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In document Zambrano Maria - El Hombre Y Lo Divino (página 151-155)

cretamente a alguien, pe ro queno hace naegr. tcb, Savia la

conciencia.

iY es sólo después de pordiosear en vano, cuan- ÍÍ2 »S jíáffiS u S 6 - 3 ^E S Q H ¿e íiJ.„,?x^ encia Y- con día, la c e pensat^l^dgir e s Ü ^ ir ^ - jL a exi- genciajiace nacer el pensamiento. Cuando el hom- bref piens| deja de ser eso que todas las criaturas sonrSÍervo. Y cualmiier* «cXencía^[íIé formule 'ül- tenormente su pensamiento estará ya contenida en el primer mc«neníb en quf”*p®!^T T ^ if"e n TaUc- titud que le condujo a pensar; en esa primaria e implacable exigencia.

La necesidad irguiéndose convertida en exigen­ cia es ya pensamiento, disposición a pensar. Pen­ sar es a su vez exigir. Pero durante mucho tiempo el pensamiento se detuvo en una cierta~aetitud, no recorrió el camino íntegro de la exigencia, con la que está identificado. En el periodo del "ser” —cuando el hombre creía tener un ser— se detuvo en su exigencia, en su conciencia por tanto, y vivió encierta especie de servidumbre: en esa que no deja de mendigar lo que tiene, y que es contenta­ miento. Satisfacción, contentamiento de ser, como el mendigo que al fin ha recibido lo que pide, pero sólo lo conservará si lo sigue pidiendo.

Es el contentamiento esencial de toda la Edad Media que rezuma aun en la nostalgia de su poesía, aun en el amor platónico y más en el amor “platónico” que en nada. El platonismo medieval es la expresión más cabal quizá de ese profundo contentamiento del mendigo que es el hombre. Porque esJa aceptación 4e la distancia, de la leja­ nía, de la ausencia, en suma: la aceptación del no-

ser dentro del ser, la incorporaeién-del-Jio-serque el hombre padece dentro del ser que ya tiene. El

platonizante es el mendigo más satisfecho.

Pues la mendicidad procede de que el hombre siente el no-ser dentro de sí, ya que su vida ele­ mental es avidez, conato. Y esa avidez sin límites no se puede satisfacer con nada que sea tener, ser ya; se satisface tan sólo con todo lo que no es, con el horizonte infinito de lo no presente, con la ausencia; esta articulación del no-ser, de la ausen­ cia con el ser y la presencia, es la hazaña del pla­ tonismo, forma en que el no-ser se transforma en alimento y, aun más, en horizonte.

La pobreza, la indigencia humana^ ha sido sen­ tida por el hombre. Mas no reconocida, pues JLa condición humana parece ser de tal modo que ac­ túa primero a través de su contrario, no descu­ briendo su sentir sino haciendo algo para buscar su compensación, Así, ese sentir originario ha sido y será siempre, ante todo, fuente de acción.

El

re y-mendico

Y así, el pordiosero, tuvo que hacer dos cosas: reves­

tirse, investirse que es no sólo esconderse, sino cu­

brirse de esplendor. Y se tuvo que hacer j;ev. El rey, primero, debió conservar mucho del pordio­ sero y en la investidura real quedan trazas de esta conversión: una investidura de harapos transfor­ mada en esplendor.

De la mendicidad esencial surge el ímpetu ascen­ cional que lleva a querer coronarse. Y en el cami­ no inexorable aparece una barrera, un “tabú” del que quizá conserve el rastro la fábula de Edipo

Rey.

Es el primer superhombre, el que inocentemen­ te quigre coronarse. Edipo lo supo todo, menos quien era. La tragedia se le hace présente cuando

se entera de quien es, es decir, de quien es hijo. La tragedia surge en el reconocimiento. Reconoci­ miento que es abatimiento. Era un hombre erran­ te dotado de clarividencia y de autoridad natural; el ser rey era ocupar simplemente el lugar a que estaba destinado.

Su ímpetu era como el de la yedra, como él hija de Dionysos, que crece hacia arriba huyendo de su condición reptante, de &u debilidad esencial. Se ha señalado la paradoja del error, de la igno­ rancia de Edipo que todo lo supo y que no sos­ pechó lo que más le importaba: su destino. Mas este error inexplicable ha de tener una explica­ ción en un impulso que le cegó, privándole no sólo del conocimiento de adivino, sino hasta de la simple "capacidad de sospechá>, Un interés muy fuerte debió de actuar de inhibición para no sos­ pechar de lo que por -tantos motivos se hacía sospechosa. Era simplemente eL Ímpetu ascensional, la necesidad de hacerse rey que le condujo a des­ posana la-reinad Y la reina resultó ser la única mujer prohibida: el tabúl Quizá en la trágica fá­ bula quede el rastro de esa barrera primera que el hombre encuentra en el ímpetu ascensional que le desprende de su condición de mendigo. Y el mendigo sólo puede borrar enteramente su con* dición; no si queda en la simple situación de no haber de pedir nada a nadie, sino en la contraria de dar, de conceder todo favor, de dispensar y de mandar. Sólo cuando manda el hombre se siente redimido de su condición esencial de tener que por­ diosear lo que necesita.

Pues, si el hombre tuviera un ser, como las de­ más criaturas,1 no habría de sentir esa imperiosa necesidad de ser él quien dispense y otorgué. No

1

El hombre ha de hacerse su vida, a diferencia de las

demás criaturas que reciben su

ser,

dice Ortega y Gasset

nace la realeza de que los hombres necesiten, ser mandados como de que ef hombre necesita man­ dar, convertir su pobreza.oiIgInaria_en poder; en­ cubrir su desnudez, esa desnutlez que no puede ex­ hibir, revistiéndola de esplendor. Y de. ceñir su desamparada cabeza con una corona.

Es el superhombre primero sin conciencia de lo que quiere, más preocupado en seguida con le­ gitimar su acción y su investidura. Toda investi­ dura es vestido mágico que reviste al hombre de algo extrahumano que le falta. La investidura real donaba algo divino y cuando este sentido se extin­ ga, la realeza se habrá extinguido como fuerza actuante en la historia.

El mendigo se nos aparece aún como signo de tque el hombre habría de ser divino. Y al no ser un dios no es otra cosa que mendigo. El mendigo y el rey forman un solo personaje y en el uno se encontrarán siempre huellas del otro. Como si en la unidad de los dos se manifestara la ambigüe­ dad esencial de lo humano. Los dos igualmente espontáneos y primarios y, por ello, sagrados, per­ tenecientes al mundo de lo sagrado.

Los dos viven en esa historia del corazón, del goce y del sufrimiento que corresponden al pedir y al otorgar. El rey corriendo el riesgo de negarse, de negarse al mendigo, de no reconocerse en él. El mendigo refugiado en su no-ser, sin riesgo, predes­ tinado a ser el juez, un personaje inevitable, tan inevitable en el drama de la vida humana como el rey y el mendigo. Y para que aquél que juzga no sea juzgado a su vez, es preciso que sea alguien sumido en el no-ser de la condición primaria. Juz­ gar sólo deberían los que no viven, los que no es­ tán comprometidos en un proyecto de vida perso­ nal. Y si el mendigo no eligió, sino que aceptó el hundirse para apurar esa condición humana, ten­ drá que aceptar más tarde el riesgo de ser juez.

Son las instancias superiores del ser hombre, el

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