unidad de la vida, su continuidad. Y así más con serva en su condición divina lo sagrado con su po der devorador y de ser transfundido. Dios de trans fusión, no es apto para ser visto; no es objeto de contemplación. La relación con él es de participa ción sagrada. Sus metamorfosis tienen lugar en el hombre mismo que por él se libera de su inercia y entra a participar en el juego de la metamor fosis. Dios de la generosidad y del sufrimiento, dios, no de lo uno, sino de la transmigración y de la pluralidad, libera a los muchos que dormitan en cerrados bajo la apariencia inmutable de la condi ción humana, otorga con su delirio la liberación de los condenados por el uno que se ha elegido o que la vida ha impuesto. El hombre, que no ha alcanzado la unidad verdadera, conlleva difícilmen te la unidad impuesta por la necesidad, y aspira secretamente a ser otro en algún instante. La vida humana transcurre en una unidad que encubre la multiplicidad prisionera; posibilidades q u e el “uno” no ha podido liberar haciéndolas suyas al mismo tiempo. La especie de divinidad de que Dionysos es el más egregio representante, infunde en el ánimo humano esa suerte de embriaguez que por momentos le acerca a la vida de los dioses; los varios posibles que hay en cada hombre asoman su rostro a la luz. Mas, en realidad, no pueden al canzar un rostro y se asomarán bajo una máscara o danzarán en un caleidoscopio de gestos fugiti vos, pues todos los que gimen no son alguien, ni tan siquiera algo. Son solamente instantes, destellos del fuego recóndito de la vida: almas en conato.
Dionysos, al infundirse en el alma humana, la saca de sí, la hace danzar en una metamorfosis li beradora; le da, en suma, el don de la expresión, la embriaguez —furia y olvido— para que se atreva a expresarse. Es la virtud medicinal de Dionysos, y la raíz sagrada de la medicina más humana, de
la que hoy cao bajo los dominios de la psiquiatría y en otras épocas de la magia y del exorcismo reli gioso; la curación radical de todas las perturbacio nes que advienen en un ser humano a causa de lo que hoy se llaman “inhibiciones" en otra éjjoca, posesiones demoniacas. No en todos los hombres es capaz la conciencia de realizar el largo y pacien te trabajo de reunir las posibilidades, los conatos de alma, alrededor de un proyecto de vida único, de unificar las diversas almas y conatos de alma en una persona, al modo de la diosa Atenea, con virtiendo en cualidades los medios-seres que se agi tan en las profundidades del interior de toda vi da; de encontrar la ley que sea, al par, proyecto creador. El psicoanálisis de que cada día se hace más uso acude sólo al “conocimiento”. “Conócete a ti mismo” —psicológicamente tan sólo— es su lema y su fe. Pero más eficaz que tal conocimiento analítico es la inspiración que unifica y expresa.. . El remedio a una posesión de los “medios-seres”, que se agitan dentro de cada uno de nosotros, es otra posesión superior y unitaria, creadora. No lo ha podido ignorar el método psicoanalítico en cuyo empleo hay un momento en que el médico está in vestido de este poder posesor; más que al confesor católico, sustituye al mago, a la fuerza de Dionysos, a la inspiración de las musas, a esa fuerza que en los seres bien dotados adviene por sí misma, sin necesidad de ser provocada bruscamente desde afue r a .. . Mas la situación en el alma de cultura griega no era la misma de hoy, después de largo camino recorrido por la filosofía y por el cristianismo. En tonces, esta fuerza liberadora era necesaria para.to- dos, para la cultura misma naciente en ese momen to decisivo en que el hombre se atreve a expre sarse. Es el primer paso hacia la libertad.
Y el primer momento de la libertad es ambiguo, pues que el hombre lo alcanza estando poseído. Li
bertad encontrada dentro del mismo delirio y del delirio persecutorio que es la esencia del culto a Dionysos. La “milagrosa” cura es la conversión del delirio en libertad, a causa de la expresión que ha sido capaz de dasatar.
Pues los dioses crean una especie de “campos vitales” donde su influencia hace posible una ac tividad o una actitud humana. Los dioses griegos crearon, en mayor proporción que ningunos otros, el espado de Ja soledad humana. Dejaron al hom bre libre por dejarle desamparado. Él Olimpo con su esplendor prepara la soledad humana.
La soledad, situación que para un hombre de hoy es la más inmediata y hasta insoslayable, ha sido lenta y difícilmente encontrada. Bajo ningu nos otros dioses conocidos podía llegar, porque su fuerza, su misterio no dejaba al hombre espacio alguno; su presencia, en cualquier forma, perse guía al hombre amedrentado. A pesar de la envidia de los dioses del Olimpo, e! hombre pudo empren der bajo ellos el largo camino de su entrada en la soledad, en la libertad, en la responsabilidad de vivir como hombre. Y en esc sentido también, fue la preparación necesaria para la llegada del Dios úmc6^<Te~lasoredafr y de Ja conciencia.
Con los dioses griegos, el hombre se despide al par que se abraza con la naturaleza. Son las for mas sagradas de su pacto y ésa será su calidad di vina persistente. Dioses mediadores entre la natu raleza y la historia; entre la situación original del hombre aterrorizado y la soledad en que surge la libertad. El hombre no hubiera podido emprender el largo camino de descubrir las cosas, edificar ciu dad y ley, sin la mediación de estos dioses, puras formas en que la naturaleza se ha hecho transpa rente, ha accedido por fin a mostrarse en la tíni ca forma en que el hombre.la.necesita en este pri mer paso: en forma de imagen.
Pues la visión directa de lo que llamamos “na turaleza” no ha podido darse originalmente, antes de producirse una liberación del terror sagrado en que la naturaleza, sin manifestarse, lo envuelve. Era necesaria psta prim era fnrm a de develarión q ue
es la imagen, primera forma en que la realidad —ambigua, escondida, inagotable— se hace presente.
Entre el hombre y la realidad que le rodea^aun de la misma realidad que es su vida, se han inter puesto jsjempré^Tmñgeñesl Sagradas al principio, se han co n véft i do~ mas tarde en simples representacio nes, abriendo asi la posibilidad a todo este mundo figurativo en que, de una parte, se representan las cosas "visibles, y, de otra, se da forma a) contenido de las creencias y""todo aquello jqiie_güa£-jen-«l-in- terior del alma humana.
La pregunta primera'de la filosofía: “¿Qué son las cosas?”, no hubiera jxxlido surgir de la concien cia humana sin la mediación de estos dioses, de es tas imágenes mediadoras. Ortega y Casset hacía de rivar la pregunta qué "da inicio a la filosofía1 de la ausencia de ser habida en los dioses griegos, ^s la ausencia inicial del ser la que provoca la demanda, la interrogación. Pues sólo se pregunta por lo que se echa de menos^
Mas, la sola ausencia del “ser” no explica la pre gunta surgida naturalmente desde una situación en la cual no se encuentra. Ha sido necesario que el hombre se encontrara en una situación en la cual es