apresuraba a negar cualquier participación en los a c o n t e c i m i e n t o s .
Lo minutos que siguieron a la caída del avión en Pennsylvania, «derribado por cazas americanos» de acuerdo con informaciones que nadie cuestionaba, fueron confusos y tensos…
«La Casa Blanca, el Capitolio, el Departamento del Tesoro están siendo evacuados en Washington, donde se ha declarado el estado de emergencia.»
Pasadas las cinco de la tarde, la ola de atentados parecía que amai-naba, pese a que las alarmas seguían prendidas. Confieso que ni siquie-ra me pregunté quién podía estar detrás de tamaña monstruosidad. ¿Un grupo terrorista? ¿Un Estado? ¿Acaso ambas cosas a la vez?
Los medios de comunicación –lo recordarán ustedes– comenzaron a recabar opiniones y reacciones. Varios pilotos de aviación desfilaron por los micrófonos y las pantallas de radio y televisión. Todos coinci-dían –sin excepción– en que era imposible que los pilotos titulares de aquellos vuelos fueran los responsables de estrellarlos contra objetivos civiles. Sin duda, uno o varios secuestradores se habían hecho con los mandos de las fortalezas volantes y con maestría los habían dirigido hacia sus objetivos. «Debe tratarse, sin lugar a dudas, de pilotos expe-rimentados, hombres preparados que han pilotado aviones de estas características en otras ocasiones», se escuchaba decir a los expertos que, sobre todo, se fundamentaban en las complejas maniobras que efectuó el segundo de los vuelos suicidas.
Días después, sin embargo, nos enteramos de que no: los secues-tradores eran aficionados a la aviación que se enfrentaban por primera vez a los mandos de un avión comercial…
Aquello se convertiría en una tónica: muchas de las informaciones que estábamos viendo y oyendo aquella tarde se diluyeron con el paso a hablar de acción de guerra. De objetivo civil –en suma, las Torres
Gemelas– a blanco militar –el Pentágono, el centro de poder del ejér-cito norteamericano, el edificio mejor y más protegido del planeta, el más grande que conocieron los tiempos–; la acción se estaba desarro-llando en varios frentes.
«Uno de los aviones secuestrados podría estar dirigiéndose hacia la Casa Blanca.»
Y más… El reloj marcaba las 16.29 horas en nuestro país cuando: «La segunda torre gemela acaba de caer… ¡La otra torre!»
16.30 horas… «Las Torres Gemelas han colapsado»
El Word Trade Center había dejado de existir.
Una nube de polvo y escombros, multidireccional, infestaba Manhattan, convirtiendo la ciudad de los rascacielos en una fantasma-górica isla, siniestra, oscura y derruida.
El mundo, tal y como lo conocíamos, estaba dejando de existir. «Otro avión secuestrado, esta vez en Pennsylvania. Parece que ha sido interceptado por cazas del Ejército del Aire de los Estados Unidos… Ha sido abatido.»
Las reacciones internacionales no tardaron en llegar. Casi todas las naciones del planeta condenaron en cascada lo que ya nadie dudaba en calificar como el más grande de los atentados que ha conocido la Historia. En el Vaticano, el Papa decía estar llorando. En Rusia, el presi-dente Vladimir Putin comunicaba que Estados Unidos disponía de su espacio aéreo para utilizarlo en la búsqueda de los culpables si fuera necesario. El presidente español José María A z n a r, de visita oficial en el extranjero, lo ultimaba todo para suspender su gira y retornar al país, al tiempo que ordenaba extremar la protección «de intereses norteameri-canos en España». En Gaza, Yaser Arafat –en quien más de uno pensó
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de los días a medida que se construía la «versión oficial» de los hechos. Y así nos olvidamos de los presuntos pilotos experimentados, de las bombas que habían estallado en Washington y sobre las que más tarde nada se supo, de los cazas que según nos informaron habían abatido al avión de Pennsylvannia, y de otros aviones secuestrados que nunca supimos si existieron o no.
Amitad de la tarde mostrábamos nuestra extrañeza ante la ausencia de Bush, a quien se le suponía en un lugar seguro, quizá en el estado de Florida, donde se encontraba aquella mañana. Una extrañeza que inquietó, y no poco, a todos los medios de comunicación. Y a la nación americana, que comenzaba a echarle en falta. Se le esperaba y, a la vez, se le temía.
17.15 horas… «Bin Laden encabeza la lista de sospechosos»
A media tarde comenzó a surgir una ristra de sospechosos. Se pensó en Saddam Hussein, el líder iraquí. Se pensó también en algún coman-do kamikaze japonés, no con otro criterio que el de recordar Pearl Harbor. Y en grupos armados palestinos… Pero, sobre todo, se apunta-ba a Osama Bin Laden, el terrorista más perseguido por Estados Unidos, el enemigo número uno del país más poderoso del planeta y que en al menos tres ocasiones ya había atentado contra intereses nor-teamericanos. No hacía tanto –recordaban los periodistas– que Bill Clinton, el anterior presidente, había bombardeado Sudán en respuesta a dos presuntos atentados del millonario saudí.
Esa misma tarde, mientras todos tratábamos de poner en orden nuestras ideas, Bin Laden pasó a convertirse en el hombre más busca-do del planeta. Y junto al líder de la red terrorista Al Qaeda, también el paradero de George Bush se convertía en una incógnita, si bien avan-zada la jornada se dirigió por espacio de un par de minutos a la nación norteamericana desde un búnker en una base aérea de Nebraska.
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11-S HISTORIADE UNAINFAMIA
La mañana del 12 de septiembre no existió otro titular en todos los periódicos del mundo. El impac to del atentado –y el temor a las consecuencias– fue el hilo de todos los encabezamientos en la pren -sa española y mundial.
Sobre el atentado del Pentágono existía cierta confusión respecto a las causas que provocaron el derribo de una de sus fachadas. «Hay, de
tiempo, la cifra fue menguando, hasta quedarse en 3.000, al igual que menguó la de fallecidos en el Pentágono, que no llegarían a sumar 200.
18.00 horas… «Un fracaso de los servicios de inteligencia»
«Explosiones al norte de Kabul», vomitaron los teletipos.
Era imposible detenerse sobre los pensamientos… La actualidad circulaba a mayor celeridad que las neuronas. Pero a nadie le extrañó aquella información que llegó a España hacia las seis de la tarde. Ya nos habíamos enterado de que Osama Bin Laden vivía en Afganistán, amparado por el régimen islámico y brutal de los talibanes. Sólo dos días atrás, el líder de la oposición armada de la Alianza del Norte, el general Massud, había muerto asesinado por falsos periodistas que acu-dieron a entrevistarle con sus cuerpos sembrados de bombas. Tras el atentado se veía la mano del propio terrorista saudí, amigo de los tali-banes y un muyahidin (guerrero islámico que enarbola la yihad o gue-rra santa) que había combatido y liderado las tropas contra los soviéti-cos durante la ocupación del país. Bajo este prisma, interpretamos que las explosiones en Kabul podrían corresponder a la esperada respuesta norteamericana contra quien se alzaba como culpable de la brutalidad.
Luego –como en relación a otras tantas cosas de las que se informó durante esa jornada– supimos que Estados Unidos no tenía nada que ver con aquellas explosiones. Aparentemente, claro.
Las primeras valoraciones algo más sosegadas, por decir algo, ha-cían especial hincapié en señalar que fuera quien fuera el responsable, los servicios de inteligencia habían fracasado al no advertir, ni tan siquiera imaginar, lo que había sucedido. Tantos miles y miles de millo-nes de dólares invertidos en lucha antiterrorista para no ser capaces de intuir lo ocurrido… Tiempo después –y perdonen que me siga antici-pando– sabríamos que no era exactamente así.
momento, siete heridos», decían en el Departamento de Defensa, que confirmaría posteriormente que otro avión comercial –y por supuesto, secuestrado– había protagonizado el atentado.
Seguro que el lector recuerda cómo todos los medios de comunica-ción fueron especialmente cautos a la hora de emitir un balance sobre las víctimas mortales que pudieron causar los atentados. También nos ofrecieron datos sobre las Torres Gemelas; se construyeron en tal fecha, miden tanto, albergan equis empresas… Y, diariamente, trabajan allí cerca de 50.000 personas, sin contar las visitas ocasionales –de nego-cios o turísticas– que en número de miles recibía el WTC cada día.
«Habrá más víctimas de las que podamos asimilar», dijo doloso el alcalde de la metrópoli, Rudolph Giuliani, el «villano» maltratado por diversos escándalos que, en cuestión de horas, se estaba redimiendo ante la opinión pública.
Asistimos a cómo se comenzaban a erigir los primeros héroes. «Así son los americanos», decíamos todos en nuestras casas, en las cafeterí-as, en los quioscos, en los mercados… Yde Giuliani empezaron a recor-dar su enfermedad por encima de las críticas que venía recibiendo.
La tarde, la mañana en Estados Unidos, avanzaba y llegaban las pri-meras cifras oficiales sobre víctimas. Se hablaba de más de 800 en el Pentágono. «Los cadáveres se están apilando en torno al edificio», reza-ban algunos teletipos. Desde Nueva York se confirmaba que 78 oficiales de policía estaban desaparecidos y que otros cien podrían encontrarse bajo la maraña de escombros. A ellos había que sumar los 265 pasajeros y tri-pulantes que según confirmaban esa misma tarde American Airlines y United Airlines –las empresas gestoras de los aviones secuestrados– iban a bordo de los cuatro vuelos siniestrados. Y eso sin contar con los bom-beros que a buen seguro fueron sorprendidos por la caída de las torres mientras trataban de evacuar a quienes permanecían en los edificios.
Al día siguiente –y perdonen que me adelante a los acontecimien-tos– ya se hablaba abiertamente de 10.000 víctimas en el WTC. Con el
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cuatro se reunieron poco después de que Rumsfeld escribiera tan maca-bra nota, que junto a Rice y Cheney aguardaban en el búnker presiden-cial en comunicación mediante videoconferencia con Bush, a quien a esas horas se le situaba –según sabríamos después– en los refugios antiatómicos de la base aérea de Offutt, en Nebraska.
A la reunión sólo faltó el secretario de Estado Colin Powell, a quien los atentados le habían cogido a miles de kilómetros, en Lima (Perú), mientras desayunaba con el presidente del país andino, Alejandro Toledo. A Powell –también es casualidad– se le considera «paloma», como llaman a los dirigentes que abogan por soluciones pacíficas a los conflictos. Así pues, en la reunión de la cúpula del poder en Washington sólo faltaba un ave, la más pacífica.
A la diez de la noche, hora española, la CNN explica a sus teles-pectadores que, con casi toda probabilidad, el culpable de la matanza es Osama Bin Laden.
Al tiempo, y siempre filtradas a los medios de comunicación más afines, se dieron a conocer las primeras informaciones a propósito de los atentados. Al parecer, algunos pasajeros de los aviones secuestrados lograron llamar a sus seres queridos desde el aire bien a través de sus móviles o bien gracias a los locutorios de a bordo. Todo apuntaba a que eran islámicos, a que no habían usado más que cúters y cuchillos de plástico en su afrenta y a que estaban organizados en comandos de entre tres y cinco miembros.
20.00 horas… «Hay que recoger la basura»
Casi sin querer, se estaba empezando a construir la «versión ofi-cial» de los hechos. Estábamos bajo tal estado de shock, tan indefen-sos, con las barreras de la racionalidad tan bajas, que dábamos crédito a cualquier información sin rechistar y sin plantearnos cuestiones de fondo que sólo con el tiempo emergerían.
Minutos antes de las ocho de la tarde, hora española, los medios norteamericanos confirmaban que la CIA sospechaba abiertamente de Bin Laden. Así se deducía de conversaciones captadas a los comandos suicidas en pleno vuelo… Sabríamos que el propio Donald Rumsfeld, secretario de Defensa, escribió en su cuaderno de notas a las 20.40 horas lo siguiente: «Hay que responder rápido. Por estas fechas aún hace buen tiempo allí para facilitar la operación. No sólo contra BL, sino para ir también contra SH. Hay que recoger la basura.»
BL era Bin Laden y SH, cómo no, Saddam Hussein.
Se estaba abriendo la veda para los «halcones», que es como en Estados Unidos conocen a los mandatarios más proclives al belicismo. Rumsfeld, sin duda, es uno de ellos. Bush, también. Y junto a ellos, los otros dos pesos pesados de la Casa Blanca, el vicepresidente Dick Cheney y la secretaria de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice. Los
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No hubo medio de comunicación impreso que no reflejara en su portada la imagen de los atentados. Nunca antes en la historia un acontecimiento motivó a los medios de comunicación de este modo.
La noticia ya no coge por sorpresa a nadie y no es sino una confir-mación al extendido rumor que apunta a las montañas de Jalalabad, ciudad afgana cerca de la cual podría esconderse el terrorista.
A todo esto, los españoles cenamos sin saber casi nada de Bush. En los medios de comunicación se discutía el porqué de la «desaparición» del texano, hijo de quien la emprendió contra Saddam en 1991 durante la Guerra del Golfo. Unos opinaban que su presencia en la Casa Blanca reconfortaría el espíritu de sus compatriotas, heridos en su orgullo, sabe-dores ya de que, por primera vez en muchas décadas, alguien había cues-tionado su seguridad y supremacía. Por el contrario, otros recordaban que Washington estaba amenazada y bajo el decretado estado de emerg e n c i a , así que hasta que las alarmas dejaran de sonar, el presidente no podía r e t o r n a r. No puede –en suma– poner su vida en peligro. Recuerdo que pensé que si era así, menos explicación tenía que anduviera de base mili-tar en base milimili-tar surcando los cielos de la nación a bordo del Air Forc e
O n e, el mítico y «hollywoodiense» avión presidencial. A fin de cuentas,
tanto el Air Force One como el Capitolio o la mismísima residencia de Camp David, utilizada por Bush durante sus días de asueto, se habían mencionado a lo largo de la tarde como presumibles objetivos de los terroristas. En concreto, del avión que se estrelló en Pennsylvania, o como fatal destino de alguno de los que habían sido secuestrados duran-te la misma jornada, de los cuales jamás volvió a saberse.
12 de septiembre
01.00 horas… «Bush llega a la Casa Blanca»
La noche prometía ser larga.
Y blindado con café y tabaco, que con ambas drogas me sirvo y basto, decidí afrontar las siguientes horas haciendo acopio de informa-ción y dejando que los hechos se sucedieran, si bien ya tenía asimilado
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que afortunadamente lo peor había pasado… por el momento, puesto que aunque nadie sabía las consecuencias que traerían los ataques, no era un atrevimiento pensar que serían definitivas para el dibujo geopo-lítico del siglo XXI.
Seis minutos antes de la una de la madrugada –las 18.54 en la costa este de Estados Unidos– nuevas imágenes en directo irrumpen desde Washington. El presidente George Bush, con gesto serio y paso firme, atraviesa los jardines de la Casa Blanca. Aparentemente, parece tran-quilo e incluso mira a los alrededores, como si fuera un día más en su rutina. Acaba de bajar de su helicóptero, que le debe haber recogido minutos antes en las mismas pistas de la base aérea de Andrews, donde aterrizó el Air Force One.
El presidente –diez horas después del primer ataque– tomaba las riendas del país.
El mundo entero esperaba su alocución pública. No era la primera, pero sí la más importante, ya que las dos anteriores no habían sido más que de unos pocos segundos. Todo tejido y bien tejido para la ocasión. Con frialdad, aguardó a que llegara el prime time, que es como se conoce al momento de máxima audiencia en televisión. En Estados Unidos esa hora es a las ocho y media de la noche. En nuestro país, entonces, ya ha-bíamos atravesado el fatídico 11-S y consumíamos el minuto ciento cin-cuenta del miércoles 12 de septiembre cuando todas las cadenas de tele-visión, sin excepción, pinchan la señal enviada desde el Despacho Oval.
02.30 horas… «No olvidaremos este día»
Bush se va a dirigir a la nación.
Ha cambiado la camisa azul que ha llevado todo el día por otra blanca, más seria. La corbata roja, por una gris. Y el traje azul marino, por otro marrón oscuro, apagado. Tiene las manos sobre la mesa y los
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dedos de una y otra entrecruzados. Ni un solo papel. Ojos vidriosos y mirada perdida en el frente. Mandíbulas apretadas. Labios también apretados. Luz tenue. Algo frontal. Su rostro, así, aparece algo pálido. Pero la bandera de los Estados Unidos, detrás, a su derecha, brilla. Menos que su voz, oscura, la misma voz oscura de siempre, evitando su marcado acento sureño, marcando las expresiones, hablando lento. Comienza el discurso más esperado de un presidente de los Estados Unidos desde el final de la guerra mundial en 1945. Casi seis décadas después…
«Estados Unidos ha sido blanco de un ataque porque es el faro más brillante de la Libertad y el Progreso del mundo. Y nadie hará que esa luz se apague. Hoy, nuestra nación ha visto la Maldad, lo peor de la naturaleza humana. Y hemos reaccionado con lo mejor de Estados Unidos, con la valentía de nuestros servicios de rescate (…) Ya estamos buscando a quienes están detrás de estos actos malvados. He encauza-do toencauza-dos nuestros recursos de inteligencia y nuestras comunidades que velan por el cumplimiento de la ley para encontrar a los responsables y llevarlos a juicio. No haremos distinción alguna entre los terroristas que han cometido estos actos y los que los protegen (…) Pido que recéis (…) por los niños (…) por todos aquellos que han visto su segu-ridad amenazada (…) para que puedan ser confortados por un poder superior (…) Como dice el Salmo 23: “Cuando camino por el valle de la sombra de la muerte, no temo mal alguno; porque Tú estás conmigo” (…) Estados Unidos ya se enfrentó a los enemigos en el pasado, y vol-veremos a hacerlo otra vez. Ninguno de nosotros olvidará jamás este día. Por eso seguiremos defendiendo la Libertad (…) Gracias, buenas noches y que Dios bendiga a Estados Unidos.»
La alocución de Bush no resolvió las dudas de los norteameri-canos. Esperaban un mensaje menos sentido, menos místico y más
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Todos los ojos miraban hacia Nueva York, hasta que las primeras imágenes de televisión nos mostra -ban una columna de humo elevándose sobre el Pentágono. Ya era algo más que un atentado: «América está siendo atacada», comunicó el asesor presidencial Andrew Card a George Bush.
a c u s a d o r. Se esperaba que señalara al culpable. No lo hizo. Podría pensarse que fue tibio, pero cuesta creer que no estudió al detalle su contenido. En la preparación del texto, que tuvo hora y media de tiempo para meditar desde su llegada a la Casa Blanca hasta que se situó frente a las cámaras, a buen seguro que acudió a sus asesores personales, entre los que encontramos a varios telepredicadores muy conocidos e influyentes. Estos pastores, de corte protestante radical, sabían muy bien del significado del Salmo 23. Lo comprobé ensegui-da: el texto es atribuido a David antes de ser rey de Israel y se
consi-invisible y a la vez localizada en lo que posteriormente se bautizaría como el Eje del Mal, esos países que según Bush acogen a terroristas (Cuba, Afganistán, Irán, Irak y Corea del Norte).
La guerra mundial contra el Mal acababa de declararse. dera una declaración de principios del que será futuro gobernante. Me
inquietó que Bush lo recordara. Dicen los teólogos que viene a ser una declaración de entrega a Dios de la voluntad de uno a costa de su pro-pia muerte o la de otros. Quien declara al hilo del Salmo 23 entrega su vida sin miedo a la muerte. Por ello, en algunos sectores religiosos se recita durante la celebración de un funeral. Un texto en el que se escu-daban hace más de un siglo quienes defendían la creación del mundo sin la influencia de la selección natural. «¿Puede un mono teclear en una máquina de escribir el Salmo 23?», se decía en aquellos tiempos en los que se perseguía y juzgaba a los hombres de ciencia por defender a Darwin.
Por cierto, el Salmo 23, que no recitó completo Bush, concluye así: «Tu vara y tu cayado me infundirán aliento. Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Yavé morará por largos días.»
Inquietante…
Y si Bush y su entorno presidencial –Rice, Cheney y Rumsfeld– se habían consultado mutuamente durante esa hora y media, probable-mente los «halcones», al margen de pedir guía espiritual a sus consul-tores religiosos, lo hicieron también al líder ideológico del equipo: Henry Kissinger, quien dirigió las operaciones de la CIA entre los sesenta y los setenta, y que tras concluir el discurso de Bush, declaró: «Hay que destruir el sistema responsable del ataque. Este sistema es una red de organizaciones terroristas que se refugian en las capitales de algunos países. Todavía no sabemos si Bin Laden está detrás, pero la operación lleva una firma tipo Bin Laden. Cualquier gobierno que dé cobijo a grupos como éstos, aunque no estén detrás del ataque, deberán pagar un precio exorbitante por ello.»
Pensé que lo que estaba sucediendo en ese preciso instante era una declaración de guerra. Hacia nadie y hacia todos. Hacia una fuerza
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La noche cayó sobre Estados Unidos. Las Torres Gemelas habían colapsado y el sector oeste del Pentágono también aparecía derrumbado. Washington ya buscaba al culpable que había provocado un infarto en el corazón del mundo. (Foto Departamento de Defensa, DoD.)
CAPÍTULO 2
L
OS FALSOS SUICIDAS DE LA«
VERSIÓN OFICIAL»
Atta, Mohamed Atta. Un islamista de tomo y lomo. Un fanático. Un musulmán de treinta y tres años que seguía a rajatabla la ley coránica, y que en nombre de Alá estuvo durante varios meses preparando el más atroz de los atentados que recuerda la Historia. Que trazó con la frial-dad del más irracional de los creyentes un plan meticuloso para secues-trar un avión de pasajeros en pleno vuelo, modificar su ruta y estrellar-lo contra el centro comercial más emblemático del planeta. Que se había entrenado para ello en varias escuelas de aeronáutica. Que no le importaba sacrificar miles de vidas, si era por glorificar a su dios y a su jefe, Osama Bin Laden. Que ni tan siquiera se planteó que para lograr-lo debía inmolarse… en nombre de Alá.
Sólo dos días después de la tragedia del 11 de septiembre, el FBI señaló la existencia de 19 pilotos suicidas como responsables de los atentados, entre quienes estaba Mohamed Atta. De inmediato, fuentes oficiales comenzaron a divulgar que fue uno de los hombres clave en la operación orquestada por Bin Laden.
Al parecer –siempre según el FBI– este atento observador de las palabras de Mahoma había despegado el día de autos en dirección al
Tras el impacto, de Atta no queda nada más que el recuerdo. Ni ropa, ni huesos ni… casi nada. Es lógico: a 800 grados de temperatura se borran todas las huellas. En cambio, «algo» que llevaba en su cha-queta no sufrió las consecuencias del choque ni del incendio posterior. Ese «algo» salió volando, y gracias a retorcidos quiebros en el aire y entre los escombros, apareció sobre los restos muy pocas horas después del colapso de los edificios. Ese «algo» desafió todas las leyes conoci-das y se salvó de la tragedia. Era un pequeño cuardenillo, de papel… ¡Su pasaporte!
A partir del sorprendente, milagroso y dudoso hallazgo –si bien se sugirió posteriormente que el pasaporte pudo pertenecer a otro de los suicidas, lo que no afecta al rocambolesco vuelo del pasaporte– del documento, el FBI comenzó a reconstruir la «versión oficial» de los hechos.
aeropuerto internacional Logan de Boston a las seis de la mañana. Casi dos horas después se subió al vuelo 11 de American Airlines con desti-no a Los Ángeles. Allí se encontró con el resto de secuestradores que, a las 8.15 horas, con cúters y cuchillos de plástico, tomaron los man-dos del Boeing 767, con 81 pasajeros a bordo. Sólo cinco minutos des-pués, los secuestradores modificaron el plan de vuelo; se dirigieron hacia Nueva York; giraron a la derecha, picaron con maestría hasta situarse a tan sólo 300 metros de altura y estrellaron el avión contra la torre norte del World Trade Center…
Son las 8.46 horas: la guerra ha comenzado.
El «milagroso vuelo» del pasaporte de Atta
Entre las decenas de millones de toneladas de escombros que que-daron en la Zona Cero, la antigua ubicación del ya destruido World Trade Center (WTC), las labores de búsqueda de pruebas y pistas se inician a las pocas horas de los atentados.
Atta, según la «versión oficial», iba a los mandos del avión, que estrelló a una velocidad de 700 kilómetros por hora. Su cuerpo fue el primero en traspasar el muro de cristal y hierro de la fachada del edi-ficio. A bordo, el avión portaba casi 40.000 litros de queroseno. La fuerza del impacto, según las mediciones realizadas, fue de casi cua-tro millones de kilocalorías, y la deflagración por la fuerza de choque provocó un incendio durante el que las temperaturas alcanzaron los 800 grados centígrados. Todo quedó destrozado, y horas después de iniciarse las labores de limpieza de los escombros, sólo quedan del avión amasijos de hierro fundido. Nada o casi nada quedó íntegro. Apenas se encontraron cadáveres, puesto que resultaron carboniza-dos. Y de las posesiones de las víctimas, ídem de ídem… Salvo algu-nas cosas.
LOS FALSOS SUICIDAS DE LA«VERSIÓN OFICIAL» 11-S HISTORIADE UNAINFAMIA
La imagen de Mohamed Atta, supuesto líder de los comandos suicidas del 11-S, dio la vuelta al mundo y ha encarnado la maldad integrista islámica desde los atentados. Sin embargo, son infinitas las incógnitas que plantea su biografía.
7.49 horas–. Según la investigación oficial, a esta hora, al menos
nueve secuestradores ya han pasado los controles de seguridad de los aeropuertos de donde saldrán sus vuelos. Instantes antes de partir, Atta telefonea a Marwan Al-Shehhi, uno de los suicidas que viajarán en el vuelo 175, que ya se encuentra estacionado a la espera de la orden de despegue.
7.59 horas–. El vuelo 11, tras unos minutos de espera en pista,
des-pega.
8.13 horas–. Última comunicación de rutina entre el vuelo 11 y la
torre de control. En ese momento, el Boeing se encontraba sobre Garner, en el Estado de Massachusetts, a unos 75 kilómetros al norte de Nueva York. Los secuestradores desconectan el transpondedor, meca-nismo que envía una señal a los centros de comunicación para ubicar en las pantallas de radar la situación del avión y determinar la altura y velocidad del mismo.
8.14 horas–. El vuelo 175, que se estrellaría contra la torre sur del
WTC, despega desde el mismo aeropuerto, y también rumbo a Los Ángeles.
8.20 horas–. El vuelo 11 deja de emitir la frecuencia IFF, que
de-termina mediante código las señales de identificación para naves ami-gas. En este momento, los controladores aéreos estiman que el avión ha podido ser secuestrado.
8.21 horas–. Despega desde el aeropuerto Dulles de Washington el
vuelo 77, que impactará contra el Pentágono.
8.21 horas–. Se produce la primera llamada desde uno de los
avio-nes en vuelo. La efectúa Betty Ong, azafata del avión secuestrado por el comando de Atta, que confirma el rapto. Casi al mismo tiempo, en las torres de control se cuela la voz de los secuestradores, quizá porque de forma accidental se activó en diversas ocasiones el micrófono de la cabina de mando
8.36 horas–. El vuelo 11 inicia un rápido descenso.
El timeline del atentado
Durante meses he reconstruido minuto a minuto todos los hechos relacionados y vinculados a los ataques terroristas del 11S. El timeli
-ne, como llaman los norteamericanos a la reconstrucción cronológica
de un suceso, es extensísimo y lo iré desgranando poco a poco a lo largo de este libro, puesto que gracias al mismo comencé a descubrir ciertos extremos que cuestionaban la «versión oficial».
Lógicamente –y el lector lo comprenderá a lo largo de la lectura del libro– he de reproducir esa síntesis de cómo, según los investigadores oficiales, ocurrieron los hechos. Gracias al timeline se pueden contex-tualizar las pruebas que en adelante mostraré y que anticipo que sor-prenderán a propios y extraños. Lo he resumido lo máximo posible, puesto que una exposición completa de la cronología del 11-S ocuparía páginas y páginas. Aquí está la prometida síntesis:
5.53 horas–. Mohamed Atta y Abdulaziz Alomari, dos
secuestra-dores del vuelo 11, están en el aeropuerto de Portland, Maine, y se dis-ponen a pasar el control de pasajeros. Las cámaras de seguridad filman a Atta, que viaja con una pequeña maleta de mano al estilo de las que sirven para transportar ordenadores portátiles.
6.00 horas–. Atta y Alomari toman el avión que les conducirá
desde Portland al aeropuerto Logan.
6.45 horas.– Los dos secuestradores, que no se han sentado juntos,
concluyen su primer viaje del día. Ya están en Boston.
7.45 horas.– Ambos terroristas suben a bordo del vuelo 11 de
American Airlines, que cubre el trayecto entre Boston y Los Ángeles. Este vuelo será el que se estrellará contra la torre norte del WTC. Antes, Atta se dejó su maleta «olvidada» con algunas pertenencias sospecho-sas tales como uniformes de aviación.
LOS FALSOS SUICIDAS DE LA«VERSIÓN OFICIAL» 11-S HISTORIADE UNAINFAMIA
9.09 horas–. El NORAD ordena situar en alerta a dos cazas F-16
de la base aérea de Langley, en Virginia.
9.16 horas–. La FAA (Administración Federal de Aviación)
notifi-ca al NORAD el posible secuestro del vuelo 93.
9.17 horas–.Se cierran todos los aeropuertos del área de Nueva
York.
9.21 horas–. El tráfico a través de puentes y túneles de Manhattan
queda suspendido.
9.27 horas–. El centro de control de Cleveland logra captar
mediante radio las conversaciones en cabina del vuelo 93, durante las cuales se escucha a los secuestradores indicar que portan una bomba.
8.40 horas–. Desde el aeropuerto Logan de Boston se comunica al
NORAD (Mando Aéreo de la Defensa de Norteamérica) que el vuelo 11 ha sido secuestrado. La incidencia se transmite a la base aérea de Otis, donde dos cazas F-15 saldrán en misión de alerta.
8.41 horas–. Determinados indicios invitan a pensar a los
contro-ladores que el vuelo 175 también ha podido ser secuestrado.
8.43 horas–. El vuelo 93 despega del aeropuerto Newark, en
Nue-va York.
8.46 horas–. El vuelo 11 se estrella contra la torre norte del WTC. 8.46 horas–. El vuelo 175 deja de emitir la señal del
transponde-dor. En ese momento se encuentra a la altura de Baltimore, a unos 80 kilómetros al norte de Nueva York.
8.47 horas–. El vuelo 77 ejecuta un sospechoso e imprevisto
cam-bio de ruta.
8.50 horas–. Se pierde la comunicación con los tripulantes del
vuelo 77.
8.55 horas–. Una de las pasajeras del vuelo 77, la comentarista de
la CNN Barbara Olson, llama a su marido Ted Olson, procurador gene-ral del Estado. Le comunica que el vuelo ha sido secuestrado.
8.56 horas–. Se pierde todo contacto con el vuelo 77. El
transpon-dedor ha sido desconectado. También se pierde la señal que detecta el radar.
8.58 horas–. Un pasajero del vuelo 175 efectúa una llamada desde
el avión a un familiar. Se confirma que el Boeing ha sido secuestrado.
9.02 horas–. El vuelo 175 se estrella contra la torre sur del WTC. 9.05 horas–. Se recupera la señal de radar del vuelo 77, que se
encuentra sobre Virginia Occidental en dirección hacia Washington.
9.06 horas–. Con objeto de extremar las precauciones, se informa a
todos los centros de control que el vuelo 11 fue secuestrado. A s i m i s m o , se comunica que queda terminantemente prohibido sobrevolar el área de Nueva York y, por extensión, toda la costa atlántica del país.
LOS FALSOS SUICIDAS DE LA«VERSIÓN OFICIAL» 11-S HISTORIADE UNAINFAMIA
Esta fotografía de Mohamed Atta fue tomada varios años antes de los atentados. Su rostro, su aspecto, su expresión nada tienen que ver con la imagen distribuida tras los sucesos de Nueva York. Sus compañeros le recuerdan de un modo que nada tiene que ver con la personalidad que de él nos han trasmitido tras el 11-S.
10.28 horas–. La torre norte del WTC se colapsa. Las
emblemáti-cas Torres Gemelas han dejado de existir. Como consecuencia del enorme desastre, los otros edificios del centro financiero se tambalean. Esa misma tarde, el edificio número 7, de 47 plantas, se viene abajo. En total, los ataques han durado cincuenta y un minutos, y desde el primer impacto hasta la caída del segundo de los rascacielos ha pasado una hora y cuarenta y seis minutos de pánico y horror.
Nadie lo duda: «Han sido los hombres de Bin Laden»
Aquella misma mañana, el nombre de Bin Laden comienza a sonar con insistencia. Con los restos de las torres aún humeantes, el saudí se convierte en el culpable de la tragedia. De hecho, al día siguiente, todos los medios de comunicación del mundo –en especial los diarios impre-sos– dedican páginas enteras a glosar la casi legendaria biografía de este oscuro personaje.
El pueblo americano, en un clamor generalizado que brotaba del in-consciente colectivo, quería saber quiénes habían sido los enviados del nuevo anticristo de la humanidad. Quería ver sus rostros, saber sus nombres, conocer cómo se habían subido a aquellos aviones, averiguar de qué modo se las habían ingeniado para secuestrar casi al unísono los cuatro vuelos…
Y, por otro lado, querían saberlo todo de sus nuevos héroes, de las víctimas. De hecho, al mediodía del 11-S ya bullían informaciones que nos hablaban sobre ellos, sobre la agonía que sufrieron, sobre cómo entregaron sus vidas, sobre cómo aguardaron la muerte atrapados en las Torres Gemelas… Al tiempo, se divulgaron las primeras noticias que nos explicaban cómo muchos pasajeros de aquellos aviones, gracias a sus móviles, algunos encerrados en los claustrofóbicos cuartos de baño de las aeronaves, habían llamado a sus allegados para explicar que unos locos los habían secuestrado y que algo terrible iba a suceder.
9.30 horas–. Las compañías aéreas American Airlines y United
Airlines ordenan a todos sus aviones tomar tierra.
9.32 horas–. El vuelo 77 alcanza la ciudad de Washington. La
atra-viesa, efectúa un giro y se dirige hacia el Pentágono.
9.33 horas–. Un «blip» (señal no identificada) aparece en las
pan-tallas de radar del aeropuerto Dulles de Washington. Se mueve muy rápido en dirección a los centros neurálgicos del poder norteamericano.
9.37 ó 9.41 horas–. El vuelo 77 se estrella contra el Pentágono. 9.45 horas–. Nuevas llamadas desde el vuelo 93 hacen sospechar
que podría existir a bordo una rebelión encabezada por parte de los pasajeros.
9.45 horas–. El espacio aéreo nacional queda completamente
cerra-do. En ese momento, aunque son 4.000 las aeronaves que están surcan-do el cielo, todas inician su aproximación al aeropuerto más cercano.
9.53 horas–. De acuerdo con la «versión oficial», la Agencia de
Seguridad Nacional (NSA) –uno de los más discretos y poderosos o rg a-nismos de los servicios secretos y de inteligencia del Gobierno de los Estados Unidos– intercepta una llamada de alguien del entorno de Bin Laden a un número de teléfono ubicado en Georgia en la que el comu-nicante dice: «Hay buenas noticias.»
9.59 horas–. La torre sur del WTC colapsa.
10.01 horas–. Dos cazas parten de la base aérea de Toledo, Ohio,
para interceptar el vuelo 93.
10.06 horas–. El vuelo 93, el llamado «vuelo de los héroes», cae al
suelo en Pennsylvania. Los pasajeros del avión se rebelaron contra los secuestradores y estrellaron el artefacto contra el suelo para evitar una masacre.
10.10 horas–. La fachada del Pentágono sobre la que se ha
estre-llado el vuelo 77 también cae.
10.24 horas–. Todos los vuelos que se encuentran en el aire sobre
Estados Unidos son desviados a Canadá.
LOS FALSOS SUICIDAS DE LA«VERSIÓN OFICIAL» 11-S HISTORIADE UNAINFAMIA
La fotografía del dolor no tardó en plasmarse: banderas a media asta, crespones negros junto a los símbolos norteamericanos, fotogra-fías de los desaparecidos y muertos colgadas aquí y allá, en estafetas, marquesinas y vallas que inmortalizaban a los nuevos mártires, cuya única culpa había sido y era ser estadounidenses.
A nivel oficial, el nombre de Bin Laden tardó algo más en aparecer en los papeles, si bien fue el único que realmente se barajó desde el pri-mer instante. La identidad que sí aparece, al día siguiente de los hechos, es la de Mohamed Atta, a quien el mismo 12 de septiembre se señala ya como el cerebro de la operación. El rostro de este egipcio, serio, de aspecto occidentalizado, pelo corto y mirada fría, encabezará de inme-diato los clásicos cartelones del FBI. Eso sí, sin la clásica leyenda tan yanki del «se busca», pues de hecho se dice y confirma que murió en el primero de los aviones estrellados.
El fiscal general John Ashcroft informó al día siguiente del cata-clismo que los aviones habían sido secuestrados por comandados for-mados por entre tres y seis personas. Luego, con los días, se sabría que tres de ellos los componían cinco terroristas mientras que el cuarto vuelo sólo había sido asaltado por cuatro. Fueron en total 19 crimina-les tan fríos como enajenados, capaces en su locura de entregar la vida por una causa estúpida.
La opinión unánime de decenas de pilotos que habían ofrecido su versión de los hechos minutos u horas después de los crímenes fue con-firmada por Ashcroft: «Han sido entrenados para el vuelo en EE. UU.», aseguró al tiempo que descartaba veladamente las sospechas que apun-taban a posibles pilotos de aerolíneas árabes que hubieran abandonado sus puestos de trabajo para cometer los crímenes. Mohamed Atta dejó rastro de su paso la trágica mañana del 11-S en el aeropuerto Logan de Boston, de donde partieron los dos vuelos que fueron desviados en dirección a Nueva York. Allí se localizó un coche de alquiler cuyo con-trato estaba a su nombre. Dentro del vehículo, los agentes del FBI
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encontraron un ejemplar del Corán, un manual de pilotaje y un vídeo explicativo. Al parecer, fueron cinco las personas –de aspecto árabe todas ellas– que habían utilizado el coche aquella mañana. Sospecho-samente, y perdonen que vaya introduciendo lentamente algunos ele-mentos para dudar de la «versión oficial», ninguno de aquellos cinco individuos era el titular del alquiler, puesto que Mohamed Atta y
Faltaban menos de cuatro horas para que Mohamed Atta estrellara el Boeing 767 de American Airlines contra la torre norte del World Trade Center. En ese momento –las 5.13 horas del 11 de sep -tiembre– atravesaba el control de seguridad del aeropuerto de Portland, desde donde se dirigió vía aérea hasta Boston, en cuyo aeropuerto tomaría el vuelo suicida. Hay muchas dudas al respecto. Para entonces, Atta ya estaba en las listas oficiales de sospechosos por actividades terroristas. Sin embar go, superó dos controles de seguridad esa misma mañana. Y un detalle para la sospecha: Atta viaja ba con una maleta a su hombro… Dicen que la perdió en el siguiente tránsito, pero ¿por qué iba equi -pado si su pretensión no era otra más que perder la vida?