dad; lugares específicos de revelación de la realidad total y desconocida.
Espacio y tiempo habían de atraer hada sí la figura del dios que se piensa o que se siente. Dios ha sido pensado en función del espacio o en con tra del tiempo —pero “en contra” es igualmente en función de. Sin duda alguna que el dios de los pita góricos, si hubieran llegado a pensarlo como logro de su malograda filosofía, hubiese sido un dios tem poral. Mas, como la idea de Dios, el Dios del pensa miento es la revelación intelectual del fondo sagra do de donde se ha partido, tendremos que es al Tiempo primario, al Tiempo sagrado a quien los pitagóricos debieron de sentirse apegados. De él debieron partir: de lo numerable y de la realidad que se despliega sucesivamente, devorando. Del vie jo Cronos de las teogonias.
La angustia del tiempo inspiró el orfismo, raíz de las creencias pitagóricas iniciales. El gran tra bajo de Pitágoras debió ser racionalizar ese tiempo primario, devorador, más activo que el apeiron de Anaximandro. El viejo Cronos que se alimenta de sus hijos, dios de todos los antiguos, el más abis mal, el que manifiesta el abismo sin fin del tiem po, la infinitud más aterradora, para una mente griega, que cosa alguna. “Este Cronos inmortal del consejo eterno engendró al éter y un torbellino in mensamente grande por cada lado; ningún límite había abajo, ni fondo, ni sostén alguno” dicen unos versos órficos citados por Proclo. Y aún: “Y Cronos de la inmensidad de su seno engendró así al JÉier y a Eros célebre dt doble naturaleza que mira hacia todas las direcciones, Padre de la Noche eter na . . . Y Cronos produjo por propia generación el fuego, el aire y el agua ”
Y Cronos, padre del éter y de la noche eterna, del silencio, fue también padre de la música, tiem
po racionalizado, tiempo hecho alma en virtud del número. Cronos, padre vencido por Orfeo en la le yenda y en la “visión” perdida de Pitágoras por el encanto del número sagrado. Cronos, dios de los números y de la música.
Mas, para que llegara a ser así, hubo de mediar no una razón inteligible como en el dios de Aris tóteles nacido originariamente del apeiron, fondo viviente originario, placenta de la vida y sus for mas; no una razón, sino un encanto. La magia persistente de los números y del canto. Las fórmu las matemáticas conservarán siempre las huellas de su origen mágico, operante, activo. Los números sagrados que conservaron plenamente los pitagóri cos eran como las fórmulas de la física moderna des- integradora del átomo, operantes, instrumentos de dominio y de acción oculta, no racionable entera mente. Para Aristóteles, fiel al logos, a la inteli gencia cuyo “acto es vida”, todo esto es “lo otro”, lo distinto al logos.
Y el canto y la lira —armonía que es razón, pe ro también y siempre evocación— otra acción má gica, atraedora de almas, de recuerdos. La música es la diosa que sirve a la memoria. Es coherente también en este punto de leyenda de Pitágoras que le atribuye una prodigiosa, sobrehumana, memoria. La música nació para vencer el tiempo y la muerte, su seguidora. Lo que se revela y se hace accesible por la música son los infiernos del tiempo de la naturaleza, del alma entre la vida y la muerte, que hubo de atravesar para saberse a sí misma y po nerse a salvo. El Simple sentir del tiempo es ya infernal. El número lo reduce, lo racionaliza. Cuan do estamos presos del sentir del tiempo, contar es una actividad aplacatoria, una especie de rito. El horror del tiempo se aplaca primeramente por la monotonía.
ra victoria sobre el abismo de Cronós, el tiempo primario que no da cuentas, ni razones.
Someter el tiempo a razón es someterlo a nú mero. Así el número inicial, primero, es un encan to mágico, el simple contar que lo amansa en mo notonía. La monotonía, el primero de los caminos abierto a través del tiempo, al que corresponde la monodia del canto primitivo griego y de la liturgia.
Es comprensible que el espado haya tenido la primacía en atraer al pensamiento, en ser buscado como “el lugar del ser”, identificado con él. Pues el espado lleva consigo la salida a la luz. El hom bre que siente haber ganado en espacio siente al par que sale a la luz; la cárcel es siempre oscura. Y el primer sentir que el hombre debió tener cuan do se dio cuenta de que estaba solo, solo y rodea do de algo inaccesible, debió ser, sin duda, el sen tirse en una caverna. La Alegoría de la caverna pla tónica arrastra esta vivencia.3 Salir al espacio se confundirá con “salir a la luz”.
Mientras que la representación nadda del sentir del tiempo será nocturna y abismal. Y si la palabra corresponde a la luz —el logos-luz—, el abismo de la noche temporal se hará accesible al manifestar se en la música, forma del tiempo. La palabra de fine, capta o da la forma; revela la plasticidad del universo. En la palabra se encierra, se contiene una inteligencia que tiende a hacerse cuerpo; la palabra partee el pozo de un ímpetu que desciende a ha cerse lo más parecido a cosa; un sentido en busca de su forma. La palabra desciende.
Número es medida, un género de razón. Herá- dito entendió por ella toda la razón, sintió así el
logos. No aparecieron en su pensamiento las eta
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Los mitos a que Platón recurre en su pensamiento pa
recen ser a manera de “visiones” adecuadas a un sentir ori
ginario; un sentir a priori.
pas que desde la intuición o el sentir del número —pues el número es primariamente intuitivo— lle varían a su idea del ¿ogo.y-armonía, o a lo menos, no nos son conocidas, aunque es de creer que, dada su “distancia” de los hombres, no pensaría en ofre cerles camino alguno. En Heráclito la filosofía es
hieros logos; es decir, sagrada, no método: en He
ráclito como en todos los pensadores de inspira ción pitagórica, que sólo ello bastaría para sos pechar en él una actitud original cercana a los pi tagóricos, no dependiente de una influencia.4 El filósofo del logos, palabra explícita, razona y tiende a descubrir el método, ya desde Parménides, hasta la completa explicación del método "órgano’’ en Aristóteles. Los pensadores de inspiración pitagó rica, del logos del número —del tiempo— no se en cuentran obligados a dar un método, un camino de razones; acuñan aforismos, frases musicales, equiva lentes a melodías o a cadencias perfectas que pene tran en la memoria o la despiertan; “acuérdate” o para que te "acuerdes” parecen decimos... o ha cen “catecismos” o "manuales” porque el método que ofrecen no es sólo de la mente sino de la vida; la vida toda es camino de sabiduría, la vida misma.
El conflicto entre estás dos formas metódicas aparece en Platón, quien se vio absolutamente obli gado a usar aún, a llevar a su extremo un método intelectual, cual la dialéctica que se va debilitando a medida que se vuelve hacia la inspiración pita górica. Y aún en el periodo más dialéctico —So
fista, Teetetes— es imposible no darse cuenta de
que se trata, bajo la dialéctica, de otra cosa que de un caminar por la razón; que insinúa la exigencia, declarada en la Alegoría de la caverna, de una ver dadera conversión de la vida.
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